LA CRÓNICA FRANCESA

No sé si “The French Dispatch” será la mejor película de Wes Anderson, como se han apresurado a decir sus mayores entusiastas. Tampoco sé si es la peor. Resulta difícil catalogar la genialidad de un artista tan empecinado en dejar evidencia en cada nuevo trabajo de que lo es. Lo innegable es que el director estadounidense no deja indiferente a la crítica especializada que suele manifestar opiniones encontradas acerca de las virtudes y los defectos de sus cintas (‘El gran hotel Budapest’, ‘La isla de los perros’, Vida acuática’ o ‘Moonrise Kingdom’), si bien parece existir una especie de consenso universal en que estas suelen ser líricas expresiones de su particular y delirante lenguaje visual, lo que ha hecho que lo más granado del star system actual se muera por trabajar con él.

Al igual que el resto de su filmografía, “La Crónica Francesa” es una película de elevadas pretensiones, obsesivamente perfeccionista y preciosista, y magníficamente bien interpretada por los actores y actrices más destacados del momento (Bill Murray, Tilda Swinton, Adrien Brody, Benicio del Toro, Frances McDormand, Owen Wilson, Elisabeth Moss, Edward Norton, Willem Dafoe, Timothée Chamalet, Jeffrey Wright, Luna Khoudri, Lea Seydoux, Cecile de France, Anjelica Huston,Tony Revolori). El paroxismo estilístico de un cineasta que desea dejar testimonio de su vasta cultura y su marcada personalidad en cada composición del encuadre.

Cada plano, cada fragmento de montaje, cada travelling descriptivo, es una proeza técnica, un homenaje cinéfilo, un lienzo primoroso y barroco, cuidado al milímetro y aderezado con mil detalles retro y referencias presentes de forma casi obsesiva en las películas de Anderson (la Nouvelle Vague de Jean Luc Godard, la pintura de Jackson Pollock, la música de Erik Satie, los manifiestos estudiantiles de Daniel Cohn-Bendit, las viñetas de «13 la Rue del Percebe»), ante el que sin embargo no llegamos a sentirnos cómodos, desbordados por tamaña exigencia contemplativa.  

Y es que, no solo el diseño de maquillaje, vestuario y decorados, o la fotografía (que pasa constantemente del blanco y negro al color, sin que exista más motivo aparente para ello que el puro deleite estético) responden a ese impulso artificioso y fetichista que lo caracteriza, creando un efecto de saturación casi inmediato que hace que el exceso de continente impida apreciar con nitidez el contenido; también resulta abrumadora la excesiva complejidad narrativa de los relatos, algo insulsos y de corte surrealista, que entrelaza el argumento como si de las viñetas de un cómic se tratase, y el sobreesfuerzo creativo por darle un aire trascendente a los diálogos.

El resultado es un pastel de difícil digestión que hace que el espectador se sienta mareado con tanto barullo y sufra una inevitable desconexión emocional al verse obligado a poner sus cinco sentidos en intentar averiguar qué diablos es lo que le están queriendo contar, intentando desbrozar el bosque de maleza.

Y eso que la historia se presenta sola. Nada más comenzar su visionado, en una especie de prólogo narrado con voz en off (como casi todo el resto de la cinta) se nos pone en antecedentes de que ‘The French Dispatch of the Liberty, Kansas Evening Sun’, su nombre completo, es una película-magazine, que se desarrollará en varios actos (o capítulos), correspondietes a las crónicas, reportajes y artículos del último ejemplar de la revista homónima que, pese a ser estadounidense, se publica en Ennui-sur-Blasé, ciudad ficticia de Francia donde tiene su sede la redacción.

Pretendiendo rendir un nostálgico homenaje a una generación de periodistas, editores y directores de prensa escrita que ya no volverá a reeditarse, la revista imaginaria de Wes Anderson dedica la que será su última entrega al obituario de su director-editor (fallecido repentinamente de un infarto) dejando claro que, con él, morirá también la publicación.  

El propio director ha explicado hasta la saciedad que ha querido escribir «una carta de amor» al viejo periodismo y en especial al que practicaba la revista The New Yorker, mítica publicación fundada en 1925 y a quien fuera su editor y director, Harold Ross, encarnado en la cinta por Bill Murray (un habitual en el cine de Anderson), quien ejerce el mando en la redacción con una actitud casi paternalista, manteniendo a salvo a sus escritores (llama la atención que el doblaje se refiera a ellos así y no como periodistas) de los rigores de la rentabilidad que tantos cierres de medios ha provocado.

Con un cartel presidiendo su despacho donde se les prohíbe llorar, el viejo director reúne a su equipo para preparar la pauta semanal y repasa cada línea de sus escritos, corrigiendo erratas o haciendo observaciones que ayuden a mejorarlos. Pero no se limita a las labores propias de un editor, además sufraga sus gastos y desarrolla una paciencia y comprensión infinitas hacia sus rarezas, excentricidades y egos desbordados, incluso paga alguna que otra fianza cuando se meten en problemas, en aquella vieja idea romántica -y hoy extinta, por razones obvias- del periodismo literario dominical que se practicó durante el siglo XX, de que un periodista debe vivir la noticia en primera persona y dedicar el tiempo que haga falta a documentarsea fondo sobre ella, para poder contarla a su manera después, en base a un criterio que prime la calidad sobre la cuenta de resultados.

“Como si el espectador fuera deambulando por sus páginas, la película se organiza siguiendo el formato de la propia revista, con tres crónicas como ejes centrales, un obituario y una columna de viajes. Una estructura que encaja no solo en el medio que intenta mimetizar, sino también en el estilo personal de un director para quien el montaje es una cuestión de matrioskas”, escribe Cristina Aparicio en su magnífica reseña sobre la película publicada en la revista de cultura contemporánea Jot Down.

El contenido de las distintas secciones que componen el número a editar va de la información local, ofreciendo el recorrido cicloturista de un reportero (Owen Wilson) que viaja en bicicleta por los barrios de Ennui, contando los entresijos más pintorescos y arrabaleros de la vida de sus habitantes; al acontecer cultural, centrado en el eterno conflicto entre la esencia del arte y el mercado de masas, en una crónica que lleva por título «El Trabajo Maestro», donde la atildada crítica de arte J.K.L. Berensen (Tilda Swinton) narra con refinada ironía, cómo el coleccionista Cadazio (Adrien Brody) descubrió la genialidad del pintor Moses Rosenthaler (Benicio del Toro), encerrado de por vida en un manicomio-prisión y cuya musa es una carcelera (Lea Seydoux) que desborda sensualidad y frialdad en proporciones similares, y quiso explotarla comercialmente.

«Revisiones a un Manifiesto» es la crónica de la periodista Lucinda Krementz (la oscarizada Frances McDormand), quien escribe sobre unas revueltas estudiantiles que tienen lugar en la ciudad, lideradas por el joven idealista Zeffirelli (Timothee Chalamet) y la temeraria Juliette (Lina Khoudri), evocando las del mayo francés del 68; para finalizar con «El Comedor Privado», una disparatada crónica de sucesos con sabor gastronómico, en la que Roebuck Wright (Jeffrey Wright) reconstruye cómo un comisario (Mathieu Amalric) resuelve el extraño, inexplicable e inexplicado caso del secuestro de su propio hijo, con ayuda de un cocinero chino de lealtad inquebrantable al cuerpo de policía.

Tal y como señala Cristina Aparicio, por separado, se trata de historias hilarantes, atrevidas, agudas, ácidas, incluso brillantes… pero “en conjunto, apenas forman un castillo de naipes que se desmorona al mínimo soplo”. En su opinión, “tanto depura, tanto afina, tanto estiliza Anderson en su último trabajo que se le olvida contar una historia, y tan solo esboza viñetas unidas por una grapa”, para concluir que “por mucho que pueda tener una forma parecida, una grapa no puede sustituir a un corazón de verdad”.

Dicho de otro modo, la película de Wes Anderson carecería de alma. Aunque, siendo más benévolos en la apreciación, quizá cabría suponer que pueda tratarse de algo intencional y que el director quiera con ello lanzar el mensaje/advertencia de que poco importan las noticias frente a su impacto, directamente relacionado con la forma de contarlas.  Al fin y al cabo, como bien dice la propia Aparicio, “cuando la película llegue a su fin, no será su guion el que dé titulares. Será recordada por las pantallas partidas, las cortinillas, los intertítulos, las composiciones simétricas, los travellings descriptivos y el estatismo de los planos, los diálogos declamados, las continuas voces en off, la excéntrica y sensual carcelera a la que da vida Lea Seydoux, el ritmo vertiginoso y el gusto por lo francés”.

De forma muy alocada podría decirse que Anderson ha estado jugando a otra cosa todo el tiempo: en vez de dirigir actores, ha animado cartoons de carne y hueso; al diseñar la escenografía se ha dedicado a construir dioramas; en la elección de casting organizó una fiesta con sus más íntimos amigos. En términos psicológicos cabría preguntarse cuánto hay de genialidad y cuánto de obsesión o de neurosis impulsando este delirio”, se cuestiona en su reseña. Y cuánto de cálculo comercial, añadiría yo.

Pero ¿no es este acaso un signo de los tiempos? Y ya que estamos, en el caso que nos ocupa, ¿no cabría preguntarse lo mismo acerca del periodismo tal y como se ejerce en la actualidad, donde el continente no solo prima ya sobre el contenido, sino que a menudo atenta contra él, reduciéndolo a la mera anécdota o desvirtuando su esencia para atraer la atención del espectador que ya no se mide en el debate social que generan las noticias, sino en el número de visitas o de likes que estas contabilizan en la red?

Trascendiendo el propio argumento de la cinta, que coincido con sus detractores en que se hace confuso y se queda corto, “La Crónica Francesa” de Wes Anderson plantea una interesante paradoja. La de un director que dice sentir nostalgia de la vieja praxis del periodismo literario, sosegado y reflexivo, cuya obra cinematográfica sin embargo es el máximo exponente de una manera de ser y de hacer que entre todos hemos puesto de moda, gracias a la revolución del algoritmo digital, en donde el artificio, la inmediatez, la popularidad de sus protagonistas y el impacto de las imágenes sustituye cualquier intento bienintencionado de desarrollar una premisa racional en profundidad.

Título original: The French Dispatch (of the Liberty Kansas Evening Sun)

Año:2021

Duración:108 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Wes Anderson

Guion: Wes Anderson. Roman Coppola, Hugo Guinness

Música: Alexandre Desplat

Fotografía: Robert D. Yeoman

Reparto: Benicio del Toro, Frances McDormand, Jeffrey Wright, Adrien Brody, Tilda Swinton, Timothée Chalamet, Léa Seydoux, Owen Wilson, Mathieu Amalric, Lyna Khoudri, Steve Park, Bill Murray, Saoirse Ronan.

Productora: American Empirical Pictures, Indian Paintbrush, Studio Babelsberg. 
Distribuidora: Searchlight Pictures

Género: Comedia. Drama. Periodismo. Historias cruzadas

EL CÓDIGO QUE VALÍA MILLONES

No es preciso ser experto en ingeniería informática para entender y apreciar la relevancia de los hechos que se narran en la miniserie de producción alemana “El código que valía millones”, estrenada por Netflix el 7 de octubre y que arroja luz sobre un episodio del que no es extraño que muy pocos hayamos oído hablar hasta ahora. De hecho, la historia real en la que se basa su argumento se reduce a algo tan antiguo como la eterna lucha de David contra Goliat. Solo que, a diferencia de lo que ocurre en los textos bíblicos, aquí el pez grande se come al chico.

Eso fue lo que les ocurrió a Juri Müller (Marius Ahrendt) y Carsten Schlüter, dos jóvenes berlineses que, a principios de la década de los noventa, con el muro recién derribado y Alemania del Este liberada ya del yugo soviético pero sumida en una profunda depresión económica, unen sus vidas en pos de un sueño común: hacer que la gente pueda ver el mundo desde otra perspectiva y ser capaces de sobrevolarlo y desplazarse de un lugar a otro a la velocidad del rayo, como lo haría el mismísimo Superman, pero desde la pantalla de un ordenador.

Esa idea, absolutamente innovadora para el tiempo y el lugar en el que fue concebida, precursora de la realidad virtual a la que hemos acabado acostumbrándonos, parecía imposible de llevar a cabo entonces, en un país recién unificado y aún en pañales en lo que a avances tecnológicos se refiere, pese a los denodados intentos del canciller Helmut Kolh por estimular y acelerar la I+D en el desarrollo informático, liderado por China y los Estados Unidos, y cuyos vertiginosos avances tras la aparición de internet no tardarían en cambiar para siempre nuestra vida.

Pero la noche en la que Carsten y Juri, un joven estudiante de arte obsesionado con las video instalaciones y un freake de los ordenadores, se conocieron, en uno de los muchos antros ilegales que funcionaban en las antiguas instalaciones fabriles de Alemania del Este, donde se exhibía toda clase de artilugios y de arte alternativo y experimental en su versión más salvaje y alocada, y se pinchaba música techno hasta el amanecer para que los berlineses, jubilosos y borrachos de ansias de libertad, entretuvieran su incertidumbre de futuro, todavía estaba muy lejos de la gran revolución digital que después hemos vivido.

En aquella época, los alemanes no tenían ordenador personal y la red de redes aún estaba en la incubadora. De hecho, en el mercado alemán no existían ordenadores lo suficientemente potentes para soportar el peso de memoria requerido para semejante “invento” (una especie de obra de arte global que permitiera a la gente viajar a cualquier punto del globo terráqueo en tiempo real). Su precio rondaba los cinco millones de marcos, por lo que ambos jóvenes se lanzaron a buscar apoyo financiero para hacerse con uno de esos aparatos en el que poder dar forma a su proyecto y, finalmente, lo encontraron en el todopoderoso titán de las telecomunicaciones Deutsche Telekom y en los desarrolladores del célebre Chaos Computer Club de Berlín, donde Juri ejercía ocasionalmente de hacker.

Con ellos crearon un pintoresco, apasionado y jovencísimo equipo de trabajo dispuesto a afrontar un proceso de desarrollo absolutamente caótico y naif y, después de no pocas complicaciones, lograron tener listo su proyecto, bautizado con el nombre de «Terra Visión», en el plazo de un año. Justo a tiempo para que sus patrocinadores pudieran presentarlo en la feria internacional de proyectos innovadores de Kioto (Japón) de 1994, donde cosechó gran atención mediática y un sin fin de alabanzas.

Tal fue su repercusión en el mundillo tecnológico que no tardaría en llegarles una invitación para visitar Silicon Valley, el Dorado de la nueva era inaugurada por internet, donde el célebre Brian Anderson (Lukas Loughran) ejercía de gran gurú de la cosa y adoctrinaba a sus acólitos bajo las palmeras en un parque tecnológico de dimensiones ciclópeas, donde todo eran sonrisas, juegos y máquinas de café expresso. Un paraíso empresarial, en el que el trabajo y la diversión parecían ser la misma cosa.

Juri Müller se encontraba entre los numerosos fans de Anderson, director de la empresa de fabricación de computadoras Silicon Graphics, creadora del ordenador Onyx que Schlüter y Müller utilizaron para desarrollar Terravision. Siempre lo había admirado. Sentía que hablaban el mismo idioma, que compartían los mismos ideales y trabajaban por los mismos objetivos: la auténtica globalización y democratización del conocimiento, sin discriminaciones ni fronteras. La idea de que, gracias a internet, este pudiera ser accesible para todo el mundo era increíblemente novedosa y progresista, y las empresas pioneras en el desarrollo de la red invirtieron muchos miles de millones para hacerlo posible y dar forma al nuevo mundo tal y como lo conocemos hoy.

Ese había sido siempre el sueño de Juri Müller. De hecho, estuvo tentado de aceptar la oferta de Anderson y quedarse en California para trabajar con él y hacer de Terravisión una herramienta de navegación por internet. Pero pudo más su lealtad al equipo y finalmente volvió con Carsten a Alemania, dispuestos a fundar su propio Silicon Valley (el estudio ART + CO) en el corazón de Berlín. Aunque no sin antes revelarle a Anderson el código fuente de «Terra Visión».

Así es como llegamos al año 2005, cuando Google, por que por aquel entonces era ya un gigante de las telecomunicaciones online y acababa de fichar a Anderson, lanzó Google Earth (un calco de «Terra Visión»).

Juri y Carsten se sintieron traicionados por Brian, quien se plantó en Berlín para hacerles una propuesta de colaboración por cinco millones de dólares que resultó ser una patraña para robarles la patente, como solía hacer Google con muchos pequeños “inventores”, en la confianza de que jamás se atreverían a desafiarle en los tribunales. Y el caso es que no fue sino hasta muchos años después, cuando los artífices de “Terra Visión” deciden plantarle cara a la todopoderosa corporación, argumentando que su idea sentó las bases de Google Earth, Google Maps y todos los sistemas de navegación en tiempo real, que forman parte hoy de nuestro día a día.

El propio Anderson admitió en su visita a Berlín que Terravision lo había inspirado para crear el software de Google Earth: «Si no hubiera visto Terravision, nunca podría haber creado algo así», le dijo a Juri en un arranque de etílica sinceridad. Algo que negó después ante la justicia.

De eso trata “El código que valía millones”, una ficción trepidante narrada en dos planos temporales, que culmina en una intrincada batalla judicial que se libraría en Delaware, Estados Unidos, a instancias del profesor de arte Joachim Sauter (el verdadero Carsten Schlüter), quien fue a los tribunales contra Google en el año 2014.

Robert Thalheim y Oliver Ziegenbalg, director y guionista de la serie respectivamente, le conocieron casualmente en una barbacoa y de ahí surgió la idea de filmar la historia como una ficción basada en hechos reales, cuya principal intención no es como pudiera parecer hacer justicia poética ni reconocer el mérito de los desarrolladores de «Terra Vision», sino retratar los ideales que movieron a la generación «techie» (los “nerds” del garaje), pioneros de la era digital, en los años 90, y la hicieron ser lo que es hoy: un selecto club de multimillonarios que se hicieron increíblemente ricos con internet y que actualmente sueñan con conquistar el espacio. 

Thalheim y Ziegenbalg quieren mostrarnos cómo se inició todo y contar la historia de aquellos que nunca estuvieron bajo los focos en esta serie que habla de la amistad, de la lealtad, de superar los miedos y las barreras de lo aparentemente imposible y del concepto de propiedad intelectual en la era digital, consiguiendo transportarnos al Berlín inmediatamente posterior a la caída del muro y recrear su excitante atmósfera revolucionaria e innovadora.

Título original: The Billion Dollar Code

Año: 2021

Duración: 265 min.

País: Alemania

Dirección: Robert Thalheim

Guión: Oliver Ziegenbalg

Música: Uwe Bossenz, Anton K. Feist

Fotografía: Henner Besuch

Reparto: Seumas F. Sargent, Marius Ahrendt, Thomas Douglas, Michelle Glick, Yuki Iwamoto, Misel Maticevic, Clayton Nemrow, Leonard Scheicher, Harry Szovik, Christoph Tomanek, Mark Waschke, Lavinia Wilson.

Productora: Kundschafter Films, Sunny Side Up Films. Distribuidora: Netflix

Género: Miniserie de TV. Drama | Internet / Informática. 

NINE PERFECT STRANGERS

Hay una frase en “Nine Perfect Strangers” (la gran apuesta de Amazon Prime Video para este verano) que resume con cierto sarcasmo lo que no pocas personas piensan, aún hoy, acerca de los problemas que llevan a otras hasta el diván del psicoanalista y es cuando Masha (Nicole Kidman), esa extraña y misteriosa mujer de origen ruso, mezcla de psicoterapeuta y de gurú celestial, que dirige Tranquillum House, le dice a su último grupo de huéspedes/pacientes: “el hombre preindustrial no se deprimía porque estaba demasiado ocupado trabajando”.

Siguiendo la estela de “Big Little Lies”, sus creadores han vuelto a contar con la actriz australiana de mirada penetrante y belleza etérea, para protagonizar la adaptación de otra de las novelas de Liane Moriarty, en la que nueve personas que no se conocen de nada coinciden en un aislado resort de lujo al que acuden ricos y famosos dispuestos a pagar una fortuna por embarcarse en un exclusivo retiro que les permita sanar de sus aflicciones y mejorar como seres humanos en tiempo récord, aunque no sin cierto sufrimiento.

A quienes ingresan en este idílico balneario, situado en un lugar apartado, con un camino de difícil acceso (ya que se supone que el aislamiento es parte esencial de la terapia de sanación), en medio de un bosque con río, catarata y aguas termales, y donde te sirven nutritivos batidos de frutas tropicales preparados al momento (quién diría que meter la cámara en un vaso de licuadora iba a dar tanto juego visual), les requisan nada más llegar sus medios de transporte y sus dispositivos móviles para cortar todo contacto con el exterior. En realidad les aíslan solo en el plano físico, pues en el plano emocional cada uno de ellos ya lidiaba previamente, en soledad, con sus propias tribulaciones sin abrirse a su entorno, al que solo dejaban ver (y padecer) las secuelas y consecuencias de sus respectivos traumas.

Se trata de nueve personajes con caracteres, profesiones y etapas vitales distintas, que se someten voluntariamente (y a ciegas) a una terapia experimental que promete ser “liberadora”, diseñada por alguien que ha conseguido «renacer» en sentido literal (tras estar clínicamente muerta) y dejar atrás su oscura vida pasada. Un “novedoso” método terapéutico que se nutre de muchas de las actuales teorías del Mindfulness: la meditación, el yoga, el regreso a la tierra, la desintoxicación a través del ayuno y la alimentación eco-orgánica y, sobre todo, el entregarse por entero y abrazar la experiencia del retiro abriendo la consciencia a la espiritualidad, para salir de ella siendo personas nuevas, sin castigarse, sin juzgarse, sin arrepentirse… Un viaje físico y espiritual de diez días, resumido en ocho episodios, durante los cuales la serie nos irá presentando a cada uno de estos clientes/pacientes que se encuentran al límite de su resistencia y que se verán abocados a poner en común las pérdidas, fracasos, frustraciones, traiciones y traumas que los lastran, para poder así desprenderse de ellos y avanzar hacia un estado emocional superior, en el que los dolores, culpas, complejos y temores que los afligen al fin desaparezcan.

Nine perfect strangers” es, en suma, un inquietante puzzle que se construye lentamente, combinando el drama y el misterio con las constantes referencias a un estilo de vida que es tendencia, obligándonos a seguir las pistas que nos van dejando a cuenta gotas según avanza su argumento y en el que destacan las magníficas interpretaciones de los actores y actrices de reparto.

Melissa McCarthy en el papel de Francis, escritora de novela romántica, una cincuentona menopáusica, fracasada en el amor, que teme no estar a la altura de sus propias expectativas profesionales, quien es sin duda la más empática del grupo; Bobby Cannavale, quien da vida a Tony, una estrella del fútbol americano que vio apagarse su popularidad al sufrir un grave accidente en el campo y desde entonces desarrolló una fuerte dependencia al alcohol y a los fármacos que lo convierte en un ser desaliñado y malhumorado; Luke Evans (Lars), un sujeto narcisista, sospechoso y taimado, homosexual, escéptico y conflictivo, que parece decidido a reventar la terapia provocando al resto del grupo, especialmente a Regina Hall (Carmel), una mujer de mediana edad, con problemas de ira y de autoaceptación, que acude al retiro para perder peso y volver a sentirse atractiva tras la doble maternidad que la condenó a la vida doméstica; Heather (Asher Keddie), una madre atrapada en una profunda depresión desde el suicidio de su hijo adolescente que convive con su marido Napoleón (Michael Shannon) y su otra hija, Zoe (Grace Van Patten), sin soportar la idea de que estos se hayan resignado tan fácilmente a la pérdida. Y finalmente Ben (Melvin Gregg), quien tras haber ganado 22 millones de dólares en la lotería ha perdido el interés por todo cuanto posee, incluida su espectacular esposa influencer, Jessica (Samara Weaving), una joven insegura y no muy lista, para quien nada existe, si no se cuelga en Instagram.

Al margen del indudable atractivo del personaje de Masha, una suerte de ser místico dotado de un gran poder de seducción al tiempo que infunde cierta desconfianza e incluso temor entre sus pacientes/huéspedes, la miniserie de Daniel E. Kelley («Big Little Lies«, «The Undoing«) se apoya en este gran reparto coral, para proponernos un triple suspense: ir conociendo la biografía de cada uno de estos personajes; saber exactamente en qué consiste ese “nuevo protocolo” del que hablan Masha y sus ayudantes, Yao (Manny Jacinto) y Delilah (Tiffany Boone) (con quienes mantiene una extraña relación, cuya naturaleza aún no llegamos a precisar) y que, a tenor de sus conversaciones, parece ser algo extremo, posiblemente hasta ilegal; y averiguar quién está detrás de las amenazas que la gurú recibe en su teléfono móvil y si tienen algo que ver con la tragedia/negligencia ocurrida tiempo atrás en ese lugar.

El misterio está servido y todo hace presagiar que el dilema que se nos plantee a futuro sea de naturaleza ética. De momento solo hemos visto los tres primeros capítulos, lo suficiente para despertar nuestro interés.

Título original: "Nine Perfect Strangers"

Año: 2021

Duración: 43 min. x 8 episodios

País: Estados Unidos 

Dirección: Jonathan Levine

Guión: David E. Kelley, John-Henry Butterworth, Samantha Strauss.
 
Novela: Liane Moriarty

Fotografía: Yves Bélanger

Reparto: Nicole Kidman, Melissa McCarthy, Michael Shannon, Luke Evans, Regina Hall, Bobby Cannavale, Samara Weaving, Asher Keddie, Manny Jacinto, Melvin Gregg, Tiffany Boone, Grace Van Patten, Hal Cumpston

Productora: Blossom Films, Made Up Stories. Distribuidora: Hulu

Género: Serie de TV. Drama | thriller

THE NEVERS

Siempre he observado cierta prevención hacia el cine fantástico o de ciencia ficción. Con gloriosas excepciones que ya se han convertido en clásicos, es difícil que una historia que trasciende los lindes de lo que humanamente es posible y juegue a fantasear con lo mágico o lo sobrenatural me toque la fibra, a no ser que tenga una intención metafórica.

Y ello a pesar de que, desde el estreno de la legendaria “Juego de Tronos” hace diez años, el género no ha hecho más que crecer y multiplicarse, con grandes superproducciones, como “The Last of Us”, “Foundation” o “El Señor de los Anillos”, y títulos menos ambiciosos, como “Carnival Row”, “The Witcher” o la más reciente y discreta “The Nevers” (HBO), cuyo argumento inesperadamente ha conseguido cautivarme.

En esencia, se trata de una serie definida por sus productores como “de aventura, acción y fantasía” que engancha desde el minuto uno, al ubicar su historia en un espacio temporal intencionalmente anacrónico, el Londres de la época victoriana, con sus enormes diferencias sociales y la violencia y conflictividad desatada en sus calles, donde misteriosamente un grupo de personas (en su mayoría mujeres, bastantes de ellas inmigrantes y algunos pocos hombres y niños), desarrollan ciertos superpoderes o habilidades extraordinarias, tras haber sido “tocados” por las partículas de luz desprendidas de un ente volador no identificado que surcó los cielos el 3 de agosto de 1896, convirtiéndose en una amenaza para el establishment, por lo que son perseguidos y socialmente marginados.

“Los elegidos” o «tocados» (como se les conoce en la serie) están liderados por Amalia True (Laura Donnelly), una viuda endurecida por la mísera vida que le ha tocado en suerte, quien además de un gran sentido práctico posee, desde aquel extraño día, el don de la videncia y una fuerza física descomunal que le permite batirse en todo tipo de peleas y refriegas, para proteger y defender a los suyos de las fuerzas brutales decididas a aniquilarlos. Para ello cuenta con la inestimable ayuda de su inseparable amiga, Penance Adair (Ann Skelly), cuya comprensión de la energía la convierte en una inventora adelantada a su tiempo, capaz de desarrollar prototipos impensables para la época, en los que podrían inspirarse muchos de los artilugios con los que hoy contamos gracias a la industria, la tecnología y la ciencia, y quien posee además una personalidad sumamente empática, dotada de gran sensibilidad y humanidad.

A ellas se unen Olivia Williams («Counterpart«) quien da vida a Lavinia Bidlow, una multimillonaria inválida que, por motivaciones aún desconocidas, se convierte en benefactora del orfanato donde se refugian “los elegios”; su dulce y torpe hermano menor Augustus “Augie” Bidlow (Tom Riley), quien es en secreto uno de ellos, dotado de vista de pájaro; y Hugo Swann, (James Norton), el rico e irreverente propietario de un antro de perversión, un joven empresario de vida disoluta que se especializa en la extorsión y la trata, abriendo locales de ocio donde “los tocados” complacen las fantasías de gente pudiente, a cambio de dinero por sus favores sexuales.

Luego están el inspector de policía Frank Mundi (Ben Chaplin), dividido entre sus obligaciones policiales y sus principios morales, quien investiga una serie de asesinatos presuntamente cometidos por una peligrosa y sanguinaria sociópata criminal llamada Maladie (Amy Manson), que también es una de “las tocadas”, dando mala prensa al colectivo; Denis O’Hare como Edmund Hague, un médico perturbado que busca descubrir la fuente de los poderes mágicos; Zackary Momoh como Horatio Cousens, el médico del orfanato con poderes curativos; Rochelle Neil como la incendiaria Annie “Bonfire” Carby… y el increíble Pip Torrens (“The Crown”), en el papel de Lord Gilbert Massen, un alto funcionario del gobierno, de naturaleza conservadora y escéptica, que lidera una cruzada contra “las elegidas”, cuyas habilidades atribuye a “anomalías biológicas debidas a la electricidad”, el gran invento que lo cambiaría todo en las postrimerías de la Revolución Industrial.

Definida por la crítica como «un X-Men moderno o un Watchmen victoriano«, más allá de tratarse de una serie entretenida y repleta de acción, los responsables de “The Nevers” y, muy especialmente Joss Whedon (“Buffy, la cazavampiros, “Angel”), creador de la idea y guionista del primer capítulo, han querido aprovechar la fantasía para abordar problemas actuales con los que lidiamos a diario, como el racismo, el sexismo, la discriminación y la marginalidad, y la necesidad de crear una sociedad más justa e igualitaria, desarrollando la empatía, el empoderamiento y el sentido de comunidad, con diálogos que constantemente hablan de cambio, de progreso y del importante aporte de la mujer a todo ello, pese a las enormes resistencias sociales por permitir que así sea, como cuando Lord Massen, empeñado en acabar con “las elegidas”, expone su teoría de que se trata de una amenaza para la estabilidad y supervivencia del Imperio:

Un plan magistral. Atacarnos usando a las mujeres. El corazón del imperio detenido abruptamente por los caprichos y las aspiraciones de quienes no deben tener ambiciones. Es la era del poder, del nuevo poder, los rayos equis, las ondas, la electricidad, somos la primera generación acostumbrada a lo imposible. Lo que a las mujeres les horroriza hoy, será aceptado mañana y exigido al día siguiente. Los inmigrantes, los desviados, ese es el poder que se ejerce y no por nosotros. La espada está dentro, necesitamos saber qué mano la está empuñando”.

De hecho, uno de los aspectos que resulta más inquietante de la serie y que no se llega a desvelar en su primera temporada es a qué nos estamos enfrentando realmente, cuál es la verdadera naturaleza de esa fuerza superior de la que emanan los poderes mágicos de los elegidos, así como en qué escenario temporal transcurre realmente la acción (si es que no sucede en varios planos temporales superpuestos) y cuáles son las verdaderas motivaciones de algunos de los personajes.

Preguntas y acertijos que -es de suponer- se resolverán en la segunda entrega, pese a que ya no será Joss Whedon (quien abandonó el proyecto en noviembre del año pasado, después de la polémica surgida a raíz de la filmación de “La Liga de la Justicia” cuando varios actores le acusaron por maltrato y abuso de poder en los rodajes) el encargado de resolver el enigma, sino Philippa Goslett quien se quedó a cargo del proyecto.

El principal problema al que se enfrenta, sin embargo, es la complejidad de la historia que se trae entre manos. Porque, aunque de entrada todo pueda resumirse en un grupo de seres perseguidos por una oscura organización y el odio a las minorías, “The Nevers” abarca a tantos personajes y ha abierto tantas subtramas a partir de su argumento inicial que puede resultar complejo encajarlo todo. Especialmente cuando, tras ver el episodio que sirve de epílogo a esta primera temporada y de prólogo a la segunda, es previsible que se produzca un giro radical de los acontecimientos que nos conduzca por otros derroteros ya muy vistos en otras películas y series, como «Westworld«, «Criado por lobos« o «Outlander«. Esperemos que no se desvirtúe su esencia en el ya cantado viaje a un futuro intergaláctico.

Título original: The Nevers 

Año: 2021

Duración: 58 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Joss Whedon (Creador), Philippa Goslett (Creador)

Guion: Joss Whedon, Jane Espenson, Laurie Penny, Douglas Petrie

Fotografía: Seamus McGarvey, Ben Smithard, Richie Donnelly, Kate Reid

Reparto: Laura Donnelly, Nick Frost, Olivia Williams, James Norton, Tom Riley, Ann Skelly, Ben Chaplin, Pip Torrens, Zackary Momoh, Amy Manson, Rochelle Neil, Eleanor Tomlinson, Denis O'Hare...

Productora: HBO, Mutant Enemy Productions. 

Distribuidora: HBO

Género: Serie TV. Drama. Ciencia ficción. 

HALSTON

Se llamaba Roy Halston Frowick y era natural de Des Moines, capital del condado rural de Iowa. Pero el mundo entero lo conoció simplemente como Halston. Segundo hijo de un recio contable de origen noruego, que no aceptaba su homosexualidad, y una sufrida ama de casa a la que este maltrataba, física y psicológicamente, culpándola de mimarlo demasiado.

Un personaje atormentado y glamouroso, confeccionado a medida para el actor escocés Ewan McGregor, quien encarna de manera convincente al legendario diseñador estadounidense, en una miniserie de cinco episodios, producida por Ryan Murphy para Netflix, en la que se repasa su vida y obra, presentándolo como un artista amanerado y excéntrico que, habiendo conocido el rechazo desde niño, persiguió obsesivamente el éxito, la riqueza y el reconocimiento. Enormemente talentoso y creativo, inseguro y vulnerable en su esfera más íntima, exigente consigo mismo y con los que le rodearon hasta perder los papeles con gran crueldad, a causa de lo cual murió prácticamente solo, desquiciado por una serie de malas decisiones empresariales motivadas por su ambición desmedida y por una vida de excesos que acabaron con su carrera y su salud.

Cuenta Steven Gaines, en la novela en la que está basado este interesante biopic, que el pequeño Halston decoraba con plumas de gallina y otros abalorios los sombreros y tocados de su madre, a la que adoraba, sin sospechar que lo que empezó siendo una afición infantil para consolarla de las embestidas de su verdugo, se convertiría en el oficio que le haría saltar a la fama, después de que la primera dama de los Estados Unidos, Jackie Kennedy, luciera una de sus creaciones en la toma de posesión de su marido JFK.

Para entonces Halston había llegado ya a Nueva York, de la mano de la diseñadora de sombreros Lilly Daché, quien lo introdujo en el trepidante negocio de la moda, a la par que iba descubriendo la libertad y las prometedoras posibilidades que, para un espíritu transgresor como el suyo, ofrecía la Gran Manzana.

Aquel hombretón alto, delgado y bien parecido, con un aire a James Stewart y muchas ganas de comerse el mundo, feliz y algo asombrado de poder alternar en bares “solo para hombres”, con los que compartir algo más que una cerveza ya en la intimidad de su alcoba, pronto llegó a ocuparse de la colección de sombreros de Bergdorf Goodman, uno de los más prestigiosos grandes almacenes de Manhattan, que tenía entre su clientela a algunas de las más reconocidas socialités del momento.

Cuando Jackie Kennedy acudió allí, a finales de 1960, en busca de un sombrero para la inauguración del mandato de su marido, y escogió una de las creaciones de Halston, ni él mismo podía creerse que ello supondría la consagración definitiva de su marca personal. Halston pensó que ese día todos estarían pendientes de lo que dijera Kennedy y de lo que vistiera Jackie, de modo que su sombrero no podía taparle la cara ni permitir que el viento o el pelo jugaran una mala pasada a quien sería el rostro de la nueva era. Procurando darle protagonismo a la primera dama, el diseñador consiguió atraer atención sobre su diseño y así aquel diminuto sombrerito rosa, bautizado como pillbox, lanzó su carrera, considerándose hoy en día una pieza histórica.

«Los sombreros son esculturas, hacía sombreros para animar a mi madre, tuve una infancia especial», confiesa el icónico diseñador en la serie a uno de sus amantes ocasionales (negros, latinos, gente susceptible de haber sufrido el rechazo y la discriminación como él).

Desde ese momento, su popularidad fue en aumento a la par que su negocio, teniendo que reinventarse a sí mismo cuando los sombreros dejaron de usarse, a principios de la década de los setenta. Un periodo de gran precariedad económica que, sin embargo, supuso un acicate para su talento visionario, en una apuesta decidida y arriesgada por el prêt-à-porter.

Centrado en su sueño de “vestir a América”, sin dejar a un lado su admiración por la alta costura y por los grandes modistos europeos (especialmente Balenciaga), Halston perfiló una silueta minimalista para la mujer estadounidense que empezaba a incorporarse al mundo laboral, y que necesitaba un atuendo de trabajo y otro para su vida social.

Vestidos camiseros ceñidos al cuerpo con un lazo en la cintura y confeccionados con un material similar al ante pero apto para ser lavado a máquina, pantalones fluidos y trajes de corte masculino, así como los vaporosos vestidos de cuello halter (su santo y seña) y la manga murciélago, presente en sus elogiados caftanes de originales estampados… cada nueva creación que salía de sus talleres (inicialmente inspirada en el cine negro de los años 30 y 40) era un éxito de ventas. Algo que no pasó inadvertido para los buitres de la industria textil, que no pararon de revolotear sobre su cabeza hasta hacerse con la propiedad de su marca personal, obligándole a diversificar su producción en una variada gama de artículos y accesorios que llevaran su nombre y pudieran fabricarse a gran escala (perfumes, maletas de viaje, ropa masculina, el atuendo de las azafatas de Braniff Airlines, los uniformes del equipo norteamericano en las Olimpiadas de 1976, de las Girl Scouts o del Departamento de Policía de Nueva York), obligándole a asumir un ritmo y un volumen de trabajo ingente.

En aquellos años, el icónico diseñador vestía ya como una celebridad. Pelo engominado, chaqueta americana, jersey negro de cuello vuelto y sus inseparables gafas oscuras que apenas conseguían ocultar los estragos de sus excesos nocturnos. Era el modisto norteamericano emergente del momento. Lo que le lleva a ser seleccionado para representar a los Estados Unidos, junto a otros ya consagrados, como Oscar de la Renta, en una especie de duelo con diseñadores europeos que se celebra en el Palacio de Versalles y que supone su exitosa puesta de largo en la moda mundial.

A su vuelta de París, con una cuenta corriente milmillonaria, una tienda con su marca en Madison Avenue, donde recibe a sus clientes VIPS para las que sigue confeccionando a medida, y un equipo de trabajo que soporta leal y pacientemente sus excesos y su mal carácter, Halston se transforma en el rey indiscutible de la moda neoyorquina. “El primer diseñador pop star”, como se le llegó a catalogar. Su sofisticación, elegancia natural y atractivo físico le abren todas las puertas y potencian un aura de éxito a su alrededor que le hace gozar de un gran poder de seducción, tanto en hombres como en mujeres.

Es entonces cuando conoce a Víctor Hugo Rojas (Gianfranco Rodríguez), un decorador venezolano, cuyos favores sexuales comparte en un principio con su amigo Andy Warhol a cambio de dinero y a quien pronto convierte en su amante y protegido en exclusiva, estableciendo con él un vínculo de dependencia tóxica. De su mano se adentra en el descontrolado mundo de las drogas, haciéndose un consumidor habitual de cocaína y se dedica a quemar la noche, en “Studio 54”.

Amigo personal de Yves Saint Laurent y de Liza Minnelli (magníficamente representada en la serie por Krysta Rodríguez), su única familia (la persona a la que llama para trinchar su primer pavo en Acción de Gracias), alguien fundamental en la vida del diseñador y de quien recibe un apoyo incondicional hasta el fin de sus días;  Halston vistió a grandes estrellas del cine, como Elizabeth Taylor, Silvana Mangano, Lauren Bacall, Bianca Jagger, así como a admiradas socialités, como Diane von Furstenberg, Katharine Graham, Babe Paley o Marisa Berenson y apadrinó a algunas de las mejores supermodelos de los años ´70, como la temperamental Elsa Peretti (su musa italiana), la después actriz Anjélica Huston, Pat Cleveland o Alva Chinn, a las que se conocía como las “Halstonettes” cuando participaban en sus desfiles.

Pero la decisión de quienes se habían hecho con la propiedad de su marca (sinónimo de lujo, estatus, fama y erotismo), de fusionarse con un grupo empresarial más fuerte que exige su colaboración con los almacenes J.C.Penney (competencia directa de Bergdorf Goodman, la casa de moda que lo vio nacer), disminuye su presencia e influencia a mediados de los 80, tras la aparición de nuevos creadores, como Calvin Klein y Donna Karan.

“Ya no soy una persona, soy una marca”, dice el Halston de ficción en el tercer episodio de la serie, como si el sueño de toda una vida se hubiese transformado en pesadilla. “Nos dan un nombre, solo uno. Es lo único que tenemos mientras estamos vivos. Y lo único que dejamos cuando morimos. No valoré el mío lo suficiente. Lo vendí barato. No lo pensé dos veces”, confiesa amargamente hacia el final, convertido ya en un patético remedo de sí mismo, tras haberse rendido a los cantos de sirena de la industria de la moda que condiciona y exprime su talento obligándole a firmar una última línea de ropa ‘low cost’, Halston III, que fue muy mal recibida.

Acosado por las exigencias de sus nuevos “dueños”, con sus capacidades muy mermadas por sus adicciones y tras ser diagnosticado como enfermo de SIDA, Halston decide finalmente dimitir y mudarse a San Francisco, no sin antes firmar un último trabajo, a modo de epitafio para la posteridad, el diseño de vestuario de “Perséfone”, a petición de su amiga, la exigente coreógrafa de ballet contemporáneo Martha Graham, que resulta ser todo un éxito para la crítica (cuyo veredicto final, como a todos los artistas, le importaba más de lo que era capaz de confesar) que aplaude la novedosa e ingeniosa incorporación en los diseños del tejido de elastano, metáfora de las cadenas invisibles que, aunque nos creamos libres, inevitablemente nos frenan y nos lastran.

En 1988, la enfermedad de Halston se complica deviniendo en un sarcoma de Kaposi que, finalmente, acaba con su vida el 26 de marzo de 1990, a los 57 años. Una vida intensa, más exitosa que feliz, que dio mucha tela para cortar en esta miniserie de Netflix que brilla sobre todo por su esmerada ambientación y por la excelente interpretación de algunos de sus protagonistas, empezando por el carismático Ewan McGregor (jamás nadie dio una calada al cigarro con tanta elegancia y sensualidad).

Título original: "Halston"

Año: 2021

País: Estados Unidos

Dirección: Ryan Murphy, Dan Minahan

Guión: Tim Pinckney, Sharr White, Kristina Woo, Ian Brennan. 

Basada en la novela "Simply Halston" de Steven Gaines

Fotografía: Tim Ives, William Rexer

Reparto: Ewan McGregor, Krysta Rodriguez, Rory Culkin, Rebecca Dayan, David Pittu, Sullivan Jones, Gian Franco Rodríguez, Mary Beth Peil, Molly Jobe, Deya Danielle Drake, Eric T. Miller, Maxim Swinton, Juri Henley-Cohn...

Productora: Ryan Murphy Productions. 

Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Drama. Biopic. Moda. Años 70

SUEÑOS DE UNA ESCRITORA EN NUEVA YORK

Poco a poco, los cines empiezan a retomar su actividad tras el cese por la pandemia y, aunque aún a cuentagotas, este fin de semana han empezado a llegar a sus carteleras nuevos estrenos, como “Sueños de una escritora en Nueva York” que inauguró (con un éxito más bien discreto) la penúltima Berlinale y que no pasaría del aprobado raso, de no ser por la esmerada actuación de la jovencísima y cautivadora Sarah Margaret Qualley, hija de Andie McDowell (la desvergonzada acólita de Charles Manson que seduce a Brad Pitt en “Erase una vez en… Hollywood”) quien hace suya la película, con una sonrisa irresistible y esa mezcla de ingenuidad, optimismo e imprudencia de quien se asoma por primera vez al mundo adulto, y por la siempre imponente (aunque en este caso bastante desaprovechada) presencia de Sigourney Weaver, en un papel que (si bien menos caricaturesco) recuerda por momentos al que interpretó Meryl Streep en “El diablo viste de Prada”.

De hecho, ese es uno de los problemas que tiene la película del canadiense Philippe Falardeau: que recuerda demasiado a otras. Desde la escena inicial, con la virginal Joanna Rakoff (Qualley) arrastrando su maleta, cargada de grandes expectativas, por las calles de Greenwich Village, mientras narra con voz en off lo estimulante que le resulta la Gran Manzana como escenario para la “vida extraordinaria” a la que aspira, tiene una la sensación de estar viendo una película de Woody Allen. Una impresión que no cesa al avanzar el film, y no solo porque la historia se desarrolle en esa mítica ciudad cuyo espíritu intelectual, alternativo y bohemio Allen ha convertido en su santo y seña, sino por la fotografía, el montaje, la dirección de actores y hasta la propia historia que bien podría llevar la firma del director de Hannah y sus hermanas”, si no fuera porque le falta ironía y le sobran metraje, monserga de autosuperación y postureo feminista.

Para mayores coincidencias, está la escena en la que el primer novio de Jo, Karl (Hamza Haq), toca al clarinete una melodía que resulta familiar para los seguidores del director (y clarinetista) neoyorquino o el ballet en el hall del Waldorf Astoria que recuerda demasiado a las coreografías de “Todos dicen I love you o al desenlace de “Estoy pensando en dejarlo del también neoyorquino insigne Charlie Kaufman, a cuyo cine la película de Falardeau parece rendir asimismo culto, especialmente al traer hasta un plano real los pensamientos que la protagonista tiene al leer las cartas de los seguidores de Salinger, con quienes viaja en el mismo tren e incluso llega a dialogar acerca de sus sentimientos.

Pero vayamos por partes. “Sueños de una escritora en Nueva York” está basada en “My Salinger Year”, la novela homónima de la periodista Joanna Rakoff, quien relata cómo llegó a esa ciudad, en la década de los noventa, procedente de California, con la intención de convertirse en una escritora de éxito, empleándose enseguida como asistente personal de una de las agentes literarias más veteranas y prestigiosas de la ciudad, la excéntrica y algo anticuada Margaret (Sigourney Weaver), enemiga de los ordenadores, quien tiene como uno de sus clientes más destacados a J. D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno” (el mismo libro que portaba Mark Chapman cuando asesinó a John Lennon en 1980) y escritor estadounidense de culto para el público adolescente y universitario en la segunda mitad del siglo XX, quien mantuvo su influencia durante décadas sin necesidad de publicar más libros ni moverse de su retiro voluntario en Cornish (Nuevo Hampshire) rehuyendo de la exposición mediática.

Como advierte Carlos Boyero en El País: “La reducida obra de J. D. Salinger es una leyenda con causa. Y su retiro de la vida pública, por misantropía o por no esperar nada bueno de ella, alimentó hasta extremos delirantes el afán de los editores por encontrar algo nuevo que llevara su firma y la perpetua y frustrada expectación de los sucesivos ejércitos de admiradores por saber algo de su eremita existencia. No publicó más libros (a lo peor no los escribió, o los quemó, o permanecen escondidos bajo siete llaves) y jamás volvió a aparecer en los medios. No hay noticias de sus relaciones privadas. Decidió que se lo tragara la tierra”.

Una leyenda no exenta de morbo que lo retrata como un personaje huraño, que aumentó su popularidad en vida y que el cineasta canadiense Philippe Falardeau se propone desmontar en su película, haciendo del solitario y misterioso escritor, cuyo rostro no llegamos a ver nunca, un ser de naturaleza amable, pero de manera un tanto gratuita, sin llegar a aportar mayores detalles o novedades sobre la desconocida vida y personalidad del artista.

«Se decía que Salinger era reservado, raro, peculiar, que no se podía hablar con él, pero Joanna tiene otra experiencia cada vez que le atiende al teléfono. Son conversaciones sencillas, pero como no ha leído ninguna obra suya no se siente contaminada ni condicionada. De hecho, es él (“Jerry” para los empleados de la agencia) quien la anima a no perder el tiempo y a dedicarse a escribir poesía”, explica el director de “Sueños de una escritora en NY”.

Y es que, poco a poco, Joanna se acostumbra a su nuevo trabajo, deja de escribir y se involucra a tiempo completo con la agencia, mientras su nuevo novio, Don (Douglas Booth), otro aspirante a escritor de ideas comunistas y talante algo zafio y desconsiderado, con quien comparte un destartalado y carísimo piso en alquiler, se concentra en escribir un manuscrito de novela en la que cosifica y sexualiza a la mujer, lo que sirve de excusa al cineasta canadiense para alinearse con los postulados actuales del feminismo, tan en boga desde la aparición del movimiento #MeToo en Hollywood.

Mientras Don representa el estereotipo del escritor bohemio y alternativo, tradicionalmente masculinizado, Joanna se interesa por la poesía y la literatura infantil, géneros menospreciados en los círculos intelectuales más prestigiosos.

Además de transcribir a máquina los dictados de su jefa, su labor principal consiste en leer y contestar a la ingente correspondencia que los lectores envían al esquivo autor de “Franny y Zooey” y que jamás llegará a sus manos. Si bien sus instrucciones son claras. Únicamente debe enviar una respuesta genérica diciendo que “el autor agradece su carta, pero no desea recibir correo”, se responde así a todo el mundo con la misma carta tipo en que se deja claro que el escritor no desea establecer ningún tipo de interacción con sus lectores, en consonancia con la intención de agrandar el mito de su misantropía que tan buenos resultados arroja como estrategia de venta. Sin embargo, Joanna no puede evitar empatizar con esas personas que esperan una respuesta más personal de alguien a quien admiran tanto, por lo que decide, por su cuenta y riesgo, contestar a esas misivas según su propio criterio.

En este sentido, una de las escenas más interesantes de la película es aquella en la que una joven estudiante de secundaria, lectora impenitente de Salinger, la increpa por haber tenido el atrevimiento de sermonearla por escrito o haber llegado siquiera a pensar que su opinión pudiera tener el mismo valor que la de su idolatrado autor.

«Lejos de considerar a los fans como esa masa anónima y obsesionada de la que Salinger parecía querer protegerse, la película les otorga voz e identidad propias», escribe Eulalia Sánchez en El Confidencial. «La primera carta que Joanna lee podría estar firmada por uno de las millares de jóvenes que encontraron en ‘El guardián en el centeno’ una novela que por primera vez les hablaba de cómo ellos se sentían, extraños, desencajados, incomprendidos respecto al mundo que les rodeaba. El director Philippe Falardeau encarga al también quebequés Théodore Pellerin, un joven actor de singular magnetismo, dar vida y profundidad a este fan paradigmático que solo se hace presente a través de sus cartas. Pero no reduce el impacto que generó la famosa novela a un único tipo de lector y también imagina la diversidad de personas en todo el mundo que conectaron con ‘El guardián entre el centeno’ como jamás lo habían hecho con ningún otro libro».

Lástima que la película desaproveche ese filón, utilizando a Salinger y a sus variopintos y atormentados lectores como excusa argumental, de una forma meramente anecdótica.

Falardeau prefiere concentrarse en las vivencias de Joanna, quien quiere dejar de sobrevivir para encontrar su propia voz y comenzar a vivir su sueño, para lo cual deberá soltar lastre laboral y emocionalmente (“No quiero ser una rutina” le dice a su jefa Margaret, debatiéndose entre lo que es seguro y la necesidad de renunciar a ello para perseguir algo incierto), al tiempo que realiza un homenaje al mundo editorial neoyorquino justo antes de que lo invadieran los avances tecnológicos e indaga en la relación entre el escritor y la imagen que de él tienen sus lectores, a menudo contaminada por el impacto que causa en ellos su obra, trasladando un mensaje final (a modo de moraleja) acerca de cómo no debemos de traicionar nuestros principios ni conformarnos con ser la sombra de nadie.

Demasiados tópicos para una película que no pasará a la historia y que resulta simplona y redundante.

Título original: "My Salinger Year"

Año: 2020

Duración: 101 min.

País: Canadá

Dirección: Philippe Falardeau

Guión: Philippe Falardeau 

Música: Martin Léon

Fotografía: Sara Mishara

Reparto: Sigourney Weaver, Margaret Qualley, Douglas Booth, Colm Feore, Matt Holland, Théodore Pellerin, Seána Kerslake, Jonathan Dubsky, Xiao Sun, Yanic Truesdale, Leni Parker, Romane Denis, Gavin Drea

Productora: Coproducción Canadá-Irlanda; Parallel Films

Género: Drama | Biográfico. Literatura. 

MARE OF EASTTOWN

Difícilmente podía imaginar David Lynch, cuando rodó la escena en la que el cuerpo sin vida de Laura Palmer aparecía flotando en el río, envuelto en una bolsa de plástico, que la que fuera su gran obra maestra dentro del género policíaco de suspense se convertiría en fenómeno de culto y fuente de inspiración para cientos de realizadores que, a lo largo de los treinta años posteriores a su estreno, han intentado emularla sin mayor pena ni gloria.

El último de ellos es Brad Ingelsby, creador de la serie “Mare of Easttown” de HBO, que cuenta con la invalorable baza de tener a la gran-diosa Kate Winslet como productora y actriz protagonista. Aunque, en este caso, se trata de una miniserie policíaca muy bien contada, que pese a guardar obvias semejanzas con la mítica producción del singular director norteamericano, está muy lejos de su recurrente apuesta por la pincelada surrealista.

Al igual que en Twin Peaks, todo sucede en una pequeña población ribereña situada entre montañas, en este caso las de Pensilvania, en la que todos sus habitantes se conocen o están emparentados. Un lugar donde casi nunca pasa nada relevante o digno de salir en las noticias y en el que nadie parece ser demasiado feliz.

Tras una breve introducción que nos adentra en los pormenores de la vida (nada fácil) de los personajes principales, la acción propiamente dicha se inicia con el hallazgo del cadáver de Erin McMeanamin (Cailee Spaeny), una joven adolescente y madre soltera, cuyo cuerpo sin vida aparece, totalmente desnudo, en el cauce del río que atraviesa los bosques de la región. La inspectora Mare Sheenan (Winslet) será la encargada de investigar el caso hasta hallar al culpable. Pero, en el proceso, deberá lidiar con sus propios demonios personales y familiares.

Marcada por el suicidio de su único hijo varón, que no logra superar y que consiguió arruinar su matrimonio, la vida de Mare tampoco es precisamente de color de rosa, teniendo que ejercer a la vez de madre (tiene otra hija adolescente bastante rebelde con la que vive en pie de guerra), de hija (su madre,  la genial Jean Smart, con quien se lleva también como el perro y el gato, se ha mudado a vivir con ella) y de abuela, al haberse tenido que hacer cargo de un niño de cuatro años, concebido por su hijo muerto con una exyonqui que ahora reclama su custodia.

Por si esto fuera poco, profesionalmente la inspectora Sheenan acusa el síndrome del perdedor, al no haber sido capaz de resolver la desaparición de otra joven de la región, cuya madre (de quien había sido amiga desde el instituto) la culpa de ello.

Con una imagen desaliñada y algunos kilos de más que siempre se ha preocupado de mantener a raya, Winslet construye, en plena madurez, un personaje rotundo y adolorido, el de una mujer fuerte (al menos en apariencia), con un profundo poso de amargura y frustración, exhibiendo sus mejores dotes interpretativas en su vuelta a la pantalla chica (las mismas que hace diez años le hicieron ganar el Emmy a la mejor actriz por «Mildred Pierce«, otra serie de HBO).

“Ahora que ya tengo más de 40 me interesa representar personajes reales, poco glamorosos, antes que ideales e inalcanzables”, contaba en una extensa entrevista con el sitio Brief Take quien alcanzara la eternidad y la fama meteóricas en los noventa, nada más dar el salto a Hollywood, gracias a la épica de James Cameron, interpretando a la voluptuosa Rose de Titanic; aquella veinteañera australiana a la que Jane Campion imaginó abducida por un gurú de la india de nombre Baba (Harvey Keitel) al que quiso entregarse en cuerpo y alma en Holly Smoke”; la adolescente pletórica de furia y escándalo que filmó Peter Jackson en Criaturas celestiales; la enamoradiza Marianne Dashwood de Sentido y Sensibilidad, la carcelera nazi que intercambiaba literatura por sexo en “The Reader”, la Ofelia que se resistió al academicismo de Kenneth Branagh en su adaptación del Hamletde Shakespeare o la temible Myrtle Dunnage en esa extrañísima combinación de spaguetti-western, comedia negra, melodrama romántico, dibujo animado, slapstick y cine social que es The Dessmaker… y tantas y tantas mujeres más, de distintas edades y épocas, que la han conducido hasta aquí.

Como escribe el crítico de cine de Página 12, “interpretando a Mare y su sombrío estoicismo, en una era sin proezas ni artificios, Winslet persigue los trazos de un crimen como los de su propia verdad, con esa sublime entereza, aferrada a los mundos que ha habitado, como si fueran ecos de su propia esencia…”

Para este nuevo trabajo televisivo, la actriz, de formación y origen británicos, se ha empleado a conciencia. No sólo se empeñó en aprender, con notable precisión, el acento del condado de Delaware (el “delco”), de donde es oriundo el creador de la serie, sino que no ha dudado en sacrificar su innegable belleza y utilizar su propia fisonomía para reflejar todo el impacto de la tragedia vivida por el personaje y su dependencia endogámica de la comunidad: el pelo sin teñir, el vapeado compulsivo, los hábitos de vida y de alimentación desordenados desde la muerte del hijo, la expresión dolida y la mirada melancólica ante las constantes demandas de sus vecinos, con los que se siente en deuda, culpable por no haber sabido/podido resolver la desaparición de una de los suyos.

Mare es terca, honesta, muy directa en el trato con sus semejantes y protectora de su familia y su comunidad. De hecho, uno de los pocos acontecimientos ocurridos en la localidad fue el día en el que, aun siendo adolescente, hizo que el equipo de baloncesto de su instituto ganara un torneo encestando en el último minuto. Gesta que se sigue recordando, año tras año, y que la convirtió en una especie de heroína local, mucho antes de hacerse policía, como su difunto padre, al que adoraba.

Pero, pese a ser un pilar de su comunidad, la inspectora Sheenan no es una persona muy sociable. Con un carácter de mil demonios, su cinismo y aspereza son una coraza ante los numerosos problemas que la acosan, como un divorcio que se le hace más cuesta arriba de lo que pensaba y una hija adolescente, Siobhan (Angourie Rice), con la que no consigue congeniar.

En su rutina de trabajo, persigue y detiene al hermano drogadicto de una compañera de estudios para alojarlo en un refugio y que no muera de frío, atiende al llamado de una vecina que afirma haber visto un merodeador frente a su casa mientras discute con su marido, resuelve robos menores, dirime reyertas y rencores enquistados en esa región signada por la violencia intrafamiliar y los cordones de pobreza.

Es una “looser”, como la mayoría de los habitantes de Easttown. Un lugar dejado de la mano de Dios, con demasiadas adolescentes embarazadas sin acabar los estudios, mucha droga en circulación y una violencia social contenida a punto de estallar.

El hecho de que un crimen tan horrible se haya cometido en uno de esos pueblos pequeños en donde se conoce todo el mundo, como en la “Twin Peaks” de David Lynch, contribuye a que la investigación transcurra en una atmósfera opresiva, ya que siempre habrá un sospechoso o testigo que tenga lazos afectivos con Mare (como su exmarido o su propia hija, a quienes no duda en llamar a declarar en comisaría, por haber tenido contacto con la víctima antes de ser asesinada), por lo que interrogarles le puede granjear la enemistad de sus vecinos, familiares o amigos.

Un recurso narrativo habitual en estos casos es la llegada de un forastero que sirve de excusa para sacar a la luz todas las interioridades del pueblo. Si en “Twin Peaks”, ese personaje era el agente federal Dale Cooper (una especie de alter ego del propio Lynch), en “Mare of Easttown” es el inspector Colin Zabel (Evan Peters), enviado por el condado para ayudar en las pesquisas a Mare, quien al principio lo ve como un rival, pero que termina siendo su contrapunto en los interrogatorios, en donde hacen de “poli bueno-poli malo”.

No es el único visitante que llega de fuera. Luego está Richard Ryan (Guy Edward Pearce), el apuesto escritor y profesor universitario, con quien la detective tiene sexo tras conocerse de forma casual en un bar. Una relación algo improvisada que le sirve de válvula de escape recordándole sus propias necesidades como mujer y que aún no está claro hasta dónde puede llegar.

A punto de alcanzar ya el ecuador de la emisión (vamos por el episodio tres de siete en total) “Mare of Easttown” es una de esas series  que enganchan pues no sabes que nueva sorpresa o giro de guion te depara. Un título con el que HBO pretende seguir la estela de “Big Little Lies o “The Undoing”, intrigas policiales que sirven de excusa para hacer el retrato de un grupo social, con sus privilegios y sus desventajas. Todos sus episodios están dirigidos por el veterano Craig Zobel (“Westworld” o “The Leftovers”). Una apuesta de calidad para una plataforma de streaming (HBO) que, desde el final de “Juego de Tronos”, anda necesitada de grandes éxitos de audiencia.

Título original: "Mare of Easttown"

Año: 2021

Duración: 43 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Zobel

Guión: Brad Ingelsby

Fotografía: Ben Richardson

Reparto: Kate Winslet, Sosie Bacon, David Denman, Guy Pearce, Neal Huff, Cameron Mann, James McArdle, Ben Miles, Patrick Murney, Julianne Nicholson, Evan Peters, Angourie Rice, Jean Smart...

Productora: HBO, Mayhem Pictures, wiip studios. Distribuidora: HBO

Género: Serie de TV. Drama. Intriga. Crimen

EL CUENTO DE LA CRIADA

La cuarta temporada de “El Cuento de la Criada” se ha hecho esperar al final menos de lo anunciado. Solo año y medio hemos tardado los fans de la serie en volver a ver a June Osborne en acción. Nunca mejor dicho, pues la protagonista de la espeluznante distopía que la escritora canadiense Margaret Atwood concibiera en la pequeña habitación de una pensión de Berlín Este en 1984, sin sospechar que se convertiría en un revulsivo para la lucha feminista en el siglo XXI, hace ya tiempo que dejó de ser mortal, para emular a las invencibles superheroínas del universo Marvel.

June, DeFred o DeJoseph (como se la conoce a lo largo de la serie) ha pasado de ser un personaje vulnerable y empático, con cuyas agudas reflexiones narradas con voz en off muchas mujeres nos podíamos sentir identificadas, a transformarse en una especie de Rambo con faldas, una madre coraje indestructible, a la que ni una bomba de neutrógenos conseguiría detener en su intento desesperado de rescatar a su hija de las garras de Gilead, una sociedad postapocalíptica, opresiva y totalitaria, cuya constitución se basa en el fundamentalismo del Antiguo Testamento, que rinde culto al valor supremo de la maternidad y en la que las mujeres jóvenes son esclavizadas sexualmente con fines procreativos.

El problema es que, en ese proceso de empoderamiento del personaje que ha ido creando y recreando la adaptación televisiva, la original idea que inspiró la obra literaria de Atwood y que era la base argumental que tanto impacto causó en su estreno, ha ido perdiendo consistencia y credibilidad, hasta quedar reducida a simple contexto, un marco claustrofóbico de una gran belleza estética y un impactante simbolismo visual, para lucimiento de un personaje mítico, confeccionado a la medida de su actriz protagonista, Elisabeth Moss, quien incluso se ha lanzado a dirigir el tercer capítulo de esta cuarta temporada que arranca con la inverosímil recuperación de June, en tiempo récord, de una letal herida de bala con septicemia incluida, tras haber logrado liberar, en una operación kamikaze, a ochenta y seis niños y a una docena de criadas.

Controlada por “Ojos” y vigilada por “Ángeles”, recordemos (para quienes aún no hayan visto la archipremiada serie) que la república de Gilead imaginada por Atwood es una proyección distópica de los Estados Unidos de América, tras haber caído su gobierno en manos de una oligarquía patriarcal, liderada por los llamados “Comandantes”, que ha reducido el papel de la mujer en esa sociedad a tres roles, con distinta consideración social según su rango, pero idéntica sumisión: las recatadas “Esposas” (vestidas siempre de azul), asistidas por las “Marthas” (encargadas de las labores del hogar) y, en lo más bajo de la escala social, las “Criadas” (divorciadas, lesbianas, madres solteras, profesionales, universitarias o prostitutas…) mujeres jóvenes en edad de procrear, cubiertas con hábitos rojos, cuya única misión es engendrar a los hijos de los Comandantes, a los que inmediatamente después de dar a luz deben de entregar para que sean criados por sus esposas, como si fueran propios.

El totalitarismo recreado por la autora canadiense es de una crueldad inimaginable, pero su denuncia sobre el sometimiento y el control ejercido sobre las mujeres en esa sociedad de vanguardia de apariencia medieval (especialmente en lo que a su capacidad de ser libres de decidir sobre su vida sexual y su función reproductora se refiere) es tan actual que resulta inquietante.

A través de la historia de June, “El cuento de la criada” nos advierte de todo aquello que hemos conseguido y que un estado regido por un patriarcado de carácter fundamentalista nos podría arrebatar de un plumazo: trabajo, posición social, igualdad de derechos, libertad de pensamiento, capacidad de crítica… Las ideas son peligrosas para la estabilidad de Gilead, razón por la cual las Criadas son reeducadas y disciplinadas (por la siniestra sociópata conocida como la Tía Lydia) con el propósito de destruir cualquier atisbo de conciencia individual.

Lo han perdido todo, incluso el nombre. Son propiedad de los hombres, por eso son rebautizadas como Defred o Dejoseph (que pertenece a Fred o a Joseph). Sólo son un recipiente para la vida, un vientre fértil para asegurar la descendencia de la oligarquía dominante, en un mundo donde la procreación es sagrada y la concepción limitada.

Ese es el contexto en el que resiste la combativa June, separada de su marido, quien consigue huir a Canadá, y de su pequeña hija Hannah, que es secuestrada y entregada a la familia de un Comandante para su crianza como un hija más de Gilead.

En esta cuarta temporada, todos sus esfuerzos se centrarán en procurar su liberación, convertida ya en una especie de guerrillera subversiva, tras haber conseguido desatar un conflicto bélico entre Gilead y su vecina Canadá, que mantiene retenidos a sus primeros amos, los Waterford, Serena (Yvonne Strahovski) y Fred (Joseph Fiennes), a la espera de juicio, acusados de crímenes contra la humanidad; mientras tiene que lidiar con la adaptación de todos esos niños rescatados que no han conocido otra realidad y no entienden el mundo de quienes creen haberlos salvado, incidiendo una vez más en lo pernicioso del adoctrinamiento.

Bruce Miller, creador de la serie, ya ha advertido de que la narración irá in crescendo en intensidad emocional y también en brutalidad (con lo que el sufrimiento está asegurado), y de que, al margen de la “sororidad” que sigue estando en la base de la serie y se sigue ensalzando, en esta temporada se abordará especialmente el papel que juegan los hombres en esa lucha femenina de liberación. Destacando que, incluso en los peores pozos de podredumbre, se encuentran buenas personas, con el sentido de la responsabilidad, la humanidad y la diligencia necesarias para jugarse el tipo por ayudar a esas mujeres que son tratadas como ganado (como el Comandante Joseph Lawrence (Bradley Whitford), ideólogo del asunto, a quien el invento se le ido de las manos, capaz de reconocer ante June que “a Gilead no le importan los niños, ni la fidelidad, ni los valores de antaño… le importa el poder”; o Nick Blaine (Max Minghella), paradigma del “no me quieras tanto y quiéreme mejor”, en la que sigue siendo una de las relaciones más complejas, más interesantes y seguramente más tóxicas de la serie) y que, solo con ellos de su parte existe esperanza de redención para una sociedad en la que, como dice June mientras es castigada por la vengativa Tía Lydia (Ann Dowd): “no hay luz ni hay rastro de Dios».

De momento, solo hemos visto tres capítulos y todo parece indicar que lo que ocurre en esta cuarta (y quizá no última) temporada de “El cuento de la criada” es que hay una revolución en marcha y que la República de Gilead está ya desmoronándose.

Ojalá y no se cumplan los peores presagios, expresados por Laura Fernández en El País, para quien “la transformación de una obra de culto en una mina de oro puede acabar, literalmente, con esa obra de culto”. 

“La batalla y la huida constante convierten esta nueva entrega en una especie de survival horror, es decir, una historia de supervivencia en un lugar devastado que tiene más que ver con The Walking Dead que con el terrorífico fundamentalismo doméstico. El canibalismo psíquico de la impecable primera temporada es aquí sobre todo fuerza bruta y explícito cliché vengativo, por completo alejado de la vanguardia que proponía Atwood, ese misterioso futuro de aspecto medieval que funcionaba a la perfección como alegoría de un presente en el que nada debía darse por supuesto”, observa en su atinada crítica, para concluir que “aunque por fuera lo parece, porque la estética es tan potente que, ante el vislumbre de cada cofia, reaparece el terror inicial; por dentro, “El cuento de la criada” hace tiempo que dejó de ser lo que era. Instalada, en tanto que éxito imprevisto, en una huida hacia delante que, curiosamente, está quedándose atrás”.

La escritora canadiense Margareth Atwood junto a la encarnación de su criatura, Elisabeth Moss, caracterizada como «la criada» June Osborne
Extracto del especial que El País dedicó a la serie de HBO
Título original: "The Handmaid's Tale"

Año: 2017

Duración: 60 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Bruce Miller (Creador)

Guión: Bruce Miller, Ilene Chaiken, Dorothy Fortenberry, Lynn Renee Maxcy...

Música: Adam Taylor

Fotografía: Colin Watkinson, Zoe White, Stuart Biddlecombe

Reparto: Elisabeth Moss, Joseph Fiennes, Max Minghella, Yvonne Strahovski, Bradley Whitford, Ann Dowd,Alexis Bledel, Jordana Blake, O.T. Fagbenle, Samira Wiley, Nina Kiri, Amanda Brugel, Edie Inksetter, Madeline Brewer...

Productora: MGM Television, Hulu

Género: Serie de TV / Drama/ Distopía / Religión / Feminismo

NOMADLAND

Si he de ser sincera, tendré que empezar por confesar que no me ha gustado “Nomadland”, aunque me lluevan piedras por ello. De hecho, encuentro difícil que una sociedad como la nuestra, en la que la cultura aspiracional de poseer un “techo propio” está tan arraigada, pueda llegar a empatizar (más allá del clásico postureo pseudo-progre) con la bucólica visión de la vida ambulante que nos propone la celebrada película, escrita y dirigida por la asiática-estadounidense Chloé Zhao, para lucimiento de su productora y protagonista absoluta, Frances McDormand, y que parte como favorita para hacerse con el Oscar a la Mejor Película y la Mejor Dirección, en la edición de este año.

En mi caso, creo que la razón principal de que no llegara a convencerme es que, tras leer y escuchar a Jessica Bruder, autora de “Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century” (País nómada: supervivientes del siglo XXI), en el que está basado su argumento, esperaba que el planteamiento fuese otro, uno menos hippie, romántico e idealista y más pegado a la denuncia social que, en mi opinión, era la intención que la animó a escribir este libro-reportaje, en el que expone las durísimas condiciones en las que viven los llamados workampers estadounidenses, trabajadores nómadas, muchos de ellos en edad de jubilación, a los que la pensión no les llega para pagar un alquiler o una hipoteca, viéndose obligados a recorrer el país en busca de empleos temporales (la mayoría mal pagados, por tratarse de mano de obra poco cualificada), a bordo de caravanas, furgonetas o remolques que acondicionan lo mejor que pueden, para hacer de ellos lo más parecido a una confortable casa rodante; durmiendo en solares públicos y aparcamientos de centros comerciales o acampando en medio de la nada, contándose sus vidas cuando cae la tarde, reunidos al calor de una fogata improvisada.

La película de Zhao y McDormand se centra en la vida de Fern, una viuda de mediana edad, traumatizada por el fallecimiento de su esposo a consecuencia de un cáncer terminal, no está claro si antes o después de que la fábrica en la que trabajaba cerrase a causa de la crisis económica y el pueblo minero en el que vivían (una especie de colonia o ciudad dormitorio construido por y para sus trabajadores) se vaciara por completo, al partir sus habitantes en busca de nuevas oportunidades.

Desde ese triste punto de partida, asistimos a una road movie rodada con la técnica del documental, que traza el recorrido físico y espiritual de esta mujer, un viaje interior y exterior hacia la luz, que la lleva de las gélidas tierras del norte, en la frontera con Canadá, al desértico sur de los Estados Unidos, en la frontera con México, y que emprende sola, aunque por el camino vaya haciendo amigos y adaptándose cada vez mejor a su nueva vida itinerante. Al punto de que, cuando se le presenta la ocasión de recuperar lo que una vez tuvo, un techo y cuatro paredes en las que guarecerse y lo más parecido a una familia de acogida, opta por seguir su camino priorizando sus ansias de libertad a la sensación de seguridad.

Quienes adoran la película hablan, con justicia, de su belleza paisajística y de una fotografía bien cuidada, cuyo máximo exponente son esos arrebolados atardeceres, en los que el cielo parece estar en llamas. Además, claro está, de elogiar el trabajo de su protagonista, a quien yo sin embargo encuentro en exceso aletargada. Su presencia constante en cada plano, con la misma actitud zen, entre impávida y contemplativa (como si estuviese bajo los efectos de algún sedante) se me hizo algo tediosa, al igual que el ritmo narrativo, demasiado lento y repetitivo.

Pero, sin duda, una de las cosas que más me chirrían de “Nomadland” es la manera en la que consigue pasar de puntillas por lo que, para Jessica Bruder (especializada en retratar las subculturas que han germinado en ese país, en el último siglo), fue precisamente el fundamento de su investigación, el motivo que la llevó a pasar tres años en la carretera y recorrer más de 24.000 kilómetros a bordo de una autocaravana que bautizó como “Van Halen”, para convivir con esos nómadas postmodernos, que no es otra cosa sino su interés por atestiguar las pésimas condiciones laborales, de precariedad y explotación, a las que la empresa Amazon y otros patronos inescrupulosos someten a sus temporeros (personal eventual contratado para campañas puntuales de trabajo), sin tener en cuenta su edad o fragilidad física.

“Hacer turnos de 12 horas al aire libre en la recogida de la remolacha azucarera en Dakota del Norte era agotador. Teníamos que colocar remolachas del tamaño de bolas de bolera en una máquina que les quitaba la tierra y las escupía para formar una pila enorme. Después de pasar varios días haciéndolo, sentí que estaba tan dolorida que parecía que todas las lesiones musculares que he tenido a lo largo de mi vida habían regresado”, relata la periodista y escritora desde su casa de Brooklin, en una entrevista publicada a finales del año pasado en un suplemento del diario El País, en la que también cuenta, cómo trabajó para Amazon, en lo que la empresa llama fulfillment center, un enorme espacio robotizado donde se preparan los envíos a los clientes, y en el que prácticamente era la única que no peinaba canas.

“Estaba en el turno de noche y sentía que me estaban lobotomizando lentamente, porque el trabajo era muy monótono. El almacén tenía un mural que decía, “la variación es el enemigo” (una variante de la maldición de Auschwitz: “Arbeit macht frei”). Allí conocí a un trabajador de 77 años que me contó que tenía las rodillas destrozadas por trabajar como mecánico en una empresa minera de cobre. Cuando me lo imaginé realizando el trabajo que hacíamos, que implicaba hacer miles de sentadillas y estiramientos para acceder a diferentes estantes de mercancías durante un turno de diez horas… se me rompió el corazón”, explicaba Jessica, a quien le pareció “distópico” que estadounidenses en edad de jubilación y sin residencia fija fueran contratados para desempeñar trabajos como ese.

Huelga decir que Amazon recibe un subsidio por contratar a personas mayores (entre un 25% y un 40% de su sueldo), de ahí que tenga tanto interés en emplearlos, especialmente cuando existen picos de trabajo como, por ejemplo, en Navidad. La compañía es famosa por tener en sus almacenes expendedores gratuitos de ibuprofeno.

Sin embargo, nada de esto se refleja en la película. Por el contrario, si nos atenemos a su estricto visionado, podríamos extraer la engañosa conclusión de que se trata casi de una empresa benefactora pues, como llega a decir la protagonista, en tono agradecido: “me gusta, pagan muy bien”. Por lo que esta clase de trabajadores se pasan un año entero esperando la oportunidad de volver a ser sus empleados, viviendo entretanto de los pocos dólares que consiguen ganar realizando otras labores no menos ingratas, como limpiar los retretes y zonas comunes de los campamentos del National Forest de California.

En ese sentido, el imperio de Jeff Bezos, a cuya influencia no consigue escapar ni siquiera Hollywood, se va de rositas en la adaptación cinematográfica, por más que haya quien lo pase por alto haciendo una segunda lectura, según la cual, la película de Zhao y McNormand (paradógicamente producida por una de las mayores multinacionales del planeta, como es Disney) pretende ser una propuesta radical, en la que se pone en valor la opción de aquellas personas que han decidido abandonar la rueda productiva para optar por otro modo de vida más sostenible, al margen de la sociedad de consumo, donde el trabajo no sea el principio y fin que dé sentido a nuestra existencia, sino simplemente un medio para conseguir lo imprescindible para la supervivencia, sin grandes lujos ni necesidades creadas por el mercado, pero con mucha mayor libertad y creando vínculos más fuertes y auténticos que los que acostumbramos a crear, condicionados por las prisas, el interés o la superficialidad.

Una interpretación loable pero, en todo caso matizable, si nos preguntamos hasta qué punto podemos hablar de una decisión personal o una elección voluntaria de vida, cuando nos estamos refiriendo a personas que no siempre vivieron así y a quienes las desdichadas circunstancias transformaron en perdedores, orillándolos hacia la exclusión social y dejándoles en realidad muy pocas opciones.

Esa gente tenía casas, hijos y vidas normales, hasta el fatídico 2008. Algunos vieron como sus ahorros, sus casas o sus negocios se esfumaron con la crisis de las hipotecas subprime. Otros tuvieron toda la vida trabajos de bajos salarios y con el aumento del precio de la vivienda se dieron cuenta de que no podían pagar. Todos son víctimas del raquitismo del sistema de pensiones de Estados Unidos”, recuerda Bruder. Con lo que queda claro que tal autodeterminismo no existe, al menos como punto de partida.

Esas personas no optaron por esa vida trashumante, se vieron abocadas a ella al tener que renunciar al gasto más importante que tenemos todos: la vivienda. Esa es la razón (y no una suerte de epifanía o un acto voluntarista) de que decidan convertirse en errantes buscavidas, víctimas de una maquinaria productiva inmisericorde, a la que periódicamente tienen que volver si quieren sobrevivir. Que después le cojan el gusto y desarrollen toda una filosofía acerca de sus ventajas y virtudes, reconociendo que hay algo romántico y típicamente americano en esa forma de vida, muy relacionado con el intrépido espíritu de los primeros colonos norteamericanos, es otra cosa.

“Muchos de los nómadas que conocí creían firmemente en la autosuficiencia. Pero al mismo tiempo eran muy generosos entre ellos, construyendo redes informales de ayuda mutua”, explica Jessica. Algo que sí está muy bien reflejado en la película, con esos mercadillos improvisados que los campers organizan para «soltar lastre», en los que practican el trueque de toda clase de enseres, algunos de primera necesidad y otros a los que se otorga un valor sentimental u ornamental, como las piezas sueltas de una antigua y delicada vajilla de porcelana que Fern lleva consigo y conserva como una reliquia, una última concesión al hedonismo y la belleza de su vida anterior, a los que tuvo que renunciar, reduciendo al mínimo las pertenencias que podía llevar consigo, por razones de espacio.

Un buen ejemplo de esa renuncia a lo superfluo o accesorio es el propio aspecto físico de la protagonista (comparable al de una monja seglar), quien se corta el pelo a sí misma a tijera y luce siempre la cara lavada, sin maquillajes ni afeites, al igual que el resto de sus compañeras, mujeres de mediana y avanzada edad que viajan solas. Lo cual quizá no resulte tan sorprendente, si tenemos en cuenta que, en promedio, las mujeres ganan mucho menos que los hombres a lo largo de su vida laboral y viven más tiempo. Por lo que tienen menos ahorros y pensiones más reducidas.

Tampoco pasa desapercibido el hecho de que los trabajadores nómadas de los que se habla, tanto en la película como en el libro, sean fundamentalmente de origen caucásico. El motivo está bastante claro: “Es más fácil para las personas blancas vivir en la carretera, en una sociedad donde el racismo, el rechazo a los inmigrantes y la xenofobia ha cobrado una fuerza tan espantosa, incluso por parte de las autoridades. Sin embargo, a mí, como mujer blanca, durante todo el tiempo que estuve viajando me pararon una sola vez debido a una infracción y la policía me dejó seguir mi camino tras una simple advertencia”, argumenta Bruder.

Y es que, por más atractiva e idílica que resulte la idea de vivir al día, sin anclajes ni ataduras, al igual que sucede con los homeless (gente sin hogar que deambula por las ciudades), la realidad es que los workampers son en extremo vulnerables. Nadie les protege y viven desarraigados.

“Al vivir en un vehículo, estás a un eje roto de quedarte sin hogar. De ahí que algunas de las personas que conocí soñaran con volver a tener una casa y ahorraban dinero para comprar un trozo de tierra y construirla. Otros, en cambio, pretendían seguir en la carretera todo el tiempo que pudieran conducir y no tenían ningún plan sobre lo que hacer después”, dice Jessica, quien no duda en expresar su temor de que estas personas sean «la avanzadilla de un futuro distópico», en el que, si nadie lo remedia y las grandes compañías siguen creciendo sin regulaciones que limiten su poder, muchos podríamos acabar viviendo de manera similar.

“En Estados Unidos, nuestro gobierno no ha aplicado correctamente las leyes antimonopolio y eso es parte de la razón por la que nuestra clase media está desapareciendo. Hoy en día, los directores ejecutivos de las grandes corporaciones cobran 370 veces más que el trabajador medio. Estamos transitando una senda muy peligrosa. Mientras tanto, en la última década, las reglas que limitan las donaciones corporativas a campañas políticas han desaparecido, lo cual es terrible: el gobierno debe trabajar para todos nosotros, no solo para unas pocas personas en la cima de la pirámide”, se reafirma en la denuncia que hace en su libro y a la que la película “Nomadland”, lejos de replicar en su literalidad, apenas se asoma, centrada más en promover un “estilo de vida alternativo”, teorizado e idealizado por gurús como Bob Wells que se interpreta a sí mismo en el film, empleando un tono poético y una filosofía “happy flower”, que apela a la libertad individual para normalizar lo que no es más que la triste y peligrosa deriva de un sistema disfuncional en el que, como dice Bruder, si nos descuidamos, podemos acabar siendo todos temporeros.

Título original: "Nomadland"

Año: 2020

Duración: 108 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Chloé Zhao

Guión: Chloé Zhao. 

Libro: Jessica Bruder 

Música: Ludovico Einaudi

Fotografía: Joshua James Richards

Reparto: Frances McDormand, David Strathairn, Linda May, Charlene Swankie, Bob Wells, Gay DeForest, Patricia Grier

Productora: Highwayman Films, Cor Cordium Productions, Hear/Say Productions.
 
Distribuidora: Searchlight Pictures, Walt Disney Pictures

Género: Drama | Road Movie. Naturaleza. Crisis económica 2008. Cine independiente 

AKELARRE

Una imagen exótica ha recorrido estos días las redes sociales. La de Aranzazu Calleja y Maite Arroitajauregi, premiadas con el Goya a la Mejor Música Original por su trabajo en la película «Akelarre«, quienes agradecían el galardón dando palmas a ritmo del cántico de las brujas. Un soniquete a escala infinita, interpretado en euskera (idioma ancestral de un pueblo de origen pagano, proscrito a lo largo de la historia por distintos «ismos», especialmente el franquismo), que consigue volver loco al juez inquisidor Rosteguy De Lancre, especie de discípulo de Torquemada encomendado por el Rey Enrique III de Navarra y IV de Francia para “purificar” la región quien, en el año 1609, recorre las tierras del Sr. de Urtubi, en busca de infieles y herejes a los que quemar en la hoguera.

Ganadora de cinco premios Goya (Mejor Música Original; Mejor Dirección Artística; Mejor Diseño de Vestuario; Mejor Maquillaje y Peluquería y Mejores Efectos Especiales) y rodada, con gran preciosismo pictórico y abundancia de claroscuros, en Navarra e Iparralde, la exitosa película del director argentino Pablo Agüero («Eva no duerme«, «77 Doronship«) tuvo al parecer su origen en su lectura del libro “La bruja” del historiador francés Jules Michelet, la obra más importante sobre las supersticiones medievales escrita hasta la fecha, donde se ofrece un pormenorizado análisis sobre rituales vinculados a ella (pacto con Satán, akelarres, misas negras) durante la Edad Media en Europa, así como en el libro ‘Tratado de brujería vasca: Descripción de la inconstancia de los malos Ángeles o Demonios‘, en el que el verdadero juez De Lancre, quien en el S. XVII recorrió el País Vasco francés interrogando a centenares de personas y condenando a decenas de mujeres a muerte por supuestos actos de brujería, relató sus propias vivencias.

Y es que, la caza de brujas (o sorginak, como decimos en euskera) no fue un cuento de viejas (pese a que su carácter mágico la asocie a la transmisión oral de una leyenda mitológica) sino un proceso real, de proporciones dantescas, que se cobró la vida de más de 60.000 personas, mayormente mujeres, durante los siglos XVI y XVII, en Europa y los Estados Unidos. Uno de los episodios más crueles y psicóticos de nuestra Historia que el cine y el teatro han abordado ya en otros títulos memorables, como “El Crisol o las Brujas de Salem” de Arthur Miller o “Las Brujas de Zugarramurdi, de Alex de la Iglesia.

Desde mediados del siglo XIV, el viejo continente se encontraba inmerso en plena crisis de fe. La peste negra había acabado con la vida de uno de cada tres habitantes, la pobreza campaba a sus anchas, el feudalismo comenzaba a declinar y el Cisma de Occidente distaba mucho de verse resuelto.

La pugna de dos Papas (uno en Roma y otro en Avignon) por el poder de la Iglesia católica entre 1378 y 1417 fue el desencadenante de un progresivo sentimiento de temor hacia los enemigos de la fe cristiana, quienes amenazaban con destruir los principales pilares de la Iglesia a través de la adoración de su principal rival y enemigo: el Demonio, también llamado Belcebú, Lucifer, El Diablo, El Maligno, Satanás. En euskera: Deabrua.

En ese contexto, Agüero y su coguionista Katell Guillou, construyen una pequeña historia, costumbrista e irreverente, acontecida en una aldea marinera, a orillas del Cantábrico, en lo que en la propia película se llama “el País de los Vascos” (“No me explico por qué en este país de los vascos hay más brujería que en cualquier otro lugar del mundo”, se pregunta De Lancre. “La gente de aquí es inconstante, como el mar”, le contesta el capellán quien, pese a hablar en lengua vasca para evangelizar a los aldeanos, utiliza el español para hablar “en cristiano”, mostrándose servil ante las autoridades).

Aprovechando que los hombres se han hecho a la mar, De Lancry y sus colaboradores arriban al pueblo habitado únicamente por mujeres ancianos y niños, en su mayoría tejedoras y campesinos, con la intención de detener y enjuiciar a seis adolescentes acusadas de haber celebrado el rito del “Sabatt”, ceremonia mágica de adoración a Lucifer (no confundir con el «Shabat» judío), durante la cual se supone que las brujas invocan al diablo en la oscuridad de los bosques, para aparearse con él.

En realidad, lo que Ana Ibarguren y sus amigas: María Ibarguren, Maider Aguirre, Olaia Isasi, Oneka Arbizu y la pequeña Katalin han hecho no pasa de ser una travesura adolescente: celebrar una fiesta en el bosque, beber sidra, fumar hierba y consumir alguna seta alucinógena, bailando y riendo hasta el amanecer, tal y como haría cualquier joven de hoy en ausencia de sus padres. Pero la ignorancia, el fanatismo, la superchería y la lascivia de sus inquisidores, decididos a calificar de demoníaca cualquier conducta que escapase de la puritana e implacable moral católica en aquellos años, las condena de antemano, no sin antes someterlas a una brutal tortura psicológica y física, durante un proceso demencial, en el que De Lancry, en un giro de los acontecimientos que obedece a cierta justicia poética, termina siendo realmente “embrujado” por los encantos de Ana que se autoinculpa diciendo ser la única bruja e inicia un relato inventado sobre cómo hechizó al resto, para salvar de las torturas y de la hoguera a sus amigas, y sobre una supuesta posesión diabólica, en medio de un sabbat imaginario que adorna con todo lujo de detalles eróticos y cierta irreverencia valleinclanesca (el burro vestido de cura, la cabra vestida como el gran Sr. de Urtubi, el cerdo con atuendo de juez…), con intención de excitar la mente calenturienta de su inquisidor, para así ganar tiempo y retrasar la ejecución, hasta que los hombres regresen de la mar.

Rostegy la escucha hipnotizado, reviviendo “el éxtasis” de Santa Teresa y sintiéndose irremediablemente atraído por la sensualidad de la joven, aunque atribuye dicha atracción a sus habilidades de bruja y a la propia intervención del Maligno, por lo que su interés por ella es equiparable al miedo que le inspira, tal y como advierte la anciana Sra. de Lara, quien (nunca mejor dicho) sabe más por vieja que por diabla: “Los hombres temen a las mujeres que no les temen”.

He ahí la idea fuerza de esta historia, en la que el peso de la interpretación recae en Amaia Aberasturi (Ana) y Àlex Brendemühl (De Lancry), si bien es de destacar la intervención de Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Jone Laspiur, Lorea Ibarra y Yune Nogueiras, un puñado de actrices inmensas, todas ellas debutantes, bilingües (capaces de utilizar en la misma escena el español y el euskera indistintamente) y desbordantes de espontaneidad.

La belleza y la capacidad de seducción femeninas, ancestralmente demonizadas por el catolicismo clerical que las responsabiliza nada menos que del pecado original, se convierten en el centro de la película de Agüero, decidido a ponerlas en valor en defensa propia y a reivindicar la astucia femenina frente a la ignorancia del fanatismo religioso y el machismo opresor imperantes en la edad media que tienen su réplica hasta nuestros días.

Poco sabían las mujeres que habitaban el País de los Vascos en el siglo XVI y XVII de reivindicaciones feministas. Sin embargo, hoy la figura de aquellas “brujas” es reivindicada desde el feminismo y «somos las nietas de las brujas que no pudisteis quemar» se ha convertido en un lema repetido en las marchas por los derechos de la mujer. Su audacia e irreverencia frente al hombre/inquisidor las convierte en pioneras de la lucha por la liberación femenina hasta sus últimas consecuencias, como evidencia el gran final alegórico de “Akelarre” que, salvando las distancias espaciotemporales, me ha recordado y provocado la misma emoción que el de “Telma&Louise”. Al fin y al cabo, la sociedad siempre ha tenido miedo de las mujeres que vuelan, ya sea por brujas o por libres.

El director argentino se ha centrado en esa idea de que “el origen del mal es la mujer” y encuentra paralelismos en la actualidad: “Porque una mujer se viste de una manera o está sonriendo se dice que está provocando, como si su alegría, su despreocupación o su belleza fueran un crimen”.

“No hay nada tan peligroso como una mujer que baila”, dice Agüero. “Para ellas es su arma. Su manera de rebelarse es la alegría. Lo lúgubre está en la mirada del otro, que transforma la libertad sexual y de pensamiento en algo oscuro. Y eso sigue vigente, la culpabilización y la condena de la libertad femenina”.

Por eso “Akelarre” nos invita a seguir disfrutando de la vida y a no quedarnos quietas, a ejercer con alegría la resistencia, sin renunciar a lo que somos ni avergonzarnos de cómo somos. Como escribía Diego Brodersen, en Página 12: “Si el baile de una mujer es lo más peligroso que hay sobre la tierra, habrá que seguir bailando. Incluso después de que las llamas se extingan”.

Título original: Akelarre

Año: 2020

Duración: 90 min.

País: España-Argentina-Francia

Dirección: Pablo Agüero

Guión: Pablo Agüero, Katell Guillou

Música: Maite Arrotajauregi, Aránzazu Calleja

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Reparto: Amaia Aberasturi, Àlex Brendemühl, Daniel Fanego, Jone Laspiur, Daniel Chamorro, Iñigo de la Iglesia, Yune Nogueiras, Elena Uriz, Asier Oruesagasti, Garazi Urkola, Irati Saez de Urabain, Lorea Ibarra

Compañías: Sorgin Films, Tita Productions, Kowalski Films, Lamia Producciones, La Fidèle Production

Género: Drama | Siglo XVII. Brujería