BELFAST

No suele ser habitual que una película supere con mucho mis expectativas. Sin embargo, en el caso de “Belfast”, una cinta que venía avalada por varias nominaciones y premios, como el reconocimiento del público del Festival de Cine de Toronto y el Globo de Oro al mejor guion, y que suena ya en todas las quinielas de los Oscar de este año, debo decir que no solo me ha parecido magnífica a nivel de ejecución y técnica cinematográficas, sino que ha logrado conmoverme con su narrativa y su propuesta estética. Algo que muy pocas películas actuales consiguen.

Escrita y dirigida por Sir Kenneth Branagh, quien ya había conquistado los teatros británicos mucho antes de dar el salto a Hollywood para empezar a forjarse una respetable reputación como actor y director de cine que apuntala ahora con las hermosas imágenes de “Belfast”, sin duda se trata de su trabajo más personal, tras haber destacado sobre todo por trasladar a la gran pantalla algunos de los grandes clásicos shakespearianos: “Enrique V” (por la que fue nominado al Óscar como mejor director y mejor actor, en 1989), “Otelo” (1995) y “Hamlet” (nominada al Óscar al mejor guion adaptado, en 1996); así como por otras adaptaciones cinematográficas de obras no menos célebres que las del bardo inglés, como el clásico cuento de “La Cenicienta” (2015), o las aventuras del personaje de Agatha Christie, Hércules Poirot, en “Asesinato en el Orient Express” (2017) o “Muerte en el Nilo” (2022) estrenada este año.

A excepción quizá de “Los amigos de Peter” (1992), aquella extraña película en la que seis amigos graduados en Cambridge se reúnen en la mansión de uno de ellos para despedir el año y recordar el pasado, en “Belfast” Branagh decide por primera vez hablar de si mismo y de su infancia, de lo que humanamente supusieron para él aquellos años de la niñez en su ciudad natal, que pasó de ser su hogar y su patio de recreo, a convertirse en un lugar convulso, peligroso y hostil, forzando la mudanza de su familia a Londres a finales de los años sesenta, periodo histórico conocido como “The Troubles”, cuando la capital de Irlanda del Norte empezaba a ser azotada por los primeros latigazos de un conflicto armado que provocó un gran número de muertes durante la segunda mitad del siglo XX, extendiéndose hacia la República de Irlanda y el Reino Unido.

El cineasta dedica esta película autobiográfica “a los que se quedaron, a los que se perdieron -por culpa de la violencia sectaria- y a los que -como él y su familia- decidieron marcharse” ante el creciente acoso del fanatismo y el odio entre católicos y protestantes. Un conflicto interétnico latente que, antes de derivar en guerra civil, estalló en altercados callejeros, lanzamiento de bombas molotov y saqueos.

Ese es el agitado contexto que sirve de telón de fondo a la trama de “Belfast” y que no pretende ser abordado desde una sesuda perspectiva crítica o de análisis político. Lo que Branagh nos ofrece es mucho más modesto y sutil. Una mirada íntima y subjetiva, acaso idealizada, tamizada por la memoria selectiva, como todos los recuerdos que proceden de la infancia.

La película comienza con unos planos panorámicos en color, que bien podrían pertenecer a un video promocional turístico de la ciudad de Belfast en la actualidad, con la banda sonora de Van Morrison (nativo, como Branagh, de la capital de Irlanda del Norte) omnipresente como hilo musical. La cámara se pasea por los grafitis y demás manifestaciones de la cultura urbana hasta detenerse en un mural a cuyas espaldas la postal pierde color. Hemos viajado del presente a 1969 y la acción de sitúa en una calle de Belfast donde conviven católicos y protestantes.

Es la calle en la que vive Buddy (Jude Hill), un niño irlandés de nueve años que pertenece a una familia protestante de clase obrera. A partir de ese momento, el director y guionista reduce el mundo a su escala y se centra en recrear -no sin cierta nostalgia- la rutina familiar y escolar de ese niño de los años sesenta, que es él.

Los juegos con los amigos en la calle (sin importar la religión que profesan); su primer amor por la chica más lista de la clase; las travesuras y gamberradas para las que lo recluta la “malota” del barrio; los apocalípticos sermones del Pastor en la misa de domingo; la veneración por sus abuelos (Ciarán Hinds y Judy Dench), una entrañable pareja de ancianos; la ausencia de su padre (el Jamie Dornan de la saga de “Cincuenta sombras de Grey”), a quien solo puede ver cada dos semanas porque trabaja como empleado de la construcción en Inglaterra; la protección y crianza a cargo de su madre (Caitriona Balfe, “Money Monster” y “Outlander”), agobiada por las deudas con el fisco; las discusiones de la pareja derivadas de la separación física y las dificultades económicas y, finalmente, la inestabilidad política que, si bien está presente a lo largo de toda la película, no opaca los momentos de felicidad de Buddy, como la que le proporciona recibir los regalos de navidad (algunos de los juguetes más codiciados de la época) y esas visitas al cine, para ver “Solo ante el peligro” o “Chitty Chitty Bang Bang”. Un ejercicio de gran evasión en familia que permite al director mostrar la ingenuidad de los espectadores de la época, cuando en el cine todavía se podía gritar, aplaudir y cantar.

En medio de esa estampa costumbrista, el conflicto social es un tsunami que inunda la acción en momentos puntuales. Sabemos de él a través de la mirada del niño o de las conversaciones de los adultos que este escucha accidentalmente y sólo vemos los sucesos a los que él asiste. Se hace presente cuando afecta de alguna forma a la vida de Buddy. Lo cual supone una manera de abordar la denuncia política con una gran sensibilidad, que anima a preservar la alegría de vivir propia de la infancia, a través de cuyos ojos está contada la historia.

Buddy y su familia son testigos de un enfrentamiento que marcará el destino de su nación durante varias décadas, pero pese al acoso y las amenazas de quienes les exigen tomar partido ante la creciente hostilidad reinante, el clan se mantiene unido y decide seguir con su vida. Aunque con ello desafíen a su propia religión.  Ellos representan la cordura y la tolerancia frente al sectarismo y la sinrazón.

“No importa si es católica, judía o budista, si es una persona buena y honesta, siempre será bienvenida”, le dice su padre a Buddy cuando este le pregunta si tiene futuro su amor por la chica del pupitre de al lado, que resulta ser católica. Lo cual es toda una declaración de principios, brillante en su sencillez y en la simplicidad con que se expresa, aunque algunos insistan en ver cierta tendencia al exceso de teatralidad en algunas escenas de introspección de la película, en su mayoría protagonizadas por Caitriona Balfe, quien sale claramente beneficiada de la atención que le presta el director, embriagado por la ensoñación masculina hacia la figura materna.

El recurso de un escudo de juguete que Buddy se hace con la tapa de un cubo de basura y que sirve a su madre como real escudo protector frente a las piedras lanzadas por los alborotadores, va en esa línea de ensalzar su papel de “madre coraje”, con una inocencia no por calculada menos conseguida, en una escena de ritmo trepidante.

Y es que Branagh ha compuesto con mimo cada plano extraído de sus recuerdos infantiles, tomando nota de la mejor tradición cinematográfica de Bergman, de Buñuel, de Fellini, de Hitchcock, de Orson Welles y hasta de Steven Spielberg, con largos planos-secuencia en escenas de gran dinamismo, pronunciados contrapicados y primeros planos de gran fuerza dramática subrayada por la profundidad de campo y por una fotografía impecable, en nítido blanco y negro, obra de Haris Zambarloukos, su colaborador habitual, que confiere una gran potencia expresiva a encuadres de primorosa factura, que a veces parecen inspirados en el fotoperiodismo, como extraídos de las páginas de un viejo diario, con los antidisturbios desplegados en milimétrica formación, dispuestos a contener las algaradas callejeras. O los breves momentos en que el blanco y negro cede paso al color, haciendo una distinción entre lo que sucede en el cine y en la imaginación del pequeño Buddy, y lo que acontece en la vida real.

Todo ello hace que Belfast sea una película emotiva y visualmente hermosa, cuyo acabado estético es sin duda su mayor reclamo, a la par que consigue dejar claro que se trata de una fabulación, la idealización de una época de la vida y de unos sucesos trágicos ya por fortuna superados, felizmente deformados por la memoria.

Título original: Belfast

Año: 2021

Duración: 98 min.

País: Reino Unido

Dirección: Kenneth Branagh

Guion: Kenneth Branagh

Música: Van Morrison

Fotografía: Haris Zambarloukos

Reparto: Jude Hill, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Lewis McAskie, Lara McDonnell, Gerard Horan, Turlough Convery, Sid Sagar, Josie Walker, Chris McCurry, Colin Morgan...

Productora: TKBC. 

Distribuidora: Focus Features

Género: Drama | Años 60. Infancia. Familia

AFTER LIFE, FLEABAG, STATE OF THE UNION Y LIFE

Hay algo conmovedor y digno de análisis en el hecho de que, frente a tanta superproducción estadounidense, con abundancia de efectos especiales cada vez más sofisticados, protagonizada por poderosos superhéroes y empoderadas superheroínas, hechiceros justicieros, salvajes vikingos o androides asesinos, un puñado de modestas miniseries, que versan sobre gente corriente y su manera de lidiar con los problemas cotidianos, coseche tan buenos resultados en las plataformas de streaming.

Es el caso de “After Life” (Netflix), “Fleabag” (Amazon), “State of the Union” (HBO) o “Life” (Filmin). Cuatro series que no solo comparten el sello de calidad del mejor cine inglés, sino también la preocupación por hablar del ser humano y de los temas que le conciernen, los pequeños y grandes conflictos derivados de la existencia, la supervivencia y la convivencia: el éxito y el fracaso, el amor y el desamor, las relaciones de amistad y de trabajo, familiares y de pareja; el sexo y la procreación, la maternidad y la paternidad, la separación, la madurez, la vejez, la enfermedad y la muerte, el dolor de la pérdida… tratándolos con exquisita naturalidad, una pizca de sarcasmo y toneladas de inteligencia y empatía.

A punto de estrenar su tercera temporada, por abrumadora petición de la audiencia, “After Life” es una de esas series que navega entre el realismo, el nihilismo y la esperanza. Un inspirador y sensible viaje por las mil formas de lidiar con el dolor a través del drama de su protagonista, Tony Johnson, un huraño y caricaturesco personaje que trabaja como reportero en un periódico local de distribución gratuita en Tambury, el pequeño pueblo donde vive volcado en agredir a sus vecinos y colegas luego de que Lisa, su esposa, muriera de cáncer de mama, como si castigando al mundo consiguiera procesar su duelo.

Ganador de tres Globos de Oro, dos Emmy y siete premios BAFTA por su actuación en más de 16 filmes y series televisivas de gran éxito, como la versión británica de “The Office” (2001), “Louie” (2009), “El show de Ricky Gervais” (2010) o “Derek” (2013), con su imperturbable sentido del humor negro rayano en la crueldad, el actor, director y comediante Ricky Gervais, el más cínico y mordaz de los monologuistas británicos de stand-up (algunos de cuyos mejores fragmentos pueden verse en YouTube), es el creador de esta compasiva y melancólica serie, en la que da vida a su alter ego, un hombre que atraviesa por una profunda depresión que lo hace incapaz de ver las ventajas de seguir vivo cuando se ha perdido para siempre al ser amado, al tiempo que le ofrece la coartada perfecta para sentirse en el derecho de obrar sin represiones sociales ni filtros morales, arrojando sobre el prójimo toda su ira, su frustración y malestar.

“El mundo es una mierda y ya nada me importa. A partir de ahora voy a decir lo que me venga en gana”, advierte con su cara de pocos amigos, sus dientes torcidos y su barba de tres días en la primera temporada de la serie y, en sus seis episodios -de menos de media hora-, se dedica a maltratar e insultar a quien se cruza en su camino. Ya sea el cartero gorrón (Joe Wilkinson) o el compañero de escuela que le hace “bulling” a su pequeño sobrino. Nadie lo suficientemente molesto, complaciente, piadoso o hipócrita está a salvo de su brutal displicencia.

Enganchado a las cintas de video que le dejó grabadas su mujer (Kerry Godliman) a modo de guía práctica para seguir viviendo, Tony abraza su nueva personalidad como un superpoder. Mientras ella le anima a través de la pantalla a rehacer su vida diciéndole: “eres gracioso, eres alegre, le haces bien a las personas…”, él encuentra una nueva forma de vengarse por su infortunio: haciendo sentir miserables a los demás. Las consecuencias de sus actos no le importan (al menos, en apariencia), mostrándose como un personaje tan fascinante, como cruel e insoportable, obsesionado con la idea de acabar con su vida y su sufrimiento.

Lo único que frena sus ganas de morir son su perra Brandy y su padre (David Bradley), enfermo de Alzheimer, a quien visita a diario en la residencia donde vive, esperando encontrar alguna respuesta coherente que justifique seguir respirando.

A medio camino entre la charlotada de Los Tres Chiflados y el humor satírico de los Monty Python, Ricky Gervais consigue sacarle chispas a una trama tan simple como cotidiana, introduciendo una galería de personajes estrafalarios, como Bryan (David Earl) el vecino psicótico, el heroinómano repartidor de periódicos o el psicoterapeuta machista, adicto a la cocaína y al sexo (magistralmente interpretado por Paul Kaye) quienes, además de quitar hierro al drama de Tony, convirtiendo la tragedia en tragicomedia, contribuyen a la transformación que se produce en el personaje de la primera a la segunda temporada.

Y ello gracias a la paciencia y el afecto de su círculo más próximo de parientes y colegas de trabajo: su cuñado, Matt (Tony Basden), director de “La Gaceta de Tambury”, donde le toca cubrir historias tan hilarantes y absurdas como la de un niño que nació con el bigote de Hitler o un viejo que recibió cinco veces la misma tarjeta de cumpleaños; Lenny, el fotógrafo glotón (Tony Way) que siempre le acompaña; Kath, la vendedora de espacios publicitarios (Diane Morgan) o Sandy, la becaria (Mandeep Dhillon) y de otros magníficos personajes secundarios, como Anne (Pennelope Wilton), la viuda que charla a diario con su marido muerto desde un banco del cementerio y la prostituta Daphne (Roisin Conaty), de las que se hace amigo; o Emma, la enfermera de la residencia de ancianos por la que empieza a sentirse repentinamente atraído. Una galería de adorables perdedores que se transforman en un team de super héroes quienes, de algún modo y casi a su pesar, logran salvarle de sí mismo, de su desafección individualista y su regodeo en el dolor.

Con su ayuda, el gran misántropo conseguirá profundizar en sus propias contradicciones, emprendiendo un viaje catártico que le permitirá exorcizar la rabia y reaprender la ternura, la empatía y el amor, hasta recuperar su equilibrio emocional.

Más allá de su leyenda irreverente e iconoclasta, Ricky Gervais demuestra ser en el fondo un optimista irreductible, al ofrecer así a su personaje un camino de redención. Como el propio título de la serie preconiza, el mensaje que subyace parece ser el de que «siempre que hay un antes puede haber un después» y que algunas cosas (como la muerte) son más grandes que nosotros, por lo que no vale la pena cuestionarlas ni intentar entenderlas, sino simplemente aprender a vivir con ellas.

Lo que nos lleva a la siguiente serie, creada asimismo por su actriz protagonista, la exitosa guionista Phoebe Waller-Bridge, y que comienza también con una muerte trágica, en este caso la de la mejor amiga de “Fleabag” (cuyo nombre da título a la serie), una mujer de 30 años que pasa por una crisis vital debido a que la felicidad se le vuelve esquiva (tampoco es que la persiga, pero se intuye que no ha llegado a sentirla y que le gustaría conocerla).

En alguna parte leí que no hay nada más refrescante que un personaje femenino desastroso en medio de tanta ejemplaridad y Fleabag es, sin duda, la reina del caos existencial.

Huérfana de madre y dueña de un bar que naufraga en un barrio de Londres, se lleva mal con su única hermana, Claire (Sian Clifford), que está casada con un marido alcohólico, y con la nueva pareja de su padre, que interpreta la gran Olivia Colman. Su presentación al espectador (rompiendo de forma recurrente la cuarta pared, a la manera en que lo hacían los Underwood en “House of cards”), después de una noche de folleteo casual con un tipo que se despide de ella agradeciéndole el haberle dejado practicar sexo anal, representa un desafío y una advertencia previa a todo aquel que pretenda realizar un juicio moral sobre sus actos, aún a sabiendas de que de todas formas serán catalogados como los de una desvergonzada, una especie de rebelde sin causa o una ninfómana que decide tener sexo con todo aquel que se le plante por delante, en lugar de madurar y de llevar una vida ordenada y responsable.

Transgresora, alocada y muy divertida (mucho más temeraria y bastante menos moñas que la patética Bridget Jones) cuenta su protagonista y creadora que la serie empezó como un monólogo de 10 minutos para teatro (formato del que conserva esa apelación constante al espectador), el de una desorientada treintañera, con una gran incapacidad para darse consejos a sí misma, aunque directa y elocuente en el relato pormenorizado de sus andanzas, desobediente y contraria a la falsa cortesía y la convivencia pasivo-agresiva típicas de la sociedad inglesa pero que, debido al peso de la educación sentimental recibida, no puede evitar vivir “como si alguien la estuviese observando”, cayendo en la trampa de la tristeza generada por un sentimiento aprendido de frustración y de culpa.

Tras lamentarse por no ser lo suficientemente feminista, la serie se sumerge en lo que para muchas mujeres adultas significa ese ejercicio de voluntarismo transgresor y esa sensación íntima de fracaso que acarrea el darse cuenta de que el mundo se encargó de destruir las expectativas sobre el amor romántico que tenían a los veinte, acumulando relaciones erráticas con parejas mediocres que en nada se parecen al esperado príncipe azul y atesorando la amistad, como algo indispensable aunque insuficiente como sucedáneo, según el lugar común por el cual las mujeres somos las más interesadas en construir y sostener compromisos y vínculos afectivos duraderos que, si todo va bien, desembocan en el matrimonio y la maternidad como una especie de premio a nuestra perseverancia y virtud.

El personaje de Phoebe Waller-Bridge se rebela contra ello, desafía los convencionalismos y reivindica el libre albedrío para el género femenino, pero no deja de reconocer la huella indeleble de la educación sentimental, cultural y religiosa recibida. En este sentido, son brillantes las conversaciones de Fleabag con una psicoanalista y una empresaria exitosa (Fiona Shaw y Kristin Scott Thomas, dos joyas de la corona británicas) y su apasionado escarceo con un sacerdote católico (Andrew Scott) durante la segunda temporada, que se inicia con una apasionado magreo en un confesionario, abundando en esa actitud irreverente y autoparódica del personaje que constituye el mayor atractivo de la serie.

Menos tórrida y definitivamente menos cómica, aunque no exenta de la dosis justa de sarcasmo, es “State of the Union”, la serie dirigida por Stephen Frears (“Amistades peligrosas”, “Mi hermosa lavandería”), creada y escrita por Nick Hornby (“Fuera de juego”, “Alta fidelidad”), en la que Rosamund Pike y Chris O´Dowd encarnan a Louise y Tom, un matrimonio que, tras demasiado tiempo en crisis, decide ponerse en manos de una terapeuta de pareja a la que acude una vez por semana.

Durante los 10 minutos previos a entrar en cada una de las diez sesiones contratadas, mientras se toman una copa juntos (de cerveza él, vino blanco ella), siempre en la misma mesa del mismo pub, situado enfrente de la consulta (sutil alegoría de la rutina en la que finalmente se convierte el matrimonio), ambos realizan un pormenorizado repaso a su relación antes de darla por concluida, como una autopsia preventiva practicada antes de que el muerto expire, conversando -entre escépticos, decepcionados y avergonzados- acerca de los motivos que los han llevado hasta allí.

Con un planteamiento de arranque así de sencillo, un par de actores entregados entre los que existe una indudable química y un trabajo de guión descomunal, capaz de generar diálogos de una gran envergadura y naturalidad, a veces doloridos y otras hirientes, pero siempre creíbles, en los que subyace una base de cariño y de sólida amistad, y la voluntad unánime de salvar eso que tienen entre manos aunque lleve muerto demasiado tiempo, Hornby consigue que conozcamos y empaticemos con este joven matrimonio, que sepamos cómo son, qué piensa y qué siente cada uno de sus miembros, en esos escasos diez minutos que abarca -en tiempo real- cada episodio.

Lo que comienza como algo banal (“¿Qué tal los niños?” “Hoy estás muy guapa”, la típica charla para entretener la espera), termina dando paso a una inteligente disertación acerca de lo que mantiene vivo a un matrimonio y lo que acaba con él.

Nada más comenzar sabemos de la infidelidad de ella, precedida de una sensación de abandono ante la prolongada falta de relaciones sexuales en la pareja. Pues, como indica Louise en su descargo, eso no es más que el síntoma, la manifestación de un problema mayor que se concreta en una serie de preguntas: ¿cuándo y por qué dejaron de tener sexo?, ¿cómo es su relación como padres?, ¿cómo afecta el que Tom, crítico musical, sea un parado de larga duración?

El amor, el dolor, la rutina, la culpa, la decepción, los celos, la indiferencia, la entrega… “State of the Union” no necesita efectos especiales para enganchar al espectador. Se consume en diez pequeñas píldoras de realidad y se centra en la pérdida de la pasión, en las necesidades, resquemores y temores que no nos atrevemos a expresar en voz alta y que el otro es incapaz de percibir. En definitiva, en la verdad de las relaciones de pareja que, como las flores más delicadas, se marchitan con el tiempo, sin el abono, el riego y los debidos cuidados.

Menos mal que nunca es tarde si la solución es buena. Algo que experimentan también los personajes de “Life”, miniserie de la BBC, recién estrenada en Filmin, con seis episodios de una hora de duración y un reparto coral de magníficos actores, que surge como spin off de la serie “Doctor Foster” (BBC, 2015-2017), recuperando a uno de sus personajes, Anna Baker (Victoria Hamilton), pero que puede seguirse perfectamente sin necesidad de haber visto aquella.

Creada por Mike Bartlett (“Press”), “Life” expone la problemática de cuatro personas en edades y momentos diferentes de la vida, avecindados en una antigua casa victoriana de Manchester reformada y dividida por apartamentos, cuyos caseros son el matrimonio de Gail (Alison Steadman, en su mejor momento interpretativo) y Henry Reynolds (Peter Davison), una pareja de ancianos cuya relación se complica cuando aparece en escena una vieja amiga de la universidad de Gale, quien le hace notar lo mal que la trata siempre su marido, subestimándola y ridiculizándola en público, eclipsándola y haciendo constantes bromas sobre su persona, un maltrato psicológico que hasta entonces había normalizado y que en su 70 cumpleaños decide no seguir soportando, justo cuando a él le diagnostican un cáncer de páncreas dándole un pronóstico de seis meses de vida.

En el piso de arriba, vive un matrimonio más joven, el del profesor universitario David (Adrian Lester) y su misteriosa mujer, la escritora Kelly Aston (Rachael Stirling), del que no se puede contar gran cosa sin hacer spoiler, excepto que su idílica relación se pondrá a prueba al descubrir él una infidelidad de la mujer que creía perfecta.

Por último, la planta baja la ocupan, por un lado, Belle Stone (Victoria Hamilton), una profesora de pilates alcohólica y divorciada, a la que le atormenta no ser demasiado divertida y cuya vida da un vuelco cuando debe hacerse cargo de su sobrina de 16 años, Maya (Erin Kellyman), cuya su madre esquizofrénica (la hermana pequeña de Bell) ha intentado quitarse la vida; y por otro, Hannah Taylor (Melissa Johns, actriz que ha luchado por dar visibilidad a su discapacidad física), embarazada de su primera hija, mientras su prometido Liam y Andy, el padre biológico de la niña (Calvin Demba), que es fruto de un lío de una noche, se esfuerzan en normalizar la situación, disputándose en secreto su amor.

Profundamente emotiva y bien trabajada a nivel de diálogos, intercalando momentos dramáticos, con escenas de humor, cabe destacar, una vez más, la naturalidad con la que los protagonistas de estas cuatro tramas, sutilmente entrelazadas, abordan las distintas situaciones que les ha tocado lidiar en la vida, sin caer en la caricatura ni en el sentimentalismo barato, haciendo que el espectador empatice y se sienta identificado a muchos niveles con ellos.

Cada uno de los personajes vive un instante decisivo, un momento disruptivo al que debe enfrentarse a su manera, porque como se apunta a modo de moraleja: “la vida es demasiado corta para desperdiciarla”. Especialmente Hannah, empeñada en darle normalidad al hecho de que su hija tenga dos padres, una decisión vital que intenta que sea aceptada y consensuada por los dos hombres que comparten su vida, sin querer reconocer lo que realmente le dicta el corazón. Y Gael, decidida a recuperar el tiempo perdido, aunque tenga que ponerse el mundo por montera y acabar con un matrimonio de cincuenta años, en el que se sentía anulada. O Belle, uno de los personajes de mayor profundidad psicológica, incapaz de cortar los lazos de dependencia afectiva que la unen a su exmarido, hasta que comprende que su sobrina adolescente y su hermana enferma necesitan ser su máxima prioridad.

Como su propio título sugiere, ver esta serie (o cualquiera de las otras aquí reseñadas) es contemplar la vida y las relaciones familiares y de pareja con los ojos de hoy en día, sin prejuicios morales ni convenciones atávicas, con todo su encanto y en toda su humana complejidad sentimental. Un género en el que la producción audiovisual británica se ha especializado, cosechando gran aceptación. Porque la vida, al final, no es más que las cosas que (nos) suceden.

La vida de Tony Johnson se convierte en un infierno al perder a su esposa Lisa
Fleabag es una treintañera insatisfecha que se resiste a acatar las normas que la sociedad dicta para las mujeres
Durante diez días, Louise y Tom se encuentran en el mismo pub, diez minutos antes de acudir a la consulta con su terapeuta de pareja
Algunas escenas de la serie «LIfe» cuya acción se ubica en una antigua y señorial casa victoriana de Manchester
Título original: "After Life"

Año: 2019

Duración: 30 min.cap. 2 Temporadas.

País: Reino Unido

Dirección: Ricky Gervais 

Guión: Ricky Gervais

Música: Andy Burrows

Fotografía: Martin Hawkins

Reparto: Ricky Gervais, Jo Hartley, Tony Way, Ashley Jensen, Tom Basden, David Bradley, Roisin Conaty, Mandeep Dhillon, Kerry Godliman, Paul Kaye, Diane Morgan, Joe Wilkinson, Penelope Wilton, ver 7 más

Productora/Distribuidora: Netflix.

Género: Serie de TV. Comedia dramática
Título original: "Fleabag"

Año: 2016

Duración: 27 min./cap. 2 Temporadas

País: Reino Unido

Dirección: Phoebe Waller-Bridge (Creador), Harry Bradbeer, Tim Kirkby

Guión: Phoebe Waller-Bridge (Obra: Phoebe Waller-Bridge)

Música: Isobel Waller-Bridge

Fotografía: Tony Miller, Laurie Rose

Reparto: Phoebe Waller-Bridge, Sian Clifford, Olivia Colman, Andrew Scott, Brett Gelman, Bill Paterson, Jenny Rainsford, Ben Aldridge, Jamie Demetriou, Hugh Skinner, Sarah Daykin, Hugh Dennis, Olivia Gray...

Productora: Two Brothers Pictures (Distribuidora: Amazon Prime Video)

Género: Serie de TV. Comedia negra
Título original: "State of the Union"

Año: 2019

Duración: 10 capítulos de 10 min.

País: Reino Unido 

Dirección: Stephen Frears

Guión: Nick Hornby

Música: Roger Eno

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Chris O'Dowd, Rosamund Pike, Jitendra Rai, Aisling Bea, Janet Amsden, Laura Cubbitt, Elliot Levey, Jeff Rawle, Sope Dirisu

Productora: See-Saw Films (Distribuidora: Sundance Channel)

Género: Serie de TV
Título original: "Life"

Año: 2020

Duración: 6 cap. de 60 min.

País: Reino Unido

Dirección: Kate Hewitt

Guión: Mike Bartlett

Música: Guy Garvey, Peter Jobson, Paul Saunderson

Fotografía: Dirk Nel, Ben Magahy

Reparto: Saira Choudhry, Peter Davison, Calvin Demba, Victoria Hamilton, Joshua James, Melissa Johns, Erin Kellyman, Adrian Lester, Alison Steadman, Rachael Stirling, Kate Ashfield, Robyn Cara, Susannah Fielding...

Productora: BBC One, Drama Republic

Género: Miniserie de TV. Drama 

EL DIABLO A TODAS HORAS

De las muchas cruentas y brutales escenas que alberga una película en apariencia modesta como “El diablo a todas horas”, estrenada en Netflix el año pasado, hay dos en particular que consiguen ponerme el vello de punta. Cuando Willard Russell (Bill Skarsgård), desesperado por salvar a su mujer enferma de cáncer, sacrifica al perro de la familia clavando su cadáver en una cruz, como si de una ofrenda bíblica se tratase, obligando a su pequeño e inconsolable hijo, Arvin (Banks Repeta) a rezar de rodillas ante semejante horror; y aquella en la que Roy Laferty, un falso y perturbado profeta (escalofriante Harry Melling vaciando sobre su rostro un bote lleno de arañas), le exige a Dios que resucite a su esposa (Mia Wasikowska), tras haberle clavado un destornillador en el cuello en prueba de su fe. Sin que, en ninguno de los dos casos, sus plegarias sean atendidas.

Y es que, si hay algo que sobrevuela el argumento de esta película, que roza el paroxismo intentando abordar el espinoso asunto del fanatismo religioso que reina en la América profunda, donde el mensaje de las Sagradas Escrituras es tomado al pie de la letra, es la creencia en un Dios que permanece en silencio. El Dios exigente y vengativo del Antiguo Testamento. Un Ser tan todopoderoso como ausente. Impasible mientras la humanidad sucumbe, presa de la ignorancia y de sus bajas pasiones, dando rienda suelta a una crueldad que le viene de serie, como un imperdonable defecto de fábrica.

Pese a lo que pueda sugerir su título, “El diablo a todas horas” no es una película de terror, aunque se cometan crímenes horrendos, ni hay ninguna posesión o presencia maligna que impulse a los personajes a cometer toda clase de monstruosas y sanguinarias atrocidades. La maldad, nos dice Donald Ray Pollock, autor de la novela negra en la que se basó el realizador neoyorquino Antonio Campos para hacer el guión, corre por las venas de los protagonistas de las historias que se entrelazan en su argumento. Gente humilde, sin educación ni cultura, los lugareños de dos poblados de Ohio (Knockemstiff) y Virginia (Coal Creek), embaucados desde su más tierna infancia por toda clase de charlatanes, pastores y falsos predicadores, que hacen buena la advertencia de Karl Marx de que “la religión es el opio del pueblo” y, en ocasiones, puede ser algo incluso peor, generando una serie de traumas psicológicos irreparables que están en el origen de la destrucción de muchas vidas.

Con una compleja estructura temporal que va de la Segunda Guerra Mundial al conflicto de Vietnam, dice la crítica especializada que la película de Antonio Campos es “una película sombría, mezcla de film noir (cine negro) y gótico sureño”. Un subgénero, principalmente desarrollado en los Estados Unidos, en el que aparecen elementos sobrenaturales que, a diferencia de la novela gótica, no se usan para crear suspense, sino para describir cuestiones sociales y culturales propias de los estados rurales del sur. Algunos escritores que han cultivado este género en la literatura son William Faulkner, Tennessee Williams o Truman Capote en su laureada novela “A sangre fría”, en la que narra un brutal asesinato que sacudió la tranquila vida de Holcomb, un pueblecito de Kansas, en 1959.

En el caso de “El diablo a todas horas”, es la voz de off del propio Donald Ray Pollock, autor de la novela homónima publicada en el año 2011, la que nos guía a través del relato, como una especie de oráculo que marca el sino trágico que persigue a varias generaciones de una misma familia y a otros personajes de su entorno, una comunidad de psicópatas, asesinos y abusones en la que reina la depravación moral y anida la simiente de la sed de venganza y el “ojo por ojo” de la Ley del Talión.

De hecho, “esperar el momento adecuado para devolver el golpe” es lo primero que su padre le enseña a Arvin Russell (Tom Holland), hijo de un exsoldado (Bill Skarsgård) y una camarera (Haley Bennett), quien desde muy niño será testigo y víctima de ese universo enrarecido, dominado por la violencia, donde se irán sucediendo una serie de desgraciados acontecimientos (bulling, suicidios, asesinatos a sangre fría, abusos sexuales, cadáveres descuartizados y enterrados…) que, al afectar a los suyos y arrasar con sus vidas, no le dejarán más remedio que empuñar el arma que heredó de su padre (la misma con la que Hitler -encarnación del mal por excelencia- se voló la tapa de los sesos en su búnker, según la leyenda) para convertirse en justiciero, siendo la lealtad a la familia la única redención posible.

Un siempre sobreactuado Robert Pattinson (el de la saga de “Crepúsculo”) que sin embargo resulta creíble como el farisáico, depravado y narcisista Reverendo Preston, un joven y apuesto pastor recién llegado al poblado que seduce y abusa de sus feligresas menores de edad, entre ellas la inocente Lenora (Eliza Scanlen) -a quien Marvin quiere y protege como si fuera su hermana de sangre- dejándola embarazada; Riley Keough y Jason Clarke, como Charlotte y Carl, una pareja de asesinos en serie que se dedica a recoger autoestopistas, para asesinarlos y mutilar sus miembros mientras se hacen fotos pornográficas; Mia Wasikowska, como Hellen Haton Laferty, la madre biológica de Lenora, asesinada y descuartizada en el bosque por su marido; y Sebastián Stan, en el papel de un policía corrupto que aspira a presentarse a las elecciones para sheriff del condado, completan el espectacular reparto de esta película maltratada por la crítica, en la que destacan sus magníficas interpretaciones.

Como pasa a menudo, la versión cinematográfica no ha cubierto las expectativas de quienes habían leído antes la aclamada novela de Pollock. En concreto, se le achaca cierto efectismo gore y se ha dicho que, pese a la longitud de su metraje (134 minutos), carece del sosiego necesario para ahondar en la complejidad psicológica de sus trastornados personajes. Quizá por no ser mi caso, a mi me ha gustado. No será la película definitiva sobre la Gran Tragedia Americana, pero sirve para hacerse una idea.

FICHA TECNICA:

Título original: The Devil All the Time

Año: 2020

Duración: 134 min.

País: Estados Unidos
 
Dirección: Antonio Campos

Guion: Antonio Campos, Paulo Campos (Basada en la novela homónima de Donald Roy Pollock)

Música: Danny Bensi, Saunder Jurriaans

Fotografía: Lol Crawley

Reparto:
Tom Holland, Bill Skarsgård, Jason Clarke, Sebastian Stan, Robert Pattinson, Eliza Scanlen, Mia Wasikowska, Riley Keough, Haley Bennett, Mia Goth, Tracy Letts, Gregory Kelly, Gabriel Ebert, Emma Coulter, Harry Melling, Douglas Hodge, Lucy Faust, Drew Starkey, Kristin Griffith

Productora: BorderLine Films, Ninestory Pictures (Distribuidora: Netflix)

Género: Thriller. Drama | Drama sureño. Vida rural (Norteamérica). Asesinos en serie. Años 60. Años 50. Crimen. Religión. Historias cruzadas

AKELARRE

Una imagen exótica ha recorrido estos días las redes sociales. La de Aranzazu Calleja y Maite Arroitajauregi, premiadas con el Goya a la Mejor Música Original por su trabajo en la película «Akelarre«, quienes agradecían el galardón dando palmas a ritmo del cántico de las brujas. Un soniquete a escala infinita, interpretado en euskera (idioma ancestral de un pueblo de origen pagano, proscrito a lo largo de la historia por distintos «ismos», especialmente el franquismo), que consigue volver loco al juez inquisidor Rosteguy De Lancre, especie de discípulo de Torquemada encomendado por el Rey Enrique III de Navarra y IV de Francia para “purificar” la región quien, en el año 1609, recorre las tierras del Sr. de Urtubi, en busca de infieles y herejes a los que quemar en la hoguera.

Ganadora de cinco premios Goya (Mejor Música Original; Mejor Dirección Artística; Mejor Diseño de Vestuario; Mejor Maquillaje y Peluquería y Mejores Efectos Especiales) y rodada, con gran preciosismo pictórico y abundancia de claroscuros, en Navarra e Iparralde, la exitosa película del director argentino Pablo Agüero («Eva no duerme«, «77 Doronship«) tuvo al parecer su origen en su lectura del libro “La bruja” del historiador francés Jules Michelet, la obra más importante sobre las supersticiones medievales escrita hasta la fecha, donde se ofrece un pormenorizado análisis sobre rituales vinculados a ella (pacto con Satán, akelarres, misas negras) durante la Edad Media en Europa, así como en el libro ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios‘, en el que el verdadero juez De Lancre, quien en el S. XVII recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a muerte por supuestos actos de brujería, relató sus propias vivencias.

Y es que, la caza de brujas (o sorginak, como decimos en euskera) no fue un cuento de viejas (pese a que su carácter mágico la asocie a la transmisión oral de una leyenda mitológica) sino un proceso real, de proporciones dantescas, que se cobró la vida de más de 60.000 personas, mayormente mujeres, durante los siglos XVI y XVII, en Europa y los Estados Unidos. Uno de los episodios más crueles y psicóticos de nuestra Historia que el cine y el teatro han abordado ya en otros títulos memorables, como “El Crisol o las Brujas de Salem” de Arthur Miller o “Las Brujas de Zugarramurdi”, de Alex de la Iglesia.

Desde mediados del siglo XIV, el viejo continente se encontraba inmerso en plena crisis de fe. La peste negra había acabado con la vida de uno de cada tres habitantes, la pobreza campaba a sus anchas, el feudalismo comenzaba a declinar y el Cisma de Occidente distaba mucho de verse resuelto.

La pugna de dos Papas (uno en Roma y otro en Avignon) por el poder de la Iglesia católica entre 1378 y 1417 fue el desencadenante de un progresivo sentimiento de temor hacia los enemigos de la fe cristiana, quienes amenazaban con destruir los principales pilares de la Iglesia a través de la adoración de su principal rival y enemigo: el Demonio, también llamado Belcebú, Lucifer, El Diablo, El Maligno, Satanás. En euskera: Deabrua.

En ese contexto, Agüero y su coguionista Katell Guillou, construyen una pequeña historia, costumbrista e irreverente, acontecida en una aldea marinera, a orillas del Cantábrico, en lo que en la propia película se llama “el País de los Vascos” (“No me explico por qué en este país de los vascos hay más brujería que en cualquier otro lugar del mundo”, se pregunta De Lancre. “La gente de aquí es inconstante, como el mar”, le contesta el capellán quien, pese a hablar en lengua vasca para evangelizar a los aldeanos, utiliza el español para hablar “en cristiano”, mostrándose servil ante las autoridades).

Aprovechando que los hombres se han hecho a la mar, De Lancry y sus colaboradores arriban al pueblo habitado únicamente por mujeres ancianos y niños, en su mayoría tejedoras y campesinos, con la intención de detener y enjuiciar a seis adolescentes acusadas de haber celebrado el rito del “Sabatt”, ceremonia mágica de adoración a Lucifer (no confundir con el «Shabat» judío), durante la cual se supone que las brujas invocan al diablo en la oscuridad de los bosques, para aparearse con él.

En realidad, lo que Ana Ibarguren y sus amigas: María Ibarguren, Maider Aguirre, Olaia Isasi, Oneka Arbizu y la pequeña Katalin han hecho no pasa de ser una travesura adolescente: celebrar una fiesta en el bosque, beber sidra, fumar hierba y consumir alguna seta alucinógena, bailando y riendo hasta el amanecer, tal y como haría cualquier joven de hoy en ausencia de sus padres. Pero la ignorancia, el fanatismo, la superchería y la lascivia de sus inquisidores, decididos a calificar de demoníaca cualquier conducta que escapase de la puritana e implacable moral católica en aquellos años, las condena de antemano, no sin antes someterlas a una brutal tortura psicológica y física, durante un proceso demencial, en el que De Lancry, en un giro de los acontecimientos que obedece a cierta justicia poética, termina siendo realmente “embrujado” por los encantos de Ana que se autoinculpa diciendo ser la única bruja e inicia un relato inventado sobre cómo hechizó al resto, para salvar de las torturas y de la hoguera a sus amigas, y sobre una supuesta posesión diabólica, en medio de un sabbat imaginario que adorna con todo lujo de detalles eróticos y cierta irreverencia valleinclanesca (el burro vestido de cura, la cabra vestida como el gran Sr. de Urtubi, el cerdo con atuendo de juez…), con intención de excitar la mente calenturienta de su inquisidor, para así ganar tiempo y retrasar la ejecución, hasta que los hombres regresen de la mar.

Rostegy la escucha hipnotizado, reviviendo “el éxtasis” de Santa Teresa y sintiéndose irremediablemente atraído por la sensualidad de la joven, aunque atribuye dicha atracción a sus habilidades de bruja y a la propia intervención del Maligno, por lo que su interés por ella es equiparable al miedo que le inspira, tal y como advierte la anciana Sra. de Lara, quien (nunca mejor dicho) sabe más por vieja que por diabla: “Los hombres temen a las mujeres que no les temen”.

He ahí la idea fuerza de esta historia, en la que el peso de la interpretación recae en Amaia Aberasturi (Ana) y Àlex Brendemühl (De Lancry), si bien es de destacar la intervención de Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, un puñado de actrices inmensas, todas ellas debutantes, bilingües (capaces de utilizar en la misma escena el español y el euskera indistintamente) y desbordantes de espontaneidad.

La belleza y la capacidad de seducción femeninas, ancestralmente demonizadas por el catolicismo clerical que las responsabiliza nada menos que del pecado original, se convierten en el centro de la película de Agüero, decidido a ponerlas en valor en defensa propia y a reivindicar la astucia femenina frente a la ignorancia del fanatismo religioso y el machismo opresor imperantes en la edad media que tienen su réplica hasta nuestros días.

Poco sabían las mujeres que habitaban el País de los Vascos en el siglo XVI y XVII de reivindicaciones feministas. Sin embargo, hoy la figura de aquellas “brujas” es reivindicada desde el feminismo y «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar» se ha convertido en un lema repetido en las marchas por los derechos de la mujer. Su audacia e irreverencia frente al hombre/inquisidor las convierte en pioneras de la lucha por la liberación femenina hasta sus últimas consecuencias, como evidencia el gran final alegórico de “Akelarre” que, salvando las distancias espaciotemporales, me ha recordado y provocado la misma emoción que el de “Telma&Louise”. Al fin y al cabo, la sociedad siempre ha tenido miedo de las mujeres que vuelan, ya sea por brujas o por libres.

El director argentino se ha centrado en esa idea de que “el origen del mal es la mujer” y encuentra paralelismos en la actualidad: “Porque una mujer se viste de una manera o está sonriendo se dice que está provocando, como si su alegría, su despreocupación o su belleza fueran un crimen”.

“No hay nada tan peligroso como una mujer que baila”, dice Agüero. “Para ellas es su arma. Su manera de rebelarse es la alegría. Lo lúgubre está en la mirada del otro, que transforma la libertad sexual y de pensamiento en algo oscuro. Y eso sigue vigente, la culpabilización y la condena de la libertad femenina”.

Por eso “Akelarre” nos invita a seguir disfrutando de la vida y a no quedarnos quietas, a ejercer con alegría la resistencia, sin renunciar a lo que somos ni avergonzarnos de cómo somos. Como escribía Diego Brodersen, en Página 12: “Si el baile de una mujer es lo más peligroso que hay sobre la tierra, habrá que seguir bailando. Incluso después de que las llamas se extingan”.

Título original: Akelarre

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España-Argentina-Francia

Dirección: Pablo Agüero

Guión: Pablo Agüero, Katell Guillou

Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Lorea Ibarra

Compañías: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production

Género: Drama | Siglo XVII. Brujería

“THE ASSISTANT” Y “GLORIA BELL”

Si hay un común denominador entre los cientos de libros y películas que se han dedicado al estudio de la identidad femenina a lo largo de la historia es el que define a las mujeres como seres extraordinariamente complejos, dotados de una gran intuición y sensibilidad. Lo del pensamiento matemático y el raciocinio lógico ya es otro cantar. Un espacio injustamente vetado a la mujer y reservado al género masculino, incluso en los propios tratados científicos.

A nosotras se nos concede, a cambio, el atributo de la inteligencia emocional, una mayor fluidez comunicativa (especialmente en la expresión de nuestros sentimientos) y memoria verbal, así como mayor velocidad y precisión perceptiva que nos permite, entre otras cosas, distinguir el rosa del fucsia o localizar un objeto o persona en medio del caos, como lo haríamos con una aguja en un pajar. Por no mencionar nuestra tendencia (algo “masoca”) a la introspección, la autoexigencia y la constante autocrítica, como derivada de una educación culpabilizante que nos sigue estigmatizando y haciendo creer que nuestras capacidades son limitadas, cuando en realidad no lo son más que las de cualquier ser mortal.

A consecuencia de todo ello, el cine y la literatura, más empeñados que nunca en seguir escarbando en el alma femenina, se topan constantemente con personajes poliédricos, mujeres “prisma” que absorben toda la luz del mundo para proyectarla de mil formas y colores diferentes sobre un sinfín de roles y parcelas de actividad. Personas valiosas, empeñadas en autoperfeccionarse y en darle un significado y una razón a sus vidas, a menudo confundidas, aturdidas o sobrepasadas por las exigencias, frustraciones, abusos y limitaciones que les impone la vida diaria.

Estos días (como sucede siempre que se acerca el 8 de marzo) las plataformas de streaming nos han obsequiado con algunos estrenos cuya temática responde a esa perspectiva de género, en los que pueden apreciarse todos estos matices y algunos más.

En concreto me he fijado en dos: la película “The Assistant” (Filmin) de Kitty Green, promocionada como “el thriller definitivo sobre el movimiento #MeeToo”, surgido a raíz del caso de Harvey Weinstein, uno de los productores más importantes de la industria de Hollywood acusado de abusar sexualmente de un buen número de actrices y aspirantes; y “Gloria Bell” (Netflix), un autoremake de la película “Gloria” (2013) del director chileno Sebastián Lelio, en la que somos testigos de los denodados intentos de una mujer divorciada, de mediana edad y con hijos adultos, por sentirse útil para los suyos y vivir la vida que le resta con intensidad.

Si en el primer caso, la protagonista femenina es una joven debutante en el mundo laboral, en el segundo se trata de una mujer ya próxima a la jubilación. Pero no es esa la única diferencia entre ambas historias.

En «The Assistant» estamos ante una película minimalista, con muy pocos diálogos y nada de música, rodada en el ambiente algo claustrofóbico, aséptico e impersonal de una oficina con escasa decoración, pobre iluminación y mobiliario gris, en donde todo transcurre durante un día en la jornada laboral de la también grisácea y algo triste Jane (una comedida y silenciosa Julia Garner, conocida por su trabajo en “Ozark”), quien ejerce de “chica para todo” en el despacho del gran depredador sexual (cuya presencia se intuye, omnipotente y omnipresente, pese a que jamás lleguemos a verlo en carne mortal).

Mucho más luminosa (gracias a la fotografía colorista de Natasha Braier), la Gloria que encarna la maravillosa Juliane Moore en «Gloria Bell» (versión angloparlante del personaje original que le valió un merecido Oso de Plata, en la Berlinale, a la actriz chilena Paula García) es una mujer de espíritu libre, expansiva, divertida, cálida, cantarina y risueña, empeñada en ponerle banda sonora ochentera a su vida y salir a quemar la pista de baile, sola o acompañada.

De algún modo, la distancia generacional entre estas dos mujeres enmarca un abanico infinito de posibilidades, perfiles, temores y vivencias femeninas, con los que las mujeres podemos identificarnos, al menos en parte, en la medida en que cada una de nosotras responde a su propia singularidad y momento vital.

Jane es una recién graduada universitaria y aspirante a productora cinematográfica que consigue aparentemente el trabajo perfecto como asistente de un poderoso ejecutivo de la industria del entretenimiento y se desvive por hacerlo de manera eficaz.

Como tantas y tantas asistentes, secretarias y becarias, su día a día consiste en ser la primera que llega (aún de madrugada) y la última que se marcha de la oficina, donde tiene que preparar café, cambiar el papel de la fotocopiadora, encargar el almuerzo, organizar viajes, atender a las exigencias del jefe y aguantar las impertinencias de su mujer, recibir y contestar sus mails y sus llamadas, recoger su ropa en la tintorería, ordenar su medicación… Permanentemente a prueba, sometida a un continuo examen en el que cualquier mínimo error puede suponer una humillante reprimenda o un despido fulminante.

Se podría decir que Jane es Ariadna atrapada en la cueva del minotauro, devorador de la vida y la virtud de jóvenes doncellas, a quien nadie ve, pero todos temen porque conocen de lo que es capaz.

Sin duda el principal valor de la película de Kitty Green es el de saber contárnoslo todo, sin enseñarnos nada de forma explícita.

Uno de los momentos más impactantes de “El escándalo” (Bombshell) es el que mostraba cómo Roger Ailes -el mandamás de la FOX- se propasaba con una becaria, el personaje que interpretaba Margot Robbie en la película dirigida por Jay Roach. Green huye de eso. Quizás porque no considera necesario caer en el morbo de mostrar la naturaleza obscena de unos abusos sobre los que hemos podido leer todo tipo de detalles en prensa durante los últimos años.

En su lugar, nos invita a construir el puzzle de los hechos por nosotros mismos, en base a una serie de indicios (el pendiente encontrado en el sofá, los medicamentos antiabortivos, la guapa becaria sin cualificación alguna, a la que “el jefe” manda a traer desde Boise y alojar en un hotel, nombrándola su segunda ayudante…) recogidos a través de la mirada de la joven Jane, lo bastante perspicaz para darse cuenta de que algo no va bien en la oficina y de que allí están pasando cosas que no deberían de pasar, hasta enfrentarse al dilema fundamental de la película: hacer algo al respecto o dejar hacer.

Como la heroína griega, la joven tira del hilo e intenta salir del laberinto, una vez toma conciencia del abuso al que está siendo sometida recibiendo a diario un trato degradante, pero es entonces cuando se topa con la gran muralla del sistema que opera como una fortaleza medieval de la que difícilmente se puede salir indemne, como deja claro su visita al responsable de Recursos Humanos, brillantemente interpretado por Matthew McFayden (“Succession”, “Orgullo y Prejuicio”) en una breve escena plagada de cínicas advertencias que, por desgracia, resulta demasiado habitual. “¿De verdad quieres seguir adelante con esto?” “¿Qué crees que vas a conseguir denunciando?”, “Tu problema es que estás celosa”, “Te irás acostumbrando…”, “Que suerte tienes de no ser su tipo…”

Como bien observa Fernando Vílchez en “Las cosas que nos hacen felices”, “a diferencia de otros trabajos donde también se abordaba la ley de silencio que durante décadas dio cobertura a hombres como Harvey Weinstein, “The Assistant” huye de nombres propios. Y lo hace, precisamente porque busca despersonalizar la figura de Weinstein. Al fin y al cabo, hay muchos jefes déspotas que abusan de su poder”.

En lugar de centrarse en él, prefiere hacerlo en los que le rodean. Los que sabían lo que pasaba y no hicieron nada para evitarlo. Aquellos que callaron para salvar su pellejo y su puesto de trabajo, sin que su conducta nos resulte, lamentablemente, desconocida o anómala.

Es así como la supuesta heroína acaba aceptando su destino y convirtiéndose en parte del problema. A juzgar por la escena final, en la que se aleja cabizbaja del lugar de los hechos a sabiendas de que el abuso está siendo consumado, con intención de regresar al día siguiente a su puesto de trabajo, intuimos que acabará siendo una empleada más, como la que en un ascensor le sugiere que no se preocupe demasiado porque “en esto, ellas ganan más que él”.

Quién sabe si la “Gloria Bell” de Sebastián Lelio fue en un tiempo pasado también esa Jane. Lo que sí conocemos es su postura respecto al problema de una compañera de trabajo obligada a prejubilarse con una pensión mísera, con la que se solidariza brindándole su incondicional amistad, sin poder evitar (tampoco en ese caso) que el abuso y la injusticia se impongan, ya que es algo que no está en su mano.

Con una situación laboral consolidada, aunque sea en un trabajo algo anodino como empleada de una empresa de seguros, divorciada hace más de diez años, dos hijos adultos, un nieto y un exmarido con quien parece guardar una relación cordial, los problemas de Gloria (Juliane Moore), a su edad, son otros. Los de una mujer que combate la soledad y el paso del tiempo, acudiendo a clases de yoga y de risoterapia, ansiosa por disfrutar de la vitalidad que aún le queda y del amor que cree haber vuelto a encontrar en un desconocido, con quien entabla conversación en la discoteca para “singles” maduros, a la que periódicamente suele acudir para hacer una de las cosas que más le gusta: bailar.

El inexpresivo Arnold (John Turturro) es un recién divorciado que ha adelgazado casi cincuenta kilos gracias a un balón gástrico, trabajó en el ejército y actualmente regenta un parque de atracciones en los que el personal se divierte disparándose con pistolas de paintball.

Ambos se enamoran bailando un tema de “Earth, Wind & Fire” y regresan a casa con algunas copas de más dando inicio a un romance que irá más allá del interés puramente sexual. Pero Arnold parece mantener una relación de dependencia algo tóxica con sus dos hijas y su exmujer, lo que le impide entregarse por completo a una nueva historia de amor. Por lo que las expectativas de Gloria pronto se ven decepcionadas.

Tras un viaje a Las Vegas que deja magulladuras literales y simbólicas, la película recurre a un par de trucos dramáticos diseñados para terminar de construir una heroína moderna, capaz de tropezar una y otra vez con las zonas erróneas propias y ajenas y, sin embargo, seguir en pie con dignidad y energías renovadas.

Julianne Moore logra en este sentido una interpretación soberbia, con momentos literalmente “gloriosos”. Su actuación libre de complejos, de pudores y prejuicios, construye un personaje sumamente seductor. El de una mujer de casi 60 años, libre de ataduras y de responsabilidades, que sólo busca ser feliz.

Y es que, más allá de la intención declarada de visibilizar a la mujer madura, con sus inquietudes e inseguridades, y darle la importancia que parece haber perdido con el creciente culto a la belleza física, lo que la película del director chileno nos recuerda es que nunca es tarde para procurar la felicidad y que, hasta la penúltima equivocación merece la pena, si en el intento hemos logrado sonreír.

FICHA TÉCNICA:


Título original: The Assistant

Año: 2019

Duración: 81 min.


País: Estados Unidos

Dirección: Kitty Green

Guión: Kitty Green

Música: Tamar-Kali Brown

Fotografía: Michael Latham


Reparto: Julia Garner, Matthew Macfadyen, Dagmara Dominczyk, Kristine Froseth, Patrick Wilson, Mackenzie Leigh, Juliana Canfield, Noah Robbins, Alexander Chaplin, Purva Bedi, Lou Martini Jr., Migs Govea, Fang Du, Daoud Heidami, Jonny Orsini, Sophie Knapp, Andrew Hsu, Devon Caraway

Productora: 3311 Productions, Cinereach, Forensic Films, Level Forward, Symbolic Exchange, Bellmer Pictures, JJ Homeward Productions (Distribuidora: Bleecker Street)

Género: Drama | Trabajo/empleo. Abusos sexuales
FICHA TÉCNICA:

Título original: Gloria Bell

Año: 2018


Duración: 102 min.


País: Estados Unidos


Dirección: Sebastián Lelio


Guión: Alice Johnson Boher (Historia: Sebastián Lelio, Gonzalo Maza)

Música: Mathew Herbert


Fotografía: Natasha Braier


Reparto: 
Julianne Moore, John Turturro, Michael Cera, Jeanne Tripplehorn, Holland Taylor, Brad Garrett, Caren Pistorius, Sean Astin, Cassi Thomson, Tyson Ritter


Productora: Co-production Estados Unidos-Chile; Filmnation Entertainment, Fabula

Género: Drama. Romance | Remake. Amistad

HILLBILLY, UNA ELEGÍA RURAL

“Hillbilly”. Otra de las películas que se aloja en el catálogo de Netflix y de la que seguramente oiremos hablar en la noche de los Oscar, gracias a la eterna nominada Glenn Close, en la que sin lugar a dudas es una de las mejores interpretaciones de su carrera desde su sobreactuado debut como peligrosa psicópata en “Atracción Fatal”.

La vi hace ya algún tiempo pero, antes de escribir sobre ella, he querido distanciarme del contexto y de los motivos que llevaron a la crítica a destrozarla, por estar basada en un libro autobiográfico (“Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”) emparentado con los esloganes de campaña de Donald Trump, al retratar la penosa degradación de una clase social en declive, la de los trabajadores blancos en muchas zonas de la América profunda, intentando al mismo tiempo rescatar la idea de redención del sueño americano que dibuja un país en el que todo es posible de lograr a base de esfuerzo y deseos de superación.

La historia en la que se inspira la película es la de JD Vance, actualmente director de una empresa de inversión en Silicon Valley, quien creció en el cinturón industrial de Middletown (Ohio), a donde su peculiar familia tuvo que mudarse desde la ciudad de Jackson (Kentucky), de donde eran originarios. De ahí el término peyorativo de “hillbillie”, con que se nombra a los habitantes de la cordillera de los Apalaches, un grupo social cada vez más empobrecido y radicalizado del país, al que pertenecen algunos de los estrafalarios especímenes a los que recientemente vimos asaltar el Capitolio de los Estados Unidos.

El resentimiento, la falta de oportunidades y una mezcla de victimismo y pesimismo autodestructivo, que los ha hecho caer en el alcoholismo y la drogadicción, así como un exagerado orgullo patrio y una fervorosa fe en Dios, han hecho de los “hillbillies” gente frustrada y agresiva, que se conforma con vivir de los subsidios del Gobierno, situándose en los márgenes de la sociedad americana.

Vance cuenta su historia a través de la de su propia y disfuncional familia, en la que, como insiste en dejar claro, priman la lealtad y el cariño, pese a padecer un serio déficit en la expresión de sus sentimientos, imponiéndose el maltrato, los gritos y los excesos verbales entre sus miembros

Mediante el emotivo recuerdo de su áspera abuela, de su abuelo borracho, de su madre drogadicta o de su padre desconocido, retrata los anhelos, las luchas, los conflictos y valores, así como la incesante búsqueda de culpables a quienes responsabilizar de su desdicha, de una comunidad en decadencia, olvidada por el sistema, que se ha ido degradando lentamente a través del tiempo y para la que, sin embargo, nos dice, aún hay una oportunidad de salvación, poniéndose a sí mismo de ejemplo.

Todo comienza cuando, a punto de convertirse en abogado, una emergencia familiar lo obliga a volver al pueblo miserable que siempre quiso olvidar. Un viaje al pasado que le permitirá cerrar viejas heridas y comprender mejor de dónde viene y quién es realmente. El hijo de Bev (Amy Adams, excepcional), quien a los trece años quedó embarazada, por lo que toda la familia tuvo que abandonar su pueblo natal estigmatizada por la vergüenza.

Empleada como enfermera en un hospital, esta empieza a automedicarse robando ansiolíticos hasta convertirse en una adicta, pasando al consumo de otras drogas ilegales hasta caer en la heroína, lo que combina con una interminable y errática lista de amantes de mala vida y peor reputación, en busca de un marido y un padre para sus dos retoños: Lindsay (Haley Bennett) y JD (Gabriel Basso), que le proporcione al fin la estabilidad que ansía.

Es la intervención de su ruda abuela, Mawmaw (Glenn Close) -víctima, en el pasado, de maltrato a manos de un marido alcohólico- quien se hace cargo de su educación, lo que permite que JD consiga escapar de ese entorno de marginalidad, violencia e ignorancia, para convertirse en lo que el pensamiento conservador americano define como “un hombre de provecho” que, tras terminar la secundaria, se alista en el Cuerpo de Marines y sirve como soldado en Irak y, gracias a un sistema de becas, consigue finalmente graduarse por la Universidad Estatal de Ohio y por la Facultad de Derecho de Yale, dejando atrás a su familia, para emprender un futuro de éxito, coronado por un matrimonio feliz, una casa con jardín en San Francisco, un par de hijos y dos perros.

Estamos pues ante lo que podría considerarse el credo del republicanismo sociocultural estadounidense, en donde los valores familiares tradicionales, siendo pilar fundamental en el desarrollo de la personalidad, están claramente supeditados al individualismo capitalista, cuya ambición no conoce límites.

JD Vance es quien es, gracias a la impronta que dejó en él su familia, pero también gracias a haberla sabido dejar atrás, desentendiéndose de los problemas de su atormentada madre, a quien deja egoístamente al entero cuidado de su hermana Lindsay, que -por el hecho de ser mujer- obviamente no ha corrido con la misma suerte que su hermano, debiendo resignarse a una vida mucho más precaria y carente de ambición, como empleada de un polígono comercial, y sacrificada hija, esposa y madre de familia.

Bob Hutton escribía sobre ello en la revista Jacobin: «En última instancia, su libro -el de JD Vance- ilustra el oxímoron que el capitalismo y sus defensores claman: cualquier individuo trabajador puede llegar a la cima, pero, para ello, muchos más individuos deben permanecer abajo«.

Como he mencionado al principio, la crítica ha sido implacable con la película de Ron Howard a la que, más allá del reconocimiento por las estupendas actuaciones de sus dos actrices protagonistas (Close y Adams) y del notable esfuerzo del equipo de casting, maquillaje y vestuario, por el increíble parecido físico de los actores con los personajes reales de la historia, se ha acusado de excesivo sentimentalismo y escaso rigor analítico.

En cambio, el libro en el que se basa fue todo un fenómeno de ventas entre los círculos conservadores estadounidenses. No en vano, como decía Mireia Mullor en la revista Fotogramas, estamos ante “la historia definitiva para demostrar que el capitalismo y la meritocracia funcionan. Que cualquiera puede ser lo que quiera si lo desea lo suficiente, si se esfuerza, si no se deja arrastrar por malas influencias, si deja de culpar al mundo de sus fracasos o de los obstáculos que se le presentan. El poder del individuo frente a las adversidades, su valor medido en productividad”.

Un mensaje motivador que bien podría valer para una sesión de coaching, pero que poco o nada tiene que ver con la realidad en un país de enormes desigualdades sociales, raciales, de género y culturales.

Título original: Hillbilly Elegy

Año: 2020

Duración: 116 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Ron Howard

Guión: Vanessa Taylor (Biografía J.D. Vance: “Hillbilly, una elegía rural: Memorias de una familia y una cultura en crisis”).

Música: David Fleming, Hans Zimmer

Fotografía: Maryse Alberti

Reparto:
Amy Adams, Gabriel Basso, Glenn Close, Haley Bennett, Owen Asztalos, Freida Pinto, Bo Hopkins, William Mark McCullough, Jesse C. Boyd, Deja Dee, Tierney Smith, Lucy Capri, Sunny Mabrey, Stephen Kunken, Ryan Homchick, Ed Amatrudo, Holly A. Morris, Jason Davis, Keong Sim, Ethan Levy

Productora: Imagine Entertainment, Netflix (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Vida rural (Norteamérica). Familia. Drogas. Años 90. Basado en hechos reales

LA VIDA POR DELANTE

La primera vez que vi a Sophia Loren en una pantalla de cine, bambolear sus caderas al andar “con ese tumbao que tienen las guapas al caminar” (que diría el poeta Rubén Blades) distaba mucho de ser la diva de belleza exótica, exhuberante y voluptuosa que competía con Jane Mansfield o Marilin Monroe por el reinado de las actrices físicamente mejor dotadas de los años cincuenta. Ya no era una jovencita. 

Fue en “Una giornata particolare”, película dirigida en 1977 por Ettore Scola, en la que encarnaba el papel de Antonietta, una mujer de mediana edad, ama de su casa y mamma de seis hijos, de generoso escote y curvas aún peligrosas, pero con más pinta de oler a detergente, a orégano, a parmessano y a cebolla, que a Chanell nº 5. Pese a estar casada con un fascista fanático, o quizá por ello, Antonietta tonteaba con Gabriele (Marcello Mastroianni), un vecino locutor de radio que resultaba ser homosexual, el mismo día en el que ambos se negaban a asistir al histórico desfile en honor de la visita de Hitler a Mussolini, que tuvo lugar en Roma aquella jornada del 6 de mayo de 1938 a la que alude el título de la película.

Aquella Sofía de 43 años, mujer de temperamento mediterráneo, fuerte y pasional, de tez aceituna, labios carnosos y pómulos altos, algo ojerosa y descuidada en el arreglo personal por exigencias del guión, se ha hecho mayor. Ahora tiene exactamente el doble de edad. Y, sin embargo, sigue estando igual de espléndida y cautivadora, conservando una pátina indeleble de elegante sensualidad, pese a los surcos que el tiempo ha dibujado en su rostro y a los retoques estéticos erráticos, como cabe esperar de una leyenda tan icónica del séptimo arte.

Su reaparición en el cine, tras una década de ausencia marcada por la muerte de su marido, el productor de cine Carlo Ponti, quien fuera su gran amor, su Pigmalión y principal valedor (no así su descubridor, mérito que corresponde a Vittorio De Sica), no ha podido ser más acertada.

Y ello, no sólo por el esfuerzo que, para una estrella de su calibre y de sus años, supone rodar a estas alturas, en tiempo de pandemia y bajo el sol abrasador de la costa sur de Italia, una película más bien modesta, de bajo presupuesto, que se inscribe dentro de la corriente del realismo social (emparentada con la mejor tradición del neorrealismo italiano) y cuyo título mira al futuro con esperanza, queriendo demostrar que aún hay una vida por delante («The life ahead«) para quienes saben resistir y, sobre todo, colaborar con otros seres humanos en la lucha por la supervivencia, especialmente cuando la marginalidad y la exclusión hacen que vivir no resulte fácil; sino porque el resultado es magnífico en todos los sentidos, una pequeña joya cinematográfica de una sensibilidad y profundidad social y filosófica que a punto está de hacerla acreedora al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y, en lo que atañe a su protagonista, la confirmación de que el carácter y “el duende” de la autenticidad (que diría Lola Flores) no se pierde con los años y nada tiene que ver con la lozanía de nuestro envoltorio mortal.

Sophia Constanza Brigida Villani Scicolone (como fue presentada en la pila bautismal) posee ese duende desde que vino al mundo en una familia humilde de Roma en 1934. Desde bien pequeña aprendió los rigores de la pobreza y supo de la importancia de ganarse la vida explotando los dones que tenía a mano: primero su físico y, más tarde, su indiscutible talento dramático (con 14 años fue elegida Princesa del Mar. A los 15, participó en el concurso de Miss Italia. Y con 16, se plantó con su madre en Roma, en los estudios de Cinecittà, para ver si le daban un papelito de relleno en “Quo Vadis”).

Abandonadas por su padre, el arquitecto Riccardo Scicolone, quien rehusó a casarse con su madre (maestra de piano y también actriz), desentendiéndose de ella y de su hermana Anna, Sophia creció en un pueblo cerca de Nápoles, en casa de su abuela materna. Eran tiempos difíciles debido a los estragos causados por la Segunda Guerra Mundial, así que montaron una taberna, frecuentada por militares estadounidenses, donde la madre tocaba el piano para sacar la vida adelante.

Algo de ese espíritu de superación familiar se recoge en esta película dirigida por Edoardo Ponti (quien ya contó con su madre en su debut cinematográfico, “Entre Extraños”, y también en el cortometraje “Voce Umana” en el que pudimos ver a la actriz por última vez, en 2014). Así que, a sus 86 años, la gran mamma de los Ponti y diva por excelencia del cine italiano no ha dudado en ponerse de nuevo a las órdenes de su hijo, para dar vida a la temperamental Madame Rosa, una anciana ex prostituta, sobreviviente del Holocausto que, una vez retirada de las calles, se gana el sustento diario cuidando de los hijos de otras compañeras del oficio, hasta un día en que sufre el asalto de un huérfano senegalés, al que llaman Momo (extraordinario debut en el cine de Ibrahima Gueye), quien le roba el bolso en plena calle.

Se trata de un joven problemático que ha sido expulsado de la escuela y al que Madame Rosa, a regañadientes, accede a acoger en su casa, a petición de su médico y buen amigo, el Dr. Cohen, encargado de la custodia del chico, para evitar así que caiga en manos de los servicios sociales, iniciándose entre ellos un vínculo afectivo creciente, hasta llegar a formar una familia poco convencional, a la que se suman otros personajes secundarios, como el de la joven prostituta que interpreta la actriz española Abril Zamora, contrapunto de luz en un drama en el que los personajes principales andan a tientas, entre las tinieblas del pasado y la marginalidad de un oscuro presente.

Rodada a orillas del mar Adriático, concretamente en Bari, capital de la región de Apulia, la película no dura más de 90 minutos. Lo suficiente para exponer, con una enorme economía de medios narrativos, esta sencilla y conmovedora historia de exclusión, integración y superación personal a través del respeto mutuo y la solidaridad. La del pequeño inmigrante a quien una leona visita en sueños (animal que simboliza el poder, la paciencia y la fe, en el Corán) hasta que reconoce en la anciana que le da cobijo una nueva figura materna a la que cuidar, querer y proteger a la recíproca, lo que le sirve de motivación para alejarse del mal camino que llevaba dedicándose a cometer pequeños hurtos y tráfico de drogas en los suburbios de la ciudad.

Pero, atrapada en sus delirios y cada vez más extraviada en la espesa niebla del pasado, Madame Rosa se desvanece al mismo ritmo que lo hacen sus recuerdos, por lo que ambos deciden encerrarse en un sótano para esconderse y protegerse de las miserias del mundo. Ella evocando sus días en el campo de concentración de Auschwitz, donde fue recluida por ser judía y Momo huyendo de las nuevas formas de segregación que sufren los inmigrantes ilegales como él. Un ramo de mimosas amarillas, una postal familiar y la leona que retorna… Todo el dolor, la rabia y la tristeza por la tragedia vivida se asoma a los ojos de ese niño de piel azabache y dientes de marfil que, sin embargo, gracias al cariño jamás antes recibido, consigue encaminarse hacia la redención social.

Título original: La vita davanti a sé 

Año: 2020

Duración: 94 min.

País: Italia

Dirección: Edoardo Ponti

Guión: Ugo Chiti, Edoardo Ponti, Fabio Natale (Libro: Romain Gary)

Música: Gabriel Yared

Fotografía: Angus Hudson

Reparto:
Sophia Loren, Ibrahima Gueye, Renato Carpentieri, Abril Zamora, Babak Karimi, Massimiliano Rossi, Francesco Cassano

Productora: Palomar (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama | Inmigración

NOTICIAS DEL GRAN MUNDO

“Noticias del Gran Mundo” es la belleza, la sensibilidad y la conciencia civil y moral hecha película. Y eso, tratándose de un western de corte clásico, en donde los vaqueros y colonos eran siempre los buenos y los indios los malos, es una rareza maravillosa que denota que algo ha cambiado, después de todo, en la mentalidad de un país que nuevamente se debate entre volver a las atrocidades del pasado o apostar por la civilización y el progreso.

La historia nos retrotrae al final de la Guerra de Secesión (1861-1865), cuando la población de los EE.UU., sensiblemente diezmada por las atrocidades de la contienda, debe acometer lo que se conoce como la Era de la Reconstrucción Americana (1863-1877), para restaurar la unidad patria, fortalecer el gobierno presidido entonces por el moderado republicano Abraham Lincoln y otorgar derechos civiles a los 4 millones de esclavos que fueron liberados en todo el país.

Una tarea ingente y nada sencilla, dado el caótico estado de ruina y devastación en el que quedó el territorio nacional tras cuatro largos años de enfrentamiento armado entre sus compatriotas. Se calcula que casi 750.000 personas perdieron la vida a consecuencia de los brutales combates (asesinatos, violaciones y saqueos incluidos) entre el Norte y el Sur (más que el número de muertes militares en todas las demás guerras libradas por el ejército estadounidense hasta la Guerra de Vietnam), las poblaciones indígenas perdieron sus asentamientos deambulando sin rumbo y gran parte de la infraestructura fue destruida, especialmente los sistemas de transporte, por lo que el país quedó física y moralmente fracturado, sin que la victoria de los yankees frente a los confederados consiguiese reconciliar a ambos bandos si no, antes bien, echar más leña al fuego avivando las llamas del odio y la división entre quienes se mantuvieron en el norte leales a la Unión y los habitantes de los estados esclavistas del sur, que hoy sabemos que jamás se resignaron a perder sus privilegios frente a las llamadas “minorías étnicas” que, a través de los años, para su desesperación, se han ido haciendo mayoritarias.

“Y de aquellos polvos, estos lodos” parece pensar el británico Paul Greengrass (director de “El capitán Phillips”, otra de mis películas favoritas protagonizadas por el bueno de Tom Hanks, a quien a estas alturas he abandonado ya toda esperanza de ver alguna vez haciendo un papel que no sea el de ciudadano americano ejemplar, buen vecino, amante esposo y modélico padre de familia, en definitiva: el de una buena persona, que es lo que dicen quienes le conocen que en realidad es, además de un actor como la copa de un pino).

De ahí el interés que director y protagonista (ambos activos partidarios de la campaña de Biden frente a Trump) tenían por establecer un alegórico paralelismo entre el contexto histórico en el que se desarrolla la película y el momento actual que se vive en los EE.UU., precisamente ahora, cuando vuelven a sonar los tambores de guerra, y los ánimos parecen igual de exaltados y las posiciones no menos enfrentadas que entonces, entre quienes defienden la igualdad de derechos y libertades y la no discriminación racial, y los nostálgicos de la supremacía blanca, partidarios del “Make America great again” y de la supresión de los controles del Estado, al que ven como un ente opresor.

Como bien apunta Pedro Moral en Cinemanía, en consonancia con el espíritu del nuevo inquilino de la Casa Blanca: “Greengrass y Hanks quieren que EE.UU. deje de arder por los cuatro costados, su intención es luchar contra la polarización salvaje que amenaza su nación y, por eso, vuelven al género fundacional que ayudó a forjar el mito del país más poderoso del mundo”, que no es otro que el western en su más pura esencia, inmortalizada en las grandes películas de John Ford.

Echando mano del argumento del libro de la escritora Paulette Jiles, “News of the World”, en el que se cuenta el peligroso viaje del Capitán Jefferson Kyle Kidd, un veterano de la Guerra de Secesión que antiguamente había sido linotipista en una imprenta en San Antonio (Texas) y que, una vez acabada la contienda, se gana la vida viajando de ciudad en ciudad, para leerle las noticias del periódico a sus habitantes: pequeños comerciantes, campesinos, mineros… familias enteras de colonos que no saben leer o no tienen tiempo para ello, a cambio de unos pocos centavos (emociona ver cómo se prepara para la ocasión, vistiendo sus mejores galas, y cómo, valiéndose de una lupa de aumento, lee con fruición, poniendo énfasis en ciertas palabras, haciendo pausas dramáticas para generar suspenso, como si de una performance teatral se tratara, a la manera de un maestro de ceremonias, de los antiguos bardos, rapsodas y trovadores, encargados de transmitir las historias y leyendas de sus pueblos mediante la tradición oral; o de los predicadores y agitadores de mentes, pródigos en proclamas que inciten a la reflexión y/o a la acción) «Noticias del Gran Mundo» pretende ser una película esperanzadora, a la vez que un oportuno llamado de atención a una sociedad orillada de nuevo al borde del precipicio al que algunos la han querido conducir.

Haciendo gala de un extraordinario valor para su avanzada edad, el Capitán Kidd, un hombre pacífico de mirada amable, que ha entendido después de rendirse frente a los yankees que “en algún momento habrá que dejar de pelear” y cuya conducta se rige por un elevado sentido del deber y la moral, emprenderá un peligroso viaje de 400 millas, de Norte a Sur de los EE.UU., un país que está empezando a construir su identidad nacional aunque aún sigue siendo un territorio salvaje e indómito, para devolver a su familia a una pequeña huérfana de diez años (Helena Zengel) que no habla una sola palabra de inglés, pues fue raptada y criada por la tribu india Kiowa cuando, siendo casi un bebé, tuvo que ver como sus padres morían salvajemente asesinados, y en cuyos papeles dice que fue bautizada originalmente como Johanna Leonberger, de donde se deduce su pertenencia a una colonia de inmigrantes alemanes que viven cerca de San Antonio (Texas).

Desde su encuentro fortuito y a través del viaje que ambos emprenden por el desértico y salvaje oeste a bordo de una destartalada carreta y sorteando todo tipo de riesgos: traficantes de mujeres, un pueblo de granjeros dominado por un autoritario y despreciable criminal, tormentas de arena y saqueadores, asistimos a un emocionante proceso de conocimiento y reconocimiento mutuo, de integración étnica y generacional, entre la rubísima niña que ha crecido en estado semisalvaje, sin los modales de la civilización occidental pero con la sabiduría ancestral del pueblo indígena americano que se niega a olvidar su pasado pues está en la base de su tradición (un problema que el personaje de Hanks ventila en una sola frase: “los colonos matan a los indios por sus tierras y los indios matan a los colonos para recuperarlas”) y el Capitán Kidd, partidario del progreso y de seguir adelante en línea recta, olvidando las atrocidades vividas y construyendo nuevos recuerdos que nos ayuden a superar el afán de venganza que anida en el dolor.

Y es que, al igual que “La diligencia” de John Ford, el western de Greengrass no deja de ser una road movie. Una película en la que el viaje geográfico marca los cambios interiores de los personajes.

Pasado y futuro. Un anciano solitario y una pequeña con toda la vida por delante que deciden ir de la mano haciendo un nuevo camino al andar.

Nuestros traumas, parecen decirnos Greengrass y Hanks, no son algo que podamos olvidar simplemente con pasar página y pretender que nunca sucedió lo que nos pasó, pero sí podemos decidir qué historias queremos seguir contándonos, para construir un nuevo relato que nos ayude a seguir avanzando.

Título original: News of the World

Año: 2020

Duración: 118 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Greengrass

Guión: Paul Greengrass, Luke Davies (Basado en la novela de Paulette Jiles)

Música: James Newton Howard

Fotografía: Dariusz Wolski

Reparto: Tom Hanks, Helena Zengel, Neil Sandilands, Elizabeth Marvel, Ray McKinnon, Mare Winningham, Bill Camp, Chukwudi Iwuji, Thomas Francis Murphy, Michael Angelo Covino, Fred Hechinger, Annacheska Brown, Christopher Hagen, Michelle Campbell, Stafford Douglas, Stephanie Hill, Clint Obenchain, Winsome Brown, J. Nathan Simmons, Cynthia Casaus, Francheska Bardacke, William Sterchi, David Hight, Brenden Wedner, Randy Ritsema, Bob Knowlton, Cheo Tapia.

Productora: Playtone, Pretty Pictures, Universal Pictures, Perfec World Pictures Co (Distribuidora: Universal Pictures, Netflix)

Género: Western. Drama. Road Movie.

MALCOLM & MARIE

Desde el brutal duelo dialéctico entre Elizabeth Taylor y Richard Burton (varias veces marido y mujer en la vida real), en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?” (antológica adaptación de la pieza teatral de Edward Albee llevada al cine por Mike Nichols), hasta la demolición física y sentimental de “La Guerra de los Rose” (Danny DeVito), pasando por “Secretos de un matrimonio” (Ingmar Bergman), “Kramer contra Kramer” (Robert Benton), “Maridos y Mujeres” (Woody Allen), “Blue Valentine” (Derek Cianfrance), “Eyes Wide Shut” (Stanley Kubrik), “Revolutionary Road” (Sam Mendes),  o,  más recientemente, “Historia de un matrimonio” (Noah Baumbach), «State of the union» (Stephen Frears) o «Divorce» (Sharon Horgan)… hay un listado enorme de películas y series televisivas que han sabido reflejar, con increíble acierto y extrema dureza, los altibajos que puede atravesar una relación de pareja hasta su desmoronamiento definitivo y la batalla a tumba abierta que lidian sus miembros, una vez que se liberan los demonios ocultos en forma de toda clase de reproches imaginables, lanzados con la saña de quienes se conocen bien y saben exactamente cómo herirse, disparando artillería pesada a sus puntos débiles.

Cada uno de esos trabajos ha dejado escenas memorables, cargadas de tensión, crueldad y desgarro emocional, protagonizadas por actores y actrices excepcionales, que parecían haber sufrido en sus carnes el drama de la decepción y la ira descontrolada que precede a la ruptura (que no necesariamente al fin del amor), como un río salvaje que se desborda arrasando todo a su paso.

Algo de eso que es lo que ha querido hacer Sam Levinson, hijo del laureado director Barry Levinson (“Rain Man” o “Good Morning Vietnam”), en “Malcolm & Marie”, una especie de bebé pandémico, concebido y escrito en seis días, y rodado en secreto durante las dos primeras semanas de confinamiento por la Covid-19, bajo estrictos protocolos de seguridad, con un equipo reducido y tan solo dos actores, dos estrellas emergentes en el firmamento hollywoodiense: la popular actriz y cantante Zendaya (y sus larguísimas piernas, que acaparan casi tantos planos como su rostro aún aniñado) y John David Washington (otro hijo de famoso, en este caso de Denzel Washington). Dos jóvenes promesas de raza negra y gran atractivo físico, intentando hacer el papel de sus vidas y parecer más profundos de lo que en realidad son. A las que, sin embargo, les falta la madurez interpretativa de los actores de método que sabían rebuscar en sus propias vivencias personales, para extraer la emoción precisa.

De ahí que el resultado de la película no sea todo lo brillante ni todo lo convincente que cabría esperar, pese a la eficaz campaña de marketing que Netflix ha orquestado para su lanzamiento.

Aunque, en honor a la verdad, no todo es culpa de Zendaya y John David, abocados a un verdadero “tour de forcé” al tener que interpretar un texto enrevesado, petulante y agotador, emanado de las neuras del propio Levinson y de su personal cabreo con la crítica cinematográfica, a la que dedica algunos de sus más ácidos comentarios a golpe de guión, cuestionando su sensibilidad y su capacidad para reconocer “el verdadero arte”, más allá de los prejuicios raciales, la corrección política y el postureo académico.

Quizá tenga algo que ver en ello el hecho de que ésta no haya tratado demasiado bien sus últimos proyectos, despachando con cierta desidia su exitosa serie Euphoria (por la que Zendaya ganó recientemente un Emmy) y su película “Assassination Nation”, ambas narrativas pesimistas sobre adolescentes problemáticos, en las que la crítica especializada detectó cierta urgencia del joven director por abordar temas de candente actualidad con un tono agresivo, de reproche hacia la sociedad, pero con un discurso inconformista algo arrogante e insípido, plagado de obviedades, sin llegar a profundizar ni aportar demasiada novedad.

Algo que se repite en «Malcolm & Marie«. No es que no tenga razón en algunos de los temas que plantea o denuncia, el problema es que, después de verla, tiene una la decepcionante sensación de que su director tiene mucho que decir sobre cosas que otros ya han dicho antes mucho mejor que él.

«¿Sabes lo perturbador que resulta que puedas compartimentar hasta tal punto de que puedas abusar de mí, mientras te comes los macarrones con queso que te he preparado?», reprocha Marie a su novio Malcolm, mientras éste engulle como un poseso el contenido de un bol de mac&cheese, al tiempo que le lanza una ráfaga de humillantes improperios, destinados a hundir su ya frágil autoestima. Frases tan insustanciales como esta, empleadas para describir un maltrato psicológico de manual, dan la medida de la futilidad de un guión que pretende ser más audaz e inteligente de lo que en realidad es.

En este sentido, podría decirse que se trata, como alguien ha escrito, de “una película ambiciosa, que desprende cierta artificiosidad en ese planteamiento de cinéma vérité algo burgués”.

Quizá en consonancia con su propio discurso de que “la autenticidad no importa, lo que importa es la perspectiva”, todo en “Malcolm & Marie” resulta poco creíble, forzado, pretencioso, artificial y superficial, empezando por la elección de rodar en blanco y negro, sin más intención ni explicación que la puramente estética, o los títulos de crédito inicial con el elegante diseño de las grandes películas del cine clásico, lo que enlaza con un par de referencias a Billy Wilder, para subrayar que las nuevas generaciones de la industria (y sobre todo de la crítica) del séptimo arte (a diferencia del propio Levinson, claro está, y de su alter ego, Malcolm) ignoran quién fue.

Como en “¿Quién le teme a Virginia Woolf?”, la acción transcurre en una sola noche, en el interior de una de esas casas acristaladas, lujosas, modernas y espaciosas, con grandes galerías de enormes ventanales sin persianas ni cortinas, que permiten ver y, sobre todo, ser vistos. “Un zoo de cristal por el que pasean dos fieras heridas en constante movimiento”, como reza la sinopsis promocional. Metáfora demasiado previsible del carácter exhibicionista de la pareja protagónica, gente en busca de fama y fortuna, mediante la que el director nos anuncia de entrada su intención de despojarla de toda privacidad para desnudar su intimidad, física y emocional.

Malcolm es un guionista y director de cine, ególatra y narcisista, que está de “subidón” esa noche, pues la película que acaba de estrenar, basada parcialmente en la vida de su pareja, podría catapultar su carrera a lo más alto. Mientras Marie, modelo y ex yonqui rehabilitada, está molesta porque su novio se olvidó de darle las gracias públicamente por su contribución a la misma, culpabilizándolo de apropiarse de sus traumas pasados para hacer su película, sin haber pensado en ella para el rol protagónico, lo que desde su punto de vista le habría dado mayor autenticidad.

Durante esa madrugada de desvelo en la que la tensión e intensidad van en aumento, les veremos bailar, beber, cocinar, comer, fumar, magrearse, bañarse, miccionar y, sobre todo discutir, confrontando su ego y evidenciando que la suya es una relación tóxica de alto voltaje, si bien algo desigual, pues mientras Malcolm está sobre todo obsesionado consigo mismo y con su trabajo, intentando autoafirmarse como un cineasta que quiere hacer “arte despolitizado” y se niega a ser encasillado por su negritud. Marie es presa de sus propias frustraciones, que la hacen tener constantes e injustificados cambios de humor, debatiéndose entre el amor y el desdén. Básicamente sufre por estar atrapada en una relación en la que no se siente valorada, dando muestras de una gran vulnerabilidad al reclamar el reconocimiento y la atención de su pareja que únicamente tiene ojos y oídos para sí mismo y para lo que atañe a su trabajo.

En lugar de disfrutar de su éxito por la buena acogida que ha tenido su película, Malcolm/Levinson se adelanta a la crítica, obsesionado con la «chica blanca» que escribe de cine en LA Times, de la que habla de manera insistente, en tono implacable y con un desprecio casi visceral. Son muchos minutos dedicados a menospreciarla a ella y a su oficio por compararlo con Spike Lee, John Singleton y Barry Jenkins (tres directores negros) y no con el legendario Willy Wilder, director de “Sabrina”, “Testigo de Cargo”, “Primera Plana” o “El Apartamento”, entre otros muchos títulos consagrados en la historia del séptimo arte. Algo que, en su egocentrismo, atribuye a una actitud prejuiciosa y racista, sin considerar ni por un momento en que quizá, en cuestión de talento, (nunca mejor dicho) “no hay color”.

Título original: Malcolm & Marie

Año: 2021

Duración: 106 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Sam Levinson

Guión: Sam Levinson

Fotografía: Marcell Rév (B&W)

Reparto: Zendaya, John David Washington

Productora: Little Lamb, The Reasonable Bunch (Distribuidora: Netflix)

Género: Drama. Romance | Drama romántico

LA EXCAVACIÓN

“Los arqueólogos somos como detectives de la Antigüedad. Investigamos el pasado de las civilizaciones perdidas para tratar de reconstruir su memoria y su cultura antes de que se disipen para siempre entre las brumas del tiempo”, decía un personaje de una de las novelas de José Vicente Alfaro (fenómeno de ventas por su primera novela “La esperanza del Tíbet”). Exactamente el mismo espíritu que anida en los personajes de «La excavación», uno de los últimos estrenos de Netflix que, pese a no ofrecer una acción trepidante ni un carrusel de emociones fuertes, ha debutado con buen pie en el catálogo de la plataforma de streaming con mayor número de visitas.

Se trata, por el contrario, de una película sosegada y melancólica, de esas a las que el cine costumbrista británico suele ser tan aficionado, que narra -sin darse demasiadas prisas- una historia basada en hechos reales: el descubrimiento del famoso barco funerario de Sutton Hoo bajo uno de los montículos de tierra situados en una granja de propiedad privada, junto al río Suffolk, durante los albores de la II Guerra Mundial. Seguramente el hallazgo arqueológico más importante de la cultura anglosajona, a decir de los expertos.

El guión es una adaptación de la novela homónima de John Preston, “The Dig”, si bien Moira Buffini se toma algunas licencias que terminan desviando innecesariamente la atención del motivo real de inspiración del relato, que no es otro que el de la bendita corazonada que impulsó a Edith Pretty (etérea, Carey Mulligan), una joven viuda terrateniente, convencida de que bajo su propiedad existía un tesoro que debía ser desenterrado, a contratar para tal empresa a Basil Brown (enorme y convincente, como siempre, Ralph Fiennes, casualmente oriundo de Ipswich, capital del condado de Suffolk, en uno de sus innumerables registros interpretativos), un apasionado arqueólogo autodidacta de la localidad, igualmente aficionado a la astrología, quien no cejará en el empeño hasta dar con el oro de Sutton Hoo. Y todo ello en un momento histórico en el que la guerra se cierne como un ominoso presentimiento de fatalidad remarcado, cada cierto tiempo, por el paso de los aviones de combate que sobrevuelan la comarca, preparándose para la ineludible contienda.

Unidos por la misma ilusión y un objetivo común que por momentos parece crear entre ellos un vínculo casi familiar y tal vez el velado deseo de que la relación laboral trascienda hacia un plano más íntimo, la Sra. Pretty y el Sr. Brown son como esas almas gemelas que, pese a su proximidad física, están condenadas a no encontrarse o hacerlo a destiempo. Un afecto no resuelto en el plano romántico, truncado por las circunstancias del matrimonio de él y el frágil estado de salud de ella, que sin embargo se sublima con la amistad y la lealtad mutuas.

He ahí -en esa contención sentimental, emocional y sexual- donde radica, desde mi punto de vista, el mayor atractivo de la película de Simon Stone y no tanto en las tramas secundarias a las que se presta atención después, con la aparición de otros personajes, como el irrelevante grupo de catedráticos y arqueólogos del British Museum, que quieren apropiarse del yacimiento y arrebatar el mérito de la excavación a Brown -a quien consideran un paleto aficionado- una vez que se hace de dominio público la relevancia de su descubrimiento, en el que destaca la presencia de una mujer, Peggy Preston (personaje inspirado en la propia tía del autor de la novela, John Preston, quien a los 25 años era ya una reconocida arqueóloga y prehistoriadora británica, especialista en hallazgos, si bien la película parece obviar ese hecho).

Pese a los mejores esfuerzos de Lily James, el personaje de Peggy sin embargo no llega a despuntar, aún teniendo todos los elementos dramáticos para ello: joven arqueóloga que lucha por hacer carrera en un medio dominado por hombres y mujer insatisfecha, a la vez; recién casada con un colega incapaz de consumar su matrimonio, de quien descubrirá que le oculta su verdadera condición homosexual, arrojándose de manera un tanto gratuita -yo diría que como concesión comercial de la película- a los brazos del primo de Edith, a quien acaba de conocer.

Como en el caso de “El inglés que subió una colina pero bajó una montaña” y otros muchos largometrajes donde los ingleses han sabido poner en valor su vocación exploradora y su contribución a la arqueología y a las ciencias geográficas, no hay duda de que “La excavación” goza de una manufactura visual impecable.

Pero insisto en que, su principal valor no reside tanto en lo bien ambientada que está, ni en la fotografía de ensueño que utiliza para retratar la campiña británica, con sus bucólicos atardeceres ocres y sus repentinas tormentas torrenciales, sino en la entereza y determinación de sus personajes principales, seres humanos con grandes dosis de resiliencia, curiosidad infinita y un ferviente deseo de dejar un legado trascendente para las generaciones futuras. Desde la Sra. Pretty, a quien el tiempo se le agota en esta tierra, aquejada de una insuficiencia cardíaca letal; hasta su pequeño hijo, Robert, resignado a dejarla marchar de este mundo, pero decidido a que lo haga sin la angustia de saber qué será de él. O el propio Sr. Brown, laborioso y concienzudo autodidacta, determinado a acabar su trabajo aunque tenga que renunciar al mérito por no poseer una titulación académica y su discretísima mujer, May (Mónica Dolan), un personaje que pasa algo desapercibido y que, sin embargo, tiene una importancia capital, dando una verdadera lección de confianza marital y de amor incondicional al permitir a su marido la libertad para llevar a cabo su trabajo con total entrega y saber ser su acicate y su sostén en los momentos en los que la vocación flaquea.

El verdadero Basil Brown
Título original: The Dig

Año: 2021

Duración: 112 min.

País: Reino Unido

Dirección: Simon Stone

Guión: Moira Buffini (Basada en la novela de John Preston)

Fotografía: Mike Eley

Reparto: Carey Mulligan, Ralph Fiennes, Lily James, Johnny Flynn, Ben Chaplin, Ken Stott, Monica Dolan, Arsher Ali, Joe Hurst, Paul O'Kelly, Eileen Davies, James Dryden, Chloe Stannage, Kate Margo, Kevin Nolan

Compañías: BBC Films, Clerkenwell Films, Magnolia Mae Films, Netflix

Género: Drama. Biográfico. Años 30