La premisa de la que parte “Daddio” (recién estrenada en Netflix) es interesante. El arte de la conversación se ha perdido en estos tiempos tan polarizados y el estado de los diálogos en el cine —a menudo demasiado explicativos, superficiales o pretenciosos— es un buen reflejo de ello. Por lo que su director y guionista Christy Hall se ha propuesto dar protagonismo a la comunicación humana imaginando una situación, no del todo inhabitual aunque bastante improbable, en la que los personajes se ven forzados a entablar una conversación que empieza siendo trivial y, sin saber cómo, se vuelve cada vez más personal, quizá demasiado íntima.
Una mujer joven (Dakota Johnson, quien también produce el filme) sube a un taxi regular (los amarillos) en el aeropuerto JFK con un conductor malhablado y curtido en el oficio (al que da vida Sean Penn) al volante. Un hombre que ha estado casado dos veces y propenso a filosofar sobre la vida y la marcha del mundo. Nada más subirse al coche, pone en marcha el taxímetro, pero observa que a su anónima y atractiva pasajera no le preocupa, ya que, pese a ser de Oklahoma, vive desde hace años en el centro de Nueva York y ha hecho ese viaje las suficientes veces como para saber que el servicio nocturno del aeropuerto a Manhattan funciona a tarifa fija.
A partir de esa situación de arranque, toda la acción -por así decirlo- de la película ocurre dentro de ese taxi, durante su recorrido por la autopista de Long Island. El director de cine independiente decide exprimir al máximo las posibilidades que le brinda ese espacio cerrado y construye una propuesta casi teatral, en una única escena sostenida únicamente en el diálogo entre ambos personajes. Sin subtramas ni distracciones, todo depende de la química entre los actores que los encarnan y de la habilidad del libreto para hacer que la charla resulte convincente sin caer en lo artificial.
El problema es que no siempre lo consigue. Hay momentos en los que la conversación parece auténtica, como extraída de la vida misma. Y, en otros, el texto se vuelve demasiado consciente de sí mismo, como si quisiera subrayar su propia trascendencia y profundidad.
Sean Penn imprime a su personaje un carácter algo turbio, indiscreto y casi intimidante. Su conductor no busca caer bien; resulta más bien invasivo y provocador, lanza preguntas inquisitivas, a modo de pequeñas trampas, sobre su vida familiar y afectiva, al personaje de Dakota Johnson, que esta al principio esquiva o contesta, devolviendo el golpe. La dinámica entre ellos tiene algo de duelo verbal, pero también de improvisado confesionario sobre ruedas, dejando entrever ambos cada vez más sus grietas emocionales.
Lo que comienza siendo un intercambio casual, se convierte sobre el papel en “una charla profunda y, en ciertos momentos, aleccionadora para ambos personajes” pero la realidad es que, por más buenos actores que demuestren ser Johnson y Penn, a ratos, los diálogos suenan superficiales y limitados en su intento de explorar temas como el amor, los vínculos familiares y las experiencias de vida.
La manera que tiene Hall de abordar la vulnerabilidad contemporánea: la excesiva conectividad a través del smart phone, relaciones sexuales y afectivas mediadas por pantallas, intimidades fragmentadas, conexiones que se construyen y se rompen en cuestión de segundos, es interesante. Pero los silencios incómodos y las miradas furtivas a través del retrovisor, la superioridad intelectual y educación de la joven que choca con el abuso de confianza y descarnado testimonio del taxista que presume de ser quien realmente sabe de la vida por la sabiduría que otorga la experiencia y la diferencia de edad entre ambos (sexagenario y treintañera) hacen que la historia se reduzca al final a un montón de generalidades y lugares comunes.
Hall comete no duda en posicionarse sobre la dependencia que desarrollan ciertas mujeres, por más inteligentes y profesionales exitosas que sean (como la protagonista, de quien sabemos que es programadora informática) hacia los hombres de edad avanzada (de ahí el cuestionable título de la película), desplegando la manida teoría freudiana que atribuye el que las chicas jóvenes se líen con un sugar daddi al abandono paterno sufrido en la infancia. Lo que hace que la película rezume un insoportable machismo condescendiente.
Mucho más atinada resulta, en cambio, la reflexión inicial, donde el personaje de Penn (de nombre Clark, aunque preferiría llamarse Vini, porque Clark se le hace demasiado pijo) rompe el hielo elaborando una afilada disertación sobre el peligro de las apps y de que el dinero contante y sonante esté siendo sustituido por los pagos con tarjeta, al hacer balance de una noche de trabajo que ha sido escasa en propinas. “Cuando solo había efectivo la gente te daba 10, 20, 50, como si fuesen billetes del Monopoly, pero ahora con el plástico les da tiempo a pensar. Miran los numeritos de la pantalla y, en un momento, ya estoy jodido”, le dice. “Y putas apps. Para todo. Pizza, vino, jabón o comida china. Te compras lo que quieras sin sacar la cartera. Adiós propinas. Antes el dinero era la sal. La misma mierda que le echamos a los huevos cada mañana. La gente mataba por esa chorrada. Y el té y el café, lo mismo. ¿No te parece muy fuerte? Con los años el dinero ha pasado de ser sal, a oro, a papel y ahora es solamente una idea, unos numeritos en una pantalla. No puedes tocarlo, enterrarlo, ni marcar una X para ver dónde está. Lo atas a una puta mariposa y lo mandas volando a la nube. Pero un día de estos esa nube se va a abrir y nos va a caer lluvia ácida mientras miramos con cara de gilipollas”.
Llegados a este punto, de más está decir que Daddio no es una película llamada a pasar a la posteridad. Su principal problema es la pretensión de ser más inteligente de lo que finalmente logra ser. Su ritmo pausado puede resultar molesto si uno espera grandes giros o revelaciones contundentes. Aquí no hay clímax, solo una larga y demasiado honesta conversación con un extraño.
Penn entiende esa fragilidad y la convierte en arma. Johnson, en cambio, trabaja desde la contención. Su personaje mide cada respuesta como si hablar demasiado pudiera costarle caro, mientras responde con aprensión a los insistentes mensajes subidos de tono de su amante. Entre ambos se crea una tensión irregular, a veces magnética y por momentos fruto de una forzada naturalidad, como en esas conversaciones que uno no recuerda haber empezado pero tampoco sabe cómo terminar.
Yo voy a hacerlo con lo que escribió sobre ella el crítico de Los Angeles Times: “Al ver la insípida «Daddio», uno nunca se preocupa de que ocurra algo inapropiado o explosivo entre el conductor machista de buen corazón y la joven pasajera, inteligente pero vulnerable, que «sabe defenderse», como Clark observa con frecuencia. Esa falta de tensión es el problema. La película trata menos de una conversación matizada entre desconocidos que de una construcción meticulosa del guionista, diseñada para salvar un punto muerto cultural entre los sexos. Hall está tan ansioso por escenificar un gran momento que trastoque las expectativas y provoque epifanías lacrimógenas. La vida puede ser el tema, pero la vida es lo que falta”.
Las películas de asesinos en serie ofrecen un prolífico historial de relatos que van de lo truculento a lo repulsivo. Pero hay algo profundamente desgarrador y a la vez aterrador en La chica de la aguja. La sórdida película del director sueco afincado en Polonia Magnus von Horn (Gotemburgo, 1983), a partir de un guion coescrito con Line Langebek, alumbra un nuevo «cine de la crueldad» más abyecto, infrahumano y pavoroso, si cabe, que el género original.
El argumento de su historia está vagamente inspirado en uno de los casos criminales más famosos en la historia moderna de Dinamarca: el caso de Dagmar Overbye, niñera de profesión, quien fue condenada por el asesinato de nueve niños (aunque se cree que mató hasta a 25), en su mayoría bebés, en una carrera homicida que comenzó en 1913 y culminó con su arresto, en 1920.
A tal punto fue sonado su caso que la legislación danesa sobre cuidados infantiles introdujo una serie de cambios a raíz de su detención y condena. Entre ellos, la implementación de un sistema de identificación numérica para los recién nacidos, hasta ese momento inexistente.
Lo primero que von Horn quiere que veamos en la pantalla es el rostro de una mujer transformándose, deformándose, metamorfoseándose en múltiples rostros, a partir de lo cual, él y Langebek se acercan al suceso a través de los ojos de Karoline -la chica de la aguja del título- un personaje profundamente dickensiano, al que da vida Victoria Carmen Sonne (Godland), actriz que le imprime la dosis justa de fiereza, ingenuidad y desdicha.
Karoline es una desgraciada víctima de su tiempo y de sus penosas circunstancias. Costurera en una fábrica y probable viuda de guerra –no tiene noticias de su marido desde que se alistó para ir a la Gran Guerra– vive en una buhardilla insalubre, convertida por el abandono en que se encuentra en un improvisado palomar, al que tuvo que mudarse cuando la echaron de su casa por no poder pagar el alquiler. Su situación es desesperada. Apenas tiene pan que llevarse a la boca hasta que entabla una relación sentimental con (Joachim Fjelstrup) el gerente de la pequeña factoría en la que trabaja de jornalera.
Ilusionada con la posibilidad de cambiar de status por vía matrimonial al quedarse embarazada de este, sus planes se tuercen cuando su marido vuelve sorpresivamente del frente, escondiendo bajo una máscara las horribles deformidades de su rostro provocadas por una explosión, que le impiden llevar una vida medianamente normal y lo acaban convirtiendo en un fenómeno de feria para procurar ganarse la vida. Al regreso de su esposo, cargado de traumas a raíz de los horrores vividos durante la contienda, se suma el rechazo de la acaudalada familia de su amante, con el corolario de un embarazo ya no deseado.
Durante los primeros cuarenta minutos, von Horn deja claro cuál es el trasfondo social en el que transcurre la acción: una sociedad de postguerra, con enormes desigualdades de clase, donde los derechos laborales y reproductivos brillan por su ausencia y los pobres trabajan en condiciones cercanas a la explotación.
La necesaria lucha por la supervivencia de Karoline la lleva a tomar decisiones erróneas. Es una criatura salvaje, sin opciones ni preparación, que se siente como un animal acorralado. Desde esa posición, decide deshacerse del bebé que espera, practicándose un aborto ella misma con una aguja de tejer en unos baños públicos.
Es allí donde conoce a Dagmar (la veterna actriz Trine Dyrholm), una carismática mujer que dirige una agencia de adopción clandestina y ayuda a las madres a encontrar hogares de acogida para sus hijos no deseados. Ella y su hija Erena salvan a Karoline de morir desangrada y le dan la tarjeta del local de venta de golosinas que regenta como tapadera, aconsejándole que la busque cuando dé a luz, para ayudarle a entregar a su hijo o hija a una buena familia.
Dicho y hecho. Sin ningún otro sitio al que recurrir, Karoline no solo acudirá a ella para desprenderse de su bebé, al que ha dado a luz en la calle y al que ya no volverá a ver con vida, sino que le pedirá a Dagmar trabajo y alojamiento. La relación entre ambas mujeres irá mutando de un modo extraño y afianzándose hasta el descubrimiento del horror más inimaginable.
La película no es fácil de ver y, sin embargo, resulta hipnótica. Hay episodios de celos y engaños, que son retorcidos e intrigantes. Pero el balance general resulta desolador. La lista de desgracias y horrores que se solapan sin descanso llega a ser abrumadora. Sin embargo, resulta efectiva para las intenciones del director sueco. von Horn consigue crear un clima tan opresivo, sombrío y desprovisto de esperanza, que hace que lleguemos a comprender por qué muchos de sus personajes -los más fuertes- son seres despreciables, corrompidos por una enfermedad social generalizada, mientras los más débiles parecen criaturas sin salida.
El único consuelo de Karoline, convertida muy a su pesar en una nodriza de leches, al ser obligada por Dagmar a alargar su condición de lactante para dar de mamar a los bebés que desfilan por la confitería que regenta (incluso a su propia hija ya talludita) y poderle pagar así el techo y la comida, parece ser ir al cine a ver la última película de Asta Nielsen e intentar «dejar de sentir» ingiriendo algunas gotas éter, al que termina haciéndose adicta.
Rodada en un blanco y negro de alto contraste de enorme fuerza estética, como homenaje al cine mudo, por el director de fotografía polaco Michal Dymek (el mismo de Cold War), quien también iluminó el film anterior de von Horn (Sweat), cuando La chica de la aguja baja el telón, queda claro que el nuevo trabajo del realizador sueco está más cerca de la fábula expresionista o del cuento de hadas grotesco que del cine poético de Michael Haneke. «Quería contar la historia en el contexto del terror. Pero cuanto más intentaba desarrollar una película de terror, más drama surgía. En La chica de la aguja conocemos a una pobre mujer que vive en un desván, a un príncipe en un caballo blanco que resulta ser un cobarde, a un monstruo sin rostro pero con un corazón de oro y a una bruja en una tienda de dulces. Un cuento de hadas para adultos. Este es el estilo que hemos elegido para contar una historia que sucedió hace mucho, mucho tiempo, pero que aborda un asunto tan cercano a nosotros hoy: los no deseados y lo que vamos a hacer con ellos», ha explicado el director.
Yo diría que se trata más bien de un drama psicológico de raíz social atravesado por una sensibilidad hacia el cine de horror y una estética que redescubre el expresionismo haciéndolo algo contemporáneo. Una especie de realismo social ennegrecido que tiene una raíz muy fuerte en lo material (condiciones de vida, violencia estructural, precariedad) y que sin ser cine de terror trabaja con una inquietud constante, casi orgánica. En ese sentido, conecta con cierta tradición europea y rinde homenaje al cine de los hermanos Dardenne, aunque su relato está pasado por un filtro menos naturalista y más sombrío. No es el único homenaje al cine que rinde, también encontramos referencias explícitas a El hombre elefante de David Linch o a La salida de la fábrica de los hermanos Lumière.
Sea como sea, se trata de una película que encoge el corazón sobre mujeres desesperadas que buscan controlar el mundo que las rodea, aun sabiendo que sus opciones son limitadas. El peaje es duro pero compensa. Es cine europeo con una factura visual de gran calidad. Está en Filmin.
Título original: Pigen med nålenaka
Año: 2024
Duración: 115 min.
País: Dinamarca
Dirección: Magnus von Horn
Guion: Line Langebek Knudsen, M. von Horn
Reparto: Victoria Carmen Sonne, Trine Dyrholm, Besir Zeciri, Joachim Fjelstrup y Ava Knox Martin
Música: Frederikke Hoffmeier
Fotografía: Michal Dymek (B&W)
Compañías: Creative Alliance, Lava Films, Nordisk Film
Género: Drama. Thriller. Adopción. Maternidad. Años 1910-1919. Basado en hechos reales.
Steve Night ha decidido poner fin, con su película El hombre inmortal, a la primera parte de la historia del clan de los Shelby y ya se anuncia la secuela que estará protagonizada por el actor y bailarín británico Jamie Bell (quien se estrenó en el cine siendo un niño, como protagonista de Billy Elliot, y al que hemos visto después en Skin, Rocketman y Los 4 fantásticos) que finalmente tomará el relevo de Conrad Khan y Barry Keoghan en el papel de Duke Shelby, para ponerse al frente de una nueva generación de la banda de los Peaky Blinders, que seguirá activa después de la II Guerra Mundial. A la espera de ver cómo sigue la historia de los Shelby, he decidido hacer una compilación, a modo de resumen, del argumento de las seis temporadas de la que es, y será siempre, una de mis series favoritas.
TEMPORADA 1
En el Birmingham de 1919, la familia Shelby controla el negocio de las apuestas ilegales. Como muchos otros jóvenes, los tres hermanos mayores, Arthur (Paul Anderson), Thomas (Cillian Murphy) y John (Joe Cole), tuvieron que alistarse en el ejército para combatir como soldados en la Gran Guerra que duró del 28 de julio de 1914 al 11 de noviembre de 1918 y, tras cuatro largos años, regresan junto a los suyos, cargando con los traumas y las graves secuelas físicas y emocionales que la brutalidad de una experiencia extrema de combate tan prolongada les dejó.
La guerra devuelve a Inglaterra una generación de hombres rotos, afectados por todo tipo de neurosis, a los que les cuesta volver a adaptarse a la sociedad tras haberse librado milagrosamente de la muerte y pasado hambre, miedo y enfermedad, en las trincheras del frente de Flandes.
Los hermanos Shelby forman parte de esos hombres. Al volver a casa, comprueban que el negocio familiar ha estado en buenas manos, las de Polly Gray (Helen McCrory), quien ha ejercido de tía y madre de los hijos de su hermana desde que esta falleció y su padre les abandonó. En ausencia de los hombres de la familia, han sido ella y su sobrina Ada, las que han tenido que tirar del carro haciendo que la correduría de apuestas clandestina les provea de lo necesario para sobrevivir todos estos años. Pero, ahora que ellos han vuelto y deben cederles nuevamente las riendas del negocio.
Generacionalmente, le correspondería a Arthur ser el cabeza de familia, pero Thomas, el mediano, es mucho más inteligente y mejor estratega. Por lo que pronto se convierte en el auténtico jefe del clan, dejando que su hermano (mucho más bruto, violento y temperamental) sea quien ejecute sus órdenes al frente de la banda de los Peaky Blinders, cuya actividad delictiva se diversifica y amplía con el contrabando y la extorsión, multiplicando las ganancias del clan.
Todo se complica cuando, contrabandeando con alcohol y tabaco por el canal, se hacen, por error, con un cargamento de armas robadas al gobierno. Lo que provoca la llegada del inspector Chester Campbell (Sam Neill) a Small Health (un barrio de clase obrera con abundantes fundiciones y fábricas del sector siderometalúrgico, a pleno rendimiento en los años de la revolución industrial), enviado por la Corona británica a Birmingham para recuperar las armas y limpiar la ciudad de organizaciones criminales.
Pero Thomas decide no devolver el cargamento y utilizar el arsenal como moneda de cambio para negociar nuevas cuotas de poder. Lo que no sabe es que está siendo espiado por Grace Burgess (Annabelle Wallis), empleada como nueva camarera en el Pub Garrison, quien en realidad trabaja como agente infiltrada de Campbell. Un hombre reprimido y cruel que está obsesionado con ella y alberga la secreta esperanza de que sea su prometida, pese a la notable diferencia de edad que hay entre ambos.
Los hermanos Shelby hacen una visita a un campamento de gitanos romaníes, de vida nómada, con quien Thomas quiere establecer una alianza estratégica, para lo cual decide arreglar el matrimonio de su hermano John con Esme (Aimee-Ffion Edwards), una de las hijas de la familia Lee, quien aporta una energía distinta dentro del universo Shelby: más libre, más indómita, más gitana y salvaje de espíritu y menos atada a las reglas del clan.
Mientras los Shelby expanden su negocio a través del crimen organizado y Thomas manipula tanto a la policía como a otras bandas rivales, su hermana Ada (Sophie Rundle) mantiene en secreto un apasionado romance con Freddie Thorne (Iddo Goldberg), un combativo líder sindical comunista, quien sirvió como soldado la misma unidad de zapadores que estaba al mando de Thomas. Ada se queda embarazada y desafiando la ira de sus hermanos, Freddie se casa con ella. Aunque Tommy en un principio se opone a la relación, finalmente les da su bendición conmovido por el amor que ambos se profesan. Pero Freddie es arrestado por Campbell y golpeado salvajemente en prisión. Por lo que los Peaky Blinders deberán intervenir para lograr que salga en libertad.
Ada da a luz a un niño, al que le ponen de nombre Karl (en homenaje a Karl Marx) y vive con su marido y su hijo en la clandestinidad. Mientras Grace y Tommy se embarcan en un tórrido romance que hace que ella se replantee perjudicarle, por lo que acaba desairando y traicionando al inspector.
Las armas son finalmente devueltas y los Shelby consolidan su poder local. Campbell intenta vengarse sin éxito de Grace que, desenmascarada por Polly, termina desapareciendo de la vida de Tommy.
TEMPORADA 2
La segunda temporada de la serie se abre con un funeral. El de Freddie Thorne, de quien sabemos que ha muerto a causa de una enfermedad infecciosa, algo muy típico de la época. Su muerte ocurre mientras vivía escondido o huyendo de la policía por su activismo político.
Su viuda, Ada Shelby, tiene en brazos a su hijo, que ya tiene cerca de un año, y decide cambiar su nombre por el de Ada Thorne e instalarse en Londres para seguir con el legado político de su marido, lejos de la familia y sin la losa de llevar el mismo apellido de sus hermanos que ahora viven como oligarcas, entregados al crimen. Thomas está de acuerdo. Aunque seguirá brindándole protección a sabiendas de que su actividad delictiva les ha grajeado muchos enemigos y que cualquier miembro de la familia puede ser un objetivo.
Los Shelby expanden su negocio a la capital del Reino Unido, entrando en disputa con la banda de Darby Sabini (Noah Taylor), un peligroso capo italiano, por el control del territorio, y estableciendo una tensa alianza con otro mafioso de origen judío, que responde al nombre de Alfie Solomons (Tom Hardy).
A medida que asciende socialmente, gracias a la riqueza que le proporciona el negocio del contrabando, los Peaky Blinders se vuelven más violentos. Destrozan locales de alterne y practican la extorsión mafiosa.
Thomas entra en contacto con gente con algunos grupos políticos (incluidos los comunistas) y gente del IRA, instrumentalizando esos vínculos para sus propios fines de ensanchar y consolidar su imperio.
Ello abre múltiples frentes en el argumento: la guerra con los Sabini, los negocios de apuestas en los hipódromos del sur y los encargos secretos del gobierno, que utiliza a Thomas para misiones encubiertas. Condecorado en la Gran Guerra como sargento de zapadores, Churchill se pone en contacto con él a través de una serie de emisarios para solicitar su ayuda en una serie de operaciones encubiertas. No es una ayuda “oficial”, es casi un pacto tácito. El primer ministro británico ve en él algo más que un delincuente: ve a un operador político. Su idea es servirse de un criminal inteligente para misiones donde se mezclan espionaje, manipulación y violencia selectiva. Básicamente, Tommy hace el trabajo sucio que el gobierno no puede firmar.
A comienzo de la temporada hace aparición Arthur Shelby Sr. (Tommy Flanagan).el padre de los Shelby, al que daban por muerto tras haber estado ausente de la vida de sus hijos, es un jugador empedernido y un alcohólico y su regreso no es precisamente en busca de redención, sino de dinero, pues ha oído que a sus hijos les van bien las cosas. Arthur, el mayor, que ha estado siempre necesitado de una figura paterna y últimamente ha sucumbido al consumo de cocaína, se deja embaucar por su progenitor, de quien ha heredado también su adicción al alcohol. Mientras que Tommy lo repudia. Lo que generará un enfrentamiento entre los hermanos.
Pese a que ha empezado a tratar a May Carleton (Charlotte Riley), una atractiva aristócrata, preparadora y domadora de caballos, Grace aparece de nuevo en la vida de Tommy. Ha estado viviendo en los Estados Unidos, donde se ha prometido con un acaudalado empresario pero, de visita en Londres antes de su boda, contacta con él y le dice que quiere verlo, retomando la relación amorosa que habían interrumpido.
En cuanto a Polly… atraviesa una fuerte depresión debido a un trauma del pasado que ha ocultado a su familia. Hace años, tuvo dos hijos a los que entregó en adopción y ahora busca reencontrarse con ellos, pues su intuición le dice que algo malo les ha sucedido. Tommy hace averiguaciones y pronto se entera de que la hija de Polly ha muerto. Sin embargo, su hijo Michael (Finn Cole) sigue vivo y pronto se une a la familia.
La temporada se resuelve en el Derby de Epsom, donde convergen multiples tramas. Grace asiste para decirle a Tommy que espera un hijo suyo. Pero antes de hablar con ella, este debe asesinar a un militar de alto rango por encargo del gobierno. Para lo cual, utiliza como cebo a Lizzie Stark (Natasha O’Keeffe), que de vender sus servicios como prostituta al mejor postor en las calles de Small Health tras haber perdido a su esposo en la guerra, ha pasado a ser su secretaria. Los hermanos Shelby siempre habían sido sus clientes favoritos. Pero Lizzie guarda desde hace años un secreto: está perdidamente enamorada de Tommy.
Polly asesina a Campbell que aún le sigue los pasos a su sobrino y, tras cumplir la misión, Tommy es llevado por unos desconocidos hasta un descampado donde han cavado una zanja en forma de tumba y aparentemente debe de ser ejecutado, pero el primer ministro británico interviene para salvarlo.
TEMPORADA 3
Tras una elipsis temporal de varios años, la tercera temporada de la serie se abre con la boda de Thomas y Grace que ya tienen al hijo que esperaban. El imperio de los Shelby se ha consolidado y la familia ha prosperado considerablemente. Tommy empieza a coquetear en serio con la política, convirtiéndose en benefactor de la sociedad. Pero el amor de su vida, su esposa Grace, muere en un atentado dirigido a él. Lo que lo desequilibra por completo.
El jefe de los Peaky Blinders se ve envuelto en una turbia trama con un grupo de excéntricos aristócratas rusos que planean un gran robo de joyas. Se trata de la Gran Duquesa Tatiana Petrovna (Gaite Jansen), una atractiva, seductora e impredecible joven, tan peligrosa como desequilibrada, que juega con la psique de Tommy; el Gran Duque Leon Petrovich (Jan Bijvoet) y la Princesa Tatiana, supuesta descendiente de la estirpe de los Romanov, aristócratas exiliados tras la Revolución Rusa: conspiradores y traficantes con modales de salón.
Al mismo tiempo, Tommy sigue trabajando como agente encubierto para el gobierno británico en una operación compleja contra el IRA que implica sabotaje y espionaje. El antagonista principal de esta temporada es el padre John Hughes (Paddy Considine), un malvado sacerdote que manipula a Thomas y secuestra a su hijo. Es una figura con poder y está muy vinculado a las estructuras del Estado.
Alfie Solomon (Tom Hardy) le echará una mano para encontrar a su hijo y desenmascarará a los rusos que pretendían tenderle una trampa con un alijo de joyas falsas. Entre tanto, Polly conoce a Ruben Oliver (Alexander Siddig) un pintor que quiere hacerle un retrato y se convierte en su amante. Se trata de un personaje breve pero importante ya que introduce una especie de oasis emocional en la vida de Polly, al ser un artista, alguien ajeno a la brutalidad de los Shelby. Aunque su historia termina mal, ya que la atmósfera de traición alrededor de los miembros de la familia, la hace sospechar de él y acaba asesinándole. Para después descubrir con inmenso dolor y arrepentimiento que era inocente y realmente la amaba.
Pero no solo Polly se enamora esta temporada. También lo hace Arthur, quien ha estado muy perdido, enganchado a las drogas y el alcohol y está conociendo a una mujer que promete meterlo en vereda. Se trata de Linda (Kate Phillips), una mujer profundamente religiosa, vinculada a los cuáqueros que se propone sacar a Arthur del barro, la droga y la violencia, y hacer que se redima de sus pecados. Lo que choca frontalmente con los intereses del clan y de Tommy. Linda no es solo “la esposa de Arthur” (se casan al final de la temporada). Es una fuerza que intenta domesticar el caos. Cree en la salvación moral real e intenta transformar a Arthur en alguien no solo mejor sino completamente distinto. Su fe no es decorativa, es un proyecto de vida. Y Arthur es su campo de batalla
La temporada culmina con el robo de un tren y una explosión que Thomas organiza bajo presión, sin poder hacer partícipe a los suyos de las motivaciones de sus actos. Arthur, John y Polly son arrestados. Thomas los entrega a las autoridades para proteger su imperio y posteriormente logra que sean liberados. Pero todos piensan que ha sido él quien les ha delatado. Por lo que la familia se distancia y Tommy se queda solo.
TEMPORADA 4
Tras ser liberados de prisión, los Shelby se distancian. Pero una nueva amenaza los obligará a volver a reunirse: la mafia italiana vuelve por sus fueros con un nuevo capo llegado de los Estados Unidos, Luca Changretta, quien busca venganza por la muerte de su padre.
Changretta inicia una campaña para eliminar, uno a uno, a los Shelby. Arthur fue el autor del disparo que mató a su padre; pero el primero en ser acribillado a tiros es John. Su viuda, Esme, decide volver con los suyos, los Lee, a la vida nómada de los gitanos. La familia responde reorganizándose.
Polly Gray todavía no ha conseguido perdonar a Tommy por lo que les hizo. Tanto es así que está dispuesta a traicionarle. Para ello se reúne con Luca Changretta (Adrien Brody) y le pide que deje a un lado a su hijo Michael y al resto; y a cambio, ella misma le entregará a su cabeza.
Descubrimos que Tommy fue miembro del partido comunista antes de ir a la guerra. En este tiempo ha ganado influencia política y aunque sigue viendo a Grace en sus alucinaciones, busca consuelo en los brazos de la fiel Lizzie, quien le confiesa que está embarazada y el hijo que espera es suyo.
Tras acribillar a John en la puerta de su casa, Luca Changretta y sus hombres les tienden una emboscada a los Shelby que sirve para distraerlos para ir tras Michael, quien se entera de los planes de su madre pero decide encubrirla y no decirle a Tommy que planea traicionarlo.
Pronto sabremos que no hay tal traición. Todo era un plan que Polly y Tommy habían armado para derrotar a Luca Changretta, cosa que hacen, pese a haber sido traicionados una vez más por Alfie Solomons.
En medio de la gran pelea de boxeo que han organizado Tommy y Alfie, se infiltran los hombres de Changretta y aparentemente matan a Arthur Shelby. La madre del capo habla con Tommy y le dice que solo pararán su venganza si le cede todos sus negocios. Aparentemente derrotado, Tommy accede. Pero en medio de la reunión, Arthur -que no estaba muerto- reaparece y le descerraja unos cuantos tiros a Changretta que acaban con su vida. El capo es asesinado y la amenaza eliminada.
Thomas decide enviar entonces a su primo Michael a los Estados Unidos para expandir el negocio. No es solo una promoción empresarial, Thomas está gestionando el negocio con fuertes tensiones familiares y su intuición le dice que Michael no es de fiar, por lo que decide poner a prueba su lealtad. En América Michael entrará en contacto con las redes de la mafia neoyorquina, mucho más sofisticada que el navajeo callejero de Birmingham y aprende a jugar a otra escala: la de las finanzas y las inversiones, para lo cual se requieren contactos y una mente más fría.
Tommy va en busca de Alfie quien lo ha traicionado y vendido a Changretta. Él sabe que viene a matarlo y le dice que no se moleste porque tiene un cáncer terminal. Pero, aún así, Tommy le dispara.
Meses después, es elegido nuevo representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes.
TEMPORADA 5
Ambientada tras el crack del 29, la quinta temporada de los Peaky Blinders sigue a Tommy Shelby como miembro de la Cámara de Comunes, enfrentándose al ascenso del fascismo encarnado por Oswald Mosley (Sam Claflin), quien aspira a convertirse en el líder de la Unión Británica de Fascistas en los años 30.
Oswald mantiene una relación con Diana Mitford (Amber Anderson). Al igual que el de Mosley, el personaje está basado en una figura real, la aristócrata británica amiga de Adolf Hitler. Más decidida, fanatizada, fría y estratega que su amante quien había estado casada con Bryan Guinness, heredero de la familia Guinness, pero dejó ese matrimonio para unirse a Mosley, lo que en su momento fue un escándalo de alto voltaje en la aristocracia británica. Ambos se casaron en 1936, en una ceremonia bastante simbólica y polémica que tuvo lugar en la casa de Joseph Goebbels, con la presencia nada discreta del propio Führer en persona quien acudió como invitado.
Oswald y Mitford saben de las raíces gitanas de Tommy y le desprecian por ello, pero también conocen de su poder de penetración en la clase obrera e influencia política, como representante del partido laborista en la Cámara de los Comunes, por lo que le presionan para que se posicione a favor de su causa extorsionándole con el pasado como prostituta de Lizzie, con quien Thomas se ha casado y ha tenido una hija (un enlace más pragmático que romántico, casi administrativo, con una tensión emocional que nunca termina de resolverse). De hecho, Mosley dice haber sido uno de sus clientes y amenaza con desvelarlo públicamente, lo que sería todo un escándalo.
Arthur y Linda atraviesan una profunda crisis de pareja. Harta de la violencia y los excesos de su marido, a quien no ha podido alejar de sus adicciones, Linda ya no quiere “salvar» a Arthur, quiere huir de él. Desesperada, le dispara. Pero el destino interviene y Polly Gray le dispara a Linda antes de que lo mate. Linda sobrevive, pero en ese momento se rompe cualquier posibilidad de reconciliación entre ellos. Linda desaparece de la vida de Arthur que cae en picado. Sin Linda pierde ese freno moral que, aunque sin demasiado éxito, lo mantenía a flote. Y se hunde en la desesperación.
En esta temporada se produce también el regreso de Michael a Birgminham, a quien Tommy había enviado a expandir el negocio en los Estados Unidos. Vuelve casado con la ambiciosa Gina Gray (Anya Taylor-Joy), haciendo ostentación de su progreso en la vida y con una idea bastante clara: el futuro no está en las gorras con cuchilla y las apuestas, sino en transformarse en una corporación mafiosa que opere a gran escala. Gina no hace buenas migas con la familia de su marido y echa más gasolina al fuego, empujando a Michael a pensar a lo grande, incluso si ello supone confrontar directamente a Tommy. Ya no se siente un subordinado, cree ser la alternativa para el relevo generacional, soñando con ceñirse la corona del jefe de los Peaky Blinders para quien se convierte en un peligroso rival. Acaso el más peligroso de todos, al ser de su propia sangre. Es el hijo de Polly. A quien pone en un serio dilema al tener que elegir entre su hijo y su sobrino.
El tío de Gina es un fiel seguidor de las ideas fascistas de Mosley y le brinda su apoyo económico y político desde los Estados Unidos. Gina les presenta a Ada y éstos le piden que organice un encuentro para conocer a Tommy. Lo que ocurre en una cena en casa de este, a la que acuden también el tío de Gina, Jack Nelson (James Frecheville), un poderoso empresario y figura política estadounidense con conexiones algo turbias dentro del crimen organizado y Laura McKee (Charlene McKenna), una agente del IRA a la que Tommy Shelby ya conoce.
Mosley invita a Tommy a fijar posición durante el acto de presentación de su movimiento político y este idea un plan para hacerle creer que va a apoyarle, a fin de infiltrarse en el círculo de Mosley y sabotearlo desde dentro. Lo que incluye asesinarle durante el mítin, con la ayuda de los Peaky Blinders y los movimientos antifascistas que lidera la joven comunista Jessie Eden (Charlie Murphy), amiga de Ada, (el personaje está inspirado en una figura real, una sindicalista muy activa en Birmingham durante los años 30, conocida por organizar huelgas masivas y plantar cara tanto a los empresarios como a figuras como Mosley. En la serie, su relación con Tommy Shelby no es solo personal, también es un pulso ideológico: ambición empresarial frente a organización obrera).
El plan se organiza concienzudamente pero falla en el último momento debido a un chivatazo. La temporada termina con Thomas al borde del colapso mental, sospechando de todo y de todos, incapaz de identificar a quien lo ha traicionado y sintiendo que un serio peligro acecha a su familia.
TEMPORADA 6
La temporada se abre con un inesperado funeral. El de Polly Gray, quien se supone que es asesinada por el IRA. La familia busca vengarse de quien haya sido y Thomas se culpa de ello, pensando que su colaboración con el gobierno británico ha podido ser la causa. Michael también le culpa de la muerte de su madre y planea destruirlo.
Por su parte, Michael Gray -que ha vuelto con Gina a los Estados Unidos- es detenido en Detroit por fraude e irregularidades financieras a raíz del crack económico, tras meterse en negocios turbios y aguas más profundas de las que podía controlar, ha perdido buena parte del capital de la familia Shelby, emprendiendo una serie de malas inversiones. Su mujer Gina lo visita entre rejas.
Tommy decide viajar a Boston para reunirse con Gina, pero no es una visita social ni familiar. Michael está completamente enfrentado a Tommy y Gina se ha convertido en una figura clave dentro de esa facción americana del negocio, con conexiones poderosas a través de su tío, que simpatiza con el emergente fascismo europeo. Tomy necesita renegociar alianzas, medir el poder real de Gina y sus contactos y, sobre todo, anticiparse a los posibles movimientos de Michael. En realidad no va a ver a Gina sino a calibrar la situación y ver a qué peligro se enfrenta.
Lo de Polly lo destroza, pero no es la única muerte que habrá de sobrellevar. Lizzie y Tommy pierden a Ruby, su pequeña hija, a causa de una tuberculosis, una enfermedad bastante común (y peligrosa) en esa época. La niña presenta síntomas como fiebre alta, delirios y debilidad extrema, hasta que finalmente su cuerpo no resiste.
La serie envuelve su enfermedad en un halo de esoterismo. Ruby dice palabras en romaní y tiene visiones extrañas. Desesperado por la idea de perder también a su única hija, Thomas Shelby, que no ha dejado de tener alucinaciones desde que volvió de la guerra, llega a creer que su hija está maldita y entra en un estado de desesperación que desequilibra por completo su mente y le lleva a aferrarse a sus raíces cíngaras, con la esperanza de hallar una cura milagrosa que salve a su hija. Por lo que abandona a Lizzie en el hospital donde Ruby agoniza y parte a los caminos en busca de Esme. Lo que encuentra no es la cura para Ruby, sino una verdad que había ignorado hasta ahora. La existencia de un hijo ilegítimo, concebido en su juventud, una noche de feria, al acostarse con una gitana de nombre Zelda.
Las alucinaciones en su caso han ido a más y ahora es capaz de ver a Grace a todas horas. Pero su salud se deteriora y sufre fuertes dolores por lo que se mantiene a base de morfina. Tras hacerse un chequeo médico recibe un diagnóstico terminal que decide ocultar a su familia, pero Arthur descubre su secreto. Tommy sufre un tumor cerebral que será el que consiga lo que nadie hasta ahora ha podido: acabar con él. Arthur que ha vuelto con Linda y está en proceso de desintoxicación no puede asumir la noticia y cae de nuevo en el descontrol absoluto de sus adicciones.
Ni su mujer ni el resto de la familia entienden el por qué de las decisiones de Tommy, cada vez más erráticas (posteriormente, se descubrirá que el diagnóstico era parte de un complot para manipularle). Al volver junto a Lizzie al hospital, Ruby ya ha muerto, con lo que se completa su descenso a los infiernos.
Incapaz de asumir la pérdida de su hijita y la de todos los seres queridos que ha ido dejando por el camino, de cuya muerte se hace a si mismo responsable, Thomas Shelby toma la decisión de poner sus asuntos en orden antes de suicidarse y eso incluye acabar con sus enemigos, aunque sean sangre de su sangre.
Conocedor del plan de Michael para vengarse de él, se anticipa a la jugada y logra eliminarlo antes. Después, hace que el resto de la familia conozca a su hijo bastardo, Duque. Lo que colma el vaso de Lizzie quien, rota de dolor por la muerte de Ruby y la ausencia y las infidelidades de Tommy, decide abandonarle.
El pequeño Charlie (el hijo de Grace que ella ha criado como si fuera suyo) decide que quiere vivir con ella, en lugar de quedarse con su padre, que «nunca está”, le dice. Y Thomas accede pensando que es lo mejor para él. A continuación, vuela por los aires la mansión familiar donando los terrenos para construir viviendas de uso social.
Tras reunirles en una última comida familiar al aire libre, se despide de los pocos seres queridos que le quedan vivos, pidiéndole a Charlie que le pida perdón a “su madre” (Lizzie). Y le dice algo al oído a su otro hijo ilegítimo.
Después se marcha sin decirles a dónde va. Ha dispuesto una caravana con sus cosas a modo de féretro y, cuando está a punto de pegarse un tiro, escucha la voz de su hija Ruby. Al asomarse, la niña corre hacia él y le abraza pidiéndole que siga viviendo. Por lo que prende fuego al carromato y parte cabalgando a lomos del caballo blanco que pertenecía a su hija hacia no se sabe dónde.
Lord Doyle planea pasar el resto de sus días en Macao, la meca del dinero y el vicio. Cada noche, cuando se encienden los rótulos de neón, recorre los casinos de la ciudad —el Greek Mythology, el Mona Lisa, el Hong Fak— para probar suerte en las mesas de bacarrá, punto y banca, uno de los juegos de naipes más rápidos y arriesgados. Nada de estrategia; puro azar. Pero ni Doyle ostenta el título de lord ni su fortuna es legítima. Es un impostor con un pasado turbio, uno de esos occidentales varados en Asia que han encontrado en su adicción a los juegos de azar un refugio en el que dar rienda suelta a su perverso placer autodestructivo.
En un momento de crisis, la suerte le abandona y empieza a pasarlas canutas para pagar la ostentosa vida que lleva. Sin blanca y contra las cuerdas, Doyle conoce a Dao-Ming, una enigmática prostituta china que le cambiará la vida para siempre. De la noche a la mañana, le sobreviene una racha ganadora de tintes sobrenaturales que le convierte en una celebridad local y en una amenaza para los dueños del negocio. Pero en un país en el que el materialismo convive sin fricciones con la superstición, la buena suerte podría enmascarar algo más oscuro, ser el engañoso disfraz de una maldición.
Atrapado en un bucle de partidas en casinos y altas dosis de alcohol, Lord Doyle explota al máximo el dinero de su cuenta bancaria. Pero cuando las deudas empiezan a apretarle y los jefes de los casinos le apremian para que pague, se da cuenta de que una detective privada (Tilda Swinton) le sigue los pasos por unos chanchullos del pasado. Y decidirá jugárselo todo a una última carta.
Así se resume el argumento de la novela de Lawrence Osborne “Maldita Suerte”, en la que se basa la última película de Edward Berger, cuya filmografía tiene por costumbre partir hasta ahora siempre de un texto literario (The Terror, la publicó Dan Simmons en 2007; Patrick Melrose se basa en una saga de cinco novelas escritas por Edward St. Aubyn; Sin Novedad en el frente es un clásico de Erich Maria Remarque y Cónclave es una novela del británico Robert Harris). Aunque lo suyo no es tanto adaptar novelas como someterlas a un proceso de destilación: eliminar lo accesorio hasta que solo queda el nervio, la pulsión, el veneno.
Maldita Suerte es, en apariencia, una historia sobre el azar pero, en el fondo, se trata de un estudio sobre el deseo, que ha decidido prescindir de un aspecto que en la novela resulta fundamental: la exploración de la idiosincrasia y la cultura cantonesa.
Mientras Osborne -un verso suelto de las letras británicas que ha vivido en México, Nueva York, Estambul y Bangkok, donde reside en la actualidad- nos habla de las tormentas del monzón y de lo que supone adaptar la vida a las inclemencias del tiempo para los habitantes de Macao, o de su herencia colonial, pues fue colonia portuguesa de 1557 a 1999, lo que ha dejado un fuerte impacto en la psique asiática; el realizador alemán se queda con los fuegos artificiales y los grandes casinos que lo asemejan a Las Vegas. Un territorio donde el dinero fluye como las aguas que llevan al protagonista a Taipa, a Cotai y a las islas de Hong Kong.
En ese paisaje donde la identidad de los personajes se disuelve bajo las luces de una ciudad que parece no apagarse nunca, Lord Doyle —fugitivo, ludópata, impostor— no busca la redención; aspira, más bien, a prolongar su caída con cierta elegancia. No quiere salir de la espiral de degeneración en la que se ha metido a conciencia, sino redecorarla.
Como observa acertadamente Francesc Miró en Cinemanía: “la inmersión cultural queda limitada aquí a lo anecdótico -el festival de los fantasmas hambrientos-, en favor de una mirada mucho más occidental. Y aunque ello facilite la identificación con el personaje de Colin Farrell (un actor notable, polifacético y sin miedo al riesgo, que anduvo perdido entre la embriagadora fama y la confusión de sus adicciones) uno siente que solo está viviendo su particular descenso a la locura cuando la novela es mucho más”.
Donde sí acierta el realizador alemán es en su retrato de la aristocracia británica rancia, cruel y decadente. Aunque el personaje de Farrell, que no es sino un infiltrado en ese mundo, un wannabe.
La película funciona mejor a medida que se acerca al trance final. Las secuencias en los casinos —ese desfile hipnótico de fichas, cruce de miradas y silencios cargados— están rodadas con precisión quirúrgica. Berger entiende que el juego es una liturgia y hace que cada gesto tenga algo de ritual y cada apuesta sea una confesión en si misma, construyendo una tensión moral que recuerda, en otra clave, a la que exploraba en Sin novedad en el frente, solo que aquí las trincheras han sido sustituidas por mesas de bacarrá.
El elemento místico, articulado a través del personaje de Dao-Ming, introduce un enigma que sostiene buena parte del interés de la historia. No sabemos si la buena racha de Doyle se debe a un milagro, a una maldición o tan solo es una ilusión alimentada por su propia desesperación. La película no resuelve esa duda; la cultiva retorciendo y enrareciendo la historia hasta un punto que roza el surrealismo, para dejar flotando en el aire una idea: la de que la suerte no existe, pero la necesidad de creer en ella sigue siendo una de las formas más irresistibles de autoengaño.
Sin embargo, hay algo deliberadamente frío en el conjunto. La relación entre Doyle y Dao-Ming (Fala Chen) se percibe más como un pacto transaccional que como una historia de amor auténtico, lo que mantiene al espectador a cierta distancia emocional. Quizá sea intencionado. Pero esa distancia termina jugando en contra de una película que fascina, pero rara vez conmueve.
Menos interesado en mantener la fidelidad al texto original que en capturar el estado mental del personaje interpretado por Farrell, atrapado en una buena racha que huele, desde el primer momento, a catastrófica derrota, Berger filma con oficio y maestría visual una obra que tendría todos los elementos para ser hipnótica pero que al final termina siendo un trampantojo. Demasiadas luces de neón.
Título original: Ballad of a Small Playeraka
Año: 2025
Duración: 104 min.
País: Reino Unido
Dirección: Edward Berger
Guion: Rowan Joffe. Novela: Lawrence Osborne
Reparto: Colin Farrell, Tilda Swinton, Fala Chen, Alex Jennings, Deanie Ip,
Música: Volker Bertelmann
Fotografía: James Friend
Compañías: Good Chaos, Nine Hours, Stigma Films, Netflix
No son tantas las películas que se han atrevido a mirar de frente la homosexualidad en la vejez. En los últimos años solo un puñado de ellas abordaron el tema: Beginners, de Mike Mills, convertía la salida del armario a los 75 años en un gesto tardío pero luminoso; Love Is Strange, de Ira Sachs, retrataba con sobriedad la fragilidad material de una pareja mayor; Cloudburst, de Thom Fitzgerald, apostaba por la fuga y la rebeldía en clave de road movie; y el documental Gen Silent ponía el dedo en la llaga al mostrar cómo muchos ancianos LGTBI se ven obligados a volver al armario al ser internados en residencias.
Si uno mira hacia atrás, el rastro es todavía más tenue. Condicionado por la censura y los códigos morales de su tiempo, el cine clásico apenas pudo abordar la homosexualidad de forma explícita, mucho menos en la tercera edad. Aun así, hay algunas películas que se acercaron por la tangente. The Killing of Sister George, de Robert Aldrich, ofrecía un retrato áspero de una relación lésbica madura en crisis; Sunday Bloody Sunday, de John Schlesinger, introducía una mirada adulta y sin estridencias sobre el deseo homosexual; y Torch Song Trilogy, de Paul Bogart, exploraba la vida de Arnold Beckoff, una drag queen profesional, su obsesión por encontrar el amor y los problemas sociales a los que se enfrenta por su condición sexual.
En ese mapa discontinuo, Muerte en Venecia, de Luchino Visconti, ocupa, sin lugar a dudas, un lugar singular. No aborda la homosexualidad en la vejez de forma explícita, pero sí habla del deseo tardío condenado a no ser satisfecho. El Aschenbach de Visconti, envejecido y en declive, proyecta en el joven Tadzio una fascinación que el filme disfraza de pulsión estética, pero que late claramente como deseo reprimido.
La película de los directores vascos José Mari Goenaga y Aitor Arregi (Loreak , Handiay La Trinchera infinita) se sumerge en ese territorio inexplorado del que el cine suele apartar usualmente la mirada. Estamos bastante acostumbrados ya a ver historias sobre personas del colectivo LGTBIQ+ pero suelen estar protagonizadas por personas medianamente jóvenes. No es tan habitual reflexionar sobre la homosexualidad de un septuagenario.
Vicente, un hombre de 76 años, que se tiñe el pelo, lleva ropa de colores vivos y tiene por toda compañía en la vida a un pequeño caniche, como las grandes folclóricas o las divas del cine, busca sexo en las playas de Gran Canaria en la semana en la que se celebra el Día del Orgullo en la isla. Un encuentro que reúne a miles de homosexuales de todas las edades, llegados de todo el mundo, dispuestos a celebrar su condición sexual y disfrutar al sol de sus cuerpos desnudos.
La primera escena es de gran impacto. Cruissing al aire libre y a plena luz del día. En medio de las dunas de una playa nudista, entre matorrales convertidos en improvisados cuartos oscuros, un grupo de hombres se aparea desde el anonimato de sus cuerpos, guiados únicamente por el llamado del morbo y el deseo.
El Vicente de José Ramón Soroiz (Concha de Oro de Plata y Goya al mejor actor), no pide permiso ni perdón. Ni está dispuesto tampoco a dar explicaciones. Aunque sabemos por la conversación con su amigo Ramón -también homosexual- que lo invita a pasar esos días en la isla, que está pasando el duelo por la pérdida del hombre que fue en los últimos años su pareja, ahora está ahí, a lo suyo, con su camisa floreada y una mezcla de urgencia y de costumbre que desarma cualquier tentación de juicio moral.
Y entonces llega el gran golpe que lo cambia todo. Un ictus que no solo le paraliza medio cuerpo, sino que desplaza la película entera. Del horizonte abierto y luminoso de Maspalomas a la rígida penumbra de una residencia de ancianos con normas y horarios. Del anonimato a la vigilancia. Del deseo ejercido a la identidad silenciada.
Es ahí donde Maspalomas deja de ser una película sobre el sexo para convertirse en una película sobre la regresión. Vicente, un hombre que un día rompió con todo para vivir su identidad, con lo que eso implicaba de abandono y de pérdida, se ve obligado a regresar con los suyos, a callarse y a disimular para poder encajar.
Su única hija, a la que da vida la gran Nagore Aranburu (Goya a mejor actriz de reparto) decide que lo mejor es ingresarlo en una residencia donde va a estar atendido las 24 horas y podrá seguir con su rehabilitación (hay que decir aquí que el modelo de residencia y el sistema de cuidados que se muestra en la película corresponde más al modelo de asistencia social nórdico que a la realidad de la sanidad vasca o española).
Más que conflicto, lo que hay entre ellos es una deuda emocional que nadie sabe cómo saldar. Han pasado muchos años desde que padre e hija perdieron el contacto. Y ahora ella es madre de un hijo al que ni siquiera le ha hablado de su abuelo. Aranburu construye el personaje como acostumbra, desde la contención, sin dramatismos, con una mezcla de paciencia y de dureza, de velado reproche y amor filial incondicional.
Y luego está Xanti (Kandido Uranga), el compañero de habitación de Vicente que es su antítesis. Un jubilado fanfarrón que presume de su éxito con las mujeres y luce en la muñeca una pulserita con la bandera de España dejando claro sus ideas políticas. Entre ellos se establece una relación incalificable. La desconfianza inicial por parte de Vicente se transforma en una necesidad mutua de afecto. Una amistad que por momentos Vicente confunde con el deseo. Una forma de intimidad que no había experimentado nunca.
La película podría haberse quedado en la provocación inicial, pero decide escarbar en la historia familiar y en el interior de los personajes y lo que empieza siendo una afirmación del cuerpo termina siendo una pregunta sobre el tiempo. Sobre lo que queda cuando ya no hay margen para rehacer la vida, solo para asumirla y vivirla de la mejor manera posible hasta el final.
La película no infantiliza, no dulcifica, ni convierte la vejez en una postal amable. Tras el incidente de salud, Vicente es un cascarrabias, un viejo hosco, amargado y desagradecido, que llega a comportarse de manera cruel con sus cuidadores y con las personas que intentan ayudarle. Pero, poco a poco, entiende que el mundo no está en su contra y que el silencio que él mismo se ha autoimpuesto por temor a ser rechazado no tiene razón de ser.
José Ramón Soroiz, un actor vasco y euskaldun, tremendamente conocido y querido en Euskadi, acostumbrado a interpretar en euskera sus papeles que poco han tenido que ver hasta ahora con este registro, entrega una actuación convincente y conmovedora.
Maspalomas, que estuvo nominada a la Concha de Oro en el último Festival de Cine de San Sebastián, no es una película sobre salir del armario. Es, más bien, sobre lo que pasa cuando te obligan a volver a entrar. Y es también la amarga constatación de que la libertad a veces llega demasiado tarde.
Y sí, en la película se folla. De hecho, se folla bastante. Pero lo importante es lo que viene después, cuando ya no se puede follar. Y aun así algo —llámalo deseo, llámalo necesidad, llámalo vida— se resiste a apagarse.
La película acaba en el idílico recuerdo de una etapa de libertad que fue casi como un sueño. Vuelve el color canario, lejos de los grises donostiarras. La luz, el mar cálido. En la playa de Maspalomas sentimos la calidez del agua, y nos perdemos en los brillos del sol en el agua mientras suena La stagione dell’amorede Franco Battiato:
La estación del amor viene y va, los deseos no envejecen casi nunca con la edad. Si pienso en cómo he malgastado mi tiempo, que no volverá, no regresará más.
Ttulo original: Maspalomas
Año: 2025
Duración: 115 min.
País: España
Dirección: José M. Goenaga y Aitor Arregi
Guion: José Mari Goenaga
Reparto: José Ramón Soroiz, Tanya de la Cruz, Kándido Uranga, Miren Gaztañaga, Nagore Aranburu, Itziar Aizpuru, Paul Berrondo, Julian Hackenberg, Zorion Eguileor, Isaac Dos Santos, Armani Dvyne, Chris Dell, Alberto Tosco, Kevin Medina, Nicholas Sartori, Borja Berzosa
Julia Roberts, Andrew Garfield y Ayo Edebiri encarnan el triángulo protagónico de “Caza de Brujas”, la película con la que el director italiano Luca Guadagnino dividió a crítica y público durante su presentación en la última edición del Festival Internacional de Cine de Venecia.
La historia sigue a Alma Imhoff (Roberts), una reputada profesora de filosofía que da clase en la Universidad de Yale, cuya vida sufre una severa conmoción cuando recibe la visita de Maggie (Edebiri), una de sus alumnas más brillantes, quien acusa a su colega y “algo más que amigo”, Hank (Garfield), de haber tenido con ella una conducta inapropiada. O, más exactamente, de haberla agredido sexualmente, la noche anterior, obligando a Alma a posicionarse y a enfrentarse a recuerdos que había mantenido cuidadosamente enterrados.
Guadagnino opta por una estructura narrativa indirecta, filtrando los acontecimientos a través de la subjetividad de la respetable catedrática. Lo que convierte la película en una experiencia inquietante pues el espectador nunca tiene acceso a la verdad completa, sino solo a distintos fragmentos y versiones contrapuestas de ella.
En lugar de ofrecer respuestas claras, el director prefiere sembrar la duda razonable, por lo que todo lo que sabemos sobre lo ocurrido la noche de autos, en la que Hank y Maggie se van juntos de casa de Alma, tras haber asistido a la celebración del cumpleaños de su afectuoso marido terapeuta, Frederik (Michael Stuhlbarg), afecto a las melodías inquietantes y a cocinar platos exóticos, se basa en sospechas y en silencios cargados de significado.
Visiblemente perturbada, Maggie le pide apoyo a Alma para denunciar ante las autoridades académicas el abuso de Hank quien, por su parte, acusa a Maggie, de ser una pija progre caprichosa y una mentirosa patológica y de haber plagiado su tesis doctoral.
Alma se debate entre la lealtad hacia su amigo y el sentido del deber y se ve arrastrada hacia una encrucijada compleja que hace peligrar su posición en Yale -y su esperada titularidad- a causa de un secreto del pasado que puede salir a la luz.
Uno de los aspectos más interesantes del filme es la tensión generacional entre tutora y pupila, dos mujeres cuya relación está marcada por una mezcla de admiración y rivalidad. Maggie ve en Alma a su mentora, alguien a quien aspira a parecerse, su referente intelectual, pero a la vez la identifica con las mujeres de una generación que logró ocupar espacios de poder que ahora parecen inaccesibles para las mujeres de la suya, especialmente si -como es el caso de su actual pareja- se trata de una mujer queer.
No obstante, la película explora esa dinámica con sutileza mostrando cómo la admiración puede transformarse en resentimiento, y la búsqueda de justicia entrelazarse con el deseo de ocupar el lugar del otro, haciendo aflorar un primer dilema que divide al movimiento feminista..
A medida que la trama avanza, el pasado de Alma empieza a emerger. La denuncia contra Hank por acoso sexual reabre heridas de su juventud que nunca fueron procesadas del todo, lo que introduce una duda adicional: ¿su desconfianza hacia Maggie nace de la falta de empatía o del miedo a revivir aquello que decidió olvidar?
Guadagnino no teme abordar la problemática de las acusaciones públicas, el juicio social, la presunción de inocencia y la llamada cultura de la cancelación, pero evita adoptar una postura simplista. Más que juzgar, su película observa cómo los sistemas de poder, tanto los antiguos como los actuales, pueden distorsionar la percepción de los hechos.
El director italiano se mueve aquí en un terreno pantanoso, teniendo en cuenta la polarización que han generado en la sociedad occidental, consignas como el “hermana yo sí te creo” o movimientos como el #MeToo en los últimos años, pues emplea la violencia de género para criticar el estado de las cosas y la hipocresía de cierta juventud que no deja de victimizarse.
No es para nada casual la elección de Yale, cuna de la progresía estadounidense, ni tampoco que la película, repleta de citas visuales y verbales (Mann, Foucault, Adorno), rinda homenaje a Woody Allen desde sus títulos de crédito (alfabéticos, en blanco sobre negro y tipografía Windsor) al son de Tony Bennett (A Child is Born); o que en la habitación de Julia Roberts haya un póster sin colgar de La flor de mi secreto, de Pedro Almodóvar.
Aunque luego la estética (encuadres geométricos, vestuario de colores blancos y pasteles, y una banda sonora atonal) se ponga al servicio del dilema moral que quiere plasmar.
Maggie, una joven acomodada de ascendencia afroamericana, representa todas las ideas de la cultura woke que empieza a sufrir cierto desgaste dando lugar a un previsible cambio de paradigma pendular. ¿Pero significa eso que es mentira su acusación?
Guadagnino parece sugerir que muchas de las disputas morales contemporáneas basadas en una confrontación binaria entre la mentira y la verdad, se basan en realidad en percepciones alteradas de esta debidas al adoctrinamiento ideológico o a frustraciones acumuladas.
Como en varias de sus obras —desde Call Me by Your Name hasta Suspiria— el director se interesa menos por la resolución final que por construir el clima emocional de la historia. No busca resolver el misterio de quién dice la verdad y quién miente a la manera en que lo haría el director de un thriller convencional. Su verdadero interés está en mostrar cómo las personas justifican sus decisiones y reinterpretan sus acciones en base a una ambigüedad moral conveniente a sus fines.
Y para demostrarlo, invita al espectador a participar activamente en el relato, obligándolo a llenar los vacíos a través de sus propios prejuicios.
El resultado es un thriller psicológico elegante y perturbador, sostenido por actuaciones magnéticas, donde la verdad siempre parece estar a punto de revelarse, pero nunca termina de hacerlo. Una película incómoda, que deja deliberadamente más preguntas que respuestas. Y precisamente por eso merece la pena verla.
Título original: After The Hunt
Año: 2025
Duración: 139 minutos.
País: Estados Unidos-Italia.
Dirección: Luca Guadagnino.
Guion: Nora Garett.
Reparto: Julia Roberts, Ayo Edebiri, Andrew Gardfield, Chloë Sevigny, Lio Mehiel.
Fotografía: Malik Hassan Sayeed.
Música: Trent Reznor, Atticus Ross
Compañías: Imagine Entertainment, Frenesy Film Company, Big Indie Pictures, Amazon MGM Studios. Distribuidora: Amazon MGM Studios, Sony Pictures Entertainment
Género: Drama. Thriller psicológico. Enseñanza. Abusos sexuales. MeToo. Woke. Universidad de Yale.
En ese universo tan transitado por la ficción cinematográfica se inscribe «Steve», película británica protagonizada por Cillian Murphy y dirigida por el belga Tim Mielants (quienes ya habían trabajado juntos en Pequeñas cosas como estas), que intenta apartarse de los parámetros más tradicionales del género y cuya historia se desarrolla en Stanton Wood Manor, una escuela para adolescentes con graves problemas de conducta y trastornos de personalidad, catalogada de progresista por algunos y de costoso basurero humano por otros (al costo de treinta mil libras por alumno/año) para las arcas públicas.
No se trata exactamente de un reformatorio ni de una institución psiquiátrica, sino de una especie de último refugio para jóvenes conflictivos —aunque aún no delincuentes— que el sistema y sus propias familias ya no saben cómo manejar ni tienen medios económicos para permitirse pagar una terapia privada. En esa especie de internado, los docentes y tutores hacen lo posible por mantener a diario el orden y ofrecer formación, disciplina y herramientas de contención a unos chicos con elevados niveles de ansiedad, cuyo temperamento agresivo, rebelde y transgresor de las normas tiende a desbordarse constantemente.
La jornada en la que transcurren los hechos que narra la película podría ser una de las más difíciles del año 1996 pues, además de tener que lidiar con las tensiones diarias habituales del centro, el personal docente recibe la visita de un equipo de la BBC que está filmando un documental sobre la institución. La presencia de las cámaras altera la rutina del alumnado, sobreexcitado por la novedad de tener que desfilar ante la cámara para explicar quiénes son y por qué están allí, generando aún más nerviosismo en un entorno ya de por sí inestable.
Ese mismo día, el director del centro, Steve (Cillian Murphy), junto a la directora Amanda (Tracey Ullman), la psicóloga Jenny (Emily Watson), la nueva y entusiasta docente Shola (Simbi Ajikawo, más conocida como la artista de hip-hop Little Simz) y el resto del staff, reciben una noticia tan inesperada como devastadora: la institución tendrá que cerrar en seis meses pues la concesión de uso ha expirado y el predio, que incluye el magnifico caserón que sirve de escuela, ha sido vendido por el Estado. Lo que dejará tanto al personal como a los chicos en la calle.
Y ya para colmo de males, la inesperada visita de Sir Hugh Montague-Powell (Roger Allam), el representante parlamentario para la escuela en Westminster resulta ser todo un desastre, cuando los chicos se burlan de su señoría dando rienda suelta a su habitual incorrección política y llaman idiota al parlamentario, adivinando su hipocresía. Lo que no contribuye en nada a mejorar las cosas.
Mientras el profesorado intenta asimilar su situación, los alumnos seguirán lidiando con sus propios conflictos en un clima de discusiones, gritos y peleas constantes o silencios cargados de angustia. El abandono familiar, la desesperanza y las frustraciones acumuladas provocan estallidos de ira entre ellos -y también con sus profesores o con la psicóloga que les trata- por cualquier motivo.
Y luego está Shy (Jay Lycurgo), un joven “deprimido, enojado y aburrido” (según su propia definición, cuando se le pide que lo haga en solo tres palabras ante la cámara) quien, a diferencia del resto de sus compañeros, que se consideran sexys, carismáticos o exitosos con las mujeres, se muestra siempre taciturno e inseguro. Aunque también parece ser el único que aspira a una vida mejor, como CEO de una empresa discográfica, la Atomic Bass Recordings, especializada en drum&bass, la música que no para de escuchar en su walkman. Shy atraviesa, sin embargo, una fuerte crisis personal después de que su madre se niegue a verlo y sus tendencias autodestructivas deben de ser vigiladas de cerca. Rechazado por los suyos y desconectado del mundo que lo rodea, representa el rostro más vulnerable de ese grupo de adolescentes que parece vivir al borde del colapso.
Durante la entrevista, la reportera le pregunta: “Si el Shy de 1996 conociera al Shy de 1990, ¿qué le diría?”. Y él responde: “Con usted no puedo ser sincero. Es que lo odio. Me… me odio muchas veces. Estaba obsesionado con la marihuana y los maricones y el licor de limón y el ron. Quería estar borracho siempre y molestar a mi mamá y a mi padrastro. Y le hice daño a un niño. Lo lastimé. Y apuñalé a mi padrastro. Sólo le corté el dedo”. “Si tus maestros te describieran en tres palabras ¿Cuáles crees que usarían?”, le repregunta entonces ella. “Es lo que intento decir. De un día a otro puede ser diferente. A veces dirían que soy gracioso, simpático, relajado y al otro día dirían que estoy deprimido y soy rebelde. Molesto”. “A mí me da la impresión de que eres sensible e inteligente si no te molesta que te lo diga”.
Shy se interesa por la geología y la paleontología, como se demuestra cuando los reporteros, contraviniendo a Steve, irrumpen en las habitaciones de los alumnos, y en la de Shy encuentran una mochila llena de piedras o cuando es el único en responder a la pregunta de Steve sobre la naturaleza de las rocas de la región formadas por miles de valvas fosilizadas. Pero una mochila cargada con rocas también podría servir para otra cosa. Una noche, Shy pone camino al lago con la mochila a la espalda y todos se temen lo peor.
Steve, el director, intenta mantener la apariencia de normalidad frente a los chicos mientras su propia vida se tambalea. Comprometido casi obsesivamente con su trabajo, pero agotado por el estrés y la responsabilidad que carga sobre sus espaldas, bebe en exceso e intenta mantenerse sereno a base de tranquilizantes que consume a escondidas, arrastrando traumas que nunca ha logrado resolver. En él se condensan muchas de las contradicciones de quienes trabajan en entornos así, donde el genuino deseo de ayudar a los demás se mezcla con la necesidad de sublimar sus propios problemas personales y convive con el desgaste psicológico y emocional que ello supone.
Con un argumento que podría haber derivado fácilmente hacia el melodrama, Mielants y el guionista Max Porter —autor de la novela en la que se basa el guion de la película— evitan cualquier clase de tono moralizante o aleccionador. Mientras Murphy, brillante como de costumbre, compone un personaje envejecido, vulnerable, socialmente sensible y profundamente humano, alguien que sigue adelante más por obstinación que por esperanza real en poder doblegar al sistema. No es el típico profesor carismático capaz de transformar a sus alumnos con discursos inspiradores o motivacionales ni alguien que se atreva a jugarles.
Aquí no hay soluciones sencillas. La reinserción juvenil se muestra como una tarea tan necesaria como difícil dentro de un sistema social y educativo caótico y deficitario, en el que los jóvenes ponen continuamente a prueba a unos docentes exhaustos que, aun así, se resisten a tirar la toalla. Intentan ayudar a sus alumnos, aunque no siempre sepan cómo hacerlo, y los chicos reaccionan con violencia, pero detrás de ella se esconden heridas profundas.
La puesta en escena refuerza esa tensión permanente. La cámara se mueve con nerviosismo, gira, se acerca demasiado a los personajes o parece perder el control en largos planos secuencia y tomas aéreas que transmiten la impresión de que todo puede desbordarse en cualquier momento.
«Steve» funciona precisamente por ese desorden. Es una película áspera, intensa y poco complaciente que evita los lugares comunes y que a ratos parece más un documental por el realismo que exhibe. Más que una historia sobre disciplina o la educación termina siendo un retrato de la fragilidad humana y una reflexión sobre la dificultad de ayudar a quienes viven en los márgenes del sistema. Y, sin embargo, en medio de esa atmósfera pesimista, de crisis permanente, termina apuntando hacia una idea sencilla pero poderosa: la de que incluso en las situaciones más difíciles, la solidaridad y el cuidado mutuo entre personas que también están intentando salvarse a sí mismas, pueden convertirse en la única forma de resistencia frente a un sistema que a menudo abandona a quienes más necesitan apoyo.
Título original: Steve
Año: 2025
Duración: 93 minutos
País: Irlanda-Reino Unido
Dirección: Tim Mielants
Guión: Max Porter basado en su propia novela "Shy".
Intérpretes: Cillian Murphy, Jay Lycurgo, Tracey Ullman, Simbi Ajikawo, Emily Watson, Douggie McMeekin, Youssef Kerkour, Luke Ayres...
Fotografía: Robrecht Heyvaert
Música: Geoff Barrow, Ben Salisbury
Producción: Cillian Murphy (Big Things Films). Netflix
“Nunca fui padre, fui una forma de gobierno. Y ya no creo en ningún gobierno”, le dice Tommy Shelby a su hermana Ada Thorne (Sophie Rundle), cuando va a verle y le pide que regrese a Birmingham para salvar a su primogénito de convertirse en un matón sin escrúpulos, recordándole que aún tiene familiares que no son los fantasmas que lo visitan en la vieja casa de campo donde se ha recluido para exorcizar su dolor y su culpa, a través de un libro que está escribiendo y que ha titulado: “El hombre inmortal”.
Así comienza la última estación del particular vía crucis del Rom Baro (en romaní: rey de los gitanos). El hombre que se perdió a si mismo cuando empezó a perder a los que amaba. Un precio demasiado alto por ceñirse una corona que comenzó siendo de oro y acabó siendo de espinas.
La película, que funciona a modo de epílogo de la última y espectral entrega de la serie Peaky Blinders, se adentra en la dimensión crepuscular del mito de Tommy Shelby. Uno de los personajes más carismáticos y con mayor magnetismo de los creados por la ficción en las últimas décadas.
Tom Harper (un director que entiende a la perfección el universo de la serie, responsable de algunos de sus primeros episodios) firma una puesta en escena elegante y sombría, donde se respeta cada una de las señas de identidad de la marca original: el pub Garrison, el paseo a caballo por las calles de Birmingham precedido del tañir de las campanas de una nueva versión ralentizada de Red Right Hand, el tema original de Nick Cave; los carromatos funerarios en llamas; las barcazas navegando por el canal; la pipa de opio que le hace ver a Tommy el fantasma de su difunta hija, la bufanda roja de esta o el traje de tres piezas, los tirantes abotonados, los gemelos, el reloj de bolsillo, el abrigo de cachemire de amplias hombreras, con aroma a tabaco y a whisky, y la icónica gorra de panadero de tweed calada hasta los ojos que, a estas alturas, funciona ya como la capa del superhéroe. Todo está ahí para deleite del fandom. Fiel a la estilizada silueta que definió la estética de los Peaky Blinders, pero acentuando su carácter legendario y su vocación de cierre. Puesto al servicio de su creador, el gran Steven Knight, para permitirle escribir una última historia a mayor gloria de su criatura (Tommy Shelby) donde el poder, la lealtad y la violencia adquieren una resonancia fatalista. Una elegía shakesperiana sobre el hombre que quiso dominar su destino y terminó enfrentándose a su propia leyenda.
La película arranca con fuerza y estruendo con el bombardeo por parte de la fuerza aérea alemana de una fábrica de armas en Birmingham, donde solo trabajan mujeres en el turno de noche al estar los hombres luchando en el frente, mientras vemos como en un campo de concentración los prisioneros son obligados por los nazis a falsificar decenas de millones de libras esterlinas con la idea de introducir ese dinero apócrifo de contrabando y así hacer colapsar la economía inglesa (hecho inspirado en lo que fue la Operación Bernhard). Escena que sirve de presentación a nuestro villano: un tal John Beckett, tesorero de la Unión Británica de Fascistas, deseoso de ayudar a los nazis a ganar la guerra, al que interpreta un Tim Roth de aire burlón que murmura un desganado «¡Heil, maldito Hitler!» mientras escapa en un tren cargado con los 350 millones de libras esterlinas en billetes falsificados por los alemanes.
Para ayudar a distribuir el dinero falso en Inglaterra, Beckett ofrece 70 millones de libras al nuevo jefe de los Peaky Blinders, personaje interpretado por Barry Keoghan (quien toma el relevo de Conrad Khan como Erasmus «Duke» Shelby) el hijo ilegítimo que Tommy concibió en su juventud con una gitana de nombre Zelda y en cuyas manos dejó la dirección de la banda a su retiro.
Duke es un joven temerario, desalmado y sin principios que, de algún modo (aunque por distintas razones), comparte el nihilismo de su padre, a quien siempre sintió ausente. «Al mundo nunca le he importado yo, a mí no me importa el mundo», le dice al malvado Beckett tratando de ganarse su confianza.
La sexta temporada de la serie terminaba en el año 1934, cuando los Peaky empezaban a enfrentarse a fascistas cómo Oswald Mosley (Sam Clafin) y hasta Inglaterra llegaban rumores sobre el ascenso de Hitler al poder. Y la película se ubica temporalmente seis años después, en plena Segunda Guerra Mundial, un marco temporal que eleva la escala del conflicto y coloca al protagonista frente a desafíos aún más complejos, cerrándose así el círculo que se inició cuando conocimos a los hermanos Shelby, como tres jóvenes que volvían a casa traumatizados por su experiencia como zapadores en Flandes durante la Primera Gran Guerra.
La biografía de su protagonista discurre entre esos dos grandes conflictos bélicos, retratando con un sin fin de interesantes matices cómo el jefe del clan de los Shelby se las ingeniaba para ir ganando fortuna, reputación, poder e influencia política saltándose la ley, completando un proceso de ascenso social que en realidad era un descenso a los infiernos. Pues a cambio le supuso el sacrificio de su único punto de anclaje a este mundo: la familia, donde residía toda su fuerza, su determinación y su equilibrio mental. («Pesada es la corona»)
Al menos así lo siente él ahora, mientras vaga por su mansión en ruinas, vistiendo cárdigans de punto y gafas de montura metálica, escribiendo sus memorias, fumando opio y viendo los fantasmas de toda la gente que murió por su culpa. Aunque no sea de la misma opinión su hermana Ada, quien intenta sacarlo de su misantropía apelando a la posibilidad de que aún quede algo de humanidad en él. Porque aceptar salvar a su hijo significaría admitir que todavía hay algo que merece ser salvado. El retiro de Tom la ha dejado sola tratando de mantener el honor de la familia, como diputada y representante local, pero otro Shelby, su sobrino bastardo, lo está arrastrando literalmente por el fango.
En un primer momento, Tommy se resiste a hacerse cargo de la situación, pero al perderla también a ella por las “malas compañías” de su hijo, cae en la cuenta de que se impone un último acto de servicio.
Algo tiene que ver también en su decisión la inesperada visita de una atractiva y misteriosa médium y hechicera gitana (Rebecca Ferguson) que responde al nombre de Kaulo Chiriclo (Mirlo Negro), quien dice ser la hermana gemela de la difunta madre de Duke y la portadora de su mensaje desde el más allá, que no es otro que la petición de que Tommy salve al hijo de ambos, prometiéndole a cambio la paz que ansía.
“Hace mucho tiempo Polly Gray me dijo que si un mirlo negro entra en tu casa, la muerte está cerca. Nunca pensé que conocería a otra Polly Gray”, le dice este adivinando sus intenciones, tras pedirle que le lea las líneas de la mano, resignado a su destino que no es otro sino el de ceder el testigo a su hijo para que sea el nuevo Rom Baro.
Pero antes tendrá que ir a verlo para comprobar la clase de persona en la que se ha convertido. Keoghan es un Shelby creíble. Tiene el porte, el arrojo y la «mirada», como dice Ada, pero no tiene los valores del clan original de corredores de apuestas. A imagen y semejanza de Tommy es capaz de matar a sangre fría y deshacerse del cadáver ofreciendo su cuerpo como comida a los cerdos, pero es un mercenario que no duda en venderse al mejor postor, regentar un burdel o robar morfina a los enfermos de la comunidad. Algo que los Peaky originales jamás harían en atención a su propia y peculiar escala de valores.
Padre e hijo se enzarzan en una pelea en el espeso lodo de una pocilga y termina cubiertos de barro de pies a cabeza. Aunque es el hijo el que acaba humillado, con la cara hundida en el fango. “Yo no mato a los míos”, se defiende ante los reproches de su padre, con otros de similar calibre: “¿Qué esperabas? Si solo me has enseñado el pecado”. Tras lo cual, aceptará unir sus fuerzas a él para derrotar al fascismo.
“De este mal saldrá algún bien”, promete Tommy a sus muertos. “No ganaremos medallas ni nadie sabrá lo que hemos hecho pero esta vez será por una buena causa”, le dice al rey de los muelles de Liverpool, Hayden Stagg (Stephen Graham), un viejo aliado, al reclutarle para que le ayude a frustrar los planes de Beckett de desestabilizar la economía de Gran Bretaña. “Oí que habías dicho que esta no era tu guerra, pero son nazis y tu gitano, llevan años aniquilando a tu pueblo, siempre ha sido tu guerra”, le hace notar este.
Steven Knight ha dicho en alguna entrevista durante la promoción de la película que para él era importante que el último acto de servicio de Tommy fuera algo que lo dignificara como ciudadano y como ser humano porque siempre había pensado que era un buen hombre. Pero más que una historia de redención, “El hombre inmortal” es una historia de liberación. No hay épica en el regreso de Tommy Shelby ni hay gloria en la transmisión de su legado. Lo que queda del mito es un hombre cansado que peina canas, vive en una mansión embrujada con la única compañía de su fiel amigo de la infancia Johnny Dogs (Packy Lee) y pasa sus días drogándose e intentando intelectualizar su trastorno de estrés postraumático (en la época se llamaba neurosis), mientras lidia con las visiones de su hija Ruby y habla con las tumbas de sus familiares enterrados. Alguien que ha sobrevivido a todos sus enemigos y también a todos los motivos que tenía para seguir viviendo y ahora se halla atrapado en una especie de limbo.
Cabe destacar aquí la forma en la que Murphy transmite el estado anímico del personaje. Su interpretación es más contenida y se percibe un desgaste en su mirada, en cómo habla, en su forma de moverse y hasta de mirar al vacío. Ya no es aquel hombre frío e impenetrable de las primeras temporadas de la serie.
Tras haberlo conseguido “casi” todo, aquel hijo de las callejuelas más míseras de Birmingham regresa a Small Heath, al Garrison, a los túneles de una ciudad bombardeada, siendo un espectro del pasado, consumido por el remordimiento y martirizado por su mala conciencia. Es un hombre que cree estar maldito y entiende la inmortalidad —que da título al libro que escribe a modo de testamento para sus hijos— como una condena.
“Todos muertos salvo el que quiere estarlo”, se lamenta plantado ante el cadáver de su hermana, última superviviente del clan de los Shelby original, confesándole haber matado a un Arthur enloquecido por el alcohol y la furia, no por piedad sino porque quería liberarse de él.
La película se construye desde ese vacío existencial: el de un imperio criminal reducido a cenizas cuyo líder, atormentado por la culpa shakesperiana de haber matado a su hermano, ya no cree en el poder que lo sostuvo. Y la historia avanza cargada de silencios, con una violencia que ya es sello de la casa.
“A mitad de “El hombre inmortal”, el venerable y caballeroso Tommy Shelby entra en el pub Garrison y se enfrenta a un joven y estúpido soldado que tiene la osadía de no saber quién es. Shelby gana la discusión de forma bastante contundente: le mete una granada de mano en la camisa al pobre tipo y lo echa del local, segundos antes de que explote en mil pedazos fuera de cámara. Como castigo, resulta bastante desproporcionado, pero fue recibido con vítores y aplausos en la proyección a la que asistió este crítico. El heroísmo siempre ha tenido un toque sádico en el aclamado drama de gánsteres de Steven Knight, y como Shelby, Cillian Murphy siempre ha encontrado el tono justo para mantener al público de su lado: es un psicópata, pero con alma”, escribe Guy Lodge en Variety. Y algo de eso sí que hay.
Como dice Janire Zurbano en Cinemanía: “Murphy encuentra una nueva capa de desesperanza y desgarro en un personaje al que siempre sabe sacar algo más. La contención y el misterio con los que siempre envuelve a Tommy surten un efecto embriagador, y se elevan en la atmósfera solitaria y escapista que lo acompaña. El protagonista arranca la película empequeñecido, renegando del gánster que fue, pero cuando vuelve a ponerse su abrigo, se sube al caballo y suena Red Right Hand, su presencia imponente resurge”.
Sin embargo, cada nueva decisión del personaje parece tomada ya no desde la ambición, sino desde la inercia de quien ha vivido demasiado tiempo siendo el mismo hombre. Uno que confiaba sus decisiones más difíciles al sabio consejo de su tía, Polly Gray (Helen McCrory) o al cara y cruz de una moneda lanzada al aire. (¡Qué bien resuelto el dilema final al que se enfrenta el personaje de Keoghan! “Salió cara, pero desobedecí a la moneda y decidí hacer lo que debía hacer”).
Y ahí es donde la cinta encuentra su mayor acierto: en desmontar la leyenda que la propia serie ayudó a construir. El “hombre inmortal” no es invencible. Es más bien un muerto en vida, un caballo herido que suplica un último tiro de gracia que libere su alma atormentada, para reunirse al fin con los suyos “in the bleak midwinter” (“en pleno sombrío invierno…”), donde quiera que los acepten.
La película está espléndidamente filmada en celuloide por el director de fotografía habitual de la serie, George Steel, capaz de texturizar el barro, el ladrillo, la lluvia y la niebla haciéndolos casi palpables a la vista; y cuenta con una magnífica recreación de la Inglaterra del Blitz reducida a escombros, donde todo luce sucio y ruinoso, a cargo de la diseñadora de producción Jacqueline Abrahams; además de tener una banda sonora que sigue siendo un portento, donde esta vez se incluyen temas de los irlandeses Fontaines D.C. (A Hero’s Death y Romance), y composiciones originales de Amy Taylor (Amyl and the Sniffers), de Mclusky (People person) y de Massive Attack a cargo de Grian Chatten (Angel) y de Terdrop Girl In The Year Above.
Aunque sea un digno homenaje y despedida al personaje de Tommy Shelby, probablemente a quienes hemos sido amantes de la serie desde el principio este regalo nos sepa a poco. Sin embargo, “El Hombre Inmortal” cumple con creces su cometido de servir de puente entre la edad dorada de los Peaky Blinders protagonizada por alguien tan formidablemente talentoso como Cillian Murphy y una nueva generación que ya ha encontrado a su sucesor natural en Barry Keoghan, otro actor irlandés con un carisma salvaje, cuya inquietante y aniñada presencia lo hace parecer un maníaco sociópata, como salido de La Naranja Mecánica, lo que hace que resulte perfecto para el papel.
Si los rumores se confirman será él quien protagonice el spin off de la legendaria serie, ambientado en la Birmingham de 1953. Veremos si consigue estar a la altura de la leyenda o si la sombra del padre es demasiado alargada.
Cillian Murphy, actor y productor, y Steven Knight, creador y guionista de la serie Peaky Blinders y de la película The Inmortal Man
Título original: Peaky Blinders: The Immortal Man
Año: 2026
Duración: 112 min.
País: Reino Unido
Director: Tom Harper
Guion: Steven Knight
Reparto: Cillian Murphy, Rebecca Ferguson, Tim Roth, Barry Keoghan, Stephen Graham, Sophie Rundle, Packy Lee, Jay Lycurgo, Ned Dennehy, Ian Peck, Andy M Milligan, Sammy John Heaney, Kasper Hilton-Hille, Jasna Anderson.
Fotografía: George Steel.
Música: Antony Genn, Martin Slattery
Género: Thriller. Drama. Serie Peaky Blinders. Gánsters. Irlanda.
El testamento de Ann Lee no es una película fácil, por muchas razones. Y probablemente ahí resida su mayor valor: en su condición de apuesta singular y poco convencional. El nuevo proyecto de la guionista y realizadora noruega Mona Fastvold, coescrito junto a su pareja, el actor y cineasta Brady Corbet —con quien ya colaboró en el guion de El Brutalista, solo que allí quien dirigía era él— apuesta por un cine ambicioso y personalísimo, que se mueve lejos de los códigos narrativos del cine más comercial.
Ambientada en el turbulento siglo XVIII, marcado por la revolución industrial y el éxodo de los primeros colonos europeos que llegaron al nuevo mundo a poner los cimientos de lo que después serían los Estados Unidos de América, la película narra la vida de Ann Lee interpretada por una intensísima Amanda Seyfried (la estrella de Mamma Mia y Los Miserables, en una actuación sorprendentemente ignorada por la Academia de Hollywood).
Nacida en el seno de una familia humilde y analfabeta de Manchester, la joven inglesa acabará convirtiéndose en la líder espiritual de los Shakers, como se conoce popularmente a los seguidores de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo. Grupo religioso de tintes sectarios –hoy virtualmente extinto– que procedían de una escisión de los cuáqueros protestantes y defendía que el Mesías volvería a la tierra, esta vez encarnado en una mujer y cuyos seguidores parecen entrar en trance en medio de sus plegarias.
Dedicados al cultivo y a la carpintería, los fieles cantan, bailan y convulsionan, y Fastvold transforma esas sacudidas físicas en el corazón estético de la película: filmando largas secuencias coreográficas de sudorosos cuerpos que tiemblan y se agitan, mientras rezan a Dios, para exorcizar sus pecados.
La música de Daniel Blumberg (el premiado compositor de El Brutalista) y las coreografías de Celia Rowlson-Hall transforman esos peculiares rituales de oración colectiva en secuencias de una gran potencia visual y física. Lo que hace que, más que un biopic al uso, la película sea toda una experiencia sensorial, donde el movimiento y la puesta en escena buscan transmitir al espectador una intensidad mística similar a la que experimentan sus personajes.
Esos números funcionan como una expresión de sus visiones, sus miedos o sus deseos, haciendo que la película se sitúe a medio camino entre el drama histórico, el musical experimental y una reflexión sobre la fe que, en el caso de Ann Lee funciona como un estigma de nacimiento.
«La Madre Ann» -como la bautizan sus acólitos- es una mujer que ha vivido perturbada por el «pecado original» desde que era niña, tras haber sorprendido accidentalmente a sus padres teniendo sexo y haber interpretado aquella confusa visión como un maltrato violento (origen de su futura aversión a la “fornicación”)
Desde muy joven, Ann se consagra a la obra de Dios, pero le cuesta encontrar una religión que se ajuste a sus creencias, hasta que asiste a una reunión en la casa de Jane Wardley (Stacy Martin), quien dirige una sesión de purificación y alabanza, junto a su esposo James (Scott Handy). A partir de ese momento se suma entusiasta, junto a su hermano William (Lewis Pullman) y su sobrina Nancy, al grupo de oración. Allí conoce a Abraham (Christopher Abbott), un apuesto y joven herrero con un apetito sexual insaciable, muy distinto al suyo. Pese a su carácter lujurioso y agresivo, se casa con él y, durante un tiempo, accede a sus bruscas exigencias sexuales: azotes con ramas de abedul en las nalgas y órdenes como «Tómame en la boca», a las que ella se niega. Esto ocurre hasta que fallece el último de los cuatro bebés que engendran («Algunos murieron durante el parto. Ninguno llegó a vivir un año”, narra la voz en off de la joven Mary (Thomasin McKenzie), una de sus asistentes más cercanas) dejando a Ann al borde de la muerte. Ella cree que es un castigo, que las tragedias que le han sobrevenido son consecuencia de que Abraham y su padre la convencieran de casarse y someterse al pecado del sexo.
Su vida cambia cuando asume el liderazgo espiritual de la secta y comienza a predicar una doctrina demasiado revolucionaria y radical para su tiempo, diciendo cosas como que Dios carece de género (“es hombre y mujer a la vez”), el matrimonio y el sexo deben abolirse y el trabajo duro —acompañado de canto y danza— es el camino para purificar el alma. Ideas que desatan el resentimiento de Abraham, celoso del mismísimo Dios por el voto de castidad de su esposa; y le acarrean el repudio de la Iglesia y la persecución de las autoridades británicas. A resulta de lo cual es internada en un manicomio y posteriormente procesada y encarcelada.
Sus experiencias místicas en prisión y sus decisiones dogmáticas, como la imposición del celibato absoluto, acabarán empujando a Lee y a sus seguidores a emigrar a Nueva Inglaterra en busca de un lugar donde poder ejercer la libertad religiosa, experiencia que será compleja y brutal, desde el mismo viaje en barco que los lleva a cruzar el Atlántico hasta su arribo al Nuevo Mundo, esa nación joven y vigorosa que aún permanece bajo el yugo británico, justo en los días previos al estallido de la Guerra de Independencia.
Los Shakers, a los que Fastvold retrata como personas devotas, sensibles, creyentes y humanistas, intentarán fundar allí una comunidad basada en el trabajo colectivo, la igualdad y la devoción.
Lejos de ridiculizar o desmontar sus creencias, la directora parece interesada en comprender su lógica interna: su organización igualitaria, su rechazo a la esclavitud o su estrecha relación con la tierra y la naturaleza, lo que hace que, por momentos, estos cuáqueros parezcan una suerte de utópica comuna hippie.
Aunque la película reconoce el carácter excéntrico y el delirio místico de algunas de sus creencias: como la pureza espiritual y física, la purga colectiva del pecado con una especie de exorcismo epiléptico y la representación no binaria de Dios, evita juzgarlas manteniendo un tono respetuoso, sin llegar a lo devocional.
Rodada en 35mm, con una Seyfried casi poseída, que entona con voz angelical más de una docena de himnos y cánticos tradicionales de agradecimiento y alabanza de los Shakers, “El testamento de Ann Lee” es un objeto extraño, rebosante de energía y espiritualidad, que resulta por momentos fascinante y en otros roza lo incomprensible.
Sin embargo, su potencia visual es innegable y termina funcionando como un gran musical al estilo Broadway, y como una reflexión sobre el liderazgo espiritual, la necesidad humana de creer y la fanatización de la fe, y la saña con la que las sociedades persiguen a quienes se atreven a profesar una espiritualidad distinta a la doctrina dominante.
Título original: The Testament of Ann Lee
Año: 2025
Duración: 137 min.
País: Reino Unido
Dirección: Mona Fastvold
Guion: Brady Corbet, Mona Fastvold
Reparto: Amanda Seyfried, Thomasin McKenzie, Lewis Pullman, Stacy Martin, Tim Blake Nelson, Christopher Abbott
Estamos en la Navidad de 1985, en New Ross, condado de Wexford, un pequeño y deslucido pueblo obrero de Irlanda. Aunque, si no fuera por los destellos de un televisor encendido en una sala de estar, con la emisión de la serie de dibujos animados Danger Mouse, la favorita de los niños de la época, o la música de «Come On Eileen» de Dexys Midnight Runners en un pub local, bien podrían ser los años 30. Da la sensación de que este lugar ha cambiado muy poco en décadas.
Bill Furlong (Cillian Murphy) dirige un pequeño negocio familiar y se pasa los días cargando sobre sus hombros y repartiendo pesados sacos de carbón a hogares y negocios locales para que puedan encender sus estufas. Al llegar a casa tras la dura jornada de trabajo, se lava concienzudamente el hollín que se le ha pegado en la cara y en las manos restregándoselas vigorosamente con un cepillo, antes de reunirse para cenar con su mujer y sus cinco hijas (la centralidad de las mujeres a lo largo de su vida no es insignificante para la historia) que siempre están en la cocina, horneando un pastel de Navidad, haciendo los deberes del colegio o jugando a las cartas. El suyo es un hogar lleno de amor y alegría, y aunque Bill a menudo parece que lleva el peso del mundo encima, está agradecido por ello.
La ruta de reparto lo lleva regularmente hasta el cobertizo de un asilo cercano, el Convento del Buen Pastor, regentado por la congregación de la Hermana Mary, una influyente figura local (interpretada con aterradora eficacia por la actriz Emily Watson, con su voz amable y su mirada gélida, símbolo de la hipocresía institucionalizada).
La institución es una de las infames “lavanderías” de la Magdalena, donde las «mujeres caídas» eran enviadas para la llamada «penitencia y rehabilitación» que consistía en ser utilizadas como jornaleras y sometidas a crueles castigos corporales que, en ocasiones, las llevaban hasta la muerte.
Hasta donde hoy se tiene noticia, entre 1922 y 1996, la Iglesia Católica fue responsable de retener y esclavizar a decenas de miles de mujeres (a menudo madres solteras, víctimas de abuso sexual o de un desliz amoroso, que no podían mantener a sus hijos, etiquetadas como promiscuas en un país y una época de férrea religiosidad). Estas mujeres sufrían abusos físicos, psicológicos y sexuales, en un sistema carcelario sostenido por la Iglesia y tolerado por el Estado. En esas «lavanderías», las reclusas trabajaban siete días a la semana y no se les permitía salir. Cuando daban a luz, les arrebataban a sus bebés y los vendían en adopción. Se estima que en ellas murieron alrededor de 1600 mujeres, muchas de las cuales fueron enterradas sin nombre, y un número similar de bebés.
La terrible tragedia de esos escalofriantes sucesos fue el secreto mejor guardado de Irlanda durante décadas. La forma en que la nación miró hacia otro lado y se lavó las manos como Poncio Pilatos o como hace simbólicamente cada noche el bueno de Bill al volver a casa habiendo visto cosas que le avergüenzan y que moralmente rechaza, pero que no se siente capaz de cambiar por las represalias que ello acarrearía para su negocio y su familia, han inspirado a muchos escritores y cineastas -Peter Mullan (Las hermanas de la Magdalena), Joe Murtagh (La mujer en la pared)- pero pocos han conseguido llevar a la pantalla grande con tanta precisión, la cruel dominación y el férreo control que la Iglesia ejercía en aquellos años sobre la vida de los católicos irlandeses, como el director belga Tim Mielants, al adaptar al cine junto a la guionista Enda Walsh (coautora de Hambre, de Steve McQueen), la novela homónima de Claire Keegan, escritora irlandesa que ha demostrado tener una sensibilidad excepcional para retratar lo no dicho, lo reprimido, lo que late por debajo de la superficie de las vidas más humildes y discretas. Lo que ha dado pie a una de las adaptaciones cinematográficas más delicadas y celebradas del cine reciente: The Quiet Girl, dirigida por Colm Bairéad.
Nacido a las afueras de Bruselas, Mielants (quien ya dirigió a Murphy en seis episodios de la serie Peaky Blinders) merece crédito por contar una parte tan vergonzosa de la historia irlandesa, con una puesta en escena sobria y un tono contenido, sin amarillismos ni sensiblería, apoyándose en el excelente trabajo del director de fotografía Frank van den Eeden, quien captura el color cenizo y el ambiente sombrío y opresivo de la historia, acorde con la perpetua grisura del lluvioso invierno irlandés, replicando el bajo contraste, ligeramente granulado, de las películas de los años 80. Lo que otorga al conjunto un toque dickensiano.
Small Things Like These se estrenó en la apertura de la 74º edición del Festival de Cine de Berlín y es la primera película en la que el oscarizado Cillian Murphy, tan convincente en su interpretación del melancólico y taciturno Bill Furlong, como lo estuvo en el papel de J. Robert Oppenheimer en el filme de Christopher Nolan o en el personaje de Tomy Shelby que lo catapultó a la fama mundial, actúa como coproductor.
Bill, un padre de familia decente, tranquilo y reservado, que arrastra sus propios traumas de la infancia como muchos hombres de su generación, es testigo involuntario de la difícil situación que vive una interna en uno de esos centros de acogida, una joven desaliñada a la que se encuentra encerrada en la carbonera, un día de reparto, temblando de frío y de miedo, lo que le lleva a sufrir un dilema moral, no solo por ser padre de cinco hijas, sino porque él mismo fue hijo de una joven madre soltera que habría corrido la misma suerte que esa chica cuyo nombre es Sarah (Zara Devlin), de no haber sido por la bondad de la Sra. Wilson (Michelle Fairley), una viuda adinerada que no solo permitió a Bill y a su madre (Agnes O’Casey) vivir bajo su mismo techo, sino que ayudó a criar al chico (Louis Kirwan) después de la prematura y repentina muerte de ésta, lo que le hizo desarrollar un espíritu protector y una sensibilidad especial para los niños vulnerables.
Casi al comienzo de la película, le vemos detener su destartalado camión de reparto en medio de la carretera, para ver cómo está el hijo de un granjero, cuya familia sospecha que pasa apuros económicos. Lo que le vale el reproche de su esposa, la pragmática Eileen (Eileen Walsh) que le recuerda que no debe meterse en asuntos ajenos. Sabe que Bill es un blando y cuando le cuenta que le ha dado al chico una propina, lo regaña y le dice: «Ese hombre siempre está borracho», a lo que Bill responde: «No lo sabemos, cariño. Puede que lo esté intentando».
De ese modo empezamos a comprender todo lo que necesitamos saber sobre él: su forma de dirigir su negocio, generoso y empático con sus empleados, al punto de ponerse a sí mismo en una situación financiera complicada para que sus trabajadores puedan disfrutar de unas fiestas un poco más cómodas; la importancia del dinero del convento para su sustento, por no hablar de lo considerado y cariñoso que se muestra hacia su familia (Eileen no tiene más que pedirle los zapatos que quiere de regalo por Navidad) y la prudencia y contención de la que hace gala al ser amenazado por la gélida e imperturbable Hermana Mary cuando esta le recuerda, en tono de advertencia, que cuatro de sus cinco hijas acuden al colegio de su congregación religiosa.
No es el único aviso que recibe. En el pueblo se rumorea que Bill ha tenido algunos desencuentros con las hermanas del convento y podría estar ayudando a una chica, y la dueña del pub, la Sra. Kehoe (Helen Behan), lo lleva aparte y le dice: «No es asunto mío, pero mejor ten cuidado con lo que dices… Esas monjas están metidas en todo, Bill. De eso podemos estar seguros».
Sin embargo, Bill es un hombre que se rige por su propia conciencia y por los auténticos valores de la fe cristiana, aunque ello suponga desafiar la estrechez de miras de su mujer, de sus vecinos, de su nación y de su religión en general. A lo largo de toda la película, hay una pequeña guerra librándose en su cabeza. La cuestión que lo atormenta es si intervenir o no hacer nada. Y acaba haciéndolo, en una escena final que nos recuerda que los actos verdaderamente heroicos rara vez son épicos: suelen ser pequeños, privados, y sumamente arriesgados. Pero mientras nos quede un resquicio de dignidad humana, merece la pena correr el riesgo. Como dice su mujer, Eileen: no se puede rescatar a todos en ese convento, pero tal vez haya espacio para una niña más en su mesa de la cocina.
Cillian Murphy as Bill Furlong and Zara Devin as Sarah Raymond in Small Things Like These. Photo Credit: Enda Bowe
Título original: Small Things Like These
Año: 2024
Duración: 96 min.
País: Irlanda
Dirección: Tim Mielants
Guion: Enda Walsh. Novela: Claire Keegan
Reparto: Cillian Murphy, Louis Kirwan (Bill niño), Eileen Walsh, Michelle Fairley, Emily Watson, Clare Dunne, Helen Behan, Liadán Dunlea, Agnes O'Casey, Mark McKenna, Zara Devlin…
Fotografía: Frank van den Eeden
Música: Senjan Jansen Compañías: Big Things Films, Artists Equity, Wilder Content