EL CAUTIVO

Pese al revuelo y la polémica interesadamente azuzada por el propio director durante la promoción de su estreno, llevan razón quienes apuntan a que, en el nuevo trabajo de Alejandro Amenábar, hay elementos para generar hoy una controversia aún mayor que lo que la película sugiere (o se inventa) con relación a la presunta orientación homosexual de Miguel de Cervantes. Como el retrato que hace de los musulmanes como seres compasivos y civilizados, bellos y hedonistas, mientras los cristianos se muestran como un atajo de resentidos, clasistas y cainitas, sexual y moralmente castrados por frailes y curas inquisidores que practican la delación y la intriga.

“El Cautivo” ofrece, en ese sentido, una visión tan fantasiosa como diletante del mundo musulmán, al presentárnoslo como un exótico oasis de libertad para el disfrute de los placeres y los sentidos, inspirado en los relatos de “Las mil y una noches”, muy alejado de los preceptos de la Sharía (código de conducta islámico basado en las enseñanzas del profeta Mahoma y el Corán), cuyas expresas prohibiciones (beber alcohol, yacer o practicar sexo con personas del mismo sexo) se violan en la película a plena luz del día, sin consecuencias aparentes.

Como ya hiciera en “Ágora”, al explorar el conflicto entre ciencia y religión a través de una figura femenina como Hipatia de Alejandría, o en “Mientras dure la guerra”, donde intentaba ofrecer una visión ecuánime de la Guerra Civil española, explicando cómo un intelectual de referencia, como Miguel de Unamuno, termina por renegar de ambos bandos, apostando por la razón frente a la barbarie en un durísimo enfrentamiento dialéctico con Milán-Astray (cuya veracidad histórica hizo también correr ríos de tinta), Amenábar se vale de nuevo de un personaje histórico, como el autor de ‘El Quijote’ (gran referente de las letras hispanas), para romper estereotipos y volver sobre un tema que le obsesiona: la esclavitud a la que nos somete la ignorancia y el fanatismo, esta vez enfrentada al poder liberador de la palabra y la imaginación.

En ese sentido, ‘El cautivo’ pretende ser un ejercicio de reivindicación de la ficción como bálsamo ante la adversidad, cuyo argumento se centra en los cinco años de cautiverio de Miguel de Cervantes en Argel, tras ser capturado por corsarios otomanos en 1575, justo después de la batalla de Lepanto, donde perdió el uso de su mano izquierda.

Cervantes, fabula Amenábar, procede de una familia sin un real y sus intentos de hacerse caballero de armas se saldaron con un brazo inútil, lo que le valió una dispensa real. Durante su cautiverio en Argel descubrirá su poder para engatusar con la magia de la palabra cuando, tras un primer intento frustrado de fuga, consigue salvar su vida y la de sus compañeros contando historias que fascinan al Bajá o gobernador (Alessandro Borghi), jefe supremo de la prisión. Un personaje temible y hedonista, veneciano convertido al islam por quienes fueron sus propios captores, los turcos, quien vigila a los prisioneros escondido tras la celosía de su ventana en lo alto de su palacio, llegando a desarrollar una fuerte e indisimulada atracción por el joven contador de cuentos que va más allá del interés literario.

Amenábar recrea las historias que cuenta Cervantes, mezclando realidad y ensoñación a modo de muñecas rusas. Sobre el papel la idea es sugerente: mostrar cómo, transformado en una especie de Scheherazade, descubre el poder salvífico de su habilidad para inventar y contar historias en medio del encierro, algo que le hace ser admirado y respetado por el resto de los prisioneros. Uno de ellos le califica como «el impostor más grande que conozco». Otro le susurra al oido: «Tú vales más que todos nosotros». Pero la película dista mucho de ser perfecta en su ejecución.

Las peripecias del autor del Quijote y sus compañeros de cautiverio carecen de la épica, intriga y emoción suficientes para ser catalogada como una película de aventuras (incluso aquellas que pudieran resultar más brutales, desagradables o crueles, están suavizadas al máximo. Se cuenta pero no se ve), por lo que se diría que “El Cautivo” es más bien un drama carcelario soft con toques de melodrama homoerótico, o viceversa, cuya acción se desarrolla mayormente en espacios cerrados: el patio de la prisión donde viven hacinados y ociosos los caballeros hidalgos capturados, “principales” de sus respectivos reinos; una barbería regentada por un castellano converso, al que da vida Roberto Álamo, que sirve a la vez de bar y prostíbulo, en donde los musulmanes retozan con sus mancebos o garzones (los chaperos de hoy) viviendo la homosexualidad con absoluta naturalidad; un par de pintorescas calles de Argel, por las que deambulan diversas criaturas transgénero; y los baños y jardines de la Alhambra, con fuentes de agua, frutos exóticos, masajes con aceites relajantes y perfumados inciensos, donde Cervantes se rinde al poder de seducción del Bajá, mientras éste le habla de “i piccoli piaceri” y se supone que se deja sodomizar por él, aunque tampoco esto llega a ser visualmente explícito.

No estamos hablando por tanto de un episodio de violación o abuso de poder, sino de “una historia de amor homosexual resuelta con pudor y contención en una breve escena de baño”, tal y como apunta Oskar Belategui en su crítica, donde elogia a Alessandro Borghi, diciendo que “dota de fascinación a un gobernador brutal y despiadado, que habla cinco lenguas y luce aspecto de Sandokán con sus turbantes, pendientes y ojos pintados de kohl. Tan cruel como para rebanar la oreja de un desdichado y hacérsela comer, pero también tan sabio como para reconocer el talento del autor de Alcalá de Henares y llevárselo a la bañera”.

Ciertamente, se trata de un actor de belleza felina, cuyo personaje se mueve entre la crueldad y el refinamiento, aunque en mi opinión, la actuación de Broghi, al igual que la de prácticamente todo el elenco, por momentos roza lo folclórico y sus diálogos y expresiones suenan anacrónicos (lo mismo dicen “vuesa merced” que utilizan el sistema métrico decimal) haciendo que los personajes no resulten creíbles.

En cuanto al protagonista, el joven y enjuto Julio Peña, ofrece una interpretación bastante anodina y bisoña como Cervantes, aunque el guion tampoco le permite construir un personaje con demasiada complejidad.

Aunque la historia que cuenta data de mucho antes de que Cervantes fuese el autor consagrado que todos conocemos, la película de Amenábar introduce -como era de esperar- guiños a la novela que lo hará inmortal. Los «Redentores» (César Sarachu y Jorge Asin), frailes trinitarios que pagan el rescate de algunos prisioneros son clavados a Don Quijote y Sancho Panza, en la barbería encontramos una bacía como la que el hidalgo utilizaba de yelmo y el joven Miguel siente nostalgia por el crujir de los molinos de la Mancha al rotar contra el viento.

El resultado es una película con momentos inspirados, pero sin un verdadero pulso dramático, algo a lo que tampoco ayuda la voz en off del cabal Padre Sosa (el gran Miguel Rellán), quien narra los acontecimientos en tercera persona, intentando conferirles un tono de leyenda que termina funcionando como un recurso algo forzado.

La puesta en escena es correcta, aunque algo fría, con un claro contraste entre el irreductible orgullo y carácter adusto de los cautivos que muestran un gran desprecio hacia la cultura de sus captores y la sensualidad y hospitalidad de los musulmanes. Una contraposición que se apunta pero que no llega a desarrollarse, como casi todo en la película cuya intención de invertir la mirada eurocentrista incurre en una simplificación que resta matices a ambas culturas.

Lo mismo ocurre con su denuncia del catolicismo. Pese a que, en este caso, Amenábar se esfuerza por ofrecernos una visión moralmente ambivalente, con la caricatura del detestable y envidioso inquisidor del Santo Oficio que interpreta Fernando Tejero, alcahuete cobarde y rastrero que prepara un informe sobre Cervantes para procesarlo por sodomía y depravación a su vuelta a España, cuya figura como representante del clero se contrapone a la del Padre Sosa, un sacerdote medio ciego que carga con el peso de sus propios pecados, lo que lo hace ser sensible a las debilidades humanas. Como el catolicismo y el cristianismo, ambos representan las dos caras de una institución que a lo largo de su historia siempre ha tenido un lado más compasivo y otro más intransigente e institucional.

Finalmente, la homosexualidad de Cervantes parece más un elemento destinado a generar ruido que ser algo que tenga un peso dramático real. Ya que, aunque se sugiere una relación afectiva entre este y el Bajá, la película apenas profundiza en ella. Sabemos de la pasión que despierta en el gobernador el joven Miguel de Cervantes, de quien se niega a desprenderse y a quien paradójicamente promete la libertad si permanece a su lado, pero no llegamos a conocer cuáles son los sentimientos que llevan a este a rechazar finalmente su oferta de irse juntos a Constantinopla ni si se arrepiente de haber tenido sexo con su captor. ¿Era solo sexo o había sentimientos implicados? ¿afecto o simple atracción, sumisión o síndrome de Estocolmo?

El escritor Álver Vázquez lo explica así:

Cuando vas a ver Salvar al soldado Ryan, esperas que el tema de la película sea la brutalidad de la guerra y no la diversidad botánica de Normandía. Y no porque la flora normanda no merezca atención, sino debido a que, ante un tema mayúsculo, uno no se puede sustraer. Sucede lo mismo con El cautivo, de Alejandro Amenábar. No puedes rodar una película sobre el Argel del siglo XVI y que el tema principal no sea el inmenso drama que decenas de miles de españoles y cristianos sufrieron en él. Es, incluso, insultante que no lo sea. La esclavitud de cristianos blancos existió y miles y miles de españoles la sufrieron. Flotillas norteafricanas llegaban a desembarcar en playas de poblaciones mediterráneas y secuestraban a hombres, mujeres y niños para llevárselos como esclavos.

Sin embargo, a Amenábar este drama no le interesa, salvo como excusa para contar otra historia, que es la que sí le importa. Y ahí es cuando entra en juego su derecho a crear el artefacto de ficción que le plazca. Pero grandes apuestas exigen grandes resultados. Y podría haberlo logrado. Un personaje lo advierte: «Esto es Babilonia». Bien, pues que lo sea. El espectador moderno no se va a espantar fácilmente. ¿Quieres retratar a un Cervantes homosexual? Hazlo, pero hazlo con todas las consecuencias y convierte tu aspiración en un espectáculo cinematográfico fabuloso. Sin embargo, nada de esto sucede en la película porque Amenábar es, en último término, un mojigato. Su historia de amor homosexual —sí, Amenábar retrata un Cervantes abiertamente gay— es la propia de unos adolescentes en el patio de un colegio: pequeñita, sosita y pacatita. Ya puestos a transgredir , transgrede: muéstrame la Sodoma que seguro que fue Argel en el siglo XVI. Narra el drama completo con todas las consecuencias. Narra la brutalidad en todo su esplendor. Amenábar no lo hace —renuncia a ello expresamente— y firma una película que podría haber sido espléndida pero que no lo es porque el autor ha preferido ser conscientemente cursi”. Y concluye: “Amenábar es otro creador más al que le da miedo la historia de España, no vaya a ser que narre algo grande y le quede fascista. No hay forma humana de que, en el cine de época español, seamos indiscutiblemente los buenos de la película”.

En resumen, “El Cautivo” es una película con algunos elementos de interés que pretende hablarnos de tolerancia entre culturas, del poder de la palabra y del amor entre dos hombres, pero que se queda en la superficie de todos esos temas. Lo que podría haber sido una poderosa reflexión sobre la imaginación en tiempos de oscuridad, se reduce a un ejercicio de autoafirmación de su director, en sus preferencias sexuales y sus posiciones ideológicas, algo timorato y superficial pues, ni la crítica a la iglesia católica, ni la reivindicación de la cultura musulmana, ni siquiera el retrato del supuesto Cervantes más desconocido -elaborado con la expresa y manifiesta pretensión de “servir de termómetro a la homofobia española”, en palabras del propio Amenábar- alcanzan la profundidad ni la transgresión que sus creadores prometen.

Título original: El cautivo

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: España-Italia

Dirección: Alejandro Amenábar

Guion: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández

Reparto: Julio Peña, Alessandro Borghi, Miguel Rellán, Fernando Tejero, José Manuel Poga, Luis Callejo, Roberto Álamo, Albert Salazar César Sarachu, Mohamed Said, Jorge Asin, Juanma Muniagurria...

Música: Alejandro Amenábar

Fotografía: Alex Catalán

Compañías: Mod Producciones, Himenóptero, Misent Producciones, Propaganda Italia, RTVE, Rai Fiction

Género: Drama histórico carcelario. Siglo XVI. Homosexualidad. Literatura española.

FROM

“Por un lugar del que no se puede salir, vagan los vivos como si estuvieran muertos…”

Hay lugares que no figuran en los mapas. Sitios donde parece que el tiempo no avanza, donde el sol sale solo para recordarnos que la oscuridad volverá en cuanto se ponga. From, la serie creada por John Griffin y producida por algunos de los creadores de Lost, como Jack Bender y Jeff Pinkner, nos introduce en uno de esos parajes del entorno rural. Un pueblo atrapado en el limbo entre la pesadilla física y el horror existencial, donde el peor enemigo no siempre muestra sus colmillos y tiene, en apariencia, rostro humano.

A medio camino entre el thriller psicológico y el cine de terror, la premisa de la que parte la infravalorada serie de MGM es tan sencilla como aterradora: quienes circulan por cierta carretera caen en una especie de agujero negro o gusano del tiempo y son conducidos hasta un pueblo que de día luce apacible y tranquilo pero, de noche, se vuelve mortalmente peligroso y del que, como de la isla en la que se estrelló el avión de “Perdidos”, no se puede escapar.

Una vez que sales de la autopista y te bloquea un árbol caído con cuervos dando vueltas en el cielo, tu destino está sellado. No hay forma de volver atrás. Los autos dan vueltas en círculo, como si el universo se burlara de ellos.

Las personas que entran accidentalmente en ese remoto pueblo estadounidense que parece existir en su propio plano dimensional se ven atrapadas por fuerzas desconocidas, como si sucumbieran a una pesadilla de la que algunos no llegan a despertar pues, a medida que cae la noche, criaturas maléficas y aterradoras emergen del bosque circundante, obligando a los residentes de Fromville a protegerse tras puertas cerradas, con talismanes y amuletos misteriosos.

Esos monstruos —más perturbadores por su calma y apariencia humana que por su extrema violencia— no corren. No gruñen. Solo tocan la ventana, sonríen y piden que los dejes entrar. Pero, de acceder a hacerlo, se transforman en bestias antropófagas que desgarran los cuerpos y engullen las vísceras de sus presas con una escalofriante frialdad.

Boyd Stevens, un exsoldado devenido en improvisado sheriff, a quien interpreta el actor Harold Perrineau (“Lost”) lidera aquí un talentoso reparto de actores y actrices que hacen un convincente trabajo coral, componiendo un grupo humano cuya lucha contra lo inexplicable se vuelve cada vez más desesperada. Especialmente tras el descubrimiento de que el mal que los rodea podría no estar solo en el bosque, sino dentro de ellos mismos.

Su primera conclusión es que hay algo en ese lugar que los controla y hace que pierdan la cabeza. Como le sucede a la dulce camarera del único deli del pueblo, Sara Myers (Avery Konrad), quien tiene ciertas habilidades psíquicas que hacen que sufra espeluznantes visiones y escuche voces que la impulsan a asesinar a su propio hermano Nathan (Paul Zinno) rajándole la garganta.

En la segunda temporada, Boyd y Sara se adentran —literalmente— en las entrañas del bosque en busca de respuestas. Boyd cae en un pozo profundo que lo lleva hasta una cámara de tortura medieval donde el tiempo y el espacio pierden su sentido y sale de allí con una extraña enfermedad degenerativa que le provoca una serie de alucinaciones que hacen presagiar que su viaje es menos físico que espiritual.

Cada personaje de la serie tiene su propia historia y vivencia respecto del lugar:

Donna (Elizabeth Saunders) es quien ejerce de líder en “la colonia” (una especie de comuna hippie que okupa un antiguo caserón del poblado, situado en lo alto de una colina, cuyos habitantes cultivan su propio huerto y hasta tienen un invernadero). Ella es la roca inquebrantable de la comunidad que, poco a poco, empieza a resquebrajarse.

Allí viven también Fátima (Pegah Ghafoori) y Ellis (Corteon Moore), el único hijo de Boyd, a quien culpa de la muerte de su madre. Ambos se han conocido y enamorado en la colonia y forman la pareja romántica “boho chic” de la serie.

Luego están Kenny (Ricky-He), quien ejerce como ayudante del sheriff, y su madre, Tai-Chen (Elizabeth Moy), que regenta el restaurante. Kenny mantiene una incipiente relación sentimental con Kristi (Chloe Van Landschoot), médico de profesión, quien ha improvisado un hospital en el antiguo pabellón deportivo del pueblo. Lo que no sabe Kenny es que pronto aparecerá en el pueblo Mari (Kaelen Ohm), quien fuera la pareja de Kristi desde que la salvo de su adicción a las drogas y esto hará que ambas retomen su relación.

Está también Jade (David Alpay), el escéptico tecnócrata al que la lógica de la razón no puede salvar. Un personaje cuya evolución en la serie resulta fascinante: de egoísta pragmático a visionario obsesionado con símbolos extraños de apariencia ancestral y una melodía que lo persigue como un presagio, asomándolo a la locura y alejándolo cada vez más del hombre de negocios seguro de sí mismo que fue hasta llegar allí.

Y, por último, tenemos a la familia Matthews, compuesta por Jim, el padre (Eion Bailey),Tabitha, la madre (Catalina Sandino Moreno), Julie, la hija mayor (Hannah Cheramy) y el pequeño Ethan (Simon Webster).

En la primera temporada ellos son los últimos forasteros en llegar al pueblo, arrastrando su propio duelo desde el mundo exterior por la muerte accidental de su segundo hijo al caer de la cuna siendo un bebé. Lo que ha distanciado al matrimonio sumiéndolo en una profunda depresión. Su proceso de integración en la comunidad, que incluye comprender y acatar las normas que de manera colectiva han consensuado sus habitantes para garantizar su supervivencia, funciona como catalizador emocional para nuevas revelaciones.

En este extraño e inhóspito lugar, Julie, la hija adolescente, encuentra una especie de despertar espiritual al borde del abismo. Tabitha, su madre, parece tocar el umbral de otro plano: uno en el que unos niños, figuras recurrentes y simbólicas, la guían a través de un laberinto mental que roza lo onírico, suplicándole que los salve. ¿Pero de qué?

Guiada por los dibujos infantiles del bondadoso Victor (Scott McCord) (la persona que más tiempo lleva en el pueblo al que llegó siendo niño, sin que podamos precisar con exactitud el tiempo que ha transcurrido desde entonces ni si el autismo que sufre es de origen genético o se le produjo a consecuencia de haber visto cómo los monstruos salidos del bosque devoraban a todos los habitantes del lugar), Tabitha atraviesa un árbol del que cuelgan vistosas botellas de colores y aparece en lo alto de un faro, desde donde un niño vestido de blanco la arroja al vacío, para a continuación despertar en el hospital, creyendo haber vuelto a la vida real. Pero se trata de una esperanza fugaz, pues los acontecimientos que se producen a continuación vuelven a meterla en un bucle temporal que la devuelve al punto de partida, mientras viaja a bordo de una ambulancia bajo custodia policial.

El final de la tercera temporada la muestra descubriendo, junto a Jade, lo que podría ser una verdad devastadora: ¿y si los niños que ambos ven en sus visiones no son víctimas, sino guardianes de ese lugar?

A medida que la trama avanza, se divide en innumerables historias divergentes que se entrelazan, creando una red algo enrevesada. Con secuencias y subtramas que apenas duran un par de minutos por episodio en la que se acumulan las pistas y preguntas para las que no existen respuestas. ¿Es ese pueblo una cárcel? ¿Un experimento sociológico? Como sucedía en Lost, en la trama hay elementos que evocan la ciencia ficción: tecnología rota, patrones repetitivos, símbolos misteriosos, una torre de radio que parece comunicar con “algo más grande”. Pero la serie se resiste a esclarecer el misterio. Cada episodio, deja suficientes dudas sin resolver como para mantener enganchado al espectador.

From no ofrece certezas, solo intriga constante. A veces, la narración peca de alargarse mucho o de sembrar más interrogantes de los que puede resolver, lo que la hace ser una serie ideal para quienes prefieren las preguntas profundas a las respuestas fáciles.

Como el acceso al propio pueblo, la historia se desarrolla en círculos, no en línea recta. Una alegoría sobre lo que significa quedar atrapado: en un lugar, en una idea o en uno mismo.

El verdadero tema no es el encierro físico, sino la angustia vital. Cada personaje está atado a una culpa, a un trauma, a una decisión del pasado que no puede deshacer y que el pueblo, en su encierro, potencia, amplifica o castiga, como lo haría una condena en prisión a cadena perpetua. Su duda es existencial. ¿Quiénes somos cuando ya no queda futuro? ¿Qué nos hace humanos, si lo sobrenatural trasciende y subvierte toda lógica?

Al igual que The Mist o The Twilight Zone, From mezcla el terror psicológico, con crímenes escalofriantes y dilemas morales. La verdadera pregunta que terminan haciéndose sus personajes no es cómo salir de ese extraño purgatorio. Es si alguna vez fueron realmente libres antes de llegar a él.

Título original: From 

Año: 2022

Duración: episodios de 50 min.

País: Estados Unidos

Dirección: John Griffin, Jack Bender, Jennifer Liao, Jeff Renfroe, Brad Turner

Guion: John Griffin, Javier Grillo-Marxuach, Vivian Lee

Reparto: Harold Perrineau, Catalina Sandino Moreno, Eion Bailey, David Alpay
Elizabeth Saunders, Shaun Majumder, Scott McCord, Ricky He, Chloe Van Landschoot, Pegah Ghafoori, Corteon Moore, Hannah Cheramy, Simon Webster, Avery Konrad, Paul Zinno, Elizabeth Moy, Deborah Grover, Kaelen Ohm, A.J. Simmons, Nathan D. Simmons, Robert Joy...

Música: Chris Tilton

Fotografía: David Greene, Christopher Ball, Michael Wale, David Geddes

Compañías: AGBO, Epix, MGM International TV Productions, MGM Television, HBOmax.

Género: Serie de TV. Terror. Intriga. Fantástico

VICIOS OCULTOS

Hay barrios donde la hierba siempre está recién cortada, donde los coches no tienen ni una mota de polvo y sus habitantes sonríen con una disciplina casi militar. En una de esas urbanizaciones de lujo transcurre “Vicios ocultos”, la serie de Apple TV+, protagonizada por el increíblemente atractivo Jon Hamm (Mad Men), quien vuelve a meterse en la piel de un ejecutivo de éxito al que, de pronto, se le tuerce el destino, cuando encuentra a su mujer en la cama con una estrella del baloncesto y deciden divorciarse, quedándose ella con la custodia de sus dos hijos adolescentes, la mansión familiar y casi todos sus bienes. Una noche de mal vino, se lía con una compañera de trabajo y alguien se chiva a recursos humanos, por lo que es despedido de la firma en la que trabajaba, con solo unos meses de indemnización y sin la posibilidad de quedarse con su cartera de clientes.

¿Qué ocurre cuando un hombre que lo ha tenido todo descubre que ya no tiene nada… pero vive rodeado de quienes siguen teniéndolo todo? “Vicios ocultos” -una mezcla de elegante sátira social, comedia negra y thriller suburbano- intenta responder esa pregunta.

Andrew Cooper es el protagonista de su historia. Un hombre que hasta hace poco tiempo lo tenía todo. O eso creía. Era uno de los principales ejecutivos de una firma de inversiones de alto riesgo en Wall Street, estaba casado con Mel (Amanda Peet), una psicóloga con la que tiene dos hijos adolescentes y, a lo largo de su vida, fue amasando un gran patrimonio, hasta mudarse con su familia a uno de los barrios más exclusivos de las afueras de Nueva York, no tan distinto al que vivía Don Draper, en “Mad Men”. Pero de golpe todo empezó a desmoronarse.

“Cancelado” en el mercado laboral por las malas referencias de su ex jefe Jack Bailey (Corbin Bernsen) y por mantener un affaire con una subalterna, lleno de deudas y con una enorme cantidad de gastos, cuando la vida se encarga de despojarlo de ese escudo de apariencia —trabajo, matrimonio, estatus— que hacía que pareciese imbatible, “Coop” no sabe qué hacer. Pero no cae, se desliza…

Su exesposa sigue viviendo en la casa que era de ambos con el hombre con el que le engañó, Nick (Mark Tallman), un egocéntrico ex basquetbolista que jugó en la NBA y él tiene una amante, Samantha “Sam” Levitt (Olivia Munn), amiga de Mel, con la que tiene una relación poco clara; una adorable hermana, Alli (Lena Hall), con problemas psiquiátricos, de la que ha decidido hacerse cargo. Y su relación con sus hijos, Tori (Isabel Gravitt) y Hunter (Donovan Colan), se ha vuelto cada vez más difícil desde el divorcio. Así que, sin muchas alternativas a las que agarrarse, pero decidido a mantener su ritmo y modo de vida, por todos ellos, se transforma en un ladrón de guante blanco.

Con el estilo y la visión estratégica que le caracterizan, decide aprovechar la información privilegiada que tiene sobre la agenda de compromisos sociales (salidas, vacaciones y fiestas) de sus amigos y vecinos, para entrar en sus casas cuando no están y robarles sus pertenencias más valiosas (obras de arte, carísimos bolsos de marca, joyas y relojes de lujo que a veces ni siquiera sabían que tenían) para venderlas en el mercado negro, como una forma desesperada de conseguir el dinero que necesita para seguir habitando en el ecosistema que él mismo ayudó a construir y seguirse codeando con los miembros de una clase social a la que aún aspira a seguir perteneciendo.

Pero lo que empieza siendo una solución temporal termina haciéndose hábito y nuestro hombre le irá cogiendo el gusto a lo de sisarle a los ricos para seguir viviendo como si él aún lo fuera, dedicándose de lleno al crimen (des)organizado.

Lo interesante aquí no es el crimen, sino el contexto. Coop se ve empujado al límite y decide romper las reglas para sobrevivir, un poco a la manera de Walter White, el protagonista de “Breaking Bad”. Pero no roba para alimentar a su familia o repartir el dinero entre los pobres; roba porque no sabe existir fuera de ese ambiente de falsedad y opulencia. Una crítica sutil pero efectiva al espejismo del éxito capitalista y a esa gente frívola que no valora lo que tiene hasta que lo pierde y cuya ambición parece ser insaciable.

El punto de partida no es nuevo, pero “Vicios ocultos” lo actualiza con una sensibilidad contemporánea, centrándose en la superficialidad de las élites modernas y su desconexión con la realidad en la que sobrevive el resto de la sociedad, que simplemente no pueden llegar a entender pues ellos juegan “en otra liga”.

Inteligente, incómoda, sugerente y venenosa, no te hace reír a carcajadas, pero sus guionistas sueltan dardos sarcásticos con gran sutileza y puntería. Las interacciones entre vecinos, esposas, amantes, ejecutivos y terapeutas están plagadas de dobles sentidos y microviolencias verbales que giran en torno a esa crítica al estilo de vida “aspiracional” de los ricos y a sus necesidades creadas.

Hay una observación constante sobre lo artificial, lo performativo y lo hueco. Sin embargo, la serie no profundiza tanto como podría en el impacto real de esa desconexión social, emocional o económica. Es más una radiografía estética que una autopsia moral. En ese sentido, le falta garra.

Jonathan Tropper aprovecha el carisma de Hamm para crear un personaje no tan distinto al de “Mad Men” (una de las mejores series del siglo XXI y la que lo hizo famoso), un tipo cautivador, que puede ser encantador y pedante, irritante y tierno, a la vez. Pero Coop no es Draper. Aunque luzca físicamente igual de impecable, vista sus mismos trajes, conduzca un coche caro y siga empleando su magnética sonrisa como herramienta de seducción. Es un triunfador arruinado. Un cínico que se mueve entre el encanto y la cobardía. Alguien que hace lo que sea preciso para seguir jugando a un juego cuyas reglas ya no lo incluyen.

Hamm consigue que lo odies y al mismo tiempo quieras verlo salir ileso de cada golpe. Un poco porque las víctimas de sus robos son tan o más impresentables que él, unos multimillonarios engreídos, insoportables y crueles a los que odian casi todos, en especial el personal doméstico que trabaja para ellos. Mientras que Coop es, al fin y al cabo, un seductor millonario en deconstrucción.

Su historia va de lo que sucede cuando el éxito ya no basta para justificar tu existencia. Cuando te das cuenta de que el amor de los tuyos vale más que el deportivo de lujo en tu garaje. Cuando eres capaz de ver que tus vecinos no son personas, sino espejos deformantes de todo lo que no quieres admitir en ti. Y lo más perturbador de todo es que, al final, podrías entender perfectamente por qué hace lo que hace.

De ahí que “Vicios ocultos” no sea exactamente una comedia. Aunque tire de humor negro en los saludos amables que enmascaran desprecio y en los secretos e infidelidades que laten bajo las fachadas de perfección. Aquí no hay mártires, solo personas ricas tratando de no hundirse, aferrándose de forma un tanto patética a su estatus, como si fuera la única tabla de salvación en medio de un océano que ni siquiera saben que existe.

La serie apunta con el dedo señalando una realidad incómoda: la del éxito como espejismo y la riqueza como disfraz. No intenta aleccionarte, pero sí hacerte dudar: ¿hasta qué punto nuestras vidas están construidas sobre cosas materiales que podríamos perder de la noche a la mañana? Pero lo hace con delicadeza. Observa más de lo que denuncia. Y aun así, logra retratar con precisión el gran vacío existencial en el que muchos millonarios viven. Por lo que se diría que estamos más bien ante una sátira social.

Visualmente es cautivadora. Empezando por el opening para el que dirección de arte crea un mundo de lujo virtual por inteligencia artificial, que salta por los aires. El tema de apertura se llama «The Joneses» (de Hamilton Leithauser y Dominic Lewis), una estrofa de cuyo estribillo dice: «No puedes seguirle el ritmo a los Joneses«. Y, como curiosidad, Jon Hamm protagonizó «Las apariencias engañan» (2016). Como en aquella película, nada es realmente auténtico en Westmont Village, ni siquiera el dolor. Todo parece comprado en el mismo catálogo de diseño. Los colores fríos, las casas impolutas, la música ambiental, el club de golf, el de tenis, las relaciones, las sonrisas… Todo es demasiado perfecto y desoladoramente falso. Diseñado para ser admirado, no para ser vivido.

Más ácida que “Mujeres desesperadas, aunque sin la sofisticación ni la profundidad de “Mad Men”,Vicios ocultos” no revoluciona el género, pero dentro de su tono policial un tanto absurdo, encuentra resquicios para ocuparse del drama personal del protagonista (un tipo que empezó de abajo, llegó a la cima de “el sueño americano” y tuvo que empezar de nuevo, descubriendo en el camino su lado más oscuro) y lo ejecuta con estilo, ingenio y mala leche. A ratos peca de excesiva elegancia y su crítica social podría ser más afilada, pero consigue lo más importante: entretenernos y hacernos pensar.

Título original: Your Friends & Neighbors

Año: 2025

Duración: 50 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jonathan Tropper (Creador),
Craig Gillespie, Stephanie Laing, Greg Yaitanes

Guion: Jonathan Tropper, Josh Stoddard, Jennifer Yale, Danielle DiPaolo, Bryan Parker, Evan Endicott, Jamie Rosengard.

Música: Dominic Lewis

Fotografía: Zack Galler

Compañías: Apple Studios, Fortunate Jack Productions. Apple TV+

Género: Serie de TV. Comedia dramática. Sátira social.

MIÉRCOLES. SEGUNDA TEMPORADA (1ª PARTE)

Los cuatro primeros episodios de la Segunda Temporada de “Miércoles”, la confirman como el gran acierto de Netflix para este verano. Una serie que ofrece entretenimiento para todos los públicos que es lo que la mente creativa del dibujante Charles Addams, autor de la idea primigenia, perseguía al concebir a esta lúgubre y extravagante familia a la que bautizó con su propio apellido.

La familia Addams debutó en las viñetas de la revista The New Yorker en 1938, con un aire de incorrección y un humor siniestro y excéntrico, reivindicando “la rareza” respecto a la “normalidad” de la sociedad y la familia tradicional de la época. En los años sesenta, se hizo la famosa adaptación televisiva para la cadena ABC para competir en audiencia con «La familia Monster de la CBS que se basaba en un concepto muy similar, pero dándole a sus historias un tono más ligero y familiar. Años después, llegaría la adaptación cinematográfica de los Addams, bajo la dirección de Barry Sonnenfeld, en la que el espíritu transgresor y la macabra agudeza humorística del original se mantuvieron intactas.

Fue en esas adaptaciones al cine que el personaje de Merlina, Miércoles o Wednesday cobró fuerza. Y con cada nueva entrega fue yendo a más, hasta que la nueva versión televisiva de Netflix ha hecho de ella un fenómeno mediático a escala mundial, catapultando a la actriz que lo encarna, Jenna Ortega, como en su día lo hizo Sonnenfeld con la espléndida Cristina Ricci.

Si en la primera temporada, Ortega ya estaba sobresaliente. En la segunda está espléndida. Con su sarcasmo afilado y su mirada gélida, sigue siendo el alma de la serie, dominando la técnica del rostro inexpresivo del legendario Buster Keaton, como herramienta para el humor.

En cuanto al personaje, Miércoles Addams sigue siendo la misma chica inadaptada e insociable, a quien no le van las lisonjas ni las demostraciones de afecto y descarga sus más íntimas y sombrías emociones interpretando a Prokófiev al cello. De hecho, ha superado su relación con su novio Tyler (Hunter Doohan) que, en lugar de convertirse en sapo, tras su primer beso se transformó en un Hyde y se halla recluido en la institución psiquiátrica de Willow Hill bajo severas medidas de seguridad, encadenado en una celda tras barrotes de titanio, con un collar que libera descargas eléctricas atado al cuello, para aplacar su agresividad y así abortar su conversión en monstruo.

Pese a que la novela de su primer misterio resuelto ha sido rechazada por varias editoriales, la primogénita de los Addams continúa escribiendo y buscando nuevos crímenes que investigar, como los de “el desollador de Kansas City”, interpretado por Haley Joel Osment (aquel niño que en ocasiones veía muertos, en “El Sexto Sentido”), un asesino en serie obsesionado con las muñecas de porcelana, tras el que anduvo a la caza este verano. Pero el personaje se ha vuelto más introspectivo, lidiando con conflictos internos y dilemas morales que añaden profundidad a su icónica frialdad.

De vuelta a “Nevermore” para el inicio de un nuevo curso escolar, vuelve a reencontrarse con algunos de sus antiguos compañeros y profesores, y con la lobita Enid (Emma Myers) quien atraviesa una crisis amorosa al sentirse atraída por Bruno (Noah B. Taylor), un lobo recién llegado a la manada, habiendo perdido el interés por Ajax (Georgie Farmer), el “muchacho gorgona”, pero no sabe cómo decírselo a este. Cosa que a Miércoles se la trae bastante floja. Como le resbala la admiración que despierta entre algunos de los nuevos alumnos, que la tienen por la salvadora del colegio. En especial, una niña pelirroja de ojos saltones que lleva su mismo peinado de míticas trenzas y responde al nombre de Agnes (personaje interpetado por Evie Templeton quien lleva al paroxismo la toxicidad y el carácter psicótico-obsesivo tantas veces típica de los fans), que le pide que le firme un autógrafo, a lo que Miércoles le responde con su habitual acritud que solo se lo firmará con sangre y no precisamente suya 

Este año, Miércoles tiene una importante misión. Vigilar de cerca a su hermano Pugsley (Isaac Ordóñez), quien no deja de meterse en líos y a quien el pobre Eugene (Moosa Mostafa), el coleccionista de abejas y de todo bicho viviente, tiene que soportar como compañero de cuarto en su primer año en el colegio. Pero se siente insegura, pues sus poderes psíquicos están algo descontrolados y es víctima de inquietantes visiones (entre las cuales está la muerte de Enid), mientras lágrimas negras ruedan por sus mejillas. Lo que su madre atribuye a un exceso de impaciencia e intensidad.

Morticia (Catherine Zeta-Jones) cree que su hija está abusando de su don y reconoce en ella los mismos síntomas que manifestara su hermana Ophelia, quien acabó también recluida en Willow Hill, por lo que le esconde el Libro de Goody Addams (una especie de manual de videncia). Lo que las enfrenta y las distancia aún más de lo que una madre y una hija adolescente normales habitualmente lo estarían.

Pero no es ese el único problema al que se enfrenta Miércoles, quien se siente permanentemente observada por una horda de cuervos negros, liderados por uno tuerto, que han provocado ya la muerte de dos personas. Una de ellas el padre de Taylor. Y recibe enigmáticos mensajes de un presunto acosador.

Producida y en parte dirigida por Tim Burton y con Jenna Ortega no solo como protagonista, sino también como productora, la serie ha procurado mejorar algunas cosas tras el éxito viral de la primera temporada. Y en esta primera mitad, compuesta por cuatro episodios, eleva la apuesta con un tono más oscuro y una mayor presencia de la familia Addams, que traslada su residencia cerca del colegio.

La estética gótica, marca registrada de Burton, está más conseguida que nunca. En especial en los episodios dirigidos por este (el primero y el cuarto) que destacan por su atmósfera tenebrosa y los guiños a su filmografía, como una secuencia en “stop motion” en blanco y negro que recuerda a “Pesadilla antes de Navidad”, para contarnos la leyenda del alumno sin corazón al que le instalaron un reloj en su lugar que, tras su trágica muerte, no ha dejado de funcionar, quien estaría enterrado en el Árbol Calavera y vuelve a la vida en forma de zombie, convirtiéndose en la improvisada mascota de Pugsley y Eugene, que lo bautiza como  Slurp (Pota).

Sin embargo, reconvertido en productor y obediente seguidor del canon de la plataforma, hay quien afirma que poco queda ya del enfant terrible y el cineasta transgresor que confería a sus personajes un toque de agridulce otredad y que la Merlina actual es rara, pero no tanto. Acude a una exclusiva academia de jóvenes pijos que se autodefinen como «marginados» o «excluidos» pero aspiran a llevar a cabo las mismas actividades que el resto de los jóvenes «normies» (campamento incluido), investiga crímenes cómo Enola Holmes, compite (hasta llegar a batirse en duelo) con su madre Morticia (Catherine Zeta Jones), como casi todas las adolescentes a su edad, y vive una aventura romántica en un entorno estudiantil, como lo haría la protagonista de cualquier otra serie pensada para teenayers. La convención de la convención.

En suma, lo que sus críticos le reprochan es que la serie conservaría poco de la idea de su creador original y que lo que vemos es más un canto a la igualdad disfrazada de respeto a la diferencia, que una reivindicación de la disidencia normativa. Y bien mirado, algo de eso hay. Es el tributo a la Aldea Global.

Sin embargo, son muchas las virtudes a destacar que la diferencian de las insulsas series para adolescentes que abundan en la plataforma, como las referencias literarias, en especial al libro de Wells, la mención a Beowulf o que una de las víctimas del asesino de los cuervos se apellide Bradbury. Sin dejar de mencionar que el instituto se llame «Nunca Más» y las continuas alusiones a Poe cuya presencia se ve acentuada por el papel central de los cuervos en esta temporada y por el hecho de que se mencione que este ha pasado por la institución, en cuyas paredes hay incluso un retrato suyo.

O las referencias cinéfilas a «El Resplandor» (en la escena de la ducha de Gómez) o «Los Pájaros«, pero también a Annabelle a quien el personaje de Agnes es calcada. O la impecable banda sonora de Chris Bacon con el tema central de Danny Elfman y la inclusión de numerosos temas memorables del cancionero popular, como cuando los estudiantes de acampada cantan alrededor de la hoguera, Bad Moon Rising de Creedence Clearwater Revival o el director Dort se presenta al ritmo de Dancing in the Dark, de Bruce Springsteen, haciendo especial énfasis en la frase “no puedes encender un fuego sin una chispa”. O cuando los esposos Addams bailan al son del tango La Cumparsita y Gomez canta bajo la ducha el bolero Bésame Mucho y cuando Fétido destroza el I wanna know what Love is know what Love is de Foreigner. Todo lo cual compone un mosaico que es gran un homenaje al legado cultural de los 80 y los 90 y hace que la generación boomer también disfrute de la serie y se sienta representada.

La decisión de dividir la temporada en dos partes hace que estos cuatro episodios se sientan como la preparación para un clímax mayor, sin llegar a resolver muchos de los misterios planteados. Lo que puede frustrar a los espectadores que esperaban un ritmo más ágil y hace que algunos personajes secundarios, como Enid, queden relegados a subtramas que no terminan de despegar en esta primera mitad, en la que la Academia “Nevermore” se expande con nuevos personajes, como Barry Dort (Steve Buscemi) el enigmático nuevo director de la institución académica; Isadora Capri (Billie Piper), nueva maestra de música y musicoterapeuta en Willow Hill, quien ejecuta al piano una magnífica versión de Zombie, de los Cranberries para los pacientes del psiquiátrico, mientras Pota se libera de sus cadenas y siembra el caos en el campamento; la Dra. Fairburn (Thandiwe Newton) y Hester, la abuela Addams (Joanna Lumley), próspera empresaria del negocio de pompas fúnebres.

El humor corre a cargo de las travesuras de Pugsley, convertido en un psicópata eléctrico, el excéntrico tío Fétido (Fred Armisen) al que diera vida el actor Christopher Lloyd en la serie original, a quien Ortega ha tenido el detalle de incorporar al reparto; el cadavérico Largo, Cosa (la mano parlante) y Gómez Addams (Luis Guzmán), quien continúa siendo un personaje icónico y entrañable.

Pero los fans de la primera entrega, especialmente los del baile viral de Ortega que podrían echar de menos ese toque ligero de pop bizarro, tendrán que esperar hasta septiembre para ver si la segunda mitad (en la que se anuncia la incorporación de Lady Gaga, con un cameo y un tema original titulado “Dead Dance”) cumple sus expectativas. Por ahora, la serie es un 8/10. Oscura, intrigante, pero con margen para sorprendernos y brillar aún más.

Título original: Wednesday

Año: 2025

País: Estados Unidos

Guion: Alfred Gough y Miles Millar. Basado en el personaje de Wednesday Addams de Charles Addams

Dirección: Tim Burton, Paco Cabezas y Ángela Robinson.

Reparto: Jenna Ortega, Catherine Zeta-Jones, Luis Guzmán, Emma Myers, Hunter Doohan, Joy Sunday, Steve Buscemi, Billie Piper, Joanna Lumley, Thandiwe Newton, Christopher Lloyd…

Fotografia: David Lanzenberg y Stephan Pehrsson.

Música: Danny Elfman y Chris Bacon

Compañías: Millar Gough Ink, 1.21 Films, Glickmania Media, Tee & Charles Addams Foundatin, MGM Television, Netflix

Género: Comedia. Terror. Misterio. Suspense.

THE LAST OF US. SEGUNDA TEMPORADA

Quienes pensaron que la serie “The Last of us” (adaptación del aclamado videojuego de Naughty Dog) había cavado su propia tumba en su segundo episodio, donde ocurre un desenlace fatídico que dejó a la mitad de la audiencia con el corazón roto y a la otra media en shock, sumidas ambas, al igual que a su coprotagonista Ellie Williams (Bella Ramsey), en una dolorosa sensación de orfandad, se equivocaban.

Puede que a partir de ese momento trágico y luctuoso ya nada sea lo mismo en la ficción creada por Craig Mazin y Neil Druckmann, pero de eso se trata. Evolucionar en el marco argumental es obligado para una serie que se inspira en la lógica del videojuego, cuyo principal objetivo suele ser la urgencia de superar obstáculos para pasar de pantalla. Algunos no lo consiguen y para ellos el juego acaba. Pero otros lo logran y, para estos, el juego siguen avanzando. Como avanza la trama de “The Last of Us” tras el brutal impacto de la muerte de Joel Miller (Pedro Pascal) a manos de Abby (Kaitlyn Dever, el gran descubrimiento de la temporada), en cruel venganza por el asesinato de su padre, el cirujano que se disponía a operar a Ellie para extraer de su cerebro las células que la hacen ser la única persona en el mundo inmune al virus del córdiceps y sintetizar a partir de ellas un antídoto destinado a salvar a la humanidad.

Pese a dejar desolados a los numerosos fans de Pedro Pascal (a quien sin duda se echará de menos), el salvaje asesinato de Joel es un plot twist magistral que cambia radicalmente el tono y el contenido de la serie, marcando un antes y un después en la historia, que da un salto generacional. Ya estamos en otra pantalla. Una donde la lírica sigue casando bien con la violencia y el caos. Y donde la aventura de Ellie adquiere un nuevo propósito: la venganza.

Si la primera temporada fue una épica con tintes de redención y sacrificio, esta segunda entrega se sumerge en un terreno más íntimo, humano y sombrío. Con su protagonista abatida por el duelo, pero también determinada a hacer justicia por la muerte de su protector, lo que la lleva a explorar nuevos mundos y a combatir a nuevos enemigos.

Tras el paso de la horda de infectados que atacó a sus habitantes, Jackson City (Wyoming) ya ha dejado atrás el horror vivido aquel día y, poco a poco, reconstruye sus desperfectos, físicos y emocionales, bajo el liderazgo de Tommy (Gabriel Luna), hermano de Joel, y de Jesse (Stephen Chang), predestinado a ser su futuro relevo en la comunidad. Pero si hay alguien que no puede ni quiere dejar atrás lo sucedido es Ellie, quien antes de conseguir el alta médica debe pasar consulta con la psicóloga Gail (Catherine O’Hara), interesada en saber qué quiso decir Joel la última vez que vino a verla, cuando le confesó que “la lastimó, para salvarla”.

Notablemente avejentado, Joel es un padre adoptivo atormentado que peca de sobreprotector con su «hija sustituta» y que va a terapia en secreto para poder lidiar con sus conflictos paterno-filiales, desde que esta decidió mudarse al garaje reivindicando su propio espacio y su independencia. Pero no se atreve a contarle a su terapeuta que, en el camino de vuelta a Jackson, le mintió a Ellie respectó de lo que pasó en el hospital de Lakehill, guarida de los Luciérnagas, diciéndole que no pudieron encontrar una cura, en vez de contarle que él la rescató de sus captores perpetrando una masacre. De hecho, como después sabremos, fue eso lo que provocó su distanciamiento, al margen de la rebeldía propia de la adolescencia. Ellie nunca le perdonó a Joel que asesinara a Marlene (Merle Dandridge), la mujer a la que su madre encomendó su cuidado al traerla a este mundo. Pero ahora él tampoco está vivo y, aunque se muestra mucho más entera y fuerte de lo que realmente se siente, no es hasta que se queda sola cuando vemos lo mucho que le echa de menos. Al volver a la casa que compartieron, le recuerda oliendo una de sus chaquetas. Una escena de gran emotividad que subraya la magnífica banda sonora de Gustavo Santaolalla. Y, durante una concatenación de flashbacks, iremos repasando cómo fue su relación en los últimos años. Los regalos de cumpleaños, las discusiones… La serie insiste en hacernos caer en la cuenta de que esas peleas, esos insultos y esos silencios entre ambos pueden ser los últimos. De hecho, lo fueron. A veces las personas mueren de forma repentina, sin darte tiempo a despedirte, dejándote con lo que no dijiste.

El viaje heroico de esa joven que alguna vez cargó con la esperanza del mundo a cuestas se transforma a partir de la muerte de ese hombre que ha ejercido con ella de padre sin serlo en una caída en picado hacia el trauma, con el dolor como fuerza motriz y el deseo de venganza como objetivo de sus acciones. Aunque no sepa quién es Abby ni por qué mató a Joel, está decidida a buscarla para saldar cuentas. Su amiga Dina (a quien interpreta Isabela Merced, la que fuera «Dora, la exploradora«), con la que sale a patrullar y a matar infectados mientras comparte confidencias de sus ligues, estuvo presente en el club de golf en el que mataron a Joel y recuerda algunos datos del grupo antes de que la dejaran inconsciente. Así que, siguiendo esa pista, ambas deciden empezar a buscar por Seattle.

Por consejo de Tommy, Ellie defiende un emotivo y potente alegato ante la comunidad para buscar voluntarios que la acompañen. Pero su respuesta es negativa Lo que no impedirá que se ponga en marcha, acompañada de Dina, con quien empieza a establecer un vínculo romántico. El único que parece estar dispuesto a ayudarlas es Seth (Robert John Burke), pese a los insultos que les profirió por besarse en medio de la pista de baile la noche de Fin de Año. Un beso del que Ellie y Dina hablan de camino a Seattle, tras visitar la tumba de Joel, donde Ellie deposita unos granos de café, su bebida favorita. Aunque Dina bromea y le quita hierro al asunto del beso, confiesa a su amiga que no es feliz con Jesse, lo que nos deja intuir que el sentimiento y atracción que Ellie siente por ella es correspondido.

Entretanto, la serie nos presenta a los dos grupos que luchan por el poder en Seattle: la secta de los Serafitas, que viven de manera primitiva, sin ningún tipo de tecnología, y el Frente de Liberación de Washington, los Lobos (WLF), una especie de guerrilla paramilitar que acogió a Abby y al resto de los ex Luciérnagas, comandada por el despiadado Isaac Dixon (Jeffrey Wright, «Westworld«). Lo que hace presagiar que la venganza no va a ser fácil.

La Ellie de esta temporada ha crecido. Ahora es menos bromista, no lleva a mano el libro de chistes malos y se prepara físicamente para ser invencible. Ya luce en el brazo el tatuaje que camufla la mordedura de un infectado. No se desprende de su famoso diario ni de la navaja que perteneció a su madre. Y en su habitación de teenager embrutecida hay un póster de su serie de cómics favorita.

A su llegada a una Seattle postapocalíptica, Dina y ella entran en algunos comercios abandonados, como una tienda de discos, donde Ellie encuentra una colección de guitarras que le hace recordar de nuevo a Joel, quien le enseñó a tocar ese instrumento. Es la primera vez que la escuchamos cantar interpretando una versión unplugged del “Take on me” de A-há. Aunque, en el episodio 2, la actriz que da voz al personaje en el videojuego, Ashley Johnson, interpreta “Throuh the Valley” (A través del valle) de Shawn James. Y no será la única referencia musical en esta entrega de la serie que incluye un episodio titulado “Future Days”, como la canción de Pearl Jam que Joel canta para Ellie cuando le regala su primera guitarra. If I ever were to lose you, I’d surely lose myself —la frase que Ellie repite con la guitarra en sus manos— es más que una letra: es un testamento. Cuando Joel le dedica esa canción a su “hija sustituta”, no solo le está diciendo que la quiere; le confiesa que ella es lo único que da sentido a su existencia.

Dina y Ellie se refugian en un viejo cine abandonado donde charlan e intiman. Ellie le cuenta a su amiga cómo encontró a Nora (Tati Gabrielle), una miembro del grupo que iba con la asesina de Joel, y la dejó morir intoxicada por el córdiceps. A lo que esta le responde: «Quizás recibió su merecido». Entonces Ellie le cuenta la historia de Salt Lake City. «Las Luciérnagas iban a usarme para crear una cura. Pero eso significaba que moriría. Y Joel se enteró. Y mató a todos en el hospital. A todos. Mató al padre de Abby. Era médico. Y Joel le disparó en la cabeza. Para salvarme». La comprensiblemente horrorizada Dina le dice: «Tenemos que irnos a casa». Pero, para sorpresa de nadie, no regresan a Jackson. A la mañana siguiente, salen a explorar y se meten en líos, teniendo que ser rescatadas por Jesse.

Al ver que, las dos jóvenes habían salido de Jackson pese a la oposición del Consejo, él y Tommy decidieron seguirlas. Ahora ellos se han dividido para encontrarlas y Jesse y Ellie recorren las calles de Seattle para reunirse nuevamente con el hermano de Joel. De camino, charlan sobre Dina. «No soy ciego ni tonto», dice Jesse. «Veo cómo os miráis. Apuesto a que te dice cosas que no me diría a mí. Como que está embarazada». Ellie se da cuenta entonces de que no todo gira en torno a ella. Pero en lugar de comprender que la seguridad de Dina y su bebé debería de tener prioridad sobre su cada vez más peligrosa misión de venganza, no renuncia a su empeño.

Jesse aclara a Ellie sus sentimientos por Dina: «Sí, la amo. Pero no como tú», le dice confesándole que se enamoró de una chica de un grupo que pasó por Jackson y que quiso irse con ellos pero no lo hizo porque le enseñaron a priorizar a los demás. Pero Ellie zanja su sincera confesión con un: «Entendido. Así que tú eres San Jesse de Wyoming y todos los demás son unos malditos imbéciles». La tensión entre ambos es evidente. Jesse no aprueba el comportamiento temerario de Ellie. Su conversación tiene lugar en una vieja librería, donde la joven hojea “The Monster at the End of This Book”, novela en la que el monstruo al final resulta ser el narrador mismo. La comparación es brillante: Ellie ha estado regodeándose en su dolor, convencida de ser víctima, sin aceptar que está a punto de convertirse en verdugo. ¿El objetivo? Mostrarnos que quizás Ellie, Abby y el Joel de sus peores momentos no sean, después de todo, tan diferentes.

Cuando Jesse admite que votó en contra de secundar su venganza, Ellie divisa una especie de islote con una noria gigante del que le habló Nora. En medio de una tormenta bíblica, roba un barco y se abre paso hasta él, sorteando las olas de un mar embravecido. Finalmente, llega al Acuario de Seattle, donde se encuentra con Owen (Spencer Lord) y Mel (Ariela Barer), otros dos miembros del grupo de Abby. Owen intenta negociar con ella, recordándole: «Yo soy quien te mantuvo con vida». Pero Ellie insiste en que ambos morirán si no revelan el paradero de la asesina de Joel. Owen intenta sorprenderla con su arma y lo que sigue a eso es una escena absolutamente desgarradora, en la que Ellie mata sin querer a una mujer embarazada y a su bebé nonato, que apenas tenemos tiempo para procesar, porque Tommy la encuentra y la lleva de vuelta al cine donde, junto a Jesse, le ofrecen algo de consuelo. «Ellos formaban parte de esto. Tomaron sus decisiones. Eso es todo». «Si yo estuviera ahí fuera, habrías incendiado el mundo para salvarme», le dice Jesse a Ellie. Entonces oyen ruido en la habitación contigua, corren a investigar y Abby mata a Jesse de un disparo según lo ve, apuntando a Ellie con su arma. Esta levanta las manos y le ruega que le quite la vida, pero deje ir a Tommy y a Dina. «Ya te dejé vivir. Y la desperdiciaste», contesta Abby. Luego dispara…

Todavía es pronto para saber si la tercera entrega cumplirá con las elevadas expectativas que deja este final agónico, pero no cabe duda de que The Last of Us sigue teniendo potencial para sorprendernos (sobre todo, a quienes no seguimos el videojuego) y una calidad que no abunda en estos tiempos de series tan previsibles.

Título original: The Last of Us. Season 2

Año: 2025

Duración: 7 episodios de 59 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Mazin (Creador), Neil Druckmann (Creador), Mark Mylod, Peter Hoar, Kate Herron, Stephen Williams, Nina Lopez-Corrado.

Guion: Craig Mazin, Neil Druckmann, Halley Wegryn Gross. Bas. Videojuego Neil Druckmann

Reparto: Bella Ramsey, Pedro Pascal, Gabriel Luna, Isabela Merced, Kaitlyn Dever, Young Mazino, Spencer Lord, Tati Gabrielle, Ariela Marer, Rutina Wesley, Catherine O'Hara, Jeffrey Wright…

Música: Gustavo Santaolalla, Dave Fleming

Fotografía: Ksenia Sereda

Compañías: Naughty Dog, PlayStation Productions, Sony Pictures Television, The Mighty Mint, World Games. Productor: Craig Mazin, Neil Druckmann, Asad Qizilbash. Para HBO Max

Género: Serie de TV. Thriller. Drama. Ciencia ficción. Futuro postapocalíptico.

HERETIC

Si no fuese por la magnética presencia de Hugh Grant y esa sonrisa suya, entre sarcástica e inmisericorde, que en un contexto tan macabro provoca verdadero pavor, “Heretic” no pasaría de ser considerada una peli de miedo de serie B.

Con una puesta en escena por momentos demasiado teatral, en la que el actor británico se mueve como pez en el agua, la película promete mucho más de lo que ofrece y su presentación como un thriller psicológico, tan escalofriante como inteligente, que pone en la mira a la religión, se desinfla rápidamente hasta que, al final, naufraga por un exceso de truculencia y efectismo, como sucede a menudo en este tipo de género cinematográfico.

Estrenada en 2024, la cinta ha llegado a las plataformas de streaming, donde ha sido recibida con gran expectación por los espectadores, deseosos de asistir al calvario de las hermanas Paxton (Chloe East) y Barnes (Sophie Thatcher), dos jóvenes misioneras de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días quienes, buscando reclutar nuevos fieles, se verán obligadas a poner a prueba su fe al llamar a la puerta equivocada durante una oscura noche de tormenta siendo recibidas por el Sr. Reed, un encantador sociópata, estudioso de las religiones, que desafiará sus creencias y conocimientos teológicos, reteniéndolas en su fantasmagórica casa (una especie de laberinto dantesco con descenso a los infiernos incluido), acondicionada como si de un aterrador scape room se tratase.

La película da inicio con la inocente hermana Paxton y la ligeramente más mundana hermana Barnes, charlando acerca de cómo la pornografía y el acto de la penetración desprende el alma de las personas, con lo que nos hacemos una idea del desigual nivel de puritanismo de ambas jóvenes. Cuando la cámara muestra la parte trasera del banco en el que están sentadas, vemos un cartel de una publicidad de condones, lo que ya resulta un tanto premonitorio del nivel de obviedad y desatino al que nos abocamos. Sin embargo, nuestra curiosidad hace que nos sumerjamos sin dudarlo en esta historia, en la que se llegan a plantear cuestiones interesantes sobre cuál es la mejor religión, si existe un único Dios verdadero y si es éste un digno -y sobre todo fiable- depositario de nuestra fe.

Los directores Scott Beck y Bryan Woods -realizadores de “Un lugar tranquilo” (A Quiet Place, 2018) o “La casa del terror” (Haunt, 2019)- juegan con el paralelismo entre la premisa de la que parte su argumento y el cuento infantil de “Hansel y Gretel”, cuando el Sr. Barnes engaña a las incautas misioneras, ofreciéndoles té y un delicioso pastel de arándanos que supuestamente estaría cocinando su inexistente esposa en la cocina, para que accedan a entrar en su casa, a sabiendas de que las predicadoras mormonas tienen prohibido visitar a hombres solos. Pero evitan convertir al Sr. Reed en un vulgar secuestrador que maltrata físicamente a sus víctimas. Su método de tortura es mucho más sutil -al menos durante la primera mitad de la cinta- y su única arma es la palabra, como perverso elemento corruptor, manipulador de mentes e inductor de estados emocionales alterados.

Lo que comienza siendo un incómodo debate religioso en el que las hermanas se sentirán dialécticamente acorraladas, concernidas y cuestionadas en su fe mientras intentan entender qué es lo que está pasando, poco a poco se convierte en algo mucho más siniestro, desquiciado y perverso, que hará que acaben siendo presas de la tensión y el nerviosismo al saberse atrapadas en ese cavernosa casa sin ventanas, con forraje de hierro en las paredes para impedir la conexión con el exterior, mientras un extraño de impecables modales y aspecto de profesor jubilado, las desafía intelectualmente, estableciendo disparatadas analogías entre la religión y los juegos de mesa para demostrar que las religiones se copian unas a otras, como Radiohead copió a The Hollies en su mítica “Creep” que no deja de ser un plagio de “The Air That I Breathe”; y equiparando el proceso de expansión de la fe con las estrategias de manipulación comercial.

“El hombre se hace verbo, que diría la Biblia, y al terror físico de la Casa Encantada se suma el terror lingüístico, en el que no faltan los chistes perversos sobre la ropa interior mágica”, escribe Rubén Romero Santos en Cinemanía. “Se inicia así la peor de las pesadillas, un juego macabro guiado por un casi soliloquio de Grant ante las pavisosas feligresas, tan desconcertadas y apabulladas por lo que escuchan acerca de los diferentes credos, la invención del Monopoly o la línea que une a The Hollies con Lana del Rey, como los propios espectadores”.

Aunque se ha promocionado como una película de terror claustrofóbico y religioso, con un villano erudito, “Heretic” no tiene mayor conexión con la religión que la locura de su protagonista, obsesionado con la pregunta existencial que debe formular a las dos jóvenes evangelizadoras que mantiene en cautividad, quienes deberán elegir entre si creer o no creer, forzadas por el instinto de supervivencia.

Las interminables disquisiciones de ese señor inglés que con tono amable y perturbador cuestiona la interpretación que las distintas iglesias han dado a los textos sagrados o diserta sobre sistemas de creencias paganos y figuras mitológicas de la antigüedad no tienen mayor profundidad intelectual que los devaneos de Dan Brown en “El código Da Vinci”. Pero la mascarada está lo bastante bien montada como para despertar el interés de algunos incautos.

Lástima que lo vaya perdiendo a medida que se van introduciendo en la trama elementos innecesariamente truculentos y que su desenlace resulte tan inverosímil, como exagerado y sangriento.

Como decía al inicio de esta reseña, si la película se mantiene a flote, es sobre todo gracias a la soberbia interpretación de Hugh Grant, quien parece haberse divertido de lo lindo dando vida al maléfico Sr. Reed. Es él quien dignifica la propuesta y sostiene todo el entramado de suspenso con igual dosis de descaro, que de maestría y oficio, haciendo lo que mejor se le da: ser él mismo.

Título original: Heretic

Año: 2024

Duración: 110 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Scott Beck, Bryan Woods

Guion: Scott Beck, Bryan Woods

Reparto: Hugh Grant, Sophie Thatcher, Chloe East, Topher Grace, Elle Young.

Fotografía: Chung Chung-hoon.

Música: Chris Bacon. Edición: Justin Li.

Compañías: Beck Woods, Catchlight Studios, Shiny Penny Productions, A24

Género: Terror. Thriller psicológico. Religión.

Lo mínimo que se le puede pedir a un biopic es que logre captar la esencia del personaje que lo inspira, aquello que lo hace único, detestable o admirable. En el caso de Cristóbal Balenciaga ese rasgo definitorio es la elegancia, la discreción y la obsesión por la perfección estética, algo que la miniserie, protagonizada por Alberto San Juan, en uno de los trabajos más desafiantes de su carrera, consigue sobradamente transmitir.

Me he animado a verla en Disney+ después de visitar el museo dedicado a Balenciaga, en su pueblo natal de Guetaria, donde sus restos reposan desde 1972 mirando al mar, y recomiendo ampliamente la experiencia, pues permite tener una visión 360 del artista que redefinió la moda en el siglo XX, cuya vida recorre en seis episodios, desde su nacimiento en esa localidad de la costa guipuzcoana, en el seno de una modesta familia de tradición católica, hasta que llega a ocupar la cima de la alta costura parisina, exilio mediante, y su posterior vuelta a España para su retiro en 1968, tras haber sido contratado por Air France para diseñar el uniforme de sus azafatas; el único acercamiento que el diseñador vasco tuvo a la industria del prêt-à-porter, que siempre rechazó por ir en contra de su concepción de la moda como un arte exclusivo y casi escultórico, en donde cada vestido está hecho para adaptarse a un cuerpo femenino que nunca es el mismo.

Visualmente deslumbrante y emocionalmente contenida, Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, directores de “Loreak” y “La trinchera infinita”, trabajaron sobre una idea de la guionista Lourdes Iglesias para componer este retrato sobrio, íntimo y profundamente introspectivo que deconstruye la personalidad de Balenciaga, exponiendo al genio en su imperfecta humanidad, con toda su grandeza y sus inseguridades.

La serie se inicia con la llegada a París en 1937, donde el joven Cristóbal, hijo de una costurera, Martina Eizaguirre Embil, viuda de un humilde pescador, José Balenciaga Basurto, que muere en alta mar siendo él apenas un niño, debe empezar de cero, al huir de una España devastada por la guerra. Allí asistimos a su lucha constante por abrirse paso y por mantenerse a flote en una industria siempre cambiante, como la moda, pero sobre todo por no traicionarse a sí mismo. Algo que le obsesionó durante toda su vida. Pero su leyenda comenzó mucho antes…

Su carrera como modisto fue impulsada por el mecenazgo de la VII marquesa de Casa Torres, abuela de Fabiola de Mora y Aragón (futura reina de Bélgica, a la que da vida Belén Cuesta y cuyo vestido de novia encargó diseñar a Balenciaga, cuando ya era un artista consagrado). De hecho, la marquesa sería su primera clienta.

Conmovida por las ansias que tenía por aprender el oficio, cumplidos los trece años, le entregó un trozo de tela junto a uno de sus más exclusivos vestidos, pidiéndole que copiara el patrón. El resultado contentó tanto a la aristócrata que decidió convertirlo en su protegido, recomendándolo a todas sus amistades. Lo que, pasados unos años, le permitiría abrir su primera tienda en San Sebastián, a la que bautizó como “Eisa” (en homenaje a su apellido materno), emprendiendo un próspero negocio familiar que pronto se expandió a otras ciudades españolas, como Madrid y Barcelona.

Contemporáneo de Christian Dior (Patrice Thibaud) y Coco Chanel (Anouk Grinberg), quien llego a reconocer que “de todos nosotros, Cristóbal es el único que es un verdadero couturier (costurero). Los demás diseñamos, él sabe hacerlo todo”, Balenciaga era capaz de montar un vestido con un paño de tela, sin apenas hacerle cortes ni costuras, y su elevado nivel de exigencia le llevaba a desarmarlo si no quedaba plenamente satisfecho con el resultado. Incluso se cuenta que, en reuniones con amigos, si alguien vestía una chaqueta que le hacía alguna arruga, era capaz de coger unas tijeras, descoserla y arreglársela in situ, como se ve en la serie.

Su manejo de la confección, su habilidad para innovar en las formas y la calidad de los tejidos a fin de crear volúmenes asombrosos y su obsesión por el detalle y por dar a las prendas un acabado perfecto, así como su carácter reservado y su método de trabajo riguroso y discreto, pronto le ganaron el respeto y la admiración, incluso de sus competidores, convirtiéndolo en “el maestro de todos”, como diría de él Dior. Una figura legendaria de la alta costura parisina en cuyos talleres llegaron a formarse modistos de la talla de Paco Rabanne, André Courrèges, Emanuel Ungaro, Hubert de Givenchy y Óscar de la Renta y ante quien las revistas de referencia, como Vogue y Harper’s Baazar, siempre se rindieron, pese a su prácticamente inexistente relación con la prensa, de la que huía deliberadamente.

Donde otros diseñadores buscaban la notoriedad, él buscaba la pureza. Y la serie, sabiamente, adopta la misma postura. En ella todo es minucioso, hermoso y artesanal. Cada escena parece cuidadosamente planchada, como una pieza recién salida del atelier del diseñador. Su fidelidad al estilo Balenciaga es total. Lejos de toda exageración, la cámara se mueve con elegancia; los planos están compuestos con enorme precisión estética y los silencios pesan tanto como las palabras que brotan en euskera, castellano, francés e inglés.

La serie abraza la espiritualidad del oficio: el acto de la creación como un oremus y, en consecuencia, hay algo reverencial en la forma en la que se representa la atmósfera y la liturgia del taller de trabajo. Los momentos en los que la moda se adueña de la escena —como la preparación de una colección para su presentación ante la alta sociedad parisina en un desfile privado— están filmados con una austera sensualidad y su protagonista deslumbra, en varios momentos, logrando transmitir unos sentimientos que el enigmático modisto y diseñador vasco luchaba por reprimir.

Definitivamente no es una serie para ver de forma distraída: exige la misma atención al detalle que Balenciaga exigía a sus costureras, la misma concentración que pedía a sus modelos y musas, como la inolvidable Colette (Nine d’Urso).

Precisamente esa relación con sus subordinados -entre quienes se encontraban también sus hermanos, sus sobrinos y sus amantes- es quizá una de las mayores fuentes de información que la serie aporta.

A través de ella conocemos la faceta del Balenciaga modisto y artista, que buscaba la inspiración para sus diseños en Velázquez, Goya y antiguos grabados japoneses, pero también la del tenaz empresario, que lograr abrir la primera Maison Balenciaga en la avenida George V de París, en sociedad con el empresario guipuzcoano Nicolás Bizcarrondo (Josean Bengoetxea) y su mujer, Virgilia Mendizábal (Cecilia Solaguren), una pareja de republicanos huidos a Francia que, sin saber nada del mundo de la moda, decide invertir en su proyecto. Con el paso de los años, la amistad entre ellos irá a más, hasta que el diseñador, guiado por su enfermiza obsesión por tener el control en todos los aspectos de su vida, decide romper el vínculo empresarial para llevar él mismo las riendas de su negocio, entre cuya clientela se encontraban ya reinas, aristócratas, damas de la alta sociedad y grandes divas del espectáculo, como Marlene Dietrich, Greta Garbo, Grace Kelly, Ava Gardner o Jackie Kennedy, a las que recibía en privado, mediante cita previa.

Según la sinopsis oficial, la serie “versa sobre la búsqueda de la identidad ante el desafío de las convenciones sociales”. Pero, más que una búsqueda, yo hablaría de la preservación de la propia identidad, pues el carácter reservado de Balenciaga no tenía nada que ver con la indefinición. Cristóbal sabía bien quién era, a dónde pertenecía y lo que quería expresar con sus diseños en cada etapa de su creación. Y, si lo olvidaba, allí estaba su santa madre para recordárselo. Pero temía que otros no lo comprendieran y lo criticasen. De ahí que se escondiera del mundo de forma instintiva y preventiva.

De natural introvertido, su temor al qué dirán fue superior a su afán de grandeza. Por lo que huía de las multitudes y de la vida mundana. Incluso evitaba salir a saludar al acabar sus desfiles. Prefería ver la reacción de sus potenciales clientas escondido tras la cortina de su atelier. Una misantropía espartana que se correspondía con su hermetismo con la prensa, a la que solo concedió dos entrevistas en vida. Lo que contribuyó a crear el aura de misterio en torno a su figura que engrandeció aún más su leyenda incorpórea.

En una de esas entrevistas, expresó con estas palabras lo que, a su juicio, debe ser un buen modisto: “arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos, músico para la armonía y filósofo para la medida”. En resumidas cuentas, un artista integral. En cambio, Balenciaga guardó siempre con sumo celo su vida privada y sus opiniones políticas. Jamás se le oyó pronunciarse sobre el franquismo ni sobre la ocupación alemana. Entre otras cosas, porque la mayoría de sus clientas pertenecía a la clase dominante que era la que se podían permitir comprar sus vestidos, como la hija y la nieta del general Francisco Franco, doña Carmen Franco Polo y Carmencita Martínez-Bordiú, cuyo vestido de novia fue la última creación del diseñador, ya retirado. Pero, a diferencia de otros diseñadores parisinos, está documentado que él jamás colaboró con los nazis.

Viendo la serie se llega a deducir que esa inseguridad y su temor al juicio público también fue superior a sus propios afectos. Lo que hizo que no siempre actuara de manera justa con los dos hombres que compartieron su vida: el aristócrata polaco Wladzio D’Attainville (Thomas Coumans), su amante y cómplice creativo, diseñador de los sombreros de la firma, con quien vivió secretamente en pareja y de quien estuvo profundamente enamorado hasta su muerte repentina, a causa de un ictus. Una pérdida que lo dejó moralmente devastado, inspirando una de sus mejores colecciones, íntegramente formada por vestidos negros, guardando luto riguroso como homenaje póstumo. Y el joven navarro Ramón Esparza e Iturralde (Adam Quintero), su ayudante de taller y la persona que lo acompañó hasta su muerte.

En su favor se puede alegar que Balenciaga era hijo de su tiempo. Fruto de la educación católica y conservadora de aquella España negra y pacata, en la que la homosexualidad estaba proscrita, y no era fácil salir del armario, ni estaba bien visto. Sin embargo, el ecosistema de la moda parisina en la que se movía era mucho más permisivo. Y otros diseñadores, como Christian Dior o Hubert de Givenchy, de quien fue también mentor y rendido -aunque platónico- admirador (al punto de cederle a una cliente tan especial como Audrey Hepburn, para entonces en busca de un diseñador europeo que vistiera a su personaje de Sabrina) vivían su sexualidad con menos reserva, menos vergüenza y menos culpa que Cristóbal que, como se sugiere en la serie, arrastraba cierto trauma por el bulling sufrido de niño por querer dedicarse a la costura, un oficio tradicionalmente de mujeres, en un pueblo de recios pescadores como Guetaria.

Las mujeres cosen y los hombres diseñan. Pero Balenciaga, también conocido como “el diseñador arquitecto”, hacía ambas cosas y desarrolló un estilo propio y revolucionario: cinturas con pinzas, caderas redondeadas, líneas caídas en los hombros y mucho volumen, valiéndose de tejidos con mucho cuerpo y abundancia de bordados a mano, pedrería y lentejuelas.

En este punto, no podemos dejar de mencionar la calidad de la dirección artística y el diseño de vestuario de la serie, con Bina Daigeler y Miren Arzalluz (historiadora del arte experta en moda, actual directora del Museo Guggenheim y anteriormente directora del Museo de Moda de París y del Museo de Guetaria dedicado al diseñador guipuzcoano sobre el que tiene un libro publicado) consiguiendo llevar a cabo una impoluta recreación del universo Balenciaga, así como la extraordinaria fotografía de Javier Aguirre Erauso y la banda sonora del gran Alberto Iglesias. Todo lo cual hace que «Cristóbal Balenciaga» sea una seria “utterly gorgeous” (absolutamente hermosa), como escribió el periódico The Guardian. Pero su belleza no es superficial; proviene de la coherencia entre lo que se cuenta y cómo se cuenta. Quienes conecten con ella apreciarán el retrato de un hombre cuya vida fue una lucha permanente entre la innovación y la discreción, entre el ruido del mundo y su propia música interior, la de un artista irrepetible y genuino.

Título original: Cristóbal Balenciaga

Año: 2024

Duración: 6 episodios de 50 min.

País: España

Dirección: Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga, Lourdes Iglesias, Aitor Arregi, Jon Garaño, José Mari Goenaga.

Guion: Lourdes Iglesias, Aitor Arregi, Jon Garaño, José Mari Goenaga, Eduardo Navarro.

Reparto: Alberto San Juan, Belén Cuesta, Josean Bengoetxea, Cecilia Solaguren, Adam Quintero, Thomas Coumans, Gemma Whelan, Anouk Grinberg, Gabrielle Lazure, Patrice Thibaud, Nine d’Urso, Anna-Victoire Olivier...

Música: Alberto Iglesias

Fotografía: Javier Agirre Erauso

Compañías: Disney+, Irusoin, Moriarti Produkzioak.

Género: Serie de TV. Drama. Biopic. Moda. Años 40, 50 y 60.

DEPT.Q

El danés Justin Adler-Olsen (Copenhague, 1950) es uno de los grandes escritores nórdicos de novela negra, autor de la saga policíaca “Departamento Q”, de la que ha vendido más de 27 millones de ejemplares en 42 países y cuya primera entrega, de las diez que lleva ya publicadas, vio la luz en el año 2007.

El título de su edición en castellano es “La mujer que arañaba las paredes” y el experimentado guionista y director de “Gambito de Dama”, Scott Frank, ha decidido adaptar su argumento a la televisión, trasladando la acción a Escocia, concretamente a la ciudad de Edimburgo, donde vive autoexiliado el inspector Carl Mørck, un sagaz detective de origen inglés, tan brillante, como arisco, arrogante y desconfiado (muy en la línea del Sherlock Holmes de Cumberbatch), a quien da vida el atractivo Matthew Goode, con un cambio total de registro que en nada desmerece a sus papeles de galán en películas y series, como “Match point”, “El código enigma”, “Watchmen” o “Downton Abbey”.

Mørck tiene una complicada vida familiar, ya que su ex mujer (azafata de vuelo) le ha abandonado dejándole a cargo de su hijastro adolescente con quien le resulta muy difícil entenderse. Durante la investigación de un caso de asesinato, sobrevive a un tiroteo, en el que su compañero y único amigo, el inspector James Hardy (Jamie Sives) pierde la movilidad de las piernas a causa de una bala que tiene en su cuello el orificio de entrada y de salida, mientras que otro joven agente que los acompañaba muere en acto de servicio. Lo que le genera un severo cargo de conciencia que agrava aún más su ya compleja personalidad y sus nulas habilidades sociales, haciendo gala en todo momento de un humor irascible, que lo lleva a ser sarcástico y, sin embargo, entrañable, del tipo que aparca sin remordimiento en la plaza de discapacitados y sin embargo se hace querer, al estilo del House más misántropo.

Obligado a asistir a terapia una vez por semana, visita a una psicóloga, la doctora Rachel Irving (Kelly MacDonald), a la que reta con sus desplantes dialécticos, cuando no la deja plantada. Y, como sus superiores no saben muy bien qué hacer con él a la vuelta de su baja, le asignan a un departamento de nueva creación, cuyas «oficinas» están en un sótano sin ventanas, con la misión de reabrir algunos de los llamados «cold cases» o casos abandonados, que se archivaron sin haber sido resueltos.

Para ello contará con muy pocos medios y tan solo un par de colaboradores: un enigmático ex agente de nacionalidad siria, llamado Akram Salim (Alexej Manvelov) que ha solicitado trabajo como informático en la comisaría de policía y cuya amabilidad y aparente calma esconde facetas inesperadas; y Rose Dickson (Leah Byrne), una joven detective cuya carrera se truncó por un colapso nervioso que esta vez parece decidida a demostrar su valía. Además de su colega Hardy (Jamie Sives), dispuesto a echarle una mano desde su reposo hospitalario.

Un poco a la manera de “Slow horses” –otra serie basada en una larga saga de novelas– estos loosers probarán ser más eficientes de lo que en principio se espera de ellos, en la resolución del primer caso que el inspector Mørck decide reabrir: el de la desaparición de la fiscal, Merritt Lingard (Chloe Pirrie), de la que se perdió el rastro en un ferry, cuatro años atrás, mientras viajaba a su pueblo natal, en compañía de William (Tom Bulpett), su hermano discapacitado.

Con estos mimbres, Scott Frank y Chandni Lakhani (guionista de «Vigil«) arman un thriller policial trepidante, donde la intriga no está en averiguar si Merritt sigue viva (algo que la policía no sabe pero el espectador sí), sino quiénes son los autores de su largo secuestro y cuáles son los motivos que les llevan a retener y torturar a la fiscal, una mujer por la que no es fácil sentir empatía, tras ver los flash back en los que se repasa su vida, que la muestran como una abogada implacable, insensible y bastante arrogante, por lo que pueden ser muchos los sospechosos de su desaparición.

Sin traicionar el ritmo del suspense escandinavo, Netflix quiere volver a marcar un hito en el género policiaco, reinventándolo en clave británica, con una historia que arranca como una investigación de archivo y termina sumergida en las grietas emocionales de sus protagonistas. Aquí no hay respuestas fáciles, sino heridas abiertas. Lo que empieza como un castigo administrativo pronto se convierte en una red de secretos enterrados, nuevas pistas y vínculos inesperados. Desde la primera escena, impactante y directa, se nota una apuesta por el efectismo visual, que en ocasiones es de una violencia y crueldad extrema. Pero, en términos generales, la serie se mantiene fiel al espíritu de la saga literaria original, cuyo éxito no radica solo en las tramas criminales, sino en la profundidad con la que explora temas como la ineficiencia y la burocracia policial, la corrupción institucional, la redención y el trauma, la resistencia psicológica en condiciones extremas, la complejidad de las relaciones interpersonales y la siempre delgada línea que separa la venganza de la justicia. Pero la clave de su éxito radica sin duda en el carisma de sus protagonistas y en la relación que se establece entre Carl y su compañero Akram, que se gana su respeto y su confianza a base de intuición, lealtad e infinita paciencia, aportando calidez y misterio a una trama que se desarrolla en dos tiempos: el de la investigación oficial y los angustiosos pasos de la mujer desaparecida, a la que Scott y Lakhani le hacen saber al espectador que le queda poco tiempo de vida, lo que añade más tensión si cabe al desenlace. Y la de la vida personal del inspector Mørck que también experimentará su redención, catarsis mediante.

Título original: Dept.Q 

Año: 2025

Duración: 9 episodios de 55 min.

País: Reino Unido

Dirección: Scott Frank (Creador)

Guion: Scott Frank, Chandni Lakhani, Stephen Greenhorn, Colette Kane. Novela: Jussi Adler-Olsen

Reparto: Matthew Goode, Chloe Pirrie, Alexej Manvelov, Leah Byrne, Kelly Macdonald, Kate Dickie, Tom Bulpett, Shirley Henderson, Jamie Sives, Steven Miller, Sanjeev Kohli, Mark Bonnar...

Música: Carlos Rafael Rivera

Fotografía: David Ungaro

Compañías: Left Bank Pictures, Netflix
Género: Serie de TV. Drama. Thriller. Crimen. Policíaco

TIERRA DE MAFIOSOS

Existen al menos dos subgéneros dentro de las películas y series de gánsteres y clanes mafiosos. Por un lado, están las clásicas sobre la “mafia” italoamericana que a menudo incurren en cierta mitificación nostálgica, como las de Scorsese o “El Padrino” de Coppola, o los “Peaky Blinders” en su versión británica y, por otro, están las nuevas ficciones que buscan una aproximación más contemporánea a las nuevas sagas del crimen organizado y sus nuevos negocios, casi siempre vinculados al narcotráfico, con una combinación de realismo y humor negro, como en “Los Soprano”, o en una línea más violenta y bizarra, como en “Ozark”, “Gomorra” y “Narcos”.

“Tierra de mafiosos” (“MobLand”) pertenece más bien a la segunda categoría y, es tal el talento que reúne, que resulta difícil no rendirse a ella. Creada por Ronan Bennett (guionista de “Public Enemies” la película de Michael Mann sobre el asaltante de bancos John Herbert Dillinger, y creador de series del género como “Chacal” o ‘Top boy‘), se trata de un show adictivo, en cuyos dos primeros episodios se aprecia la estilosa dirección de Guy Ritchie (cineasta irregular y ex marido de la cantante Madonna) y en la que estrellas de la talla de Tom Hardy, Pierce Brosnan o Helen Mirren ponen lo mejor de su registro interpretativo (que es mucho) a servicio de un drama sobre dos clanes enfrentados por el control de toda clase de negocios turbios: armas, joyas y fentanilo… la droga de moda.

La acción transcurre en Londres y tiene como nexo conductor de las distintas tramas a Harry Da Souza (Tom Hardy), un tipo duro que se ha ganado el respeto de los bajos fondos, pero sabe que no debe confiarse en que eso garantice su seguridad y la de los suyos.

El protagonista de “Venom” es el principal atractivo de esta intensa, violenta y pasada de rosca serie sobre un clan mafioso de origen irlandés. Harry es el solucionador de problemas de la familia Harrigan, cuyo patriarca, Conrad (Pierce Brosnan), lo adoptó como hijo putativo desde que compartiera cárcel con su segundo vástago. Ambos construyen una relación casi paterno-filial que pivota entre la admiración mutua y la desconfianza inevitable en el mundo del crimen.

Los Harrigan son los Corleone mezclados con los Borgia, una familia liderada por un psicópata y una lunática: Conrad y su calculadora mujer Maeve (Helen Mirren), auténtica líder del clan, una arpía que oficia de Lady Macbeth intrigando y manipulando a los suyos para preservar sus propios intereses y el buen nombre de la familia, que debe ser temido y respetado. Ambos controlan su imperio con mano de hierro, desde la propiedad familiar en los Cotswolds. Pero se trata de dos personajes shakespeareanos cuyas acciones y decisiones despiadadas no hacen más que meter a todos en líos. Y ahí está Harry, el esforzado bulldog, repartiendo golpes y pidiendo favores para lograr que los miembros del clan no se autoliquiden o no los liquiden desde afuera.

Lamentablemente, la segunda generación no parece estar a la altura: Brendan (Daniel Betts), el primogénito, es algo así como el Freddo de la familia: un inútil integral que ha sido cancelado por sus propios progenitores a causa de sus errores del pasado; mientras el segundo hijo, Kevin (Paddy Considine), sufre secuelas psicológicas por los abusos vividos en prisión y arrastra el complejo de haberse casado con Bella (Lara Pulver), una de las muchas amantes de su mujeriego padre. Su hermanastra, Seraphina (Mandeep Dhillon), concebida por Conrad fuera del matrimonio y por quien este siente debilidad, parece ser la más capaz e intenta conquistar un lugar en la familia valiéndose del favor paterno, ante el desprecio manifiesto de Maeve, quien siempre la considerará una bastarda concebida en «los meaderos» (urinarios) dublineses.

Harry es un trabajador eficiente, el consiglieri de acción y encargado de la seguridad, experto en “limpiar” la escena del crimen y en “arreglar” toda clase de tropiezos y malas decisiones de los miembros de la familia, a quienes protege de sus enemigos, sin que le tiemble el pulso. No es un héroe ni un villano, sino un profesional atrapado en una red de lealtades tóxicas, donde cada decisión le puede costar la vida.

Al comienzo de la serie, recibe el encargo de solucionar un incidente en una discoteca, en el que se ha visto envuelto el nieto de Conrad, Eddie (Anson Boon), hijo de Kevin. Un joven de temperamento incontrolable, arrogante y agresivo, adicto a la cocaína y consentido por su abuela, que le ha hecho creer que es el elegido para ocupar un día el trono de su abuelo.

Eddie apuñala a un chaval estando de fiesta con unos amigos, entre los cuales se encuentra el hijo de Richie Stevenson (Geoff Bell), capo de una banda rival, quien desaparece misteriosamente esa noche y cuyo cadáver es encontrado días después, descuartizado. Todo apunta a que ha sido obra de Eddie, por lo que una guerra está a punto de estallar entre los Harrigan y los Stevenson. La resolución del conflicto es, por supuesto, expeditiva. Y, a partir de ese momento, la tensión no parar de crecer. Lo que significa que se le acumulan los problemas a Harry. Pero ese hombre en apariencia tranquilo, de cuerpo macizo y expresión imperturbable, siempre cabizbajo, hablando entre dientes, con la mirada penetrante, se debate entre su lealtad a los Harrigan, para quienes se ha vuelto imprescindible y la que le debe a su esposa, Jan (Joanne Froggat) que insiste en hacer terapia conyugal, y a su hija, Gina.  El enigma que anida en sus motivaciones es lo que otorga a la serie su mayor intriga. ¿Tendrá que elegir entre ambos mundos? ¿es posible abandonar el crimen organizado y seguir con vida?

Con sus vendettas, sus asesinatos a sangre fría y sus peleas salvajes en viejos clubes de boxeo, sus explosiones, persecuciones y ajusticiamientos masivos, “Tierra de Mafiosos” no desprecia los arquetipos, pese a que se mueve en esa zona limítrofe entre el thriller mafioso más clásico y la aparatosidad del género en su versión británica, moderna y pop (la canción de apertura es Starburster un conocido tema de Fontaines D.C.y en su banda sonora se incluyen temas de The Prodigy, The Clash, Nick Cave &The Bad Sees, Fleetwood Mac, el The best in me de John Cash o Sympathy for the devil de The Rolling Stones).

La relación de Conrad Harrigan con sus viejos amigos del pasado a la luz de las traiciones del presente y los nuevos acuerdos por el fentanilo cuyo negocio domina Richie Stevenson (Geoff Bell) en el sur de Londres. Todo ello compone una atmósfera que se debate entre la mística de la tradición y la lealtad a los lazos de sangre y la cruda violencia del mundo en que vivimos. Aunque consigue suavizar los dilemas morales con una buena dosis de humor negro y lo que alguien ha definido como estética del “cosmopaletismo”, presente en la vulgaridad con la que los miembros de esta familia de irlandeses chiflados hacen ostentación de su posición privilegiada y se relacionan entre ellos.

Como advierte con acierto un conocido crítico argentino: “Mobland no intenta reinventar la pólvora ni elevar el género sino que usa todos sus clichés con redoble de tambores incluido. El combo no debería funcionar pero por lo general funciona. Uno preferiría un mayor grado de verosimilitud en torno a lo que sucede, pero a la vez es innegable lo divertido que resulta ver a Brosnan y a Mirren actuando como si estuvieran en el Royal Shakespeare Theatre haciendo versiones scorseseanas de Ricardo III y Lady Macbeth. Uno sabe que la serie corre en todo momento el riesgo de irse al diablo, pero a la vez tiene la confianza de que ante cualquier problema llegará Tom Hardy, mirará al piso, levantará la vista y casi sin mover un músculo te convencerá de seguir viéndola. Animate vos a decirle que no…”

Título original: MobLand

Año: 2025

Duración: 10 episodios 50 min.

País: Estados Unidos-Reino Unido

Dirección: Guy Ritchie, Anthony Byrne, Lawrence Gough, Daniel Syrkin

Guion: Ronan Bennett

Reparto: Tom Hardy, Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine, Joanne Froggatt, Lara Pulvert, Anson Boon, Geoff Bell, Mandeep Dhillon.

Música: Ilan Eshkeri

Fotografía: Si Bell, Stephan Pehrsson, Baz Irvine, David Katznelson

Compañías: 101 Studios, MTV Entertainment Studios, MTV Studios, Showtime, Toff Guy Films. Distribuidora: Paramount+

Género: Serie de TV. Thriller. Crimen. Mafia

ADOLESCENCIA

Imposible no estar sobrecogida aún por el inicio de “Adolescencia”, la miniserie estrenada en Netflix de la que todo el mundo está hablando, descrita por el periódico The Guardian, como “lo más cercano a la perfección televisiva en décadas”. El asalto de los grupos de intervención de élite de la policía británica, con un destacamento digno de una operación antiterrorista, para detener a un niño de 13 años que dormía en su cama con el pijama puesto, es para dejar a cualquiera con los ojos fuera de sus órbitas. Pero es que la cosa sigue y va a más. No hay respiro para el espectador en los cuatro episodios que la componen, que observa atónito una realidad que quizá podía llegar a intuir pero hasta ahora no se había molestado nunca en constatar, pese a convivir con ella a diario, y que la serie disecciona con un fino bisturí, sin anestesia y con precisión quirúrgica, exponiéndola en toda su descarnada crudeza.

Como ya se ha dicho, “Adolescencia” dista mucho de ser un thriller convencional, ya que en ella no hay un crimen que resolver, ni piezas que los investigadores deban unir, como en un puzzle, para hallar al culpable. Conocemos el crimen y a su autor prácticamente desde el inicio. La víctima se llama Katie y es una chica a la que han asesinado en un aparcamiento cercano a su instituto, apuñalándola hasta siete veces con un cuchillo de cocina. Su victimario es Jamie Miller (Owen Cooper). Un niño aparentemente inofensivo, tímido y retraído, que estudia dos cursos más abajo que ella, en el mismo instituto.

Escrita a cuatro manos por el dramaturgo y guionista británico Jack Thorne (“Wonder”, “Enola Holmes”) y el actor Stephen Graham (quien ejerce además de coprotagonista y productor ejecutivo, junto a Brad Pitt) y dirigida por Philip Barantini, “Adolescencia” es una serie emocionalmente devastadora, psicológicamente compleja, socialmente preocupante y cinematográficamente sublime, rodada con la técnica del plano secuencia, en una única toma por capítulo, sin cortes ni edición, como si la cámara fuese a la vez testigo y partícipe de un perturbador relato, siguiendo a los personajes que entran y salen de plano, y adaptando el ritmo de sus movimientos a la intensidad de la acción, a veces más lenta y sosegada, a veces nerviosa y acelerada, lo que aumenta la sensación de pánico y premura. O elevándose a los cielos, para sobrevolar la escena del crimen en un dron, mientras el padre de Jamie presenta sus respetos a la víctima con un ramo de flores y escuchamos a un coro de voces blancas versionar el “Fragile” de Sting.

Desde el primer episodio, la serie nos hace vivir una auténtica montaña rusa emocional, con un planteamiento de partida imposible: una familia estructurada, de clase media trabajadora, ve su mundo desmoronarse cuando la policía derriba la puerta de su casa a primera hora de la mañana para arrestar a su hijo de 13 años acusado de asesinato. A ese primer momento de elevadísima tensión, provocada por la violencia ejercida por los cuerpos policiales al proceder al arresto de Jamie y al posterior registro de su casa, unida al pánico y la incredulidad de sus padres (Stephen Graham, Christine Tremarco) y su hermana Lisa (Amelie Pease), que no entienden lo que está pasando, le sigue lo que podríamos denominar una zona valle, que tiene lugar en la comisaría de policía, donde los agentes formalizan la detención e interrogatorio del menor, siguiendo escrupulosamente los protocolos establecidos para ello, que garantizan su seguridad y protección jurídica. Así, somos testigos de cómo se preocupan de que desayune antes de proceder a tomarle las huellas dactilares y las preceptivas fotos de perfil y de frente para abrirle la ficha policial, de cómo la enfermera le dispensa un trato cariñoso al recogerle las muestras de sangre o de cómo los agentes le piden con la máxima educación que se desnude para hacer fotos de su cuerpo, incluidos los genitales, mientras su padre asiste como adulto responsable, impotente ante lo que considera una humillación innecesaria, porque “está claro que él no lo hizo y seguramente en todo esto se debe a un error”.

La primera reacción de la familia y del propio Jamie es lógicamente la negación. “Yo no hice nada malo”, repite lloroso desde que sube al furgón policial donde se efectúa su traslado a comisaría, pese a que el inspector del caso le desaconseja decir una sola palabra hasta no estar en presencia de su abogado de oficio. Y tú te lo crees. ¿Cómo va a ser posible que un niño de apariencia angelical, criado en una familia unida y estable, sin traumas aparentes, vaya a ser capaz de semejante atrocidad?

Los primeros minutos juegan con la posibilidad de que todo sea un malentendido y de que las pruebas no sean concluyentes. Pero hacia el final del primer capítulo, ya queda claro que Jamie es el autor material de los hechos. Y es ahí donde comienza el descenso a los infiernos.

Porque el verdadero horror de “Adolescencia” no está en la violencia del crimen en sí (aunque hay quien resiente que la serie no hable más de la víctima y que, a que a excepción de mejor su amiga, nadie hable bien de ella), sino en el proceso social y psicológico que este desencadena y que afecta tanto a Jamie como a sus familiares y a su entorno más cercano (vecinos, amigos, profesores y compañeros de clase).

¿Cómo pueden asimilar y normalizar unos padres que su pequeño de 13 años es un asesino? ¿cómo pueden seguir mirándole a los ojos sabiendo lo que ha hecho? ¿Cómo seguir adelante sabiendo que la persona que más amas es capaz de algo así? ¿cómo enfrentas la vergüenza y la culpa de pensar que algo debiste de haber hecho mal en su crianza o que pudiste haberte dado cuenta a tiempo y evitar que sucediera esta desgracia? Esas y otras preguntas son las que se plantean los padres de Jamie que pasan del dolor a la incomprensión y, finalmente, a la aceptación resignada de que el mal no siempre tiene una explicación lógica, sin perder en ningún momento el amor por el hijo al que ambos sienten que no supieron proteger.

Pero hay mucho más que valorar en la serie y que nos atañe a todos como sociedad. ¿Qué hay detrás del hecho de que un adolescente, aparentemente normal, asesine? ¿Qué pasa por la cabeza de un niño para matar a una compañera de colegio? ¿Qué falla, si es que falla algo, dentro de la familia? ¿y en la educación? ¿En qué estamos fracasando para que nuestros niños y jóvenes sean incapaces de respetarse a sí mismos y a los demás?

En el segundo episodio, la búsqueda de la motivación para un crimen tan horrendo lleva al inspector y la sargento encargados del caso a visitar el instituto en el que estudiaban la víctima y su victimario, y lo que descubren allí es descorazonador, pues el centro educativo en cuestión no puede estar más alejado de lo que un lugar de enseñanza debería de ser. “¿A ti te parece que alguien esté aprendiendo algo aquí dentro? Parece un puto corral de borregos”, le dice el inspector Luke Bascombe (Ashley Walters) a su compañera, la sargento Misha Frank (Faye Marsay), quien se refiere al instituto (a ese y a todos) como una especie de contenedor pestilente, oloroso “a vómito, repollo y masturbación”, en el que conviven pequeños seres abyectos, malhablados y abusones, que se comportan como unos bárbaros, carentes de toda empatía o rasgo de mínima civilización. Una jauría de lobos enjaulados, con la testosterona en ebullición, cuyos profesores (más carceleros que educadores), desbordados por un sistema educativo que los ha despojado de cualquier atisbo de autoridad dentro de las aulas, no se enteran de lo que pasa o prefieren escaquearse y hacer la vista gorda, temerosos e incapaces de meter en vereda tanta ignorancia y agresividad.

Es en ese ecosistema hostil y claustrofóbico, donde el acoso y las faltas de respeto entre el alumnado y de este para con el personal docente están totalmente normalizados, en el que nuestros adolescentes deben aprenden a sobrevivir, creando para ello sus propios códigos de conducta que básicamente se resumen en la supervivencia del más fuerte, como si de una selva se tratase.

Uno de esos jóvenes es Adam, el hijo del inspector Bascombe, a quien sus compañeros ridiculizan constantemente. Es él quien da la clave del caso, cuando le revela el verdadero significado de los emojis que Katie enviaba a Jamie por Instagram. Una especie de lenguaje encriptado, inaccesible e incomprensible para los adultos.

Gracias a “Adolescencia”, muchos padres se han enterado del significado de esos iconos, aparentemente inofensivos, que utilizan sus hijos y nosotros mismos empleamos en nuestros mensajes de texto, sin saber que funcionan en realidad como señales cifradas para ellos. El emoji del número 100, por ejemplo, alude a la «regla del 80/20», una teoría sobre las relaciones sentimentales que afirma que el 80% de las mujeres solo se sienten atraídas por el 20% de los hombres y que circula en la “manosfera”, red de webs y portales digitales de ideología “incel”, una subcultura compuesta por hombres que creen que su falta de éxito con las mujeres es resultado de una supuesta conspiración social en su contra, lo que los lleva a desarrollar y promover discursos de odio y, en algunos casos, actos de violencia extrema. Lo que ha abierto todo un debate acerca de las masculinidades frágiles y del impacto corrosivo de las redes sociales y de los influencers misóginos en algunos adolescentes con baja autoestima, y de la facilidad con la que estos pueden acceder a esta clase de portales y a contenidos pornográficos en internet a edades a las que se supone que su personalidads se está formando.

Pero, si algún episodio se lleva la palma en intensidad y dramatismo, es sin duda el tercero. Una auténtica master class de tensión emocional que solo tiene como protagonistas al niño asesino y a Briony Arston (Erin Doherty), joven psicóloga encargada de hacer una evaluación de su personalidad, siete meses después de la detención, a fin de elaborar un informe independiente que arroje luz sobre si Jamie es consciente o no de lo que ha hecho, si distingue el bien del mal y si es apto para ser juzgado o padece alguna enfermedad mental.

La escena transcurre en el interior de una de las salas comunes del centro de menores donde el chaval permanece recluido, y muestra la conversación entre ambos. Un diálogo que por momentos discurre de forma amable y a ratos se descontrola, por los constantes estallidos de ira de Jamie.

La atmósfera de terror se establece en base a lo imprevisible de las reacciones del niño que hasta ese momento había sido una incógnita y que, inducido por las preguntas de la profesional, empieza a desvelar su verdadera naturaleza monstruosa, convirtiéndose en una amenaza para la integridad física de la psicóloga, que aguanta el tipo hasta el final, cuando se rompe y deja aflorar toda la angustia, la ansiedad y el miedo contenidos. Pero el verdadero horror es la imposibilidad de llegar a entender cómo un niño puede cruzar la línea entre la humanidad y el vacío absoluto cegado por la frustración.  

La labor de los guionistas brilla en este episodio en todo su esplendor con un dominio portentoso de la dialéctica. Cada inteligente pregunta por parte de la psicóloga tiene una no menos inteligente contrarréplica por parte del menor, que no termina de fiarse de ella, dejando claro que su forma de ver el mundo es diferente. Cada vez que pierde los estribos vemos cómo la luz cambia muy sutilmente de intensidad y de tono cromático, incendiando su rostro.

Las interpretaciones son soberbias, en especial la de Owen Cooper, un joven de 15 años, sin experiencia previa como actor, que dota a ese niño de apariencia angelical de una perturbadora variedad de registros psicológicos y la de Stephen Graham, cuyo desconsolado llanto final es solo el broche de una actuación memorable como el atribulado padre del acusado, aunque sería injusto no destacar también las de la madre o la psicóloga, que son así mismo de una impactante veracidad interpretativa, teniendo en cuenta que todos ellos deben pasar del pánico a la ira o al dolor en apenas segundos, sin que medien cortes de cámara ni montaje posterior, como si de una obra de teatro se tratara.

En resumen: “Adolescencia” es una serie compleja de asumir y digerir, casi tanto como el conflicto en el que pretende adentrarse, sin que esa inmersión sea trivial o efectista. Cuatro episodios de entre 50 y 65 minutos son suficientes para contar lo que quiere contarnos, obligándonos a mirar de frente el desgarro del mundo y a reflexionar sobre la educación que le estamos dando a nuestros hijos.

Cuando Jamie informa a su familia, a pocos días del juicio, de que ha decidido finalmente cambiar su declaración y declararse culpable, suena en la radio de la furgoneta en la que viaja toda la familia una versión de la canción “Through the eyes of child” (A través de los ojos de un niño) de Aurora Aksnes.

A diferencia de lo que sucede en una buena parte de las series “pedagógicas” sobre adolescentes, “Adolescencia” no juzga, simplemente hace que el espectador se estremezca y experimente en carne propia lo que sienten sus personajes: incredulidad, confusión, culpa, miedo a no saber… y a saber. La serie utiliza su dolor agónico como pie para reflexionar sobre cuestiones de un profundo calado social: las carencias educativas, la falta de autoridad y de respeto más elementales, el narcisismo depredador, el temor a establecer límites, la resistencia a acatarlos, la vulnerabilidad enfermiza ante la exposición permanente en redes sociales o la hipersexualización de nuestros jóvenes… todo lo cual deriva en una especie de inmadurez crónica de mayores y menores, porque no olvidemos que Jamie es un adolescente, pero sus ideas son las inducidas por un “adulto”.

Título original: Adolescence

Año: 2025

Duración: 4 episodios de 55 min.

País: Reino Unido

Dirección: Philip Barantini

Guion: Stephen Graham, Jack Thorne

Reparto: Stephen Graham, Owen Cooper, Erin Doherty, Asher D, Faye Marshay, Christine Tremarco, Amélie Pease, Jo Hartley, Mark Stanley, Austyn Haynes…

Fotografía: Matthew Lewis

Música: Aaron May, David Ridley

Compañías: It's All Made Up Productions, Plan B Entertainment, Warp Films, Netflix

Género: Thriller. Drama psicológico. Adolescencia. Policíaco. Crimen. Miniserie de TV