Lo mínimo que se le puede pedir a un biopic es que logre captar la esencia del personaje que lo inspira, aquello que lo hace único, detestable o admirable. En el caso de Cristóbal Balenciaga ese rasgo definitorio es la elegancia, la discreción y la obsesión por la perfección estética, algo que la miniserie, protagonizada por Alberto San Juan, en uno de los trabajos más desafiantes de su carrera, consigue sobradamente transmitir.
Me he animado a verla en Disney+ después de visitar el museo dedicado a Balenciaga, en su pueblo natal de Guetaria, donde sus restos reposan desde 1972 mirando al mar, y recomiendo ampliamente la experiencia, pues permite tener una visión 360 del artista que redefinió la moda en el siglo XX, cuya vida recorre en seis episodios, desde su nacimiento en esa localidad de la costa guipuzcoana, en el seno de una modesta familia de tradición católica, hasta que llega a ocupar la cima de la alta costura parisina, exilio mediante, y su posterior vuelta a España para su retiro en 1968, tras haber sido contratado por Air France para diseñar el uniforme de sus azafatas; el único acercamiento que el diseñador vasco tuvo a la industria del prêt-à-porter, que siempre rechazó por ir en contra de su concepción de la moda como un arte exclusivo y casi escultórico, en donde cada vestido está hecho para adaptarse a un cuerpo femenino que nunca es el mismo.
Visualmente deslumbrante y emocionalmente contenida, Aitor Arregi, Jon Garaño y Jose Mari Goenaga, directores de “Loreak” y “La trinchera infinita”, trabajaron sobre una idea de la guionista Lourdes Iglesias para componer este retrato sobrio, íntimo y profundamente introspectivo que deconstruye la personalidad de Balenciaga, exponiendo al genio en su imperfecta humanidad, con toda su grandeza y sus inseguridades.
La serie se inicia con la llegada a París en 1937, donde el joven Cristóbal, hijo de una costurera, Martina Eizaguirre Embil, viuda de un humilde pescador, José Balenciaga Basurto, que muere en alta mar siendo él apenas un niño, debe empezar de cero, al huir de una España devastada por la guerra. Allí asistimos a su lucha constante por abrirse paso y por mantenerse a flote en una industria siempre cambiante, como la moda, pero sobre todo por no traicionarse a sí mismo. Algo que le obsesionó durante toda su vida. Pero su leyenda comenzó mucho antes…
Su carrera como modisto fue impulsada por el mecenazgo de la VII marquesa de Casa Torres, abuela de Fabiola de Mora y Aragón (futura reina de Bélgica, a la que da vida Belén Cuesta y cuyo vestido de novia encargó diseñar a Balenciaga, cuando ya era un artista consagrado). De hecho, la marquesa sería su primera clienta.
Conmovida por las ansias que tenía por aprender el oficio, cumplidos los trece años, le entregó un trozo de tela junto a uno de sus más exclusivos vestidos, pidiéndole que copiara el patrón. El resultado contentó tanto a la aristócrata que decidió convertirlo en su protegido, recomendándolo a todas sus amistades. Lo que, pasados unos años, le permitiría abrir su primera tienda en San Sebastián, a la que bautizó como “Eisa” (en homenaje a su apellido materno), emprendiendo un próspero negocio familiar que pronto se expandió a otras ciudades españolas, como Madrid y Barcelona.
Contemporáneo de Christian Dior (Patrice Thibaud) y Coco Chanel (Anouk Grinberg), quien llego a reconocer que “de todos nosotros, Cristóbal es el único que es un verdadero couturier (costurero). Los demás diseñamos, él sabe hacerlo todo”, Balenciaga era capaz de montar un vestido con un paño de tela, sin apenas hacerle cortes ni costuras, y su elevado nivel de exigencia le llevaba a desarmarlo si no quedaba plenamente satisfecho con el resultado. Incluso se cuenta que, en reuniones con amigos, si alguien vestía una chaqueta que le hacía alguna arruga, era capaz de coger unas tijeras, descoserla y arreglársela in situ, como se ve en la serie.
Su manejo de la confección, su habilidad para innovar en las formas y la calidad de los tejidos a fin de crear volúmenes asombrosos y su obsesión por el detalle y por dar a las prendas un acabado perfecto, así como su carácter reservado y su método de trabajo riguroso y discreto, pronto le ganaron el respeto y la admiración, incluso de sus competidores, convirtiéndolo en “el maestro de todos”, como diría de él Dior. Una figura legendaria de la alta costura parisina en cuyos talleres llegaron a formarse modistos de la talla de Paco Rabanne, André Courrèges, Emanuel Ungaro, Hubert de Givenchy y Óscar de la Renta y ante quien las revistas de referencia, como Vogue y Harper’s Baazar, siempre se rindieron, pese a su prácticamente inexistente relación con la prensa, de la que huía deliberadamente.
Donde otros diseñadores buscaban la notoriedad, él buscaba la pureza. Y la serie, sabiamente, adopta la misma postura. En ella todo es minucioso, hermoso y artesanal. Cada escena parece cuidadosamente planchada, como una pieza recién salida del atelier del diseñador. Su fidelidad al estilo Balenciaga es total. Lejos de toda exageración, la cámara se mueve con elegancia; los planos están compuestos con enorme precisión estética y los silencios pesan tanto como las palabras que brotan en euskera, castellano, francés e inglés.
La serie abraza la espiritualidad del oficio: el acto de la creación como un oremus y, en consecuencia, hay algo reverencial en la forma en la que se representa la atmósfera y la liturgia del taller de trabajo. Los momentos en los que la moda se adueña de la escena —como la preparación de una colección para su presentación ante la alta sociedad parisina en un desfile privado— están filmados con una austera sensualidad y su protagonista deslumbra, en varios momentos, logrando transmitir unos sentimientos que el enigmático modisto y diseñador vasco luchaba por reprimir.
Definitivamente no es una serie para ver de forma distraída: exige la misma atención al detalle que Balenciaga exigía a sus costureras, la misma concentración que pedía a sus modelos y musas, como la inolvidable Colette (Nine d’Urso).
Precisamente esa relación con sus subordinados -entre quienes se encontraban también sus hermanos, sus sobrinos y sus amantes- es quizá una de las mayores fuentes de información que la serie aporta.
A través de ella conocemos la faceta del Balenciaga modisto y artista, que buscaba la inspiración para sus diseños en Velázquez, Goya y antiguos grabados japoneses, pero también la del tenaz empresario, que lograr abrir la primera Maison Balenciaga en la avenida George V de París, en sociedad con el empresario guipuzcoano Nicolás Bizcarrondo (Josean Bengoetxea) y su mujer, Virgilia Mendizábal (Cecilia Solaguren), una pareja de republicanos huidos a Francia que, sin saber nada del mundo de la moda, decide invertir en su proyecto. Con el paso de los años, la amistad entre ellos irá a más, hasta que el diseñador, guiado por su enfermiza obsesión por tener el control en todos los aspectos de su vida, decide romper el vínculo empresarial para llevar él mismo las riendas de su negocio, entre cuya clientela se encontraban ya reinas, aristócratas, damas de la alta sociedad y grandes divas del espectáculo, como Marlene Dietrich, Greta Garbo, Grace Kelly, Ava Gardner o Jackie Kennedy, a las que recibía en privado, mediante cita previa.
Según la sinopsis oficial, la serie “versa sobre la búsqueda de la identidad ante el desafío de las convenciones sociales”. Pero, más que una búsqueda, yo hablaría de la preservación de la propia identidad, pues el carácter reservado de Balenciaga no tenía nada que ver con la indefinición. Cristóbal sabía bien quién era, a dónde pertenecía y lo que quería expresar con sus diseños en cada etapa de su creación. Y, si lo olvidaba, allí estaba su santa madre para recordárselo. Pero temía que otros no lo comprendieran y lo criticasen. De ahí que se escondiera del mundo de forma instintiva y preventiva.
De natural introvertido, su temor al qué dirán fue superior a su afán de grandeza. Por lo que huía de las multitudes y de la vida mundana. Incluso evitaba salir a saludar al acabar sus desfiles. Prefería ver la reacción de sus potenciales clientas escondido tras la cortina de su atelier. Una misantropía espartana que se correspondía con su hermetismo con la prensa, a la que solo concedió dos entrevistas en vida. Lo que contribuyó a crear el aura de misterio en torno a su figura que engrandeció aún más su leyenda incorpórea.
En una de esas entrevistas, expresó con estas palabras lo que, a su juicio, debe ser un buen modisto: “arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos, músico para la armonía y filósofo para la medida”. En resumidas cuentas, un artista integral. En cambio, Balenciaga guardó siempre con sumo celo su vida privada y sus opiniones políticas. Jamás se le oyó pronunciarse sobre el franquismo ni sobre la ocupación alemana. Entre otras cosas, porque la mayoría de sus clientas pertenecía a la clase dominante que era la que se podían permitir comprar sus vestidos, como la hija y la nieta del general Francisco Franco, doña Carmen Franco Polo y Carmencita Martínez-Bordiú, cuyo vestido de novia fue la última creación del diseñador, ya retirado. Pero, a diferencia de otros diseñadores parisinos, está documentado que él jamás colaboró con los nazis.
Viendo la serie se llega a deducir que esa inseguridad y su temor al juicio público también fue superior a sus propios afectos. Lo que hizo que no siempre actuara de manera justa con los dos hombres que compartieron su vida: el aristócrata polaco Wladzio D’Attainville (Thomas Coumans), su amante y cómplice creativo, diseñador de los sombreros de la firma, con quien vivió secretamente en pareja y de quien estuvo profundamente enamorado hasta su muerte repentina, a causa de un ictus. Una pérdida que lo dejó moralmente devastado, inspirando una de sus mejores colecciones, íntegramente formada por vestidos negros, guardando luto riguroso como homenaje póstumo. Y el joven navarro Ramón Esparza e Iturralde (Adam Quintero), su ayudante de taller y la persona que lo acompañó hasta su muerte.
En su favor se puede alegar que Balenciaga era hijo de su tiempo. Fruto de la educación católica y conservadora de aquella España negra y pacata, en la que la homosexualidad estaba proscrita, y no era fácil salir del armario, ni estaba bien visto. Sin embargo, el ecosistema de la moda parisina en la que se movía era mucho más permisivo. Y otros diseñadores, como Christian Dior o Hubert de Givenchy, de quien fue también mentor y rendido -aunque platónico- admirador (al punto de cederle a una cliente tan especial como Audrey Hepburn, para entonces en busca de un diseñador europeo que vistiera a su personaje de Sabrina) vivían su sexualidad con menos reserva, menos vergüenza y menos culpa que Cristóbal que, como se sugiere en la serie, arrastraba cierto trauma por el bulling sufrido de niño por querer dedicarse a la costura, un oficio tradicionalmente de mujeres, en un pueblo de recios pescadores como Guetaria.
Las mujeres cosen y los hombres diseñan. Pero Balenciaga, también conocido como “el diseñador arquitecto”, hacía ambas cosas y desarrolló un estilo propio y revolucionario: cinturas con pinzas, caderas redondeadas, líneas caídas en los hombros y mucho volumen, valiéndose de tejidos con mucho cuerpo y abundancia de bordados a mano, pedrería y lentejuelas.
En este punto, no podemos dejar de mencionar la calidad de la dirección artística y el diseño de vestuario de la serie, con Bina Daigeler y Miren Arzalluz (historiadora del arte experta en moda, actual directora del Museo Guggenheim y anteriormente directora del Museo de Moda de París y del Museo de Guetaria dedicado al diseñador guipuzcoano sobre el que tiene un libro publicado) consiguiendo llevar a cabo una impoluta recreación del universo Balenciaga, así como la extraordinaria fotografía de Javier Aguirre Erauso y la banda sonora del gran Alberto Iglesias. Todo lo cual hace que «Cristóbal Balenciaga» sea una seria “utterly gorgeous” (absolutamente hermosa), como escribió el periódico The Guardian. Pero su belleza no es superficial; proviene de la coherencia entre lo que se cuenta y cómo se cuenta. Quienes conecten con ella apreciarán el retrato de un hombre cuya vida fue una lucha permanente entre la innovación y la discreción, entre el ruido del mundo y su propia música interior, la de un artista irrepetible y genuino.










































Título original: Cristóbal Balenciaga
Año: 2024
Duración: 6 episodios de 50 min.
País: España
Dirección: Jon Garaño, Aitor Arregi, José Mari Goenaga, Lourdes Iglesias, Aitor Arregi, Jon Garaño, José Mari Goenaga.
Guion: Lourdes Iglesias, Aitor Arregi, Jon Garaño, José Mari Goenaga, Eduardo Navarro.
Reparto: Alberto San Juan, Belén Cuesta, Josean Bengoetxea, Cecilia Solaguren, Adam Quintero, Thomas Coumans, Gemma Whelan, Anouk Grinberg, Gabrielle Lazure, Patrice Thibaud, Nine d’Urso, Anna-Victoire Olivier...
Música: Alberto Iglesias
Fotografía: Javier Agirre Erauso
Compañías: Disney+, Irusoin, Moriarti Produkzioak.
Género: Serie de TV. Drama. Biopic. Moda. Años 40, 50 y 60.



































































































































































































































































































































