El peligro de los homenajes cinematográficos suele ser que, en lugar de dialogar creativamente con el pasado, acaban convirtiéndose en un rendido y devoto tributo a la propia idolatría. El homenaje funciona cuando reinterpreta, explica y aporta, pero cuando la admiración pesa más que la imaginación la película corre el riesgo de perder identidad, emoción y sentido narrativo, transformándose en una suerte de collage nostálgico.
Algo de eso le sucede a la “Nouvelle Vague” de Richard Linklater (autor de la trilogía de Antes de…), el cineasta estadounidense que mejor ha movido la cámara por las calles europeas. Un bonito ejercicio de estilo o, si se prefiere, “un manifiesto cinéfilo sin pretensiones, festivo y vitalista, liviano, sincero y alocadamente cómico», como ha sido presentado en su estreno.
Para quienes nada sepan del que es considerado uno de los más influyentes, internacionales, modernos y perdurables movimientos cinematográficos, surgido en Francia a finales de los años cincuenta, como reacción a las convenciones y estructuras presentes en el cine de masas de la época y que tuvo su incubadora en la minúscula sala de redacción de la revista Cahiers du Cinéma, fundada por André Bazin, donde un grupo de jóvenes aspirantes a cineasta esperaban turno para debutar en el séptimo arte mientras ejercían de guionistas a sueldo y elaboraban sus sesudas y a menudo despiadadas críticas, Linklater tiene la prevención didáctica de presentarnos a cada uno de los personajes que integraron esa “nueva ola” que protagonizó la edad dorada del cine francés, en un primer plano rotulado con su nombre. Así vemos desfilar por su película a: François Truffaut (Adrien Rouyard), Agnès Varda (Roxane Rivière), Jacques Rivette (Jonas Marmy), Éric Rohmer (Côme Thieulin), Alain Resnais (Pierre Glènat) o Claude Chabrol (Antoine Besson), a quien fue su precursor Jean-Pierre Melville (Tom Novembre) y por supuesto, a Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck), el más vanidoso, ocurrente y atrevido de los miembros del grupo, quien es el auténtico protagonista de este making of retro que recrea los veinte días de rodaje de su ópera prima Al final de la escapada (À bout de soufflé, 1960) considerada, junto a Los 400 golpes (Les Quatre Cents Coups, 1959) de Truffaut y Hiroshima, mon amour (1959) de Resnais, una de las películas más representativas de la Nouvelle Vague, por haber roto todas las convenciones del cine clásico.
Y eso que Godard fue el último de los miembros del grupo en desvirgarae como director de largometrajes. El crítico más punzante de Francia había rodado antes un corto, pero pensaba que «la mejor forma de hacer crítica es hacer una película», tal y como le advierte a quien sería después su productor, Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst), tras encontrárselo en una fiesta y recriminarle que su última producción El desfiladero del diablo «apesta».
La Nouvelle Vague comienza a tomar forma en 1958, cuando Chabrol se convierte en el primero rodar dos películas gracias al dinero que su mujer obtiene de una herencia. Pero serán Truffaut, Resnais y Godard -este último con la inestimable ayuda de Raoul Coutard (Matthieu Penchinat), el director de fotografía que trabajó estrechamente con él y que en esta película tiene un peso fundamental- quienes lo llevarán a sus mayores cotas de gloria, haciendo de él no solo un nuevo estilo de rodar sino una forma revolucionaria de concebir, de filmar, de dirigir, de montar, de pensar y de vivir el cine, centrada en la búsqueda de la naturalidad, la espontaneidad y la autenticidad.
Imbuido de ese espíritu impertinente y libérrimo, Godard estaba obsesionado con captar la inmediatez de lo inesperado en su primera película. Lo que de algún modo entra en colisión con la de Linklater que es una emulación muy bien diseñada y planificada del proceso creativo de Al final de la escapada. Tan meticulosa y elegante que seguramente el director del filme original la despreciaría por ello.
La devoción del director estadounidense es tal que hace que, por momentos, su película se sienta más como una “pieza de museo” que como el caos juvenil, despreocupado y a veces francamente desastroso que fue el rodaje del primer filme del célebre director galo, protagonizado por la estrella americana del momento Jean Seberg (la chica del pelo a lo garçon) y el boxeador-aspirante-a-actor Jean-Paul Belmondo.
Linklater no intenta copiar el espíritu anárquico y algo gamberro de Godard (al que siempre se ha retratado como un director vanidoso, conflictivo, soberbio y déspota) tanto como simular su estética, para lo cual decide utilizar el formato 4:3 y la fotografía en blanco y negro con textura de grano visible, y juega con los saltos de plano abruptos, los fallos de racord y las marcas de cambio de bobina, acompañando las escenas de la película con una divertida banda sonora de jazz (e incluye temas de compositores como Jean Constantin y Martial Solal). El resultado es hermoso y resulta evocador para los muy cinéfilos que también disfrutarán con la inclusión de figuras que en principio no andaban por allí, como Roberto Rosellini (Laurent Mothe) o Robert Bresson que protagonizan dos escenas con moraleja. «No hay una sola forma de rodar, pero la mejor es la más sencilla y siempre hay que rodar en un estado de urgencia y de necesidad», le dice Rossellini a Godard, después de robarse unos bocadillos y antes de pedirle algo de dinero suelto.
Como escribe Marta medina del Valle en El Confidencial: “Nouvelle Vague es cine dentro del cine, como lo fue La noche americana (1973) de Truffaut, es una historia de amor -de los personajes de Patricia y Michel- dentro de otra historia de amor -de Godard y el cine-, es un film noir de robos y persecuciones, y es también un ensayo fílmico que desgrana la visión -no los mandamientos, porque mandamientos no hay ninguno- de Linklater sobre su oficio, heredados de Godard y antes de Rossellini y los neorrealistas italianos”. Pero también se siente como si alguien recreara un cuadro de Pollock utilizando la regla y el compás.
La película brilla especialmente en las escenas de rodaje callejero, donde se percibe la genuina energía del París de los años sesenta, la improvisación de los travellings escondiendo la cámara en un carromato, el aprovechamiento de los cambios de luz del alumbrado público, los curiosos que se arremolinan en torno al equipo y que acaban siendo incluidos como extras, la cámara corriendo detrás de Belmondo y Seberg (o al revés), como si el mundo se fuera a acabar al terminar la bobina. Y los diálogos en sus pintorescos cafés o durante las proyecciones, donde aparecen Truffaut, Chabrol, Rivette y compañía, destilando la fina ironía y la amistosa rivalidad que caracterizó la camaradería del movimiento.
Guillaume Marbeck interpreta a un Godard que no se quita nunca las gafas de sol, hablando en aforismos, fumando sin parar y sonriendo con esa media sonrisa cínica de quien se piensa de vuelta de todo. El suyo no pretende ser un retrato psicológico profundo del gran cineasta francés, sino una caricatura de la icónica imagen que el propio Godard se encargó de cultivar durante décadas. A la que Zoey Deutch, como Jean Seberg, ofrece el contrapunto perfecto: una actriz que viene de rodar una película con el laureado Otto Preminger, atrapada entre el desgarro del método hollywoodiense y la exigencia godardiana de “ser natural”. Su frustración al rodar sin diálogos ni sonido directo es palpable y muy humana. Mientras Belmondo es retratado como un joven actor confiado y despreocupado, un bromista, capaz de enamorar a cualquier chica que se le ponga delante (aunque esté casada, como Seberg).
La película de Linklater es, en definitiva, una delicia para cualquiera que ame el cine francés de los años 60, la cinefilia militante y las películas-sobre-películas. Pero es también, paradójicamente, un homenaje demasiado respetuoso a un movimiento que se definió justamente por su falta de respeto. Su director cuenta la historia de cómo se rompen las reglas sin romper ninguna, escribiendo con extrema corrección una carta de amor demasiado pulcra a un cine que nació por y para el desorden y la irreverencia. Es una película sobre la libertad creativa que se siente, en el fondo, muy segura de sí misma y el mayor reproche que se le puede hacer es, en este sentido, que no arriesga lo suficiente.
Si no has visto Al final de la escapada, mi recomendación es que veas primero la original. Y luego disfrutes de Nouvelle Vague, como quien hojea un viejo álbum de fotos de aquella juventud irrepetible, cuando el cine y el arte se permitían ser transgresores.




























Título original: Nouvelle Vague
Año: 2025
Duración: 105 min.
País: Francia
Dirección: Richard Linklater
Guion: Holly Gent Palmo, Richard Linklater, Laetitia Masson, Vincent Palmo Jr., Michèle Pétin
Reparto: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch, Aubry Dullin, Bruno Dreyfurst, Benjamin Clery, Matthieu Penchinat, Suzon Faye, Blaise Pettebone, Benoît Bouthors, Paolo Luka Noé, Adrien Rouyard, Jade Phan-Gia, Jodie Ruth-Forest, Antoine Besson, Roxane Rivière, Jean-Jacques Le Vessier, Côme Thieulin, Laurent Mothe, Jonas Marmy, Niko Ravel, Tom Novembre, Pierre Glènat …
Fotografía: David Chambille (B&W)
Música: Marc Collin y Olivier Libaux
Compañías: ARP, Cinetic Media. ARP
Género: Drama. Comedia. Cine dentro del cine. Años 60.






































































































































































































































































































