UNA CASA LLENA DE DINAMITA

El estreno de “Una casa llena de dinamita” en Netflix pasó casi inadvertido y rápidamente ha desaparecido de los diez primeros títulos recomendados por la plataforma, pese a ser en las últimas semanas uno de los títulos más vistos. Quizá porque, una cosa es criticar a Trump y otra lanzar una carga de profundidad contra el corazón mismo del sistema.

Kathryn Bigelow, la directora de “En tierra hostil” (con la que hace diecisiete años se convirtió en la primera mujer en ganar un Óscar a la Mejor Dirección) y de “La noche más oscura”, ha decidido estrenar en streaming una de las películas más lúcidas e inquietantes de su filmografía reciente. Un thriller político apocalíptico, rodado con estremecedora precisión quirúrgica que, más allá de la acción y el suspense propios del género, plantea una seria reflexión sobre la fragilidad de los sistemas en los que hemos basado nuestra percepción de seguridad colectiva y se erige como una sombría y oportuna advertencia sobre los renovados peligros de la proliferación nuclear.

El punto de partida era hasta hace poco impensable aunque el cine haya fantaseado siempre con ello y últimamente con mayor frecuencia, si cabe. Los radares americanos detectan el lanzamiento de un misil nuclear desde un submarino de bandera no identificada situado en el Océano Pacífico. No tienen ni idea de quién lo ha disparado. Podrían ser los rusos, aunque ellos dicen que no han sido. Pero ¿qué van a decir los rusos? O quizá hayan sido los chinos o los norcoreanos. ¿Un ciberataque?

Mientras los servicios de inteligencia y el subasesor de Seguridad Nacional, Jake Baerington (Gabriel Basso), que ha elegido un mal día para tener que sustituir a su jefe, intentan averiguarlo, el misil ha invadido el espacio aéreo estadounidense y sigue imparable su trayectoria rumbo a Chicago, ciudad en la que se espera que impacte en 20 minutos exactos, incinerando a sus diez millones de de habitantes. En una base militar de Alaska, un grupo de atribulados marines se prepara para el lanzamiento de los sistemas de defensa antimisiles a fin de interceptarlo y destruirlo en el aire, pero inexplicablemente fracasan en el intento. O no tan inexplicablemente, pues tales artilugios, pese a costar una millonada, tienen un margen de error de detonación cifrado en casi un 40%. Dato en el que, hasta ese momento, nadie parece haber reparado. (Lo dice el Secretario de Defensa Reid Baker (Jared Harris) con una claridad hiriente: «Cincuenta mil millones de gasto en defensa y nos la jugamos a lanzar una moneda al aire»).

La cúpula del poder político y militar se paraliza entonces ante lo inevitable, mientras intenta decidir a quién debe devolver el golpe, qué país borrar del mapa con sus propios misiles y ojivas nucleares, en represalia por lo que está a punto de suceder y para que no se repita ni haya una escalada. Pero ¿cómo se puede disuadir a un enemigo invisible?

Bigelow y su guionista, Noah Oppenheim (director y guionista de Día Cero) desmantelan así el mito de la amenaza nuclear basada en la “destrucción mutua asegurada”, planteando una situación anómala (pero desgraciadamente no ya imposible) que pone en cuestión el poder disuasorio del arsenal atómico, mientras ofrece un retrato hiperrealista de la logística de defensa y la maquinaria militar estadounidense. Los protocolos de evacuación, los centros de mando bunkerizados, los cafés en vasos de cartón, los interminables sistemas de doble y triple verificación (llaves duplicadas que deben de girar dos personas a la vez, códigos cifrados en tarjetas plastificadas), los distintos escalafones jerárquicos hasta llegar a POTUS, el presidente de los Estados Unidos, comandante y jefe supremo de los ejércitos sin tener ni idea de estrategia militar… todo respira una autenticidad casi documental. Lo que, lejos de tranquilizarnos, resulta enervante y aterrador.

El angustioso cronometraje de la cuenta regresiva para el impacto final, orquestado por la percusiva banda sonora de Volker Bertelmann (Cónclave) y el uso de la cámara en mano y del plano secuencia con espíritu de cinéma vérité imprimen a la narración una tensión exasperante pero, con todo, lo más perturbador de “Una casa llena de dinamita” no es el misil nuclear ni la posibilidad cierta del fin del mundo que hemos cientos de veces, sino la revelación de que todo aquello que nos hace sentir seguros —los protocolos, la tecnología o la figura jerárquica referente de autoridad— es apenas una ilusión compartida.

Como escribe Alberto Olmos, “mientras ves la película, te das cuenta de que todo funciona perfectamente mientras no haya que utilizarlo”. El sistema funciona solo mientras no se pone a prueba. Pero cuando llega la hora de la verdad, nadie sabe lo que hay que hacer. “Las personas a las que pagamos para que nos libren del desastre nuclear saben de este lo mismo que nosotros: nada. Lo cual es lógico, porque ninguno de nosotros ha vivido nunca un apocalipsis nuclear. Aunque su trabajo consistiera en tomar las decisiones acertadas, llegado ese escenario, la gente que tiene que hacerle frente y que está preparada para ello, que tiene los dosieres precisos, con las instrucciones exactas, se siente como si fuera su primer día de trabajo. ¿Qué hago?, se pregunta. Porque nadie le dijo que llegaría un día en que tendría que hacer algo”.

Cuando el presidente de los Estados Unidos se ve obligado a decidir entre dejarse aniquilar o destruir un país al azar, llama a su mujer, la Primera Dama (Renée Elise Goldsberry), que está de safari en Kenia como parte de un programa de conservación de elefantes, buscando consuelo y orientación humana, tras pedir consejo a quien se supone que debe asesorarle en cuestiones militares: el teniente comandante Robert Reeves (Jonah Hauer-King), alguien que se toma su trabajo muy en serio y se siente muy honrado de desempeñarlo, uniformado de blanco impoluto, quien le presenta al presidente lo que podría ser la carta de un restaurante pero es, en realidad, un manual de opciones estratégicas y armamentísticas para contraatacar. “Las hojas verdes son ataques selectivos. Las amarillas, limitados. Las rojas, de envergadura. Yo los llamo, poco hecho, al punto y muy hecho. Es una barbaridad, lo sé”, reconoce antes de santiguarse.

Siempre he pensado que el hecho de tenerte todo el día junto a mi, con ese libro lleno de armas nos bastaba. Así teníamos a la gente controlada, al mundo en orden y se nos vería preparados. Nadie iba a empezar una guerra nuclear ¿no? Pero se ha abierto la veda. Y ahora eso no tiene sentido”, contesta POTUS a su consejero militar que, ante el dilema de “Rendirse o suicidarse”, le aconseja atacar. (“El genio está fuera. Si no hacemos nada, los malos pensaran que pueden vencer”).

Ahí reside la clave de “Una casa llena de dinamita”. El colapso de un imperio que todavía cree tener la última palabra. En un mundo que todavía cree tener el control nuclear, Bigelow demuestra que en realidad nadie lo tiene. La película es un espejo de nuestra época: un tiempo que confunde la simulación del control con el control mismo. Lo que expone es, en última instancia, nuestra dependencia emocional de una figura o un sistema de orden que llegado el momento demuestra no ser tal.  

El mundo se mantiene en un frágil equilibrio de desconfianzas, y el botón rojo lo puede apretar cualquiera de los autócratas al mando de las potencias nucleares -no da mucha tranquilidad que empiecen a ser mayoría- o el capitán de un buque lanzamisiles al que su pareja lo acaba de dejar. O una inteligencia artificial extralimitada en sus funciones. O un hacker adolescente, simplemente «for the LOLs» -«por las risas»-, como finiquitaba Sam Levinson su Assassination Nation. Ya no interesa cómo acabará el mundo -lo hemos conjeturado cientos de veces-, sino cómo actuar en ese inicio del fin”, escribe Marta Medina en El Confidencial.

El liderazgo, nos sugiere Bigelow, no consiste en tener las respuestas, sino en mantener la compostura mientras el mundo se desmorona. Su película no toma partido: registra el miedo, el cansancio, la rutina del desastre. No busca resolver un misterio, sino medir la distancia entre las decisiones humanas y las consecuencias que generan. La moralidad del film no está en lo que muestra sino en lo que omite: no hay redención, no hay consuelo, no hay cierre porque lo realmente angustioso es constatar el caos que la emergencia desata. Para lo cual se ha documentado a fondo, bombardeándonos con acrónimos y jerga técnica: ICBM (misiles balísticos intercontinentales), GBI (interceptores terrestres). Con ella descubrimos que es un DEFCON1 y un DEFCON2, el Comando Estratégico (STRATCOM) y la Agencia Federal de Gestión de Emergencias. Conocemos a la capitana Olivia Walker (la siempre magnífica Rebecca Fergusson), una empleada de seguridad de alto rango, al secretario de Defensa (Jared Harris), a generales, almirantes y tenientes del Estado Mayor (Tracy Letts, Jason Clarke, Anthony Ramos) e, incluso, a un presidente de los Estados Unidos negro, como Obama (Idris Elba), a quien vemos jugando al baloncesto y charlando animadamente con un equipo femenino de la liga escolar antes de ser evacuado apresuradamente por el servicio secreto al llegar la noticia de la crisis.

“Entre tanta bandera y tanta estatuilla de Lincoln, los Estados Unidos que representa Bigelow están llenos de afroamericanos, latinos, asiáticos y mujeres en puestos de poder”. Esa América que niega Trump y que algunos tildarán de woke. La película denuncia la incompetencia de todos esos funcionarios de la Casa Blanca, esos políticos del Capitolio, esos militares del Pentágono —los guardianes del mundo libre— que durante años se han estado preparando para un escenario que confiaban en no tener que llegar a gestionar jamás y que, cuando el apocalipsis se vuelve real, inevitable e inminente, se comportan como cualquier ciudadano lo haría: dudan, lloran, rezan, llaman a sus seres queridos para despedirse con voz temblorosa y se suicidan, porque la épica del deber se disuelve en la súbita y devastadora conciencia de la vulnerabilidad humana.

Igual que supo suspender el tiempo en En tierrra hostil, su directora construye su nuevo trabajo cinematográfico completando los distintos puntos de vista de los principales personajes implicados en la trama frente a la misma cuenta regresiva. Una estructura narrativa a lo “Rashomon” que hace que el protagonismo vaya cambiando y, cuando ya parece que el suspenso llega al límite, tengamos que volver a empezar. El argumento se fija en algunos aspectos de la vida personal de esos funcionarios anónimos a quienes pretende humanizar. Los momentos más importantes de la historia del mundo están llenos de pequeños detalles cotidianos. El pequeño juguete dinosaurio que la capitana Walker se lleva por accidente al trabajo no solo le recuerda a su pequeño hijo, al que quizá no vuelva a ver, sino también a esos seres vivos que dominaron la Tierra, como lo hacen ahora los humanos, pero que un día se extinguieron, como es posible que le suceda a la humanidad si se desata una tercera guerra mundial.

Como se dice en la película, «hemos construido una casa con paredes llenas de dinamita y nos hemos empeñado en vivir en ella«. La seguridad no es más que una mentira que nos contamos para poder dormir tranquilos. Pero, cuando llegue el momento, quizá no tengamos ni 20 segundos para decir un “te quiero” a quienes amamos. Ya no es una locura, es la realidad.

Titulo original: A House of Dynamite

Año: 2025

País: Estados Unidos

Duración: 112 minutos.

Dirección: Kathryn Bigelow.

Guion: Noah Oppenheim.

Reparto: Idris Elba, Rebecca Ferguson, Gabriel Basso, Jared Harris, Tracy Letts, Anthony Ramos, Moses Ingram, Jonah Hauer-King, with Greta Lee, and Jason Clarke. Also starring Malachi Beasley, Brian Tee, Brittany O'Grady, Gbenga Akinnagbe, Willa Fitzgerald, Renée Elise Goldsberry, Kyle Allen y Kaitlyn Dever.

Fotografía: Barry Ackroyd.

Música: Volker Bertelmann.

Género. Thriller político. Drama militar apocalíptico.

SPRINGSTEEN: DELIVER ME FROM NOWHERE

Una película puede decepcionar por sus actuaciones, por la falta de creatividad y de tensión narrativas, por el ritmo de su montaje… Springsteen: Deliver Me From Nowhere decepciona por casi todas esas razones. Menos por una. Su capacidad para recrear visualmente la atmósfera sombría, lánguida y deprimente en la que se desarrolla la historia que quiere contarnos.

Hay algo de Terrence Malick (La delgada línea roja, El árbol de la vida) en la forma en la que Scott Cooper -su director- filma esos bucólicos paisajes otoñales, las carreteras desoladas, las solitarias casas de alquiler frente al lago en New Jersey (esas en las que siempre te sientes un extraño, un huésped que está de paso), las viejas atracciones de Asbury Park (The Stone Pony, el Carousel…)  y sus cielos resquebrajados o las sucias y humeantes calles de Manhattan, buscando una percha ambiental de la que colgar su melancólico relato. Un viaje al corazón de un artista atormentado -Bruce Springsteen- que, en el momento más álgido de la fama y el éxito, elige el silencio y la introspección para exorcizar los fantasmas de un pasado que no lo deja en paz.

Básicamente eso es lo que la película quiere contarnos. La vida de ese muchacho de Long Branch incapaz de perdonarse, de quererse y de sonreír, que solo encuentra refugio en su música. Para lo cual asistimos, durante dos horas largas, a una reiterada sucesión de flashbacks, filmados en blanco y negro y ambientados en el pueblo de Freehold (Nueva Jersey) en el año 1957, que es el manido método que el director emplea para reflejar los temores y los traumas de la infancia de una de las mayores leyendas del rock estadounidense de los últimos 50 años.

Sus tribulaciones guardan relación con las estrecheces económicas de la familia, con una madre desvalida (Grace Gummer) con la que el artista mantiene una relación casi edípica y un padre ausente (Stephen Graham), alcohólico y maltratador (aunque esto último es algo que está tratado con suma delicadeza en el filme), al que parece deberse que el Bruce adulto sea un hombre de masculinidad frágil, incapaz de mantener una relación de pareja sana y viable, y al que termina perdonando cuando la edad lo transforma en un ser enfermo, desvalido y vulnerable, tras entender que él también era una víctima de su propia frustración.

Según la película, muchos de los traumas del autor de Born in the U.S.A. y Glory Days surgen de ahí, y el periodo comprendido entre el final de la exitosa gira de presentación de ‘The river’, en 1981, y la compleja gestación del álbum ‘Nebraska’, en 1982, sirvió para que Springsteen se enfrentará a ello y, más o menos, lo resolviese con la ayuda profesional adecuada.

Inspirado en el libro Deliver Me From Nowhere de Warren Zanes, el guion se convierte en una especie de sesión de psicoanálisis a partir de la exploración del proceso creativo de ese álbum grabado en una cinta de cassette de cuatro pistas en el dormitorio del artista en New Jersey. Un disco acústico, íntimo y oscuro, poblado de almas perdidas, que no fue producto de una decisión comercial sino de una necesidad espiritual. La que lo lleva a optar por vivir en la soledad de un ermitaño y recrear, de manera obsesiva, los registros de su memoria con un sonido sucio que parece llegar directamente del pasado para contarnos historias de obreros, fugitivos y almas derrotadas en busca de redención que solo hallan desolación. Una cruda meditación sobre el peso de la culpa heredada, en medio del ruido del éxito.

El problema está en que, aunque la película acierta al reflejar esa atmósfera árida, no arriesga mucho desde el punto de vista narrativo. Su estructura es demasiado lineal, carente de tensión, sin grandes revelaciones o giros dramáticos. Lo que hay es una acumulación de pequeños indicios y confesiones susurradas, que van construyendo ese retrato íntimo y doloroso, a un ritmo excesivamente parsimonioso, con lo que la película termina resultando un aburrimiento largo y tedioso. Excepto para los seguidores del cantante, que sin duda disfrutarán de cómo se concibieron las letras del álbum más trascendental de la discografía de Springsteen. La obra con la que The Boss desafió las reglas de la industria discográfica y se desafió a sí mismo.

Una vez conseguido el estrellato televisivo gracias a Shameless The Bear, Jeremy Allen White encarna a Bruce intentado huir de las imitaciones. Lo que hace que, por momentos, no veamos al gran ídolo del rock, sino al hombre que se esconde tras su voz rasgada. Su mirada cargada de desolación, su afligida forma de caminar con las manos en los bolsillos de su chupa de cuero, sus silencios prolongados y su ceño permanentemente fruncido ilustran la angustia del artista más y mejor que sus escasos diálogos (que son, por otro lado, de una obviedad insultante, como cuando se cruza con gente que le reconoce por la calle y le dice: “Sé quién eres”. Y este responde: “ojalá yo también lo supiera”). Pero llegan a cansar por reiteración. Yo diría que incluso al propio actor que por momentos se desliza hacia la sobreactuación. Digamos que Allen White cumple con el torturado Springsteen que ve ‘Malas calles’, escucha a Suicide y lee a Flannery O’Connor, pero abusa de algunos tics que añaden al personaje un dramatismo impostado, especialmente en el estallido de sus crisis, cuando se ve incapaz de mantener un compromiso de vida con Faye, la madre soltera con la que lleva un tiempo saliendo (Odessa Young, el único punto de luz de la película) y pisa el acelerador de su deportivo de lujo que debido a su conciencia de clase cree no merecer (¡toma chiché pseudoprogre!), cuando sufre un ataque de pánico al ver a un padre con su pequeño hijo en una feria que le hace acordarse del suyo o cuando rompe en llanto en su primera visita al psicólogo.

Quien de verdad se roba el show en Deliver Me From Nowhere es Jeremy Strong. El actor de Succession vuelve a convertirse en secundario de lujo con su interpretación de Jon Landau, el eterno mánager de Springsteen, quien ejerce a la vez de representante, máximo confidente y amigo incondicional. El único realmente capaz de entender las neuras de Bruce y defenderle ante la voraz industria discográfica, cuando sus canciones llenan estadios, lo invitan a late shows y el sueño americano parece haberlo coronado como su voz oficial pero, en lugar de intentar mantener esa progresión de popularidad ascendente, se repliega sobre sí mismo, temeroso de que el éxito acabe engulléndolo y lo aleje de su esencia. Porque, como recuerda Marta Medina en El Confidencial, “Springsteen no nació Boss, sino más bien lo contrario. Icono de la clase obrera, de los blue collars -los trabajadores que visten mono azul- de las fábricas, de camioneros y electricistas, fontaneros y trabajadores de la industria pesada. Cuenta la leyenda que Springsteen es el verdadero sueño americano conseguido a base del sudor con el que deja empapado el escenario y que decidió ser cantante cuando vio a Elvis en el programa de Ed Sullivan: la televisión le reveló que había otras opciones para un chico como él aparte de la cadena de montaje”.

Scott Cooper podría haberlo contado mejor. Podía haber hablado de sus orígenes humildes, de su ascendencia irlandesa e italiana. Pero efectivamente “se limita a retratar a una familia víctima del maltrato paterno con los peores clichés y convencionalismos posibles y las frases más manidas imaginables”. 

Los incondicionales del Boss disfrutarán de ella. A mi me ha parecido una película plagada de tópicos, redundante hasta el tedio y bastante snob, que presenta a Springsteen como un simple mortal con una depresión de caballo, más que como un ídolo de masas o un artista en guerra consigo mismo.

Título original:  Springsteen. Deliver Me From Nowhere

Año: 2025

Duración: 120 min.

País: Estados Unidos

Director: Scott Cooper

Guion: Scott Cooper. Libro: Warren Zanes.

Reparto: Jeremy Allen White, Jeremy Stron, Paul Walter Hauser, Odessa Young , Stephen Graham, Gaby Hoffmann, Marc Maron, David Krumholtz, Grace Gummer, Johnny Cannizzaro, Harrison Gilbertson, Lynn A. Freedman, Stephen Singer

Fotografía: Masanobu Takayanagi

Música: Jeremiah Fraites. Canciones: Bruce Springsteen.

Distribuidor: Twentieth Century Studios

Género: Drama. Biográfico

LOS DOMINGOS

«No creo en la existencia de los ángeles, pero mirándote me pregunto si será verdad», dice la letra de Into My Arms, un tema de Nick Cave & The Bad Seeds que interpreta el coro en el que canta Ainara, la protagonista de «Los domingos», a quien vemos tararear también el Callaíta de Bud Bunny mientras comparte cascos con su mejor amiga en el bus escolar. Y es que -como observa con acierto Oskar Belategi, en la reseña que publica sobre ella en El Correo- la música juega un papel fundamental en la última película de Alauda Ruiz de Azúa, que arranca con la imagen de un crucifijo mientras suena de fondo el Quédate de Quevedo y Bizarrap («el sábado teteo, el domingo a misa») y concluye con los acordes de Aitormena (Confesión) de Hertzainak («Sin darnos cuenta nos hemos acostumbrado. Sin darnos cuenta hemos llegado al fin») orquestando su emocionante escena final.

Ganadora de la Concha de Oro en la última edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián, la directora de “Querer” y “Cinco Lobitos” vuelve a plantearnos un dilema moral endiablado en su tercer trabajo cinematográfico, cuyo título hace referencia al “Día del Señor” en el que se oficia el sacramento de la Santa Misa, pero también al día de la semana en el que las familias vascas se reúnen tradicionalmente en torno a una mesa. Dos espacios de comunión en el seno de dos instituciones sociales -la Familia y la Iglesia católica- no menos poderosas en su respectivo ámbito de influencia sobre el individuo, que compiten aquí por atraer o retener a uno de sus miembros.

Esa persona es Ainara (la debutante Blanca Soroa), una angelical joven de 17 años que, a punto de acabar la secundaria para entrar en la universidad, se plantea en lugar de eso hacerse monja de clausura, para lo que inicia un “proceso de discernimiento vocacional”, alentada y asesorada espiritualmente por el padre Txema (Víctor Sainz), el sacerdote del colegio al que asiste desde que era niña (en el que también estudiaron su padre y su tía) y por la hermana Isabel, la madre superiora del convento de las Betinas, sedientas de novicias, en el que desea ingresar.

Como era previsible, la decisión de Ainara, que es la mayor de tres hermanas huérfanas de madre, provoca un movimiento telúrico en su familia -de clase media alta, de las que mandan a sus hijos a un colegio religioso concertado- desencadenando reacciones opuestas en su padre Iñaki, (Miguel Garcés), atrapado por las deudas de un cuantioso crédito con el que intenta reflotar su negocio de restauración, quien vive con cierta indiferencia la elección de su hija, aliviado quizá por tener una boca menos que alimentar. Mientras su hermana Maite (la regia Patricia López Arnaiz), gestora cultural, una mujer de fuerte temperamento, tozuda e insobornable que atraviesa su propia crisis de fe en el amor, con Pablo (Juan Minujín), su pareja y padre de su único hijo, reacciona con furia e incomprensión.

Atea impenitente como reacción a la educación católica recibida en la infancia, es ella quien más se resiste a la idea de dejar que su sobrina, a la que quiere con locura, se encierre en un convento no habiendo cumplido aún los 18 años y renuncie a hacer una carrera profesional y a relacionarse con otros chicos y chicas de su edad, prestando votos de obediencia, silencio, pobreza y castidad, antes de conocer lo que es el sexo o el amor carnal.

Incapaz de comprender las motivaciones espirituales de Ainara, Maite lo atribuye a una especie de confusión transitoria, provocada por los estragos psicológicos de la ausencia materna, la falta de atención paterna y el entorno conservador en el que ha crecido, y responsabiliza directamente a la enigmática y sonriente abadesa del convento (Nagore Aranburu, encarnando con inquietante opacidad zen a esa monja de clausura algo sui géneris, que vive enganchada al móvil) y al cura del colegio de haberle “comido el tarro” a su sobrina, haciéndole creer que ha sido elegida por Dios. Al tiempo que reprocha a su hermano Iñaki la falta de apego hacia su hija mayor y que egoístamente vea con buenos ojos su ingreso al noviciado, pensando que con ello se va a librar de costearle los estudios universitarios (hay una línea invisible entre el revelador primerísimo primer plano de Ainara, en el que se atisba cierto grado de decepción cuando su progenitor accede a que pase unos días con las monjas toda vez que sabe que su estancia no le costará ni un euro y la angustiosa escena de su éxtasis final, cuando entre sollozos le suplica a Dios que le hable y despeje de una vez todas sus dudas, porque Él es “su verdadero padre”).

La desesperación de la tía es tal que, en vista del ascendente que la imperturbable madre superiora tiene sobre su pupila, decide pedirle a esta que aconseje a Ainara que espere un tiempo y se permita vivir un poco antes de tomar la decisión definitiva. Pero la hermana Isabel no parece estar por la labor de dejar escapar una nueva vocación, ahora que tanto escasean. Y le contesta que lo que le pide no está en su mano, sino en la mano del Señor.

Ruiz de Azúa vuelve a hacer gala de su capacidad para recrear escenas y conversaciones con gran naturalismo y filma con una belleza y sensibilidad casi poéticas el conflicto interior de Ainara, cuyos sentimientos y angustia conocemos más por sus silencios que por sus escasas líneas de diálogo. De ella apenas sabemos que le seduce la idea de darse por completo a Dios, a quien cree escuchar en sus oraciones, pero que también le atrae un chico del coro con el que se ha besado en alguna ocasión y hasta hubiera llegado a tener sexo con él de no haber sido pillada in fraganti, con lo que las dudas sobre su vocación se acrecientan.

La película subraya esas contradicciones y no esconde los sutiles mecanismos de captación (colegio católico, coro mixto, ejercicios espirituales en bucólicos parajes proclives al recogimiento y la melancolía) que pueden haber influido en la determinación de Ainara de renunciar a los placeres mundanos a cambio de ser digna de pertenecer a una congregación, un colectivo humano, donde sentirse arropada y en el que poder confiar a ciegas (véase el juego de los ojos vendados y su conversación con el padre Txema a propósito de la relación con el chico que le gusta o el tono maternal y condescendiente con el que la hermana Isabel resta importancia a la atracción que ha llegado a sentir por Miguel. “Yo también dejé un novio fuera, y bien guapo que era”, le dice en un intercambio de confidencias). Pero evita posicionarse o cargar demasiado las tintas pues, como la propia directora ha dicho, su intención no es apoyar ni ir en contra de creyentes o agnósticos. La película se limita a escuchar y dar voz a ambos, sin juzgar sus razones ni tomar partido. Lo que no quiere decir que Ruiz de Azúa no tenga una opinión al respecto, pues “querer entender algo, no quiere decir validarlo”.

La realizadora barakaldesa ha admitido en alguna entrevista su interés en abrir con esta película un debate acerca de la vulnerabilidad de los menores frente el adoctrinamiento ideológico y la libertad de culto. Su intención es advertirnos sobre lo que hacemos con nuestros hijos, cuyas mentes extraordinariamente maleables y vulnerables dejamos en manos de extraños (de los profesores que los educan, de los monitores de las actividades extraescolares a los que los apuntamos…)

En una de las escenas más lúcidas, Pablo, el tío de Ainara, pregunta a esta cómo se manifiesta ante ella Dios y termina parodiando una conversación en voz alta con este, suplicándole que no se la lleve porque su familia la necesita. Maite se enfada por la broma y Pablo le reprocha su intolerancia: «Ella cree en Dios, como tú crees en el cambio climático», le dice y el símil resulta de lo más ilustrativo pues, aunque no faltarán quienes la tachen de reaccionaria, “Los domingos” es una historia de una complejidad endiablada, cuya mayor virtud está en huir de todo maniqueísmo.

Como dice una monja anciana al recibir a Ainara en el convento: «Cuando no sé algo, lo pregunto». A eso se limita la película, a plantear un sinfín de interrogantes que no admiten respuestas sencillas y que colocan a la audiencia en un brete respecto a sus propias creencias y prejuicios: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a respetar la voluntad del otro sin imponer la nuestra? ¿Qué sucede cuando reivindicamos la libertad para decidir, pero alguien muy querido decide emprender un camino o abrazar una ideología contraria a nuestras convicciones? En la lucha por la emancipación de las mujeres, ¿dónde nos colocamos –y dónde se colocan ellas– cuando una opta por renunciar voluntariamente al mundo y abrazar los valores ultracatólicos? ¿Hasta dónde llega nuestra tolerancia? ¿De verdad existe el libre albedrío o el contexto y las circunstancias vitales condicionan nuestra toma de decisiones?

“Alauda Ruiz de Azúa no teme pisar todos los charcos y deja al espectador, como a Cristo en la cruz, en paños menores y con apenas un clavo al que aferrarse”, escribe Enric Albero en El Español. Un único clavo apuntalado por la propia mochila que cada uno trae de casa.

De lo que no hay duda es de que se trata de una obra mayúscula, inabarcable, polémica, honesta y sugerente, abierta a múltiples interpretaciones, que confirma la madurez de una cineasta en estado de gracia capaz de obrar el milagro de hacernos pensar. Y eso, en los tiempos que corren, ya es bastante.

Título original: Los domingos

Año: 2025

Duración: 110 min.

País: España

Dirección: Alauda Ruiz de Azúa

Guion: Alauda Ruiz de Azúa

Reparto: Blanca Soroa, Patricia López Arnaiz, Nagore Aranburu, Miguel Garcés, Juan Minujín, Mabel Rivera, Víctor Sainz, Lier Alava, Begoña Aristegui..

Fotografía: Bet Rourich

Compañías: Buena Pinta Media, Colosé Producciones, Encanta Films, Sayaka Producciones, Movistar Plus+, Los Desencuentros Película AIE, Think Studio, ICAA, Le Pacte, Crea SGR, BTeam Pictures.

Género: Drama. Familia. Religión. Adolescencia

UNA BATALLA TRAS OTRA

La revista Fotogramas definía la última película de Paul Thomas Anderson como: “un descarnado thriller sobre las dinámicas de poder, la fuerza de los ideales y el amor paternofilial”. Aunque yo salí del cine con la sensación de haber asistido a una feroz proclama política. El grito furioso y casi desesperado de un cineasta progre de 55 años -padre de cuatro hijos- que, consciente del carácter cíclico de la Historia, ha decidido recordarles a los jóvenes que la lucha por “un mundo de cuerpos, fronteras y decisiones libres” no se ha acabado y que serán ellos quienes deberán tomar el testigo de la revolución que sus mayores no consiguieron llevar a término.

Escrita por el propio cineasta californiano a partir de una adaptación de la novela «Vineland” (1990) de su buen amigo Thomas Pynchon, Una batalla tras otra es, claramente, la película más política de la filmografía de Anderson quien anteriormente nos había hablado en su cine sobre su fascinación por la industria porno de los 70’s (Boogie Nights, 1997), el duelo por la muerte de su padre (Magnolia, 1999), la vida en pareja (El hilo invisible, 2017) o el primer amor (Licorice Pizza, 2021). Y no parece ser casual ni inocente que se estrene justo ahora, cuando Estados Unidos vuelve a estar gobernado por Donald Trump y nos hallamos ante los últimos estertores de ese ensayo de control social totalitario, populista y hegemónico que ha sido la Internacional wokista. Un explosivo cóctel de marxismo, feminismo radical, ideología de género, derechos LGBTQ+, renacimiento de la lucha de clases, lucha sindical y racial, conciencia medioambiental (el Green New Deal), revolución tecnológica y conflicto intergeneracional… inoculado en el cuerpo social a base de un concentrado de consignas moralistas que el mundo entero se ha visto obligado a ingerir, bajo los dictámenes uniformadores de la agenda globalista que han conseguido consagrar el pensamiento único en los últimos años de gobiernos socialdemócratas.

Espoleado por los movimientos sociales que cobraron fuerza durante la administración Biden (MeeToo, Black Lives Matter, Sunrise, Gen-Z for Change…) y que no se resignan a detener su avance, ni mucho menos a tener que desandar lo andado, Hollywood se prepara para la resistencia ideológica. Y lo hace a sabiendas de que “el cine es un soberbio y gran manipulador que (…) no cambiará el mundo, pero lo trastorna”, como demostraron ya los hermanos Griffith, Eisenstein o Riefenstahl… y sabiamente recordaba Begoña del Teso en su reseña de La voz de Hind, el documental sobre Gaza proyectado en el último Zinemaldi. 

Una batalla tras otra dialoga con otras películas de estreno reciente -como Civil War o Eddington– que desde la ficción nos advierten de lo que está en juego ante el avance de las fuerzas reaccionarias que vuelven a reclamar su turno en el péndulo de la Historia. Y nos invita a la acción, normalizando la violencia y la desobediencia civil como forma legítima de lucha.

Uno de sus personajes advierte que “La revolución no será televisada”. Por lo que más nos vale levantar el culo del sofá y empezar a movernos al ritmo funky setentero de Gil Scott-Heron que suena en los créditos finales del filme. La advertencia es para el ciudadano medio estadounidense que permanece impasible frente al televisor, viendo cómo su país se desliza hacia el autoritarismo.

Aunque en la película jamás se menciona la palabra MAGA ni se nombra directamente a Trump, Anderson se hace eco de la descomposición social y el incendio en las calles que provoca la polarización política actual, poniendo el foco en la batalla que se libra entre “la migra” y los “espaldas mojadas” en Baja California, donde la represión policial y militar fronteriza se ha institucionalizado y las detenciones y deportaciones masivas de inmigrantes ilegales se suceden a diario, mientras grupos supremacistas armados hasta los dientes (como “Red Dawn Security”), milicias antifascistas y extremismos de todo tipo ganan terreno. Su intención es mostrarnos la realidad de un país en el que la violencia represiva del Estado y la del ciudadano portador de armas de curso legal ya no se distingue. Y ese país es el suyo, Estados Unidos, al filo hoy de una guerra civil.

La historia comienza años antes de la línea narrativa principal, con una serie de flashbacks que nos sitúan en la época en que una célula insurgente y clandestina, liderada por la carismática y temeraria Perfidia Beverly Hills -personaje que encarna esa fuerza negra de la naturaleza que es la actriz Teyana Taylor- operaba en la costa californiana. Sus métodos y proclamas recuerdan a los de las guerrillas urbanas de los años 60 y 70 (de hecho, la propia frase que da título a la película “One battle after another” está extraída del manifiesto de Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) publicado en 1969 en el semanario New Left Notes, cuyo título procedía, a su vez, de un verso del Subterranean Homesick Blues, de Bob Dylan: “You Don’t Need a Weatherman to Know Which Way the Wind Blows”/“No hace falta un meteorólogo para saber en qué dirección sopla el viento”).

Conocida como el “75 Francés”, esta organización subversiva, radical y antisistema se dedica a combatir al Estado represor asaltando bancos, colocando bombas en edificio oficiales y liberando a inmigrantes indocumentados de los campos de detención fronterizos. Las causas a las que se opone se mantienen plenamente vigentes: la restrictiva política migratoria del gobierno de los EE.UU. y su negativa a despenalizar el aborto, el racismo, el capitalismo, la represión policial… como si la acción se sucediera en una suerte de presente continuo, un eterno retorno a los mismos abusos cometidos por las mismas personas con los mismos argumentos.

La voluptuosa y feroz Perfidia se topa en una de esas acciones con el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), a quien decide humillar obligándole a masturbarse delante de ella, mientras apunta un arma a su cabeza. Lo que despierta en el militar un morbo enfermizo por la curvilínea revolucionaria a la que, valiéndose de su poder, obligará más adelante a mantener con él una morbosa y tóxica relación sexual que acabará por dar sus frutos.

Pero Perfidia ha puesto sus ojos en un atractivo camarada llamado Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), alias “Ghetto Pat”, encargado de la logística de explosivos, a quien vemos en la primera escena de la película viendo en VHS La batalla de Argel. Y lo que empieza siendo un juego de violencia y sexo desenfrenado entre ellos se transforma en pareja estable cuando se queda embarazada. Algo que acaba por dinamitar su relación, pues la brava guerrillera ha nacido para ser “un espíritu libre” y no para jugar a las casitas (no hay imagen más potente en toda la película que la de la líder revolucionaria embarazadísima descargando con rabia su fusil hacia el horizonte).

Agobiada por las responsabilidades de la maternidad, Perfidia deja a su hija recién nacida en brazos de Bob y desaparece del mapa para seguir haciendo la revolución. Pero es capturada durante una operación fallida y obligada a revelar la identidad y el paradero de sus compañeros a cambio de su libertad. A resultas de lo cual desaparece en un programa de protección de testigos convirtiéndose en una chivata para sus camaradas; la célula guerrillera se dispersa y la mayoría acaban muertos; Bob se hunde emocionalmente y huye con su bebé buscando refugio en una remota ciudad santuario en la frontera con México, a donde la acción se traslada dieciséis años después.

Bob es ya para entonces un héroe derrotado. Cuando murmura: “We’ve been fighting for a long time”, uno no escucha a un excombatiente, sino a una generación entera que se cansó de luchar. Bastante tiene con criar solo a Willa (Chase Infiniti) esa niña que se ha convertido en una determinada y rebelde adolescente que resiente la falta de madre y a duras penas consigue sobrellevar la sobreprotección y las adicciones de su paranoico padre.

Sin tiempo para quitarse la percudida bata roja de cuadros que lleva a cuestas durante toda la película y que convierte a Di Caprio en el hermano gemelo del Jeff Bridges en El gran Lebowski, Bob se verá obligado a volver a empuñar las armas para salvar a su hija, cuando el obsesivo Lockjaw vaya a por ellos, decidido a averiguar si la mestiza es en realidad su hija biológica y a “borrar”, de ser así, toda impureza de un pasado que le avergüenza frente a un puñado de viejos blancos decrépitos, racistas y supremacistas, reunidos en la hermandad de los “Aventureros de la Navidad” a la que aspira pertenecer.

Con la ayuda de viejos aliados, como “Deandra” (Regina Hall) -antigua miliciana del “75 francés” que ahora vive como enfermera en la clandestinidad- y el Sensei de su hija, Sergio St. Carlos (Benicio del Toro), un maestro de las artes marciales que da refugio a inmigrantes ilegales en su dojo, Bob emprende una carrera contrarreloj para salvar a su hija, sin reparar en que Willa no necesita que su padre la salve (se salva sola)… aunque sí que la abrace tras la batalla. Porque Una batalla tras otra es también -cómo no- una película feminista, en la que la revolución está comandada en su mayoría por mujeres con “nombres de guerra” tan peculiares como Juglepussy o Mae West, y en la que no faltan aliadas, como las “Hermanas de la Nutria Valiente” (esas monjas revolucionarias que se dedican a cultivar y a fumar marihuana en el convento).

Anderson ha filmado una película carnavalesca donde conviven varios géneros cinematográficos que se complementan, se superponen y, a veces, hasta se sabotean conscientemente. Un thriller político y una road movie de acción con la mejor persecución automovilística filmada en años, montada con una languidez hipnotizante, en la que (valiéndose del recurso de la cámara subjetiva) consigue que naveguemos por el ondulante asfalto de esas carreteras desérticas, llenas de cambios de rasante, mientras la tensión crece a través de los espejos retrovisores. Pero también un drama familiar y una divertida y disparatada comedia de costumbres, llena de momentos insensatos, como la desternillante conversación desde una cabina telefónica en la que Bob, con el cerebro frito por el abuso del alcohol y las drogas, se ve incapaz de recordar las palabras en clave que confirmen su identidad a sus antiguos camaradas, que ilustra el desconcierto de los “viejos rockeros” ante el automatismo de una nueva generación de activistas juveniles 2.0.

El gusto por la sátira y el absurdo es asimismo lo único que justifica que Anderson haya tenido dos excelentes ideas para matar al villano y no haya querido prescindir de ninguna, de modo que lo revive y lo desfigura, para que luego se vuelva a morir.

Sean Penn resplandece en el papel de ese militar unineuronal de mandíbula bloqueada, que parece salido del campamento de M.A.S.H. o poseído por el espíritu del general Ripper de Dr. Insólito. Envarado en sus ridículas aspiraciones y convertido en marioneta de ese círculo de poder al que aspira a pertenecer, sus torpes andares, mezcla de rigidez castrense y represión emocional (“¡Sufrí de una violación inversa!”), lo hacen parecer casi ridículo. No tiene sentido del humor, pero sí un deseo de control infinito. Y, cuando finalmente se enfrenta con Willa, no hay diálogo ni reconciliación paterno-filial, sino violencia simbólica, la de una niña nacida de la resistencia confrontando al patriarca de la represión.

DiCaprio, por su parte, vuelve a tirar de esa vis cómica que le hizo célebre en películas como Atrápame si puedes, No mires arriba o El lobo de Wall Street encarnando a este “padre coraje” fumeta y caótico, un antihéroe en batín que ha perdido el tren del idealismo. Nada de lo que hace cambia el devenir de lo que sucede. Pero Bob sabe que es menos importante ser un buen revolucionario que ser un buen padre (pese a todos sus defectos).

Tras 160 minutos de fugas y persecuciones disparatadas, derrotado pero redimido, no le entrega a Willa un futuro resuelto, sino la historia que nadie le quiso contar. Un legado de activismo, de grandes ideales y grandes renuncias, a través del cual esta adquiere una nueva conciencia de su identidad como heredera de una estirpe de combatientes.

En sus últimos minutos, la película se llena de preguntas sobre qué significa ser libre y qué herencias son las que debemos aceptar o cuestionar. Y una única certeza resplandece: la de que la batalla por la libertad no termina nunca. “¿Cuántas veces hay que pelear la misma pelea?” se pregunta agotado el viejo ex guerrillero. Y la respuesta parece ser: todas las que haga falta.

Título original: One battle after another

Año: 2025

Duración: 161 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Paul Thomas Anderson

Guion: Paul Thomas Anderson. Basada en la novela 'Vineland' de Thomas Pynchon.

Reparto: Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Teyana Taylor, Chase Infiniti, Benicio del Toro, Regina Hall, Wood Harris, Alana Haim, Shayna McHayle, Paul Grimstad, John Hoogenakker, Starletta DuPois, Tony Goldwyn, D. W. Moffett, Kevin Tighe, Jim Downey, Dijon Duenas, Eric Schweig, Jena Malone…

Música: Jonny Greenwood

Fotografía: Michael Bauman

Compañías: Warner Bros., Ghoulardi Film.

Género: Thriller de acción. Drama. Comedia negra. Violencia. Inmigración.

LA CASA GUINNESS

Con «La Casa Guinness», Steven Knight —creador de «Peaky Blinders«— vuelve al género en el que mejor se desenvuelve: el de los grandes dramas familiares, donde los lazos de sangre y la ambición de poder se entrecruzan con amores imposibles, pasiones inconfesables, intrigas políticas y tensiones sociales. Sólo que esta vez Knight abandona el humo industrial de Birmingham para sumergirse en la densa atmósfera del Dublín decimonónico, recubierto de un oscuro manto de ceniza, resultante de la combustión del lúpulo y la cebada antes de su fermentación para obtener la cerveza negra más famosa de mundo.

Ambientada en 1868, la nueva apuesta de Netflix arranca con los preparativos para el cortejo fúnebre de Sir Benjamin Lee Guinness, insigne empresario y terrateniente irlandés, cuya muerte desencadena un terremoto en su familia y provoca serios altercados callejeros entre sus partidarios y sus detractores.

Nieto de Arthur Guinness (el fundador de marca familiar, quien en 1759 firmó un contrato de arrendamiento de 9.000 años para abrir una cervecería en Dublín conocida como St. James’s Gate), Sir Benjamin Lee fue el primer baronet, título creado un año antes de su muerte en reconocimiento a las 150.000 libras (unos 27 millones de euros actuales) que gastó en la restauración de la catedral de San Patricio y sería también el primero en dar el salto a la aristocracia británica, así como el primer alcalde de Dublín, elegido en 1851.

A su muerte, en 1868, era el hombre más rico de Irlanda y en su testamento legó la fábrica de cerveza a sus dos hijos mayores, Arthur y Edward, a partes iguales. Pero Edward, trabajador incansable, con gran visión empresarial, terminó comprando la mitad de su hermano y tomando el control de la compañía antes de cumplir los 30 años. En sus manos, Guinness multiplicó el valor de su marca sacando sus acciones a bolsa en 1886, con lo que Edward llegaría a ser, como su padre, uno de los empresarios irlandeses más ricos de su generación. Pero para eso habría de pasar algún tiempo aún…

Muerto Sir Benjamin, los cuatro hijos y herederos de este —Arthur (Anthony Boyle), Edward (Louis Partridge), Anne (Emily Fairn), la única hija, y Benjamin (Fionn O’Shea), el hermano menor alcohólico y la oveja negra de la familia— descubren que su testamento expone con crudeza la opinión que su padre tenía de cada uno de ellos, haciendo que afloren las fisuras morales y afectivas de su relación familiar y condenándolos a entenderse para conservar y multiplicar un patrimonio que fue creciendo a lo largo de seis generaciones.

“La Casa Guinness” explora las rivalidades y complicidades entre los hermanos, las tragedias familiares y los escándalos y secretos del que fuera uno de los clanes más poderosos y adinerados de Europa e Irlanda en el S. XIX y da cuenta de cómo los hijos consiguieron -no sin dificultades- transformar el negocio familiar y expandir el éxito comercial de la marca, tras la muerte del patriarca. El testamento de este actúa en este sentido como catalizador del conflicto y pone en marcha una lucha de poder fraternal que estructura el eje narrativo de la serie, en la que cada uno de los hijos representa un ángulo distinto del legado Guinness a la manera shakespeareana: Edward representa el deber, Arthur la ambición, Anne la sensibilidad social y Benjamin la decadencia.

La idea que sirve de base al guion original fue concebida por Ivana Lowell, descendiente directa de dicha estirpe, quien cuenta que la inspiración le llegó cuando estaba de visita en Irlanda, concretamente en la mansión Castletown, restaurada por su primo Desmond Guinness, en el condado de Kildare, mientras veía un episodio de Downton Abbey.

“Me di cuenta de que nuestra historia familiar era mucho más jugosa e interesante y además todo era cierto”, le contó a la BBC desde su hogar en East Hampton.

De regreso en Nueva York, escribió un relato de 20 páginas sobre los triunfos y los desafíos a los que tuvieron que hacer frente los descendientes de Sir Benjamin, quienes no solo consiguieron transformar la industria cervecera de Irlanda, sino también el paisaje del Dublín decimonónico, demoliendo suburbios enteros para levantar viviendas para los trabajadores de su fábrica en zonas socialmente deprimidas.

Con la emigración en su punto álgido tras la Gran Hambruna, podría decirse que la Casa Guinness hizo mucho por frenar el éxodo de mano de obra irlandesa, proporcionando puestos de trabajo y estabilidad a sus empleados: construyendo casas con mejores condiciones de habitabilidad para ellos, limpiando barrios marginales y creando parques y áreas de recreo. Pero la familia supo combinar hábilmente el paternalismo socioeconómico con la mano dura. Si bien ofrecían salarios altos, pensiones y becas a sus empleados, no dudaban en castigar a quienes desafiaban su autoridad, para lo cual contrataban espías y mercenarios privados. El paternalismo de los Guinness —mezcla de filantropía y control de sus intereses— es propio de una élite empresarial y económica que se presenta como benefactora, mientras mantiene un férreo dominio sobre la clase trabajadora. Algo que se refleja en la serie que, más allá de los dramas privados, funciona como una crónica de clase.

La tensión entre la aristocracia protestante y la mayoría católica empobrecida atraviesa toda la narración desatando continuas huelgas, altercados y protestas de la clase obrera que comienza a levantar la cabeza frente al poder de los grandes industriales, movilizados por los ideales nacionalistas inflamados gracias al activismo de los fenianos (germen de lo que después será el IRA), que están representados en la serie por los combativos hermanos Patrick (Niamh McCormack) y Ellen (Seamus O’Hara) Cochrane, y por Byron Hedges (Jack Gleeson), el primo bastardo, una especie de agente doble entre los Guinness y los revolucionarios irlandeses con quien Edward, el gran estratega de la familia, de carácter pragmático, no duda en hacer un trato, al entender que los fenianos pueden ser aliados indispensables para la expansión comercial de su marca de cerveza en Nueva York y a la vez garantizar el triunfo electoral de su hermano Arthur que se presenta como diputado por Dublín, para defender los intereses de la familia en la Cámara de los Comunes.

El problema surge cuando Byron negocia sin consultarle una suerte de “impuesto revolucionario”, cediendo el 15% del beneficio de cada botella de Cerveza Guinness que se venda en América para financiar la actividad terrorista de los revolucionarios irlandeses. Mientras, en Dublín, estos amenazan con sacar a Arthur del armario si no accede a hablar a favor de una república irlandesa católica e independiente en el Parlamento británico. Lo cual va en contra de los principios del propio Arthur, tan conservador, protestante y unionista como lo era su difunto padre.

Para atenuar el impacto que los rumores acerca de su homosexualidad pudieran tener en su reputación y, por extensión, en la de toda la familia, Edward y Anne deciden que Arthur debe contraer matrimonio, aunque este nunca llegue a consumarse, para lo cual Anne y la tía Agnes (Dervla Kirwan) abren un proceso de selección entre distintas damas casaderas de la alta sociedad. La agraciada es Lady Olivia Hedges (Danielle Galligan), la libertina y algo descarada heredera de una familia aristócrata londinense venida a menos, que enseguida sintoniza con el espíritu libre y salvaje de Arthur, desarrollándose entre ambos una peculiar camaradería, basada en su acuerdo tácito para mantener una relación abierta, que irá transformándose en algo más tóxico en el momento en que Olivia encuentra lo que necesita en los brazos del irresistible Sean Rafferty (James Norton), el astuto y leal capataz de la fábrica, quien ejerce además de mamporrero y guardaespaldas de la familia. Rafferty es el fixer que arregla problemas y tiene conexiones con los bajos fondos de la capital irlandesa, la mano dura que protege la integridad física y los intereses de los Guinness de amenazas internas y externas.

A nivel visual, “La Casa Guinness” deslumbra por su dirección de arte y su diseño de producción que reconstruyen un Dublín en transición. Calles empedradas, fábricas humeantes donde el vapor se mezcla con el sudor de los obreros y el fuego de las calderas, aristocráticos salones revestidos de madera oscura, interiores iluminados por lámparas de gas y mansiones solariegas en la campiña conforman un retrato detallado y verosímil de la época.

En lo musical, sin embargo, la serie no termina de funcionar. Como en “Peaky Blinders”, Knight incorpora temas modernos y ritmos contemporáneos, componiendo un soundtrack ecléctico y anacrónico que va del tradicionalismo de The Chieftains y The Mary Wallopers, a de Thin Lizzy, Fontaines D.C. Pero si allí la música era un sello estilístico y lograba subrayar el clímax de la acción, aquí rompe la inmersión y resta verosimilitud histórica.

El reparto ofrece interpretaciones notables aunque desiguales. Anthony Boyle compone un Arthur complejo, dividido entre el deber y el deseo, con una intensidad conmovedora. Y Emily Fairn dota a la frágil y enfermiza Anne de una serena dignidad y fuerza moral. Mientras Louis Partridge ofrece una actuación más plana, víctima quizá de un guion que prima el rol funcional del personaje a su desarrollo emocional y le otorga poco espacio para evolucionar.

A diferencia de lo que sucedía en «Peaky Blinders«, “La Casa Guinness” no es una serie de acción. Aquí, las explosiones no son físicas sino emocionales, aunque tiene también su parte violenta. Tanto los Guinness, como los fenianos, tienen sus matones. Pero de momento se limitan a darse brutales palizas, o a intercambiar amenazas y chantajes. Knight apuesta por un ritmo pausado que permite que las intrigas se fermenten a fuego lento y la serie encuentra su fuerza en esa contraposición entre lo público y lo íntimo: la fachada de respetabilidad del clan familiar frente a los secretos que lo corroen por dentro.

En ese sentido, bebe de la tradición de los grandes dramas familiares como The Crown, Downton Abbey o Succession, sin perder su acento irlandés ni su vocación trágica. Evitando retratar a sus protagonistas como villanos absolutos; más bien los presenta como herederos de un sistema que intentan transformar sin destruir, forzados a colaborar entre ellos y a convivir con sus propias contradicciones.

En suma, se trata de una serie elegante y emocionalmente compleja, con vocación de tener una larga vida en pantalla. Veremos hasta dónde piensa llevar Steven Knight el relato acerca de esta larga dinastía irlandesa sobre la que pesa una maldición histórica, que ha perseguido a sus miembros por generaciones, desde que Arthur Guinness, el fundador, tuviera 21 hijos, 11 de los cuales murieron antes de llegar a la edad adulta, y la mala racha siguió con sus descendientes. En 1880, Walter Edward Guinness, bisnieto de Arthur, fue asesinado en Egipto. Y en los años 20, Bryan Guinness protagonizó un sonado escándalo cuando su segunda esposa, Diana Mitford, lo dejó por Oswald Ernald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas, siendo el invitado de honor a su nuevo casamiento nada más y nada menos que Adolf Hitler. En 1945, Patrick Brown, nieto de Oona Guinness, murió en un accidente de coche que, se dice, inspiró la canción “A Day in the Life” de los Beatles. Y en 1978, Lady Henrietta -tía abuela de la familia- se suicidó tirándose desde un acueducto romano tras fugarse con un camionero.

Por si esto fuera poco, ya en la década de los 80, la mujer del banquero John Guinness fue secuestrada y dos años después, él murió tras caerse por una montaña, alimentando aún más la teoría de que la familia Guinness vivía bajo una especie de maleficio y que el destino de sus miembros era tan negro y amargo como la espuma de su propia cerveza. 

Título original: House of Guinness

Año: 2025

Duración: 52 min. por episodio

País: Reino Unido

Dirección: Steven Knight (Creador), Tom Shankland, Mounia Akl

Guion: Steven Knight

Reparto: Anthony Boyle, Louis Partridge,
Emily Fairn, Fionn O'Shea, David Wilmot,
James Norton,Jack Gleeson, Niamh McCormack, Seamus O'Hara, Dervla Kirwan,
Michael McElhatton, Danielle Galligan,
Hilda Fay, Cassian Bilton...

Fotografía: Nicolai Brüel

Compañías: Kudos Productions, Stigma Films. Distribuidora: Netflix

Género: Serie de TV. Drama de época. Siglo XIX. Irlanda. Familia Guiness. Cerveza negra.

EL CAUTIVO

Pese al revuelo y la polémica interesadamente azuzada por el propio director durante la promoción de su estreno, llevan razón quienes apuntan a que, en el nuevo trabajo de Alejandro Amenábar, hay elementos para generar hoy una controversia aún mayor que lo que la película sugiere (o se inventa) con relación a la presunta orientación homosexual de Miguel de Cervantes. Como el retrato que hace de los musulmanes como seres compasivos y civilizados, bellos y hedonistas, mientras los cristianos se muestran como un atajo de resentidos, clasistas y cainitas, sexual y moralmente castrados por frailes y curas inquisidores que practican la delación y la intriga.

“El Cautivo” ofrece, en ese sentido, una visión tan fantasiosa como diletante del mundo musulmán, al presentárnoslo como un exótico oasis de libertad para el disfrute de los placeres y los sentidos, inspirado en los relatos de “Las mil y una noches”, muy alejado de los preceptos de la Sharía (código de conducta islámico basado en las enseñanzas del profeta Mahoma y el Corán), cuyas expresas prohibiciones (beber alcohol, yacer o practicar sexo con personas del mismo sexo) se violan en la película a plena luz del día, sin consecuencias aparentes.

Como ya hiciera en “Ágora”, al explorar el conflicto entre ciencia y religión a través de una figura femenina como Hipatia de Alejandría, o en “Mientras dure la guerra”, donde intentaba ofrecer una visión ecuánime de la Guerra Civil española, explicando cómo un intelectual de referencia, como Miguel de Unamuno, termina por renegar de ambos bandos, apostando por la razón frente a la barbarie en un durísimo enfrentamiento dialéctico con Milán-Astray (cuya veracidad histórica hizo también correr ríos de tinta), Amenábar se vale de nuevo de un personaje histórico, como el autor de ‘El Quijote’ (gran referente de las letras hispanas), para romper estereotipos y volver sobre un tema que le obsesiona: la esclavitud a la que nos somete la ignorancia y el fanatismo, esta vez enfrentada al poder liberador de la palabra y la imaginación.

En ese sentido, ‘El cautivo’ pretende ser un ejercicio de reivindicación de la ficción como bálsamo ante la adversidad, cuyo argumento se centra en los cinco años de cautiverio de Miguel de Cervantes en Argel, tras ser capturado por corsarios otomanos en 1575, justo después de la batalla de Lepanto, donde perdió el uso de su mano izquierda.

Cervantes, fabula Amenábar, procede de una familia sin un real y sus intentos de hacerse caballero de armas se saldaron con un brazo inútil, lo que le valió una dispensa real. Durante su cautiverio en Argel descubrirá su poder para engatusar con la magia de la palabra cuando, tras un primer intento frustrado de fuga, consigue salvar su vida y la de sus compañeros contando historias que fascinan al Bajá o gobernador (Alessandro Borghi), jefe supremo de la prisión. Un personaje temible y hedonista, veneciano convertido al islam por quienes fueron sus propios captores, los turcos, quien vigila a los prisioneros escondido tras la celosía de su ventana en lo alto de su palacio, llegando a desarrollar una fuerte e indisimulada atracción por el joven contador de cuentos que va más allá del interés literario.

Amenábar recrea las historias que cuenta Cervantes, mezclando realidad y ensoñación a modo de muñecas rusas. Sobre el papel la idea es sugerente: mostrar cómo, transformado en una especie de Scheherazade, descubre el poder salvífico de su habilidad para inventar y contar historias en medio del encierro, algo que le hace ser admirado y respetado por el resto de los prisioneros. Uno de ellos le califica como «el impostor más grande que conozco». Otro le susurra al oido: «Tú vales más que todos nosotros». Pero la película dista mucho de ser perfecta en su ejecución.

Las peripecias del autor del Quijote y sus compañeros de cautiverio carecen de la épica, intriga y emoción suficientes para ser catalogada como una película de aventuras (incluso aquellas que pudieran resultar más brutales, desagradables o crueles, están suavizadas al máximo. Se cuenta pero no se ve), por lo que se diría que “El Cautivo” es más bien un drama carcelario soft con toques de melodrama homoerótico, o viceversa, cuya acción se desarrolla mayormente en espacios cerrados: el patio de la prisión donde viven hacinados y ociosos los caballeros hidalgos capturados, “principales” de sus respectivos reinos; una barbería regentada por un castellano converso, al que da vida Roberto Álamo, que sirve a la vez de bar y prostíbulo, en donde los musulmanes retozan con sus mancebos o garzones (los chaperos de hoy) viviendo la homosexualidad con absoluta naturalidad; un par de pintorescas calles de Argel, por las que deambulan diversas criaturas transgénero; y los baños y jardines de la Alhambra, con fuentes de agua, frutos exóticos, masajes con aceites relajantes y perfumados inciensos, donde Cervantes se rinde al poder de seducción del Bajá, mientras éste le habla de “i piccoli piaceri” y se supone que se deja sodomizar por él, aunque tampoco esto llega a ser visualmente explícito.

No estamos hablando por tanto de un episodio de violación o abuso de poder, sino de “una historia de amor homosexual resuelta con pudor y contención en una breve escena de baño”, tal y como apunta Oskar Belategui en su crítica, donde elogia a Alessandro Borghi, diciendo que “dota de fascinación a un gobernador brutal y despiadado, que habla cinco lenguas y luce aspecto de Sandokán con sus turbantes, pendientes y ojos pintados de kohl. Tan cruel como para rebanar la oreja de un desdichado y hacérsela comer, pero también tan sabio como para reconocer el talento del autor de Alcalá de Henares y llevárselo a la bañera”.

Ciertamente, se trata de un actor de belleza felina, cuyo personaje se mueve entre la crueldad y el refinamiento, aunque en mi opinión, la actuación de Broghi, al igual que la de prácticamente todo el elenco, por momentos roza lo folclórico y sus diálogos y expresiones suenan anacrónicos (lo mismo dicen “vuesa merced” que utilizan el sistema métrico decimal) haciendo que los personajes no resulten creíbles.

En cuanto al protagonista, el joven y enjuto Julio Peña, ofrece una interpretación bastante anodina y bisoña como Cervantes, aunque el guion tampoco le permite construir un personaje con demasiada complejidad.

Aunque la historia que cuenta data de mucho antes de que Cervantes fuese el autor consagrado que todos conocemos, la película de Amenábar introduce -como era de esperar- guiños a la novela que lo hará inmortal. Los «Redentores» (César Sarachu y Jorge Asin), frailes trinitarios que pagan el rescate de algunos prisioneros son clavados a Don Quijote y Sancho Panza, en la barbería encontramos una bacía como la que el hidalgo utilizaba de yelmo y el joven Miguel siente nostalgia por el crujir de los molinos de la Mancha al rotar contra el viento.

El resultado es una película con momentos inspirados, pero sin un verdadero pulso dramático, algo a lo que tampoco ayuda la voz en off del cabal Padre Sosa (el gran Miguel Rellán), quien narra los acontecimientos en tercera persona, intentando conferirles un tono de leyenda que termina funcionando como un recurso algo forzado.

La puesta en escena es correcta, aunque algo fría, con un claro contraste entre el irreductible orgullo y carácter adusto de los cautivos que muestran un gran desprecio hacia la cultura de sus captores y la sensualidad y hospitalidad de los musulmanes. Una contraposición que se apunta pero que no llega a desarrollarse, como casi todo en la película cuya intención de invertir la mirada eurocentrista incurre en una simplificación que resta matices a ambas culturas.

Lo mismo ocurre con su denuncia del catolicismo. Pese a que, en este caso, Amenábar se esfuerza por ofrecernos una visión moralmente ambivalente, con la caricatura del detestable y envidioso inquisidor del Santo Oficio que interpreta Fernando Tejero, alcahuete cobarde y rastrero que prepara un informe sobre Cervantes para procesarlo por sodomía y depravación a su vuelta a España, cuya figura como representante del clero se contrapone a la del Padre Sosa, un sacerdote medio ciego que carga con el peso de sus propios pecados, lo que lo hace ser sensible a las debilidades humanas. Como el catolicismo y el cristianismo, ambos representan las dos caras de una institución que a lo largo de su historia siempre ha tenido un lado más compasivo y otro más intransigente e institucional.

Finalmente, la homosexualidad de Cervantes parece más un elemento destinado a generar ruido que ser algo que tenga un peso dramático real. Ya que, aunque se sugiere una relación afectiva entre este y el Bajá, la película apenas profundiza en ella. Sabemos de la pasión que despierta en el gobernador el joven Miguel de Cervantes, de quien se niega a desprenderse y a quien paradójicamente promete la libertad si permanece a su lado, pero no llegamos a conocer cuáles son los sentimientos que llevan a este a rechazar finalmente su oferta de irse juntos a Constantinopla ni si se arrepiente de haber tenido sexo con su captor. ¿Era solo sexo o había sentimientos implicados? ¿afecto o simple atracción, sumisión o síndrome de Estocolmo?

El escritor Álver Vázquez lo explica así:

Cuando vas a ver Salvar al soldado Ryan, esperas que el tema de la película sea la brutalidad de la guerra y no la diversidad botánica de Normandía. Y no porque la flora normanda no merezca atención, sino debido a que, ante un tema mayúsculo, uno no se puede sustraer. Sucede lo mismo con El cautivo, de Alejandro Amenábar. No puedes rodar una película sobre el Argel del siglo XVI y que el tema principal no sea el inmenso drama que decenas de miles de españoles y cristianos sufrieron en él. Es, incluso, insultante que no lo sea. La esclavitud de cristianos blancos existió y miles y miles de españoles la sufrieron. Flotillas norteafricanas llegaban a desembarcar en playas de poblaciones mediterráneas y secuestraban a hombres, mujeres y niños para llevárselos como esclavos.

Sin embargo, a Amenábar este drama no le interesa, salvo como excusa para contar otra historia, que es la que sí le importa. Y ahí es cuando entra en juego su derecho a crear el artefacto de ficción que le plazca. Pero grandes apuestas exigen grandes resultados. Y podría haberlo logrado. Un personaje lo advierte: «Esto es Babilonia». Bien, pues que lo sea. El espectador moderno no se va a espantar fácilmente. ¿Quieres retratar a un Cervantes homosexual? Hazlo, pero hazlo con todas las consecuencias y convierte tu aspiración en un espectáculo cinematográfico fabuloso. Sin embargo, nada de esto sucede en la película porque Amenábar es, en último término, un mojigato. Su historia de amor homosexual —sí, Amenábar retrata un Cervantes abiertamente gay— es la propia de unos adolescentes en el patio de un colegio: pequeñita, sosita y pacatita. Ya puestos a transgredir , transgrede: muéstrame la Sodoma que seguro que fue Argel en el siglo XVI. Narra el drama completo con todas las consecuencias. Narra la brutalidad en todo su esplendor. Amenábar no lo hace —renuncia a ello expresamente— y firma una película que podría haber sido espléndida pero que no lo es porque el autor ha preferido ser conscientemente cursi”. Y concluye: “Amenábar es otro creador más al que le da miedo la historia de España, no vaya a ser que narre algo grande y le quede fascista. No hay forma humana de que, en el cine de época español, seamos indiscutiblemente los buenos de la película”.

En resumen, “El Cautivo” es una película con algunos elementos de interés que pretende hablarnos de tolerancia entre culturas, del poder de la palabra y del amor entre dos hombres, pero que se queda en la superficie de todos esos temas. Lo que podría haber sido una poderosa reflexión sobre la imaginación en tiempos de oscuridad, se reduce a un ejercicio de autoafirmación de su director, en sus preferencias sexuales y sus posiciones ideológicas, algo timorato y superficial pues, ni la crítica a la iglesia católica, ni la reivindicación de la cultura musulmana, ni siquiera el retrato del supuesto Cervantes más desconocido -elaborado con la expresa y manifiesta pretensión de “servir de termómetro a la homofobia española”, en palabras del propio Amenábar- alcanzan la profundidad ni la transgresión que sus creadores prometen.

Título original: El cautivo

Año: 2025

Duración: 133 min.

País: España-Italia

Dirección: Alejandro Amenábar

Guion: Alejandro Amenábar, Alejandro Hernández

Reparto: Julio Peña, Alessandro Borghi, Miguel Rellán, Fernando Tejero, José Manuel Poga, Luis Callejo, Roberto Álamo, Albert Salazar César Sarachu, Mohamed Said, Jorge Asin, Juanma Muniagurria...

Música: Alejandro Amenábar

Fotografía: Alex Catalán

Compañías: Mod Producciones, Himenóptero, Misent Producciones, Propaganda Italia, RTVE, Rai Fiction

Género: Drama histórico carcelario. Siglo XVI. Homosexualidad. Literatura española.

FROM

“Por un lugar del que no se puede salir, vagan los vivos como si estuvieran muertos…”

Hay lugares que no figuran en los mapas. Sitios donde parece que el tiempo no avanza, donde el sol sale solo para recordarnos que la oscuridad volverá en cuanto se ponga. From, la serie creada por John Griffin y producida por algunos de los creadores de Lost, como Jack Bender y Jeff Pinkner, nos introduce en uno de esos parajes del entorno rural. Un pueblo atrapado en el limbo entre la pesadilla física y el horror existencial, donde el peor enemigo no siempre muestra sus colmillos y tiene, en apariencia, rostro humano.

A medio camino entre el thriller psicológico y el cine de terror, la premisa de la que parte la infravalorada serie de MGM es tan sencilla como aterradora: quienes circulan por cierta carretera caen en una especie de agujero negro o gusano del tiempo y son conducidos hasta un pueblo que de día luce apacible y tranquilo pero, de noche, se vuelve mortalmente peligroso y del que, como de la isla en la que se estrelló el avión de “Perdidos”, no se puede escapar.

Una vez que sales de la autopista y te bloquea un árbol caído con cuervos dando vueltas en el cielo, tu destino está sellado. No hay forma de volver atrás. Los autos dan vueltas en círculo, como si el universo se burlara de ellos.

Las personas que entran accidentalmente en ese remoto pueblo estadounidense que parece existir en su propio plano dimensional se ven atrapadas por fuerzas desconocidas, como si sucumbieran a una pesadilla de la que algunos no llegan a despertar pues, a medida que cae la noche, criaturas maléficas y aterradoras emergen del bosque circundante, obligando a los residentes de Fromville a protegerse tras puertas cerradas, con talismanes y amuletos misteriosos.

Esos monstruos —más perturbadores por su calma y apariencia humana que por su extrema violencia— no corren. No gruñen. Solo tocan la ventana, sonríen y piden que los dejes entrar. Pero, de acceder a hacerlo, se transforman en bestias antropófagas que desgarran los cuerpos y engullen las vísceras de sus presas con una escalofriante frialdad.

Boyd Stevens, un exsoldado devenido en improvisado sheriff, a quien interpreta el actor Harold Perrineau (“Lost”) lidera aquí un talentoso reparto de actores y actrices que hacen un convincente trabajo coral, componiendo un grupo humano cuya lucha contra lo inexplicable se vuelve cada vez más desesperada. Especialmente tras el descubrimiento de que el mal que los rodea podría no estar solo en el bosque, sino dentro de ellos mismos.

Su primera conclusión es que hay algo en ese lugar que los controla y hace que pierdan la cabeza. Como le sucede a la dulce camarera del único deli del pueblo, Sara Myers (Avery Konrad), quien tiene ciertas habilidades psíquicas que hacen que sufra espeluznantes visiones y escuche voces que la impulsan a asesinar a su propio hermano Nathan (Paul Zinno) rajándole la garganta.

En la segunda temporada, Boyd y Sara se adentran —literalmente— en las entrañas del bosque en busca de respuestas. Boyd cae en un pozo profundo que lo lleva hasta una cámara de tortura medieval donde el tiempo y el espacio pierden su sentido y sale de allí con una extraña enfermedad degenerativa que le provoca una serie de alucinaciones que hacen presagiar que su viaje es menos físico que espiritual.

Cada personaje de la serie tiene su propia historia y vivencia respecto del lugar:

Donna (Elizabeth Saunders) es quien ejerce de líder en “la colonia” (una especie de comuna hippie que okupa un antiguo caserón del poblado, situado en lo alto de una colina, cuyos habitantes cultivan su propio huerto y hasta tienen un invernadero). Ella es la roca inquebrantable de la comunidad que, poco a poco, empieza a resquebrajarse.

Allí viven también Fátima (Pegah Ghafoori) y Ellis (Corteon Moore), el único hijo de Boyd, a quien culpa de la muerte de su madre. Ambos se han conocido y enamorado en la colonia y forman la pareja romántica “boho chic” de la serie.

Luego están Kenny (Ricky-He), quien ejerce como ayudante del sheriff, y su madre, Tai-Chen (Elizabeth Moy), que regenta el restaurante. Kenny mantiene una incipiente relación sentimental con Kristi (Chloe Van Landschoot), médico de profesión, quien ha improvisado un hospital en el antiguo pabellón deportivo del pueblo. Lo que no sabe Kenny es que pronto aparecerá en el pueblo Mari (Kaelen Ohm), quien fuera la pareja de Kristi desde que la salvo de su adicción a las drogas y esto hará que ambas retomen su relación.

Está también Jade (David Alpay), el escéptico tecnócrata al que la lógica de la razón no puede salvar. Un personaje cuya evolución en la serie resulta fascinante: de egoísta pragmático a visionario obsesionado con símbolos extraños de apariencia ancestral y una melodía que lo persigue como un presagio, asomándolo a la locura y alejándolo cada vez más del hombre de negocios seguro de sí mismo que fue hasta llegar allí.

Y, por último, tenemos a la familia Matthews, compuesta por Jim, el padre (Eion Bailey),Tabitha, la madre (Catalina Sandino Moreno), Julie, la hija mayor (Hannah Cheramy) y el pequeño Ethan (Simon Webster).

En la primera temporada ellos son los últimos forasteros en llegar al pueblo, arrastrando su propio duelo desde el mundo exterior por la muerte accidental de su segundo hijo al caer de la cuna siendo un bebé. Lo que ha distanciado al matrimonio sumiéndolo en una profunda depresión. Su proceso de integración en la comunidad, que incluye comprender y acatar las normas que de manera colectiva han consensuado sus habitantes para garantizar su supervivencia, funciona como catalizador emocional para nuevas revelaciones.

En este extraño e inhóspito lugar, Julie, la hija adolescente, encuentra una especie de despertar espiritual al borde del abismo. Tabitha, su madre, parece tocar el umbral de otro plano: uno en el que unos niños, figuras recurrentes y simbólicas, la guían a través de un laberinto mental que roza lo onírico, suplicándole que los salve. ¿Pero de qué?

Guiada por los dibujos infantiles del bondadoso Victor (Scott McCord) (la persona que más tiempo lleva en el pueblo al que llegó siendo niño, sin que podamos precisar con exactitud el tiempo que ha transcurrido desde entonces ni si el autismo que sufre es de origen genético o se le produjo a consecuencia de haber visto cómo los monstruos salidos del bosque devoraban a todos los habitantes del lugar), Tabitha atraviesa un árbol del que cuelgan vistosas botellas de colores y aparece en lo alto de un faro, desde donde un niño vestido de blanco la arroja al vacío, para a continuación despertar en el hospital, creyendo haber vuelto a la vida real. Pero se trata de una esperanza fugaz, pues los acontecimientos que se producen a continuación vuelven a meterla en un bucle temporal que la devuelve al punto de partida, mientras viaja a bordo de una ambulancia bajo custodia policial.

El final de la tercera temporada la muestra descubriendo, junto a Jade, lo que podría ser una verdad devastadora: ¿y si los niños que ambos ven en sus visiones no son víctimas, sino guardianes de ese lugar?

A medida que la trama avanza, se divide en innumerables historias divergentes que se entrelazan, creando una red algo enrevesada. Con secuencias y subtramas que apenas duran un par de minutos por episodio en la que se acumulan las pistas y preguntas para las que no existen respuestas. ¿Es ese pueblo una cárcel? ¿Un experimento sociológico? Como sucedía en Lost, en la trama hay elementos que evocan la ciencia ficción: tecnología rota, patrones repetitivos, símbolos misteriosos, una torre de radio que parece comunicar con “algo más grande”. Pero la serie se resiste a esclarecer el misterio. Cada episodio, deja suficientes dudas sin resolver como para mantener enganchado al espectador.

From no ofrece certezas, solo intriga constante. A veces, la narración peca de alargarse mucho o de sembrar más interrogantes de los que puede resolver, lo que la hace ser una serie ideal para quienes prefieren las preguntas profundas a las respuestas fáciles.

Como el acceso al propio pueblo, la historia se desarrolla en círculos, no en línea recta. Una alegoría sobre lo que significa quedar atrapado: en un lugar, en una idea o en uno mismo.

El verdadero tema no es el encierro físico, sino la angustia vital. Cada personaje está atado a una culpa, a un trauma, a una decisión del pasado que no puede deshacer y que el pueblo, en su encierro, potencia, amplifica o castiga, como lo haría una condena en prisión a cadena perpetua. Su duda es existencial. ¿Quiénes somos cuando ya no queda futuro? ¿Qué nos hace humanos, si lo sobrenatural trasciende y subvierte toda lógica?

Al igual que The Mist o The Twilight Zone, From mezcla el terror psicológico, con crímenes escalofriantes y dilemas morales. La verdadera pregunta que terminan haciéndose sus personajes no es cómo salir de ese extraño purgatorio. Es si alguna vez fueron realmente libres antes de llegar a él.

Título original: From 

Año: 2022

Duración: episodios de 50 min.

País: Estados Unidos

Dirección: John Griffin, Jack Bender, Jennifer Liao, Jeff Renfroe, Brad Turner

Guion: John Griffin, Javier Grillo-Marxuach, Vivian Lee

Reparto: Harold Perrineau, Catalina Sandino Moreno, Eion Bailey, David Alpay
Elizabeth Saunders, Shaun Majumder, Scott McCord, Ricky He, Chloe Van Landschoot, Pegah Ghafoori, Corteon Moore, Hannah Cheramy, Simon Webster, Avery Konrad, Paul Zinno, Elizabeth Moy, Deborah Grover, Kaelen Ohm, A.J. Simmons, Nathan D. Simmons, Robert Joy...

Música: Chris Tilton

Fotografía: David Greene, Christopher Ball, Michael Wale, David Geddes

Compañías: AGBO, Epix, MGM International TV Productions, MGM Television, HBOmax.

Género: Serie de TV. Terror. Intriga. Fantástico

VICIOS OCULTOS

Hay barrios donde la hierba siempre está recién cortada, donde los coches no tienen ni una mota de polvo y sus habitantes sonríen con una disciplina casi militar. En una de esas urbanizaciones de lujo transcurre “Vicios ocultos”, la serie de Apple TV+, protagonizada por el increíblemente atractivo Jon Hamm (Mad Men), quien vuelve a meterse en la piel de un ejecutivo de éxito al que, de pronto, se le tuerce el destino, cuando encuentra a su mujer en la cama con una estrella del baloncesto y deciden divorciarse, quedándose ella con la custodia de sus dos hijos adolescentes, la mansión familiar y casi todos sus bienes. Una noche de mal vino, se lía con una compañera de trabajo y alguien se chiva a recursos humanos, por lo que es despedido de la firma en la que trabajaba, con solo unos meses de indemnización y sin la posibilidad de quedarse con su cartera de clientes.

¿Qué ocurre cuando un hombre que lo ha tenido todo descubre que ya no tiene nada… pero vive rodeado de quienes siguen teniéndolo todo? “Vicios ocultos” -una mezcla de elegante sátira social, comedia negra y thriller suburbano- intenta responder esa pregunta.

Andrew Cooper es el protagonista de su historia. Un hombre que hasta hace poco tiempo lo tenía todo. O eso creía. Era uno de los principales ejecutivos de una firma de inversiones de alto riesgo en Wall Street, estaba casado con Mel (Amanda Peet), una psicóloga con la que tiene dos hijos adolescentes y, a lo largo de su vida, fue amasando un gran patrimonio, hasta mudarse con su familia a uno de los barrios más exclusivos de las afueras de Nueva York, no tan distinto al que vivía Don Draper, en “Mad Men”. Pero de golpe todo empezó a desmoronarse.

“Cancelado” en el mercado laboral por las malas referencias de su ex jefe Jack Bailey (Corbin Bernsen) y por mantener un affaire con una subalterna, lleno de deudas y con una enorme cantidad de gastos, cuando la vida se encarga de despojarlo de ese escudo de apariencia —trabajo, matrimonio, estatus— que hacía que pareciese imbatible, “Coop” no sabe qué hacer. Pero no cae, se desliza…

Su exesposa sigue viviendo en la casa que era de ambos con el hombre con el que le engañó, Nick (Mark Tallman), un egocéntrico ex basquetbolista que jugó en la NBA y él tiene una amante, Samantha “Sam” Levitt (Olivia Munn), amiga de Mel, con la que tiene una relación poco clara; una adorable hermana, Alli (Lena Hall), con problemas psiquiátricos, de la que ha decidido hacerse cargo. Y su relación con sus hijos, Tori (Isabel Gravitt) y Hunter (Donovan Colan), se ha vuelto cada vez más difícil desde el divorcio. Así que, sin muchas alternativas a las que agarrarse, pero decidido a mantener su ritmo y modo de vida, por todos ellos, se transforma en un ladrón de guante blanco.

Con el estilo y la visión estratégica que le caracterizan, decide aprovechar la información privilegiada que tiene sobre la agenda de compromisos sociales (salidas, vacaciones y fiestas) de sus amigos y vecinos, para entrar en sus casas cuando no están y robarles sus pertenencias más valiosas (obras de arte, carísimos bolsos de marca, joyas y relojes de lujo que a veces ni siquiera sabían que tenían) para venderlas en el mercado negro, como una forma desesperada de conseguir el dinero que necesita para seguir habitando en el ecosistema que él mismo ayudó a construir y seguirse codeando con los miembros de una clase social a la que aún aspira a seguir perteneciendo.

Pero lo que empieza siendo una solución temporal termina haciéndose hábito y nuestro hombre le irá cogiendo el gusto a lo de sisarle a los ricos para seguir viviendo como si él aún lo fuera, dedicándose de lleno al crimen (des)organizado.

Lo interesante aquí no es el crimen, sino el contexto. Coop se ve empujado al límite y decide romper las reglas para sobrevivir, un poco a la manera de Walter White, el protagonista de “Breaking Bad”. Pero no roba para alimentar a su familia o repartir el dinero entre los pobres; roba porque no sabe existir fuera de ese ambiente de falsedad y opulencia. Una crítica sutil pero efectiva al espejismo del éxito capitalista y a esa gente frívola que no valora lo que tiene hasta que lo pierde y cuya ambición parece ser insaciable.

El punto de partida no es nuevo, pero “Vicios ocultos” lo actualiza con una sensibilidad contemporánea, centrándose en la superficialidad de las élites modernas y su desconexión con la realidad en la que sobrevive el resto de la sociedad, que simplemente no pueden llegar a entender pues ellos juegan “en otra liga”.

Inteligente, incómoda, sugerente y venenosa, no te hace reír a carcajadas, pero sus guionistas sueltan dardos sarcásticos con gran sutileza y puntería. Las interacciones entre vecinos, esposas, amantes, ejecutivos y terapeutas están plagadas de dobles sentidos y microviolencias verbales que giran en torno a esa crítica al estilo de vida “aspiracional” de los ricos y a sus necesidades creadas.

Hay una observación constante sobre lo artificial, lo performativo y lo hueco. Sin embargo, la serie no profundiza tanto como podría en el impacto real de esa desconexión social, emocional o económica. Es más una radiografía estética que una autopsia moral. En ese sentido, le falta garra.

Jonathan Tropper aprovecha el carisma de Hamm para crear un personaje no tan distinto al de “Mad Men” (una de las mejores series del siglo XXI y la que lo hizo famoso), un tipo cautivador, que puede ser encantador y pedante, irritante y tierno, a la vez. Pero Coop no es Draper. Aunque luzca físicamente igual de impecable, vista sus mismos trajes, conduzca un coche caro y siga empleando su magnética sonrisa como herramienta de seducción. Es un triunfador arruinado. Un cínico que se mueve entre el encanto y la cobardía. Alguien que hace lo que sea preciso para seguir jugando a un juego cuyas reglas ya no lo incluyen.

Hamm consigue que lo odies y al mismo tiempo quieras verlo salir ileso de cada golpe. Un poco porque las víctimas de sus robos son tan o más impresentables que él, unos multimillonarios engreídos, insoportables y crueles a los que odian casi todos, en especial el personal doméstico que trabaja para ellos. Mientras que Coop es, al fin y al cabo, un seductor millonario en deconstrucción.

Su historia va de lo que sucede cuando el éxito ya no basta para justificar tu existencia. Cuando te das cuenta de que el amor de los tuyos vale más que el deportivo de lujo en tu garaje. Cuando eres capaz de ver que tus vecinos no son personas, sino espejos deformantes de todo lo que no quieres admitir en ti. Y lo más perturbador de todo es que, al final, podrías entender perfectamente por qué hace lo que hace.

De ahí que “Vicios ocultos” no sea exactamente una comedia. Aunque tire de humor negro en los saludos amables que enmascaran desprecio y en los secretos e infidelidades que laten bajo las fachadas de perfección. Aquí no hay mártires, solo personas ricas tratando de no hundirse, aferrándose de forma un tanto patética a su estatus, como si fuera la única tabla de salvación en medio de un océano que ni siquiera saben que existe.

La serie apunta con el dedo señalando una realidad incómoda: la del éxito como espejismo y la riqueza como disfraz. No intenta aleccionarte, pero sí hacerte dudar: ¿hasta qué punto nuestras vidas están construidas sobre cosas materiales que podríamos perder de la noche a la mañana? Pero lo hace con delicadeza. Observa más de lo que denuncia. Y aun así, logra retratar con precisión el gran vacío existencial en el que muchos millonarios viven. Por lo que se diría que estamos más bien ante una sátira social.

Visualmente es cautivadora. Empezando por el opening para el que dirección de arte crea un mundo de lujo virtual por inteligencia artificial, que salta por los aires. El tema de apertura se llama «The Joneses» (de Hamilton Leithauser y Dominic Lewis), una estrofa de cuyo estribillo dice: «No puedes seguirle el ritmo a los Joneses«. Y, como curiosidad, Jon Hamm protagonizó «Las apariencias engañan» (2016). Como en aquella película, nada es realmente auténtico en Westmont Village, ni siquiera el dolor. Todo parece comprado en el mismo catálogo de diseño. Los colores fríos, las casas impolutas, la música ambiental, el club de golf, el de tenis, las relaciones, las sonrisas… Todo es demasiado perfecto y desoladoramente falso. Diseñado para ser admirado, no para ser vivido.

Más ácida que “Mujeres desesperadas, aunque sin la sofisticación ni la profundidad de “Mad Men”,Vicios ocultos” no revoluciona el género, pero dentro de su tono policial un tanto absurdo, encuentra resquicios para ocuparse del drama personal del protagonista (un tipo que empezó de abajo, llegó a la cima de “el sueño americano” y tuvo que empezar de nuevo, descubriendo en el camino su lado más oscuro) y lo ejecuta con estilo, ingenio y mala leche. A ratos peca de excesiva elegancia y su crítica social podría ser más afilada, pero consigue lo más importante: entretenernos y hacernos pensar.

Título original: Your Friends & Neighbors

Año: 2025

Duración: 50 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Jonathan Tropper (Creador),
Craig Gillespie, Stephanie Laing, Greg Yaitanes

Guion: Jonathan Tropper, Josh Stoddard, Jennifer Yale, Danielle DiPaolo, Bryan Parker, Evan Endicott, Jamie Rosengard.

Música: Dominic Lewis

Fotografía: Zack Galler

Compañías: Apple Studios, Fortunate Jack Productions. Apple TV+

Género: Serie de TV. Comedia dramática. Sátira social.

MIÉRCOLES. SEGUNDA TEMPORADA (1ª PARTE)

Los cuatro primeros episodios de la Segunda Temporada de “Miércoles”, la confirman como el gran acierto de Netflix para este verano. Una serie que ofrece entretenimiento para todos los públicos que es lo que la mente creativa del dibujante Charles Addams, autor de la idea primigenia, perseguía al concebir a esta lúgubre y extravagante familia a la que bautizó con su propio apellido.

La familia Addams debutó en las viñetas de la revista The New Yorker en 1938, con un aire de incorrección y un humor siniestro y excéntrico, reivindicando “la rareza” respecto a la “normalidad” de la sociedad y la familia tradicional de la época. En los años sesenta, se hizo la famosa adaptación televisiva para la cadena ABC para competir en audiencia con «La familia Monster de la CBS que se basaba en un concepto muy similar, pero dándole a sus historias un tono más ligero y familiar. Años después, llegaría la adaptación cinematográfica de los Addams, bajo la dirección de Barry Sonnenfeld, en la que el espíritu transgresor y la macabra agudeza humorística del original se mantuvieron intactas.

Fue en esas adaptaciones al cine que el personaje de Merlina, Miércoles o Wednesday cobró fuerza. Y con cada nueva entrega fue yendo a más, hasta que la nueva versión televisiva de Netflix ha hecho de ella un fenómeno mediático a escala mundial, catapultando a la actriz que lo encarna, Jenna Ortega, como en su día lo hizo Sonnenfeld con la espléndida Cristina Ricci.

Si en la primera temporada, Ortega ya estaba sobresaliente. En la segunda está espléndida. Con su sarcasmo afilado y su mirada gélida, sigue siendo el alma de la serie, dominando la técnica del rostro inexpresivo del legendario Buster Keaton, como herramienta para el humor.

En cuanto al personaje, Miércoles Addams sigue siendo la misma chica inadaptada e insociable, a quien no le van las lisonjas ni las demostraciones de afecto y descarga sus más íntimas y sombrías emociones interpretando a Prokófiev al cello. De hecho, ha superado su relación con su novio Tyler (Hunter Doohan) que, en lugar de convertirse en sapo, tras su primer beso se transformó en un Hyde y se halla recluido en la institución psiquiátrica de Willow Hill bajo severas medidas de seguridad, encadenado en una celda tras barrotes de titanio, con un collar que libera descargas eléctricas atado al cuello, para aplacar su agresividad y así abortar su conversión en monstruo.

Pese a que la novela de su primer misterio resuelto ha sido rechazada por varias editoriales, la primogénita de los Addams continúa escribiendo y buscando nuevos crímenes que investigar, como los de “el desollador de Kansas City”, interpretado por Haley Joel Osment (aquel niño que en ocasiones veía muertos, en “El Sexto Sentido”), un asesino en serie obsesionado con las muñecas de porcelana, tras el que anduvo a la caza este verano. Pero el personaje se ha vuelto más introspectivo, lidiando con conflictos internos y dilemas morales que añaden profundidad a su icónica frialdad.

De vuelta a “Nevermore” para el inicio de un nuevo curso escolar, vuelve a reencontrarse con algunos de sus antiguos compañeros y profesores, y con la lobita Enid (Emma Myers) quien atraviesa una crisis amorosa al sentirse atraída por Bruno (Noah B. Taylor), un lobo recién llegado a la manada, habiendo perdido el interés por Ajax (Georgie Farmer), el “muchacho gorgona”, pero no sabe cómo decírselo a este. Cosa que a Miércoles se la trae bastante floja. Como le resbala la admiración que despierta entre algunos de los nuevos alumnos, que la tienen por la salvadora del colegio. En especial, una niña pelirroja de ojos saltones que lleva su mismo peinado de míticas trenzas y responde al nombre de Agnes (personaje interpetado por Evie Templeton quien lleva al paroxismo la toxicidad y el carácter psicótico-obsesivo tantas veces típica de los fans), que le pide que le firme un autógrafo, a lo que Miércoles le responde con su habitual acritud que solo se lo firmará con sangre y no precisamente suya 

Este año, Miércoles tiene una importante misión. Vigilar de cerca a su hermano Pugsley (Isaac Ordóñez), quien no deja de meterse en líos y a quien el pobre Eugene (Moosa Mostafa), el coleccionista de abejas y de todo bicho viviente, tiene que soportar como compañero de cuarto en su primer año en el colegio. Pero se siente insegura, pues sus poderes psíquicos están algo descontrolados y es víctima de inquietantes visiones (entre las cuales está la muerte de Enid), mientras lágrimas negras ruedan por sus mejillas. Lo que su madre atribuye a un exceso de impaciencia e intensidad.

Morticia (Catherine Zeta-Jones) cree que su hija está abusando de su don y reconoce en ella los mismos síntomas que manifestara su hermana Ophelia, quien acabó también recluida en Willow Hill, por lo que le esconde el Libro de Goody Addams (una especie de manual de videncia). Lo que las enfrenta y las distancia aún más de lo que una madre y una hija adolescente normales habitualmente lo estarían.

Pero no es ese el único problema al que se enfrenta Miércoles, quien se siente permanentemente observada por una horda de cuervos negros, liderados por uno tuerto, que han provocado ya la muerte de dos personas. Una de ellas el padre de Taylor. Y recibe enigmáticos mensajes de un presunto acosador.

Producida y en parte dirigida por Tim Burton y con Jenna Ortega no solo como protagonista, sino también como productora, la serie ha procurado mejorar algunas cosas tras el éxito viral de la primera temporada. Y en esta primera mitad, compuesta por cuatro episodios, eleva la apuesta con un tono más oscuro y una mayor presencia de la familia Addams, que traslada su residencia cerca del colegio.

La estética gótica, marca registrada de Burton, está más conseguida que nunca. En especial en los episodios dirigidos por este (el primero y el cuarto) que destacan por su atmósfera tenebrosa y los guiños a su filmografía, como una secuencia en “stop motion” en blanco y negro que recuerda a “Pesadilla antes de Navidad”, para contarnos la leyenda del alumno sin corazón al que le instalaron un reloj en su lugar que, tras su trágica muerte, no ha dejado de funcionar, quien estaría enterrado en el Árbol Calavera y vuelve a la vida en forma de zombie, convirtiéndose en la improvisada mascota de Pugsley y Eugene, que lo bautiza como  Slurp (Pota).

Sin embargo, reconvertido en productor y obediente seguidor del canon de la plataforma, hay quien afirma que poco queda ya del enfant terrible y el cineasta transgresor que confería a sus personajes un toque de agridulce otredad y que la Merlina actual es rara, pero no tanto. Acude a una exclusiva academia de jóvenes pijos que se autodefinen como «marginados» o «excluidos» pero aspiran a llevar a cabo las mismas actividades que el resto de los jóvenes «normies» (campamento incluido), investiga crímenes cómo Enola Holmes, compite (hasta llegar a batirse en duelo) con su madre Morticia (Catherine Zeta Jones), como casi todas las adolescentes a su edad, y vive una aventura romántica en un entorno estudiantil, como lo haría la protagonista de cualquier otra serie pensada para teenayers. La convención de la convención.

En suma, lo que sus críticos le reprochan es que la serie conservaría poco de la idea de su creador original y que lo que vemos es más un canto a la igualdad disfrazada de respeto a la diferencia, que una reivindicación de la disidencia normativa. Y bien mirado, algo de eso hay. Es el tributo a la Aldea Global.

Sin embargo, son muchas las virtudes a destacar que la diferencian de las insulsas series para adolescentes que abundan en la plataforma, como las referencias literarias, en especial al libro de Wells, la mención a Beowulf o que una de las víctimas del asesino de los cuervos se apellide Bradbury. Sin dejar de mencionar que el instituto se llame «Nunca Más» y las continuas alusiones a Poe cuya presencia se ve acentuada por el papel central de los cuervos en esta temporada y por el hecho de que se mencione que este ha pasado por la institución, en cuyas paredes hay incluso un retrato suyo.

O las referencias cinéfilas a «El Resplandor» (en la escena de la ducha de Gómez) o «Los Pájaros«, pero también a Annabelle a quien el personaje de Agnes es calcada. O la impecable banda sonora de Chris Bacon con el tema central de Danny Elfman y la inclusión de numerosos temas memorables del cancionero popular, como cuando los estudiantes de acampada cantan alrededor de la hoguera, Bad Moon Rising de Creedence Clearwater Revival o el director Dort se presenta al ritmo de Dancing in the Dark, de Bruce Springsteen, haciendo especial énfasis en la frase “no puedes encender un fuego sin una chispa”. O cuando los esposos Addams bailan al son del tango La Cumparsita y Gomez canta bajo la ducha el bolero Bésame Mucho y cuando Fétido destroza el I wanna know what Love is know what Love is de Foreigner. Todo lo cual compone un mosaico que es gran un homenaje al legado cultural de los 80 y los 90 y hace que la generación boomer también disfrute de la serie y se sienta representada.

La decisión de dividir la temporada en dos partes hace que estos cuatro episodios se sientan como la preparación para un clímax mayor, sin llegar a resolver muchos de los misterios planteados. Lo que puede frustrar a los espectadores que esperaban un ritmo más ágil y hace que algunos personajes secundarios, como Enid, queden relegados a subtramas que no terminan de despegar en esta primera mitad, en la que la Academia “Nevermore” se expande con nuevos personajes, como Barry Dort (Steve Buscemi) el enigmático nuevo director de la institución académica; Isadora Capri (Billie Piper), nueva maestra de música y musicoterapeuta en Willow Hill, quien ejecuta al piano una magnífica versión de Zombie, de los Cranberries para los pacientes del psiquiátrico, mientras Pota se libera de sus cadenas y siembra el caos en el campamento; la Dra. Fairburn (Thandiwe Newton) y Hester, la abuela Addams (Joanna Lumley), próspera empresaria del negocio de pompas fúnebres.

El humor corre a cargo de las travesuras de Pugsley, convertido en un psicópata eléctrico, el excéntrico tío Fétido (Fred Armisen) al que diera vida el actor Christopher Lloyd en la serie original, a quien Ortega ha tenido el detalle de incorporar al reparto; el cadavérico Largo, Cosa (la mano parlante) y Gómez Addams (Luis Guzmán), quien continúa siendo un personaje icónico y entrañable.

Pero los fans de la primera entrega, especialmente los del baile viral de Ortega que podrían echar de menos ese toque ligero de pop bizarro, tendrán que esperar hasta septiembre para ver si la segunda mitad (en la que se anuncia la incorporación de Lady Gaga, con un cameo y un tema original titulado “Dead Dance”) cumple sus expectativas. Por ahora, la serie es un 8/10. Oscura, intrigante, pero con margen para sorprendernos y brillar aún más.

Título original: Wednesday

Año: 2025

País: Estados Unidos

Guion: Alfred Gough y Miles Millar. Basado en el personaje de Wednesday Addams de Charles Addams

Dirección: Tim Burton, Paco Cabezas y Ángela Robinson.

Reparto: Jenna Ortega, Catherine Zeta-Jones, Luis Guzmán, Emma Myers, Hunter Doohan, Joy Sunday, Steve Buscemi, Billie Piper, Joanna Lumley, Thandiwe Newton, Christopher Lloyd…

Fotografia: David Lanzenberg y Stephan Pehrsson.

Música: Danny Elfman y Chris Bacon

Compañías: Millar Gough Ink, 1.21 Films, Glickmania Media, Tee & Charles Addams Foundatin, MGM Television, Netflix

Género: Comedia. Terror. Misterio. Suspense.

THE LAST OF US. SEGUNDA TEMPORADA

Quienes pensaron que la serie “The Last of us” (adaptación del aclamado videojuego de Naughty Dog) había cavado su propia tumba en su segundo episodio, donde ocurre un desenlace fatídico que dejó a la mitad de la audiencia con el corazón roto y a la otra media en shock, sumidas ambas, al igual que a su coprotagonista Ellie Williams (Bella Ramsey), en una dolorosa sensación de orfandad, se equivocaban.

Puede que a partir de ese momento trágico y luctuoso ya nada sea lo mismo en la ficción creada por Craig Mazin y Neil Druckmann, pero de eso se trata. Evolucionar en el marco argumental es obligado para una serie que se inspira en la lógica del videojuego, cuyo principal objetivo suele ser la urgencia de superar obstáculos para pasar de pantalla. Algunos no lo consiguen y para ellos el juego acaba. Pero otros lo logran y, para estos, el juego siguen avanzando. Como avanza la trama de “The Last of Us” tras el brutal impacto de la muerte de Joel Miller (Pedro Pascal) a manos de Abby (Kaitlyn Dever, el gran descubrimiento de la temporada), en cruel venganza por el asesinato de su padre, el cirujano que se disponía a operar a Ellie para extraer de su cerebro las células que la hacen ser la única persona en el mundo inmune al virus del córdiceps y sintetizar a partir de ellas un antídoto destinado a salvar a la humanidad.

Pese a dejar desolados a los numerosos fans de Pedro Pascal (a quien sin duda se echará de menos), el salvaje asesinato de Joel es un plot twist magistral que cambia radicalmente el tono y el contenido de la serie, marcando un antes y un después en la historia, que da un salto generacional. Ya estamos en otra pantalla. Una donde la lírica sigue casando bien con la violencia y el caos. Y donde la aventura de Ellie adquiere un nuevo propósito: la venganza.

Si la primera temporada fue una épica con tintes de redención y sacrificio, esta segunda entrega se sumerge en un terreno más íntimo, humano y sombrío. Con su protagonista abatida por el duelo, pero también determinada a hacer justicia por la muerte de su protector, lo que la lleva a explorar nuevos mundos y a combatir a nuevos enemigos.

Tras el paso de la horda de infectados que atacó a sus habitantes, Jackson City (Wyoming) ya ha dejado atrás el horror vivido aquel día y, poco a poco, reconstruye sus desperfectos, físicos y emocionales, bajo el liderazgo de Tommy (Gabriel Luna), hermano de Joel, y de Jesse (Stephen Chang), predestinado a ser su futuro relevo en la comunidad. Pero si hay alguien que no puede ni quiere dejar atrás lo sucedido es Ellie, quien antes de conseguir el alta médica debe pasar consulta con la psicóloga Gail (Catherine O’Hara), interesada en saber qué quiso decir Joel la última vez que vino a verla, cuando le confesó que “la lastimó, para salvarla”.

Notablemente avejentado, Joel es un padre adoptivo atormentado que peca de sobreprotector con su «hija sustituta» y que va a terapia en secreto para poder lidiar con sus conflictos paterno-filiales, desde que esta decidió mudarse al garaje reivindicando su propio espacio y su independencia. Pero no se atreve a contarle a su terapeuta que, en el camino de vuelta a Jackson, le mintió a Ellie respectó de lo que pasó en el hospital de Lakehill, guarida de los Luciérnagas, diciéndole que no pudieron encontrar una cura, en vez de contarle que él la rescató de sus captores perpetrando una masacre. De hecho, como después sabremos, fue eso lo que provocó su distanciamiento, al margen de la rebeldía propia de la adolescencia. Ellie nunca le perdonó a Joel que asesinara a Marlene (Merle Dandridge), la mujer a la que su madre encomendó su cuidado al traerla a este mundo. Pero ahora él tampoco está vivo y, aunque se muestra mucho más entera y fuerte de lo que realmente se siente, no es hasta que se queda sola cuando vemos lo mucho que le echa de menos. Al volver a la casa que compartieron, le recuerda oliendo una de sus chaquetas. Una escena de gran emotividad que subraya la magnífica banda sonora de Gustavo Santaolalla. Y, durante una concatenación de flashbacks, iremos repasando cómo fue su relación en los últimos años. Los regalos de cumpleaños, las discusiones… La serie insiste en hacernos caer en la cuenta de que esas peleas, esos insultos y esos silencios entre ambos pueden ser los últimos. De hecho, lo fueron. A veces las personas mueren de forma repentina, sin darte tiempo a despedirte, dejándote con lo que no dijiste.

El viaje heroico de esa joven que alguna vez cargó con la esperanza del mundo a cuestas se transforma a partir de la muerte de ese hombre que ha ejercido con ella de padre sin serlo en una caída en picado hacia el trauma, con el dolor como fuerza motriz y el deseo de venganza como objetivo de sus acciones. Aunque no sepa quién es Abby ni por qué mató a Joel, está decidida a buscarla para saldar cuentas. Su amiga Dina (a quien interpreta Isabela Merced, la que fuera «Dora, la exploradora«), con la que sale a patrullar y a matar infectados mientras comparte confidencias de sus ligues, estuvo presente en el club de golf en el que mataron a Joel y recuerda algunos datos del grupo antes de que la dejaran inconsciente. Así que, siguiendo esa pista, ambas deciden empezar a buscar por Seattle.

Por consejo de Tommy, Ellie defiende un emotivo y potente alegato ante la comunidad para buscar voluntarios que la acompañen. Pero su respuesta es negativa Lo que no impedirá que se ponga en marcha, acompañada de Dina, con quien empieza a establecer un vínculo romántico. El único que parece estar dispuesto a ayudarlas es Seth (Robert John Burke), pese a los insultos que les profirió por besarse en medio de la pista de baile la noche de Fin de Año. Un beso del que Ellie y Dina hablan de camino a Seattle, tras visitar la tumba de Joel, donde Ellie deposita unos granos de café, su bebida favorita. Aunque Dina bromea y le quita hierro al asunto del beso, confiesa a su amiga que no es feliz con Jesse, lo que nos deja intuir que el sentimiento y atracción que Ellie siente por ella es correspondido.

Entretanto, la serie nos presenta a los dos grupos que luchan por el poder en Seattle: la secta de los Serafitas, que viven de manera primitiva, sin ningún tipo de tecnología, y el Frente de Liberación de Washington, los Lobos (WLF), una especie de guerrilla paramilitar que acogió a Abby y al resto de los ex Luciérnagas, comandada por el despiadado Isaac Dixon (Jeffrey Wright, «Westworld«). Lo que hace presagiar que la venganza no va a ser fácil.

La Ellie de esta temporada ha crecido. Ahora es menos bromista, no lleva a mano el libro de chistes malos y se prepara físicamente para ser invencible. Ya luce en el brazo el tatuaje que camufla la mordedura de un infectado. No se desprende de su famoso diario ni de la navaja que perteneció a su madre. Y en su habitación de teenager embrutecida hay un póster de su serie de cómics favorita.

A su llegada a una Seattle postapocalíptica, Dina y ella entran en algunos comercios abandonados, como una tienda de discos, donde Ellie encuentra una colección de guitarras que le hace recordar de nuevo a Joel, quien le enseñó a tocar ese instrumento. Es la primera vez que la escuchamos cantar interpretando una versión unplugged del “Take on me” de A-há. Aunque, en el episodio 2, la actriz que da voz al personaje en el videojuego, Ashley Johnson, interpreta “Throuh the Valley” (A través del valle) de Shawn James. Y no será la única referencia musical en esta entrega de la serie que incluye un episodio titulado “Future Days”, como la canción de Pearl Jam que Joel canta para Ellie cuando le regala su primera guitarra. If I ever were to lose you, I’d surely lose myself —la frase que Ellie repite con la guitarra en sus manos— es más que una letra: es un testamento. Cuando Joel le dedica esa canción a su “hija sustituta”, no solo le está diciendo que la quiere; le confiesa que ella es lo único que da sentido a su existencia.

Dina y Ellie se refugian en un viejo cine abandonado donde charlan e intiman. Ellie le cuenta a su amiga cómo encontró a Nora (Tati Gabrielle), una miembro del grupo que iba con la asesina de Joel, y la dejó morir intoxicada por el córdiceps. A lo que esta le responde: «Quizás recibió su merecido». Entonces Ellie le cuenta la historia de Salt Lake City. «Las Luciérnagas iban a usarme para crear una cura. Pero eso significaba que moriría. Y Joel se enteró. Y mató a todos en el hospital. A todos. Mató al padre de Abby. Era médico. Y Joel le disparó en la cabeza. Para salvarme». La comprensiblemente horrorizada Dina le dice: «Tenemos que irnos a casa». Pero, para sorpresa de nadie, no regresan a Jackson. A la mañana siguiente, salen a explorar y se meten en líos, teniendo que ser rescatadas por Jesse.

Al ver que, las dos jóvenes habían salido de Jackson pese a la oposición del Consejo, él y Tommy decidieron seguirlas. Ahora ellos se han dividido para encontrarlas y Jesse y Ellie recorren las calles de Seattle para reunirse nuevamente con el hermano de Joel. De camino, charlan sobre Dina. «No soy ciego ni tonto», dice Jesse. «Veo cómo os miráis. Apuesto a que te dice cosas que no me diría a mí. Como que está embarazada». Ellie se da cuenta entonces de que no todo gira en torno a ella. Pero en lugar de comprender que la seguridad de Dina y su bebé debería de tener prioridad sobre su cada vez más peligrosa misión de venganza, no renuncia a su empeño.

Jesse aclara a Ellie sus sentimientos por Dina: «Sí, la amo. Pero no como tú», le dice confesándole que se enamoró de una chica de un grupo que pasó por Jackson y que quiso irse con ellos pero no lo hizo porque le enseñaron a priorizar a los demás. Pero Ellie zanja su sincera confesión con un: «Entendido. Así que tú eres San Jesse de Wyoming y todos los demás son unos malditos imbéciles». La tensión entre ambos es evidente. Jesse no aprueba el comportamiento temerario de Ellie. Su conversación tiene lugar en una vieja librería, donde la joven hojea “The Monster at the End of This Book”, novela en la que el monstruo al final resulta ser el narrador mismo. La comparación es brillante: Ellie ha estado regodeándose en su dolor, convencida de ser víctima, sin aceptar que está a punto de convertirse en verdugo. ¿El objetivo? Mostrarnos que quizás Ellie, Abby y el Joel de sus peores momentos no sean, después de todo, tan diferentes.

Cuando Jesse admite que votó en contra de secundar su venganza, Ellie divisa una especie de islote con una noria gigante del que le habló Nora. En medio de una tormenta bíblica, roba un barco y se abre paso hasta él, sorteando las olas de un mar embravecido. Finalmente, llega al Acuario de Seattle, donde se encuentra con Owen (Spencer Lord) y Mel (Ariela Barer), otros dos miembros del grupo de Abby. Owen intenta negociar con ella, recordándole: «Yo soy quien te mantuvo con vida». Pero Ellie insiste en que ambos morirán si no revelan el paradero de la asesina de Joel. Owen intenta sorprenderla con su arma y lo que sigue a eso es una escena absolutamente desgarradora, en la que Ellie mata sin querer a una mujer embarazada y a su bebé nonato, que apenas tenemos tiempo para procesar, porque Tommy la encuentra y la lleva de vuelta al cine donde, junto a Jesse, le ofrecen algo de consuelo. «Ellos formaban parte de esto. Tomaron sus decisiones. Eso es todo». «Si yo estuviera ahí fuera, habrías incendiado el mundo para salvarme», le dice Jesse a Ellie. Entonces oyen ruido en la habitación contigua, corren a investigar y Abby mata a Jesse de un disparo según lo ve, apuntando a Ellie con su arma. Esta levanta las manos y le ruega que le quite la vida, pero deje ir a Tommy y a Dina. «Ya te dejé vivir. Y la desperdiciaste», contesta Abby. Luego dispara…

Todavía es pronto para saber si la tercera entrega cumplirá con las elevadas expectativas que deja este final agónico, pero no cabe duda de que The Last of Us sigue teniendo potencial para sorprendernos (sobre todo, a quienes no seguimos el videojuego) y una calidad que no abunda en estos tiempos de series tan previsibles.

Título original: The Last of Us. Season 2

Año: 2025

Duración: 7 episodios de 59 min.

País: Estados Unidos

Dirección: Craig Mazin (Creador), Neil Druckmann (Creador), Mark Mylod, Peter Hoar, Kate Herron, Stephen Williams, Nina Lopez-Corrado.

Guion: Craig Mazin, Neil Druckmann, Halley Wegryn Gross. Bas. Videojuego Neil Druckmann

Reparto: Bella Ramsey, Pedro Pascal, Gabriel Luna, Isabela Merced, Kaitlyn Dever, Young Mazino, Spencer Lord, Tati Gabrielle, Ariela Marer, Rutina Wesley, Catherine O'Hara, Jeffrey Wright…

Música: Gustavo Santaolalla, Dave Fleming

Fotografía: Ksenia Sereda

Compañías: Naughty Dog, PlayStation Productions, Sony Pictures Television, The Mighty Mint, World Games. Productor: Craig Mazin, Neil Druckmann, Asad Qizilbash. Para HBO Max

Género: Serie de TV. Thriller. Drama. Ciencia ficción. Futuro postapocalíptico.