Una película puede decepcionar por sus actuaciones, por la falta de creatividad y de tensión narrativas, por el ritmo de su montaje… Springsteen: Deliver Me From Nowhere decepciona por casi todas esas razones. Menos por una. Su capacidad para recrear visualmente la atmósfera sombría, lánguida y deprimente en la que se desarrolla la historia que quiere contarnos.
Hay algo de Terrence Malick (La delgada línea roja, El árbol de la vida) en la forma en la que Scott Cooper -su director- filma esos bucólicos paisajes otoñales, las carreteras desoladas, las solitarias casas de alquiler frente al lago en New Jersey (esas en las que siempre te sientes un extraño, un huésped que está de paso), las viejas atracciones de Asbury Park (The Stone Pony, el Carousel…) y sus cielos resquebrajados o las sucias y humeantes calles de Manhattan, buscando una percha ambiental de la que colgar su melancólico relato. Un viaje al corazón de un artista atormentado -Bruce Springsteen- que, en el momento más álgido de la fama y el éxito, elige el silencio y la introspección para exorcizar los fantasmas de un pasado que no lo deja en paz.
Básicamente eso es lo que la película quiere contarnos. La vida de ese muchacho de Long Branch incapaz de perdonarse, de quererse y de sonreír, que solo encuentra refugio en su música. Para lo cual asistimos, durante dos horas largas, a una reiterada sucesión de flashbacks, filmados en blanco y negro y ambientados en el pueblo de Freehold (Nueva Jersey) en el año 1957, que es el manido método que el director emplea para reflejar los temores y los traumas de la infancia de una de las mayores leyendas del rock estadounidense de los últimos 50 años.
Sus tribulaciones guardan relación con las estrecheces económicas de la familia, con una madre desvalida (Grace Gummer) con la que el artista mantiene una relación casi edípica y un padre ausente (Stephen Graham), alcohólico y maltratador (aunque esto último es algo que está tratado con suma delicadeza en el filme), al que parece deberse que el Bruce adulto sea un hombre de masculinidad frágil, incapaz de mantener una relación de pareja sana y viable, y al que termina perdonando cuando la edad lo transforma en un ser enfermo, desvalido y vulnerable, tras entender que él también era una víctima de su propia frustración.
Según la película, muchos de los traumas del autor de Born in the U.S.A. y Glory Days surgen de ahí, y el periodo comprendido entre el final de la exitosa gira de presentación de ‘The river’, en 1981, y la compleja gestación del álbum ‘Nebraska’, en 1982, sirvió para que Springsteen se enfrentará a ello y, más o menos, lo resolviese con la ayuda profesional adecuada.
Inspirado en el libro Deliver Me From Nowhere de Warren Zanes, el guion se convierte en una especie de sesión de psicoanálisis a partir de la exploración del proceso creativo de ese álbum grabado en una cinta de cassette de cuatro pistas en el dormitorio del artista en New Jersey. Un disco acústico, íntimo y oscuro, poblado de almas perdidas, que no fue producto de una decisión comercial sino de una necesidad espiritual. La que lo lleva a optar por vivir en la soledad de un ermitaño y recrear, de manera obsesiva, los registros de su memoria con un sonido sucio que parece llegar directamente del pasado para contarnos historias de obreros, fugitivos y almas derrotadas en busca de redención que solo hallan desolación. Una cruda meditación sobre el peso de la culpa heredada, en medio del ruido del éxito.
El problema está en que, aunque la película acierta al reflejar esa atmósfera árida, no arriesga mucho desde el punto de vista narrativo. Su estructura es demasiado lineal, carente de tensión, sin grandes revelaciones o giros dramáticos. Lo que hay es una acumulación de pequeños indicios y confesiones susurradas, que van construyendo ese retrato íntimo y doloroso, a un ritmo excesivamente parsimonioso, con lo que la película termina resultando un aburrimiento largo y tedioso. Excepto para los seguidores del cantante, que sin duda disfrutarán de cómo se concibieron las letras del álbum más trascendental de la discografía de Springsteen. La obra con la que The Boss desafió las reglas de la industria discográfica y se desafió a sí mismo.
Una vez conseguido el estrellato televisivo gracias a Shameless y The Bear, Jeremy Allen White encarna a Bruce intentado huir de las imitaciones. Lo que hace que, por momentos, no veamos al gran ídolo del rock, sino al hombre que se esconde tras su voz rasgada. Su mirada cargada de desolación, su afligida forma de caminar con las manos en los bolsillos de su chupa de cuero, sus silencios prolongados y su ceño permanentemente fruncido ilustran la angustia del artista más y mejor que sus escasos diálogos (que son, por otro lado, de una obviedad insultante, como cuando se cruza con gente que le reconoce por la calle y le dice: “Sé quién eres”. Y este responde: “ojalá yo también lo supiera”). Pero llegan a cansar por reiteración. Yo diría que incluso al propio actor que por momentos se desliza hacia la sobreactuación. Digamos que Allen White cumple con el torturado Springsteen que ve ‘Malas calles’, escucha a Suicide y lee a Flannery O’Connor, pero abusa de algunos tics que añaden al personaje un dramatismo impostado, especialmente en el estallido de sus crisis, cuando se ve incapaz de mantener un compromiso de vida con Faye, la madre soltera con la que lleva un tiempo saliendo (Odessa Young, el único punto de luz de la película) y pisa el acelerador de su deportivo de lujo que debido a su conciencia de clase cree no merecer (¡toma chiché pseudoprogre!), cuando sufre un ataque de pánico al ver a un padre con su pequeño hijo en una feria que le hace acordarse del suyo o cuando rompe en llanto en su primera visita al psicólogo.
Quien de verdad se roba el show en Deliver Me From Nowhere es Jeremy Strong. El actor de Succession vuelve a convertirse en secundario de lujo con su interpretación de Jon Landau, el eterno mánager de Springsteen, quien ejerce a la vez de representante, máximo confidente y amigo incondicional. El único realmente capaz de entender las neuras de Bruce y defenderle ante la voraz industria discográfica, cuando sus canciones llenan estadios, lo invitan a late shows y el sueño americano parece haberlo coronado como su voz oficial pero, en lugar de intentar mantener esa progresión de popularidad ascendente, se repliega sobre sí mismo, temeroso de que el éxito acabe engulléndolo y lo aleje de su esencia. Porque, como recuerda Marta Medina en El Confidencial, “Springsteen no nació Boss, sino más bien lo contrario. Icono de la clase obrera, de los blue collars -los trabajadores que visten mono azul- de las fábricas, de camioneros y electricistas, fontaneros y trabajadores de la industria pesada. Cuenta la leyenda que Springsteen es el verdadero sueño americano conseguido a base del sudor con el que deja empapado el escenario y que decidió ser cantante cuando vio a Elvis en el programa de Ed Sullivan: la televisión le reveló que había otras opciones para un chico como él aparte de la cadena de montaje”.
Scott Cooper podría haberlo contado mejor. Podía haber hablado de sus orígenes humildes, de su ascendencia irlandesa e italiana. Pero efectivamente “se limita a retratar a una familia víctima del maltrato paterno con los peores clichés y convencionalismos posibles y las frases más manidas imaginables”.
Los incondicionales del Boss disfrutarán de ella. A mi me ha parecido una película plagada de tópicos, redundante hasta el tedio y bastante snob, que presenta a Springsteen como un simple mortal con una depresión de caballo, más que como un ídolo de masas o un artista en guerra consigo mismo.
















Título original: Springsteen. Deliver Me From Nowhere
Año: 2025
Duración: 120 min.
País: Estados Unidos
Director: Scott Cooper
Guion: Scott Cooper. Libro: Warren Zanes.
Reparto: Jeremy Allen White, Jeremy Stron, Paul Walter Hauser, Odessa Young , Stephen Graham, Gaby Hoffmann, Marc Maron, David Krumholtz, Grace Gummer, Johnny Cannizzaro, Harrison Gilbertson, Lynn A. Freedman, Stephen Singer
Fotografía: Masanobu Takayanagi
Música: Jeremiah Fraites. Canciones: Bruce Springsteen.
Distribuidor: Twentieth Century Studios
Género: Drama. Biográfico




























































































































































































































































































































































































